Archivos mensuales: junio 2014

Epistemología por y para principiantes (¿I?)

Normalmente escribo sobre temas bien conocidos por filólogos y lingüistas, para hacerlos accesibles a los que no lo son, pero están interesados. El tema de hoy también lo he escrito pensando en los legos en lingüística, pero es bastante más abstracto y creo que no es un tema tan conocido entre los propios especialistas. Hace mucho que la filosofía del lenguaje desapareció de los planes de filología; no sé si habrá estado alguna vez en los de lingüística y dudo que la filosofía de la ciencia haya sido jamás parte de alguno de estos planes de estudios. Hace poco me dijeron que la filosofía era una magufada: tan ignorada está en los planes de estudio que existe gente que no sabe que es la base de todo nuestro conocimiento. Así que he escrito esto, como un primer acercamiento a la epistemología, aunque no soy en absoluto experta en el tema. Es decir, cualquier enmienda, corrección, comentario o inicio de discusión serán más que agradecidos.

Más de una vez he dicho en el blog que la lingüística es una ciencia. Cuando decimos ciencia, todos pensamos inmediatamente en la física, las matemáticas, la biología… Y parece claro que estas disciplinas no se parecen en nada a la lingüística, ¿no? ¿Entonces…?

Su epistemólogo hermenéutico de cabecera le explicará que lo que ocurre es que hay diferentes tipos de ciencia según la naturaleza del objeto del que se ocupen[1]. Podemos hablar de tres tipos distintos de objetos: 1) los objetos naturales, de los que se ocupan ciencias como la biología o la física, que estudian el funcionamiento del mundo tangible; 2) los objetos formales, que son pura forma, sin estar asociados a ninguna materia (por ejemplo, las matemáticas), y 3) los objetos culturales, que son producto de la actividad humana. La distinción entre tipos de objeto se basa en la relación entre los conceptos aristotélicos de forma y sustancia, pero tampoco nos vamos a poner estupendos, que con esto ya nos vale.

Esta cuestión no es en absoluto baladí: la forma de explicarlo (esto es, de hacer ciencia) depende absolutamente del tipo de objeto. Las ciencias naturales trabajan asumiendo que existen leyes universalmente válidas y que, en idénticas condiciones, la ocurrencia de una causa conllevará siempre el mismo efecto. Es decir, la reproducibilidad es un requisito imprescindible: si repetimos el experimento y no funciona, o el experimento está mal repetido o la ley no es válida. Punto. Cuando un ácido va por ahí y se encuentra con una base, tendrá lugar una reacción de la que saldrán una sal y agua. Siempre. Encontrar y describir esas leyes (y las relaciones entre ellas) es el objeto de las ciencias naturales.

Las ciencias sociales, las que se ocupan de los objetos culturales, no pueden partir del mismo punto, pues deben contar con un factor ausente en las ciencias naturales: la voluntad humana. Nuestro libre albedrío. Cuando intentamos explicar el comportamiento humano, podemos encontrar tendencias generales, pero de ningún modo universalmente válidas, porque, ante la misma situación, Liboria Casas y Encarnación Aragoneses, por ejemplo, pueden actuar de formas distintas. Estos comportamientos son los que deben explicar las ciencias sociales, para lo que deben acudir a una explicación racional o intencional, que parte de la base de que todas nuestras acciones son racionales (en cuanto a que son las que creemos óptimas para lograr el fin que tenemos en mente). Es decir, tratan de encontrar los motivos detrás del comportamiento humano, partiendo de la base de que este es racional. Tomemos un ejemplo de la psicología social. El conocido experimento de la cárcel de Stanford, en el que se dividió a los participantes entre carceleros y prisioneros para simular una prisión, suele ponerse como un ejemplo típico de predominancia de la situación sobre el comportamiento individual, según el cual determinadas situaciones provocan el embrutecimiento de sus participantes. Pero los propios informes indican que no todos los sujetos se comportaron igual en el experimento. Y los ejemplos reales —en el experimento todos los participantes sabían que era tal— con los que desgraciadamente contamos de situaciones análogas (como los genocidios en masa) también muestran que no hay un comportamiento homogéneo de toda la sociedad —a pesar de que una alarmante parte de ella se sumara a los genocidios de la Alemania nazi o de Ruanda, por poner otro ejemplo—.

