Archivos mensuales: marzo 2012

Y siguieron las tierras astures

Tras cinco o seis noches soñando con curvas, palabras, diptongos, pronombres que aparecen y desaparecen y otros temas típicos, acabo de regresar a casa, renovado mi enamoramiento por el norte de España y tratando de recuperar paulatinamente mi uso pleno del pretérito perfecto compuesto. Antes de ponerme a relatar mi impresiones lingüísticas sobre Asturies, necesito dedicarles un par de párrafos a todas las personas que hicieron de este viaje de campo una experiencia inolvidable y que cada uno de los cientos de kilómetros que recorrí mereciera la pena (el paisaje también ayudó en esto, la verdad sea dicha).
En inglés tienen una expresión que me encanta y para la que no encuentro un equivalente adecuado en español: to spend quality time with someone (lit. ‘pasar tiempo de calidad con alguien’). La expresión implica que este tiempo de calidad hace que “se estreche una relación”, pero me imagino que esto ocurrirá de diferentes formas para cada uno. Yo siempre he asociado este quality time a buena conversación, esas en las que aprendes mucho: sobre ti, sobre tu interlocutor y sobre la vida, así, en general. Esta semana que pasé entre Cantabria y Asturias fue una semana repleta de quality time, pasado con muchas personas diferentes, casi todos nuevos conocidos que me trataron como a una vieja amiga. 
De Asturias, donde pasé más tiempo que en Cantabria, tengo que nombrar a mucha gente: a María Cueto, que me llevó por el oriente asturiano, a conocer a María Luisa, a Vicenta y a su madre; a Elena del Olmo y su tío Manolo, gracias a los que conocí a la familia Suárez, en el extremo occidental; a José Manuel, Alicia y Juan, que me acogieron en su casa como si fuera de la familia y compartieron conmigo Gijón, la cuenca del Nalón y a José Luis y a Georgina. Gracies a todos los mentados por el tiempo que me dedicaron, tiempo con sello de calidad y denominación de origen.
Haréles el favor de resumir mis impresiones como lingüista acerca de Asturias, el asturiano y sus hablantes y de resistir la tentación de escribir largo y tendido sobre cada día en particular… Asturias tienen una variación lingüística fuera de lo común y extremadamente interesante para cualquier filólogo de lenguas romances. El terreno tiene buena parte de culpa de esta tremenda variación: en pueblos separados por pocos kilómetros (pero por ríos o montañas) encontramos formas de hablar muy diferentes. La experiencia de viajar con una experta como María Cueto que te indica por dónde pasan las isoglosas (las líneas imaginarias que separan dos áreas geográficas por cómo se realiza en ellas un rasgo concreto) no tiene precio, igual que no lo tiene ver que lo que aprendiste de asturiano en un sitio ya no te sirve en el vecino.
El paisaje lingüístico asturiano también se ve determinado por la diglosia: cuando dos variedades lingüísticas conviven en una misma área, es habitual que dichas variedades no se usen en los mismo ámbitos, sino que tengan un reparto “contextual”. Fue difícil conseguir que me hablaran en los diferentes asturianos, bables o falas (más bien, solo lo conseguimos a ratos). Esto es, claro, lo más normal y lógico del mundo. En primer lugar, yo no lo hablo y, por lo tanto, parece una cuestión de cortesía elemental no dirigirse a mí en una lengua que me va a costar comprender. Pero muy importante también es el hecho de que el bable se usa con gente que conoces, con la que tienes confianza. Por eso, aunque una forastera como yo insista en que le interesa oír el auténtico asturiano, no es tan sencillo: para oírlo, hay que compartirlo. El bable se parece al quality time con el que empecé hoy: se saborea en compañía y debe ser correspondido.

