Archivos mensuales: enero 2019

Semidioses

Normalmente, los profesores de universidad creemos que tenemos el trabajo más bonito del mundo: nos pagan por hablar sobre, dar clase de y pensar en lo que nos apasiona. Eso no nos hace ciegos a muchos de los males que aquejan a las universidades (en distinta medida en distintos países): que si salarios bajos, que si nepotismo y endogamia, que si las evaluaciones priman la cantidad sobre la calidad, que si —gravísimo— las enfermedades mentales entre doctorandos y postdocs son extremadamente comunes…

Cada persona que trabaja en la universidad tendrá su plan imaginario con el que solucionar todos estos problemas, supongo. Normalmente pasa por cambiar las normas que regulan las universidades. Y es indudable que muchas de estas deben cambiar, en España incluso muchísimas. Pero cada vez escucho con más frecuencia ciertas cosas que me hacen pensar que parte del daño nos lo hacemos nosotros mismos. Algunas ideas tremendamente extendidas en el mundo académico no solo me parecen equivocadas, sino que creo que son las culpables de que en el mundo académico luchemos contra nuestros propios derechos. Ok, me habéis pillado: no voy a hablar de lingüística. Pero, para disimular, empiezo con un ejemplo de un lingüista.

El día antes de Nochebuena, Daniel Everett, lingüista conocido por defender que la lengua está profundamente influida por la cultura y por ser uno de los principales antagonistas de Chomsky, tuiteaba esto como respuesta a Lynne Murphy (también lingüista), que explicaba que la mayoría del tiempo de investigación se hace en horas extra no pagadas, porque el trabajo docente y administrativo de los profesores universitarios no para de aumentar en muchos países:

 Captura de pantalla 2018-12-27 a las 0.28.33Tuit original y conversación aquí.

Traduzco: «Nunca pienso en [ello como] horas extra. Cuando hacíamos encuestas en [la Universidad de] Pitt[sburgh] sobre cuántas horas trabajaba el profesorado, nos salían 65-100 horas semanales. Pero para mí eso es que me paguen por pasármelo bien. Como decía Bob Dixon: “Trabajo 12 horas al día, 7 días a la semana. Espero que hagas lo mismo”».

Este razonamiento es muy frecuente entre científicos y profesores universitarios: puesto que investigar es apasionante —de eso no hay duda— y somos afortunados de poder hacerlo como parte de nuestro trabajo —cierto—, no importa que también lo tengamos que hacer en nuestro tiempo libre. ¡No importa que ese tiempo no nos lo paguen, es divertido! Pero aquí hay un salto argumental que yo no veo. It doesn’t follow, D. Everett. Que nos guste nuestro trabajo no significa que queramos dedicar nuestro tiempo libre a eso y, mucho menos, que tengamos que hacerlo. Como todo los trabajadores, tenemos derecho tener tiempo libre. Es más, sin ponernos sindicalistas y pasando al mismo plano de lo personal: tenemos derecho a que nos gusten otras cosas. ¿Que a ti solo te gusta investigar tu tema, no tienes familia ni amigos ni hobbies y quieres pasarte el día metido en la universidad? Pues está fenomenal, pero lo de “Espero que hagas lo mismo” es pasarse. Si os fijáis bien, como argumento es fantástico: haces que aquel que no quiere pasar su tiempo libre trabajando gratis se sienta mal porque a) ¿qué pasa, no te gusta lo suficiente tu trabajo?, b) pero si es lo más bonito del mundo, ¡investigar!, a ver si va a ser que no te merecerías estar en la universidad, c) me parece que eres un poco ingrato que no ves lo afortunado que eres. Y de esta manera tan sencilla nos convencemos a nosotros mismos de que trabajar gratis para cumplir objetivos imposibles es lo normal, o lógico y de que, encima, ¡tenemos suerte por poder hacerlo!

Hace un mes acudí en una mesa redonda en el Ateneo Popular Español de Zúrich organizado por la Asociación de Científicos Españoles en Suiza, en la que se anunciaba que se iban a debatir temas científicos de actualidad. Lo que se discutió en realidad fueron temas sobre la infraestructura de la ciencia de actualidad permanente y allí se repitieron otras dos de esas ideas que están por todos lados en nuestro mundillo y que, en mi opinión, lo único que nos hacen es daño.