Sin embargo, es importante señalar que existe una tendencia a naturalizar este tipo de explicaciones, presentándolas como tendencias universales ajenas a la voluntad humana (un buen ejemplo es la metáfora de la mano invisible de Adam Smith).

Dejo de lado los objetos formales, porque yo he venido aquí a hablar de mi librongüística y con esto nos vale por ahora. Bueno, pues ¿de qué tipo de objeto se ocupa la lingüística? Ahhh, amigo, es que no es tan fácil. En lingüística encontramos opiniones discordantes al respecto, algo que no ocurre en la mayoría de las disciplinas, en las que la gente sabe qué narices es eso que está estudiando.

¿Y por qué ocurre en lingüística? Por varias razones. La más importante es porque no es tan sencillo clasificar la lengua en esta lista. Parece evidente, por un lado, que la lengua es un objeto cultural, producto de la actividad humana. Los rasgos de una misma lengua pueden variar según parámetros culturales como la clase social, la situación comunicativa… Y no existe una sola lengua, sino que existen varios miles. Es más, está claro que la cultura de la comunidad de habla tiene un impacto sobre la lengua: los innumerables grados de cortesía del coreano o el japonés (que se muestran en su flexión, entre otros) no son sino un reflejo de lo estructurado de su sociedad.

Peeeeero no es tan sencillo. La lengua parece tener algo de natural también. No existe ninguna comunidad humana sin lengua. Y ningún otro animal, ni siquiera los más cercanos a nosotros, es capaz de aprender (ni, por supuesto, desarrollar) un sistema lingüístico tan complejo como el nuestro. Algo debe de haber en nuestro cerebro que lo permita. Además, los procesos y tiempos de adquisición de la lengua materna son similares para todas ellas, por lo que sabemos. Y está lo de los criollos. Vamos, que hay indicios de sobra para que pensemos que el lenguaje, en sentido abstracto, como capacidad humana, tiene un componente cognitivo que lo asimilaría al objeto de la neurociencia o la biología, por ejemplo.

¿Qué hacemos entonces? ¿Es la lengua un objeto cultural? ¿O es un objeto natural? ¿O está así un poco entre medias? Hay diferentes escuelas lingüísticas que se inclinan hacia uno u otro lado, lo que tiene importantes consecuencias en su forma de trabajo y en el tipo de datos que usan. Por no abusar, hoy no les voy a hablar de esto último, pero voy a hacer un breve resumen de los fundamentos de cada una de las vertientes.

 

La lengua como objeto primordialmente natural

Las grandes escuelas formalistas, entre ellas la más conocida e importante, la gramática generativa, fundada por Noam Chomsky en los años 50, se decantan por la segunda opción: la lengua como objeto natural. En los comienzos de su teoría, Chomsky consideraba que la facultad del lenguaje es un módulo independiente del cerebro humano y que en él se contenía una gran parte de la gramática, que, atención, nos venía dado. Esta es una hipótesis muy fuerte, que se fue rebajando con el tiempo, ya que el estudio de lenguas muy diferentes entre sí cuestionó gravemente que información tan específica pudiera estar en algún sitio de nuestros genes, ya que muy poca parecía universal.

Ahora la gramática generativa considera que nuestro cerebro solo “viene con” algunos mecanismos (u operaciones) específicos, que estarían en la base de la estructura de todas las lenguas. Aunque es una hipótesis menos fuerte, no debemos olvidar que es una hipótesis y ni la psicología ni la biología han podido demostrar todavía que existan dichos mecanismos. La gramática generativa trabaja asumiendo que existen y dando propuestas de cuáles pueden ser. La idea es que si con alguna de estas propuestas pueden describirse todas las lenguas del mundo, los hemos encontrado. Importante: la gramática generativa se ocupa de la lengua como estructura abstracta, independiente de sus hablantes, y lo que le interesa es conocer cómo es ese módulo lingüístico de nuestro cerebro: la gramática universal.

Poner un ejemplo no es sencillo, porque la gramática generativa emplea un formalismo muy elaborado para describir el funcionamiento del lenguaje. A partir de unas “reglas del juego” (previstas a priori dentro de la teoría), trata de describirse la estructura lingüística encontrando principios generales y universalmente válidos. La validez de una determinada regla no solo depende de que se corresponda con el comportamiento de la lengua, sino de su encaje dentro del resto de reglas.