De viaje por tierras cántabras

En Vega de Pas
Gracias a Carlos Pelayo
Ayer me marché de Madrid en dirección al valle del Pas, cuna de los sobaos –de ahí su apellido–. Era el primer día de la semana que voy a pasar entre Cantabria y Asturias, encuestando para mi tesis. “Encuestar para mi tesis” implica convencer a “nativos de la zona” para que me presten dos horas de su tiempo y las dediquen a describir vídeos: la amabilidad de los informantes hace que no sea tarea imposible. Sin embargo, siempre ayuda tener contactos, por lo que la fantástica entrevista que realicé en Vega de Pas se la tengo que agradecer a Carlos Pelayo (espero que te gusten los sobaos…)
A la emoción de descubrir que en Vega de Pas se oye asina por ‘así’ o  mucha frío, hay que añadir otros alicientes que tiene este tipo de trabajo de campo para los no filólogos: ver gamos a mansalva, ser la única mujer de un bar en el que bullen las partidas de mus o comprar una botella de agua de medio litro + una manzana + tres mandarinas por ochenta y cuatro (84) céntimos (¡CÉNTIMOS!). 
En La Revilla
Gracias a Carlos Sopeña
Por la mañana abandoné los valles del interior en dirección a La Revilla (San Vicente de la Barquera). Esta entrevista tengo que agradecerla más especialmente todavía, pues Carlos Sopeña (un cántabro enamorado de su tierra, si leo bien entre líneas), que me facilitó el contacto, no me conoce más que de la interné y tuvo la inmensa amabilidad de ponerme en contacto con otra tremenda enamorada de su tierra y su habla.
Ahora es cuando, de la descripción, paso a la divagación. Cuando se trabaja con informantes rurales, tratando de documentar un habla con visos de desaparición, lo más común es que el propio informante descalifique su lengua, siendo la frase más típica “Aquí hablamos muy mal.” Todo sea dicho, esta frase suele ir seguida de un “Pero en el pueblo de al lado, peor. ¡Ahí sí que son brutos!” Esto último es naturaleza humana en estado puro. Sin embargo, lo de despreciar la lengua de uno no tiene nada de natural. No nos encontramos con esa idea de que “hablamos mal” (todos y cada uno de nosotros) en toda su crudeza hasta que entramos en el colegio y nos enteramos de que un buen porrón de las cosas que decimos “están mal dichas”, “no se dicen así”, etc. Esto, por supuesto, es radicalmente falso. Nuestra forma de hablar es producto de un largo proceso de aprendizaje de una lengua (o mejor, una variedad muy concreta de una lengua) que está sometida a numerosos procesos de cambio y variación, como todas las lenguas naturales,. Estos procesos de cambio y variación son perfectamente normales y no son síntomas de ninguna degradación del lenguaje, una involución, ni nada por el estilo. Pero de esto ya hablé otro día y no quiero repetirme.
A lo que yo iba. Aunque lo más común es encontrarse con personas a las que les han inculcado una pobre opinión de su lengua materna, de vez en cuando encuentras a un valiente que defiende su forma de hablar con orgullo. Así me ocurrió a mí hoy en La Revilla con Amparo. En los diez primeros minutos de la entrevista me dio una clase magistral de lingüística como pocos profesores universitarios saben hacerlo. Me explicó el paradigma morfológico de sus sustantivos masculinos: “Un perru singular, y plural con –o (perros).”, me ilustró perfectamente el concepto de registro lingüístico, explicándome que escribiría su habla local  únicamente en algunos contextos, claramente afectivos (“Si yo escribo, escribo con la o. Pero si estoy escribiendo a alguien especial, puede que use la u.”), me describió lo que es un continuum lingüístico (“Cuando los límites de provincias se acercan, se mezclan bastante las formas de hablar. Y vas por Asturias en dirección Galicia y te parece que hablan gallego.”) y me mostró que las isoglosas existen (“Ellos  –en Asturias– terminan en –ina; dirían la santina, y nosotros, la santuca“). Y no hicieron ninguna falta ninguna de estas palabras rimbombantes.
Toda la entrevista está empapada de su amor por su preciosa habla cántabra y de sus esfuerzos por conservarla y hacerla más visible. Ahora que estoy leyendo La conspiración de las lectoras de José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro (muy recomendable, por cierto), sobre las primeras luchadoras por los derechos de la mujer en España, Amparo me ha recordado mucho a ellas. Ustedes creerán que exagero, porque son muy malpensados. Pero les explico por qué creo que no lo hago: la única discriminación que se enseña efectivamente en las escuelas españolas (sin que sea ilegal enseñarla) es la discriminción lingüística. Por supuesto, no contra ninguna de las lenguas cooficiales, porque se armaría la de San Quintín: en este país algunos derechos se tienen en cuenta dependiendo de lo serio que nos parezca el nacionalismo que lo respalde. Pero los profesores no tienen reparos en criticar el habla de sus alumnos, empeñados en que “hablen bien” (me han hablado de niños latinoamericanos cuyos profesores les recomiendan no hablar con sus padres mientras hacen los deberes, para no escribir como ellos hablan. Olé, olé y olé.) Los niños llegan a sus casas corrigiendo a sus padres y a sus abuelos, y sus padres y sus abuelos se sienten orgullosos de lo mucho que aprenden sus hijos. En mi humilde opinión, estaría bastante mejor que en el colegio nos explicaran que nuestra forma de hablar debe adaptarse a la situación y que “lo que está mal dicho” en realidad “no es propio del habla escrita o formal”. Y que nos hablaran de la procedencia de nuestras diferencias lingüísticas. Pero eso va en contra de las buenas costumbres, de los libros de texto que llevan enseñando literatura sin animar a la lectura desde hace décadas y del pequeño académico de la lengua que todos llevamos dentro, pegadito a ese árbitro de fútbol que también tenemos en nuestro interior. Por eso, las personas que se atreven a defender el habla que aprendieron al nacer, en la que se criaron y en la que más cómodos se sienten, me merecen toda la admitación del mundo y me recuerdan a ilustres defensores de derechos no reconocidos. Espero que no pase mucho tiempo hasta que en los colegios e institutos se hable de la diversidad lingüística (dentro de una misma lengua) como una riqueza cultural que debe ser respetada, a ver si dejamos de oír en los pueblos de España: “Aquí se dice esto, pero estará mal”.
Ya para acabar, quería recomendarles a todos ustedes que se den un paseo por cualquiera de estos dos pueblos. Aparte de las bellezas del paisaje cántabro, de sobra conocidas, sus palabras particulares y los sobaos, deben conocer sus posadas. En las dos he estado y las dos son preciosas, están en sitios fantásticos y tienen unos dueños amabilísimos (ambos guardianes de las costumbres del pueblo en que nacieron). Perdonen el espacio publicitario, pero es que… es así.

Supersticiones a diestro y siniestro

Teniendo en cuenta que ayer fue Martes y 13, que hoy es el día PI, que estamos bajo una conjunción planetaria espectacular entre Júpiter y Venus y que este año se acaba el mundo (otra vez), no se me ocurre mejor momento para esto:

Cambio lingüístico (supersticioso) en estado puro
         Latín:                  dextra           sinistra
         Italiano:             destra           sinistra
         Francés:             droite           gauche
         Rumano:           drept             stângă
         Español:            derecha        izquierda
         Portugués:        direita          esquerda
         Catalán:             dret               esquerra

La asociación de la mano izquierda (siniestra) con los malos agüeros (en la foto, lo que dice el primer diccionario de la RAE, el de Autoridades, sobre la palabra siniestra) es la causa de que las lenguas romances se alejaran del latín (no siempre en sentido estricto: la palabra rumana viene del latín *stancus ‘cansado’) y las unas de las otras para denominar a la mano zurda. Y de que la palabra siniestra nos evoque lo que nos evoca, claro. Para mí, un bonito ejemplo del efecto que tienen los tabúes sobre los hablantes y estos, sobre sus lenguas. Y de cómo a los italianos todo se la refanfinfla, claro.

 

(Nótese que diestra también fue reemplazada, pero de forma casi homogénea y por una palabra con connotaciones de lo más positivas: directus)

De excursión a las afueras

Una distinción clásica en los estudios sobre la lengua es la de sistema/habla, establecida por el padre de todos los lingüistas, Ferdinand de Saussure, y continuada por el dios de casi todos, Noam Chomsky, en su oposición competencia/actuación. Esta forma de concebir la lengua supone dividirla en dos componentes; uno abstracto e ideal, compuesto por las reglas de la lengua en cuestión (sistema o competencia), y otro formado por las realizaciones concretas de esa lengua (habla o actuación).
La idea de sistema resulta útil para explicar algunas cosas. Por ejemplo, el sistema fonológico del español de Madrid (al menos el mío) consta de 23 fonemas. Sin embargo, cuando un madrileño habla, produce muchos más sonidos: dependiendo de lo que que rodea a un fonema, este cambia. Cada realización diferente de un fonema se llama alófono (esto último lo digo por darme pisto). Así pues, es un hecho interesante que los hablantes de una lengua determinada tienen dificultades para distinguir o producir sonidos de otra lengua, cuando dichos sonidos no son fonemas de su lengua (esto es, no formen parte del sistema), aunque sí dispongan de ese sonido como alófono de otro.
Pongo un ejemplo, por si mi prosa no es lo suficientemente límpida y transparente. Aunque el español tiene un sonido nasal velar [ŋ] (la /n/ de la propia palabra aunque), este es un alófono de sonido /n/ y no un fonema propio (no nos sirve para diferenciar significados). Por eso, a los hispanohablantes nos cuesta oír la diferencia entre sin y sing en inglés; o pronunciar el sonido final de going (aunque solamos añadirle una velar de las que conocemos mejor, como la /g/).
Además del sistema y sus realizaciones concretas (el habla), las lenguas cuentan con una serie de fenómenos que están como en las afueras del sistema (sistema periférico ya estaba cogido). Me refiero a ciertos fenómenos aprendidos (pues son propios de cada lengua), que usamos en contextos que podrían denominarse “lúdicos” (entiéndase todo este párrafo como precedido de un enorme “a falta de mejores términos”). Los habitantes de estos suburbios lingüísticos tampoco nos ayudan mucho a aprender lenguas y esto, como voy a mostrar ahora, es una pena.
En las afueras del español tenemos el sonido que en inglés a veces se escribe sh ([ʃ]): es el que usamos para mandar callar. El sonido que los ingleses a veces escriben con z ([z]) y que los franceses emplean para distinguir pescado de veneno es el que usamos nosotros en la siempre útil vicisitud de imitar el zumbido de una abeja. Sin embargo, esto no suele ayudarnos a pronunciar mejor estas lenguas, como no se cansa de hacernos notar el mundo entero. [Algunas variedades del español sí que tienen /ʃ/ como fonema, es de suponer que otro gallo les cantará.]
Algunas lenguas más interesantes (sin ofender) que el inglés o el francés tienen los llamados clicks o chasquidos. Aquí van algunos ejemplos; el bilabial [ʘ], el dental [ǀ] y el post-alveolar [ǃ] (por cuestiones que escapan a mis dotes informáticas, creo que los vídeos dan bastantes problemas; merece la pena pinchar en los links para verlos, o también pueden escucharlos —no verlos— aquí):