Es un poco abstracto, lo sé, voy a intentar poner un ejemplo sin todo el formalismo. Durante mucho tiempo, la gramática generativa defendió la existencia del parámetro de sujeto nulo. La idea era que había dos tipos de lenguas: las que, como en español, pueden tener una oración sin explicitar su sujeto (Voy a hacer un gazpacho) y las que, como el inglés, necesitan obligatoriamente expresarlo (I want to eat it!, pero no Want to eat it!). Las reglas propuestas para integrar esta doble posibilidad en la gramática universal tenían unas consecuencias que permitían hacer predicciones sobre el comportamiento de las lenguas según de qué tipo fueran.

Así, las lenguas de sujeto nulo (como el español) omitirían el sujeto cuando este no era referencial (no se refería a nadie en concreto): llueve, mientras que las lenguas de sujeto obligatorio (como el inglés) necesitarían pronunciar un sujeto en estas oraciones, llamado sujeto expletivo: it rains. Otra predicción era que las lenguas de sujeto nulo podrían poner el sujeto después del verbo (Ha llamado el cartero), mientras que esto estaría prohibido en las lenguas de sujeto obligatorio (en inglés las oraciones siguientes no son gramaticales: Has knocked the postman, It has knocked the postman o There has knocked the postman). No sé si me explico, la idea era que todas estas propiedades debían ir juntas en cada lengua, pues la estructura propuesta así lo preveía. No funcionó, pero, bueno, pillan cómo va el tema, ¿no?

Como les decía, esta es una de las escuelas más importantes dentro de la lingüística, si no la más importante. Aunque desde hace años se percibe un cambio de tendencia (¿les suena?) y otras escuelas van ganando terreno, es indudable que Chomsky revolucionó la lingüística hace 60 años. Parte de su éxito se debió precisamente a que elevó la lingüística a la categoría de ciencia, y además no de cualquier ciencia, sino de ciencia exacta, como la física. La gramática universal no permitía excepciones.

Claro, una de las causas del cambio de tendencia es que no paramos de encontrar excepciones…

 

La lengua como objeto primordialmente cultural

Las escuelas llamadas funcionalistas entienden la lengua como un objeto cultural. La base de estas teorías es que la forma de la lengua (cómo es) depende de su función (para qué es). Es decir, los hablantes pueden modelar lo que dicen según lo que quieren decir. Esto encaja con que las lenguas estén en permanente movimiento: con la variación y el cambio lingüísticos. Son estos los fenómenos que más preocupan a los funcionalistas, que no creen que tengamos un módulo lingüístico específico en el cerebro, sino que toda la lengua que sabemos la aprendemos a medida que recibimos más y más lengua de nuestro ambiente. Es decir, la primera explicación que da un funcionalista de por qué decimos algo como lo decimos es porque así lo dicen en la comunidad en la que nos hemos criado.

La siguiente pregunta, claro, es por qué lo dicen así en esa comunidad y no de otra manera, cuando existen otras lenguas que lo dicen de otra forma e incluso estadios anteriores de la misma lengua en que tampoco era así. Lo que les interesa a estos lingüistas es cómo una lengua ha llegado a un punto partiendo de otro. Por ello, las explicaciones que dan son fundamentalmente históricas y se basan en dos ejes fundamentales:

1) los parámetros discursivos: puesto que empleamos la lengua para comunicarnos, cuando decimos algo lo haremos buscando la solución óptima para que el oyente entienda lo que quiero decir y solo eso y utilizar el menor número de recursos para ello. De aquí salen los principio de iconicidad y economía, que “tiran” de la lengua en direcciones distintas. Volviendo al ejemplo de los sujetos nulos, el principio de economía permite explicar que en español, con una flexión fuerte —es decir, en el verbo ya se ve quién es el sujeto: como, comes, come, comemos, coméis, comen—, no haga tanta falta explicitar el pronombre sujeto —yo como, tú comes, él come, nosotros comemos, vosotros coméis, ellos comen—. En cambio, en una lengua como el inglés, en la que el verbo apenas nos da ese tipo de información —I eat, you eat, he eats(¡eh, una pista!), we eat, you guys eat, they eat—, hace mucha más falta incluir el pronombre, lo que explica que acabara haciéndose obligatorio. Estos parámetros nos ayudan a entender cómo comienza un cambio.