Si se fijan bien, en español solemos usar el dental para decir que no; llamamos a los animales con el post-alveolar y nos despedimos numerosas veces (sobre todo por teléfono) con el bilabial. Ahora que lo saben, quizá les resulte más fácil aprender a pronunciar el Xhosa, pero me temo que les va a seguir costando horrores diferenciar los distintos chasquidos en el habla corrida…

En las afueras del sistema no viven solo sonidos. Cuando en español le decimos a la vecina: “Qué monísima iba tu hija en la boda. Guapa, guapa”, estamos usando la reduplicación para graduar un adjetivo. Este mecanismo es uno de los métodos que usa, por ejemplo, el vasco para determinar el alcance del adjetivo, mientras que otras lenguas, como el indonesio, lo usan para formar el plural de una palabra.
Más interesante (todavía) es un mecanismo de formación de palabras que he notado hace poco. El susodicho mecanismo emplea técnicas propias de un tipo muy especial de lenguas: las de signos. Con estas técnicas me refiero a los que se consideran los rasgos distintivos fonológicos de las lenguas de signos: la forma, la posición y el movimiento de la mano. Combinando las tres hemos creado, por lo menos y hasta donde yo me he dado cuenta, 3 nuevos verbos:
  • Pronunciar decir con el puño cerrado, el meñique y el pulgar extendidos y la mano en la oreja: ‘decir hablando por teléfono’.
  • Pronunciar decir con el puño cerrado, el pulgar hacia arriba y en movimiento y la mano frente al cuerpo: ‘decir escribiendo por teléfono’.
  • Pronunciar decir con los dedos (de una o ambas manos) en movimiento, situados frente al cuerpo: ‘decir escribiendo por el ordenador’.
No estoy segura de que este prodigio de la economía lingüística se dé igualmente con otros verbos de lengua. Me da la impresión de que es más raro con hablar o con charlar; que necesita un verbo en el que se especifique lo que se dice. Esto es interesante, pues indicaría que el modo en que se produce la elocución solo es relevante en cuanto al contenido de dicha elocución y no en cuanto al acto de comunición en sí mismo.
Muchas de las cosas que he incluido en estas afueras de la lengua suelen considerarse mecanismos expresivos de las lenguas. Supongo que esto es cierto, como es cierto que las lenguas en sí son instrumentos “expresivos”. Y es muy posible que a ustedes les parezcan tremendas tonterías, pero a mí me resulta tremendamente sugestivo el hecho de que codifiquemos esas tonterías por medio de mecanismos inequívocanmente lingüísticos. Aunque muchas de estas cosas (u otras, como el alargamiento vocálico en diversas situaciones) suelen comentarse en las clases de lingüística, no he leído nada sobre ello (y tampoco parece ser la paralingüística de que habla Wikipedia). Si ustedes conocen algo escrito sobre el tema o se les ocurren más cosillas… ¡Cuenten, cuenten!

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Actualización (26/04/2012): Acabo de descubrir que en el WALS (Atlas mundial de estructuras lingüísticas) hay un mapa y una introducción al uso de los clicks al que me he referido más arriba, ambos de lo más interesantes.
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