2) los parámetros sociales: los hablantes innovan constantemente, pero no todas estas innovaciones tienen éxito. Y cuando lo tienen, no ocurre que de repente todos los hablantes cambien su forma de hablar, sino que se va extendiendo paulatinamente por toda la sociedad, siguiendo un camino que variará de sociedad a sociedad. No se extiende igual un cambio que empieza en las clases sociales más bajas que uno que comienza en las más altas; a veces son las mujeres las que adaptan más rápido el cambio, pero a veces son los hombres…

Una cosa importante de estas escuelas es que no consideran que la existencia de una posible causa para un cambio sea suficiente. Al contrario de lo que ocurre en biología (o en gramática generativa), que existan unas condiciones iniciales dadas no implica necesariamente que estas desemboquen en el mismo resultado una y otra vez —aunque hay que precisar que tampoco el poder predictivo de las ciencias naturales es ilimitado, sino que depende de la complejidad del acontecimiento—. Por supuesto, encontrar los mismos cambios a partir de condiciones similares en diferentes lenguas apoya una determinada explicación lingüística. Pero son explicaciones que admiten excepciones, claro que sí, porque que un cambio ocurra o no depende de taaaantas cosas, pero, sobre todo, de su aceptación por la sociedad. Y para eso normalmente debe haber tenido la suerte de nacer en los círculos adecuados (también les suena, ¿no?). A algunos les pone tristes que haya excepciones, porque les hace creer que la lingüística es menos ciencia. A otros les gusta, porque esas excepciones nos recuerdan que la lengua no se impone a los hablantes, sino que son los hablantes los que se imponen a la lengua, porque son los que la hacen. Y ellos sabrán cómo quieren que sea. Pero esto no significa que la lingüística no sea una ciencia, sino que no es una ciencia natural.

En cualquier caso, también existen teorías que naturalizan el objeto de la lingüística dentro de las corrientes funcionalistas y que presentan el cambio lingüístico como equiparable a las mutaciones genéticas o como dirigido por una mano invisible. El uso de metáforas y metonimias es común a todas las ciencias. Nos ayudan a comprender y explicar mejor, pero hay que ser consciente de sus límites, para que no nos lleven a engaño. Cuando decimos (¡todo!, revisen el blog, habrá mil ejemplos) la lengua cambia, el español presenta una tendencia a…, estoy usando una metáfora, presentando a la lengua como un individuo independiente. ¡Pero cuidado, que no lo es! Son los hablantes los que cambian su lengua, en una u otra dirección, y pueden revertirla de repente. Y dan más volantazos de los que pensamos.

Agradecimiento y disclaimer: Para escribir esta entrada me han ayudado personas que saben de verdad sobre las cosas de las que hablo aquí. Gracias, Irene, Marta y Araceli. Por otro lado, imagino que se me ha visto un poco el plumero y se me ha notado un poquillo qué corriente es la que más me convence. He intentado no ser injusta con ninguna, pero si algún lector quiere hacer enmiendas, parciales o a la totalidad, tiene por supuesto los comentarios, pero además le invito a que, si le apetece o lo considera necesario, escriba una entrada más detallada para publicarla en Semevadelalengua.

Lo que sigue es una lista de los artículos en los que más me he basado para escribir esta entrada y que creo que pueden servir para ir zambulléndose en el mundo de la epistemología (lingüística), para el que se quede con las ganas:

Itkonen, Esa (2013). “On explanation in linguistics“, Energeia, V, 10–40.

López Serena, Araceli (2003). “Algunos Aspectos Epistemológicos de la Lingüística Contemporánea“, Res diachronicae. 2003. Núm. 2. Pag. 212-220

López Serena, Araceli (en prensa). “Hacia una fundamentación epistemológica no naturalista de la teoría de la gramaticalización”, RILCE.

Munteanu, Cristinel (2013). “On the Real Object of Linguistics“, Energeia, V, 43–56.

Newmeyer, Frederick J. (2010). “Formal and Functional Explanation“.

Newmeyer, Frederick J. (2012). “Goals and Methods of Generative Syntax”, en Marcel den Dikken (ed.), The Cambridge Handbook of Generative Syntax.Cambridge: Cambridge University Press, 61-92

[1] Atención, si consulta usted a un monista metodológico, le dirá que de distintos tipos de ciencias nada, que todas deben seguir el método de las ciencias naturales y que no es que no se pueda, sino que hay que esforzarse más.