La primera tiene que ver con la situación de los postdocs. El objetivo de la mesa redonda era comparar la situación española con la suiza, aunque lo cierto es que la situación de los postdocs es precaria en todos sitios. Para los que no sepan lo que es un postdoc: es un investigador ya doctor que todavía no tiene un puesto fijo en una universidad y normalmente tiene un contrato temporal en un proyecto (propio o ajeno). En este mundo en el que hay muchos más doctores que puestos fijos en las universidades, el postdoc está en la peor situación: muy poca estabilidad laboral y vital (normalmente cada pocos años tiene que cambiar de universidad y con ello de ciudad y/o país), sin ser ya tan joven como un doctorando y con —matemáticamente— pocas esperanzas de conseguir un puesto fijo. Una maravilla, vamos. Ante la posibilidad de crear un mayor número de plazas fijas para postdocs que no necesariamente supusieran una cátedra o un puesto de investigador principal, uno de los ponentes de la mesa redonda, de cuyo nombre no quiero (en el sentido cervantino) acordarme, consideraba que esta solución era impensable: en un gallinero no puede haber dos gallos (esto es literal) y, por lo tanto, en un laboratorio/equipo no puede haber más de un investigador estable.

La comparación con los gallos es muy ilustrativa (además de bastante masculina, pero bueno) de cómo algunos profesores universitarios o investigadores se ven a sí mismos: como seres humanos dotados de una inteligencia superior a lo normal, pequeños semidioses con grandes ideas que van a cambiar el mundo y que, obviamente, merecen su propio equipo investigador compuesto por subordinados, ¡no por iguales! ¿Y cómo se le va a ocurrir a alguien no aspirar a eso? Eso implicaría, supongo, que tu trabajo no te gusta lo suficente, que no tienes la ambición necesaria y, claro, que no te mereces estar en el maravilloso mundo que es la ciencia, en el que solo se admite la excelencia, que justamente, la encarna… el que defiende esas ideas, claro. Otro win-win argumentativo.

La última idea de la que quería hablar es otra que se mencionó: “¡Es necesario prohibir que una universidad contrate jamás a doctores de la propia universidad!”. Esta idea es un must entre los investigadores emigrados. Tiene, como casi todo, un vertiente razonable —más moderada— y una vertiente ideológica y pasional. La vertiente razonable, que es la que todos nos atrevemos a decir, es que es un método de evitar la endogamia y, por tanto, de fomentar la excelencia. De lo contrario es demasiado fácil que las plazas universitarias acaben ocupadas por candidatos de la casa que no son necesariamente los mejores, pero sí los mejor conectados o los que estaban en el momento justo en el lugar adecuado. La vertiente pasional tiene que ver con una noción de justicia: “Yo me fui a otras universidades y allí mejoré muchísimo mis capacidades, aprendí un montón, conocí otros mundos y por eso soy mejor que todos los contratados en mi alma máter, que solamente tuvieron la suerte de estar allí, esperando y haciendo la pelota”. Otra vez, esto es falaz. Si bien está claro que trabajar en distintos sitios abre nuestras perspectivas y nos mejora como investigadores y como docentes, eso no significa, desde luego, que todos los emigrados sean necesariamente mejores que todos los que no se fueron ni mucho menos significa que sea necesario vivir un viacrucis interminable para seguir en la universidad. Lo que sí significa es que es importante favorecer las estancias interuniversitarias entre los miembros contratados. De hecho, es lógico que uno tenga conexiones científicas con su universidad de origen, ya que allí surgieron seguramente sus líneas de investigación, y por eso también es lógico que sea un buen (no necesariamente el mejor) candidato para dicha universidad. Pero, ¡ay!, cuánta abnegación y cuánto sacrificio supone renunciar volver a la universidad de uno, a casa. Estar dispuesto a ello es simplemente otra de esas pruebas de que nuestro amor por la ciencia es verdadero y que demuestra que nos merecemos seguir en este mundo académico.

No me malinterpretéis. Me encanta mi trabajo. Adoro investigar (y dar clase). Me considero tremendamente afortunada por poder hacerlo como profesión. Pero no me da la gana de apoyar un sistema basado en presionar al investigador a renunciar a todo para poder serlo. Y, desde luego, no creo que sea un deber hacerlo para servir a ese bien superior que es la ciencia, para la que solo unos pocos han sido elegidos. Si de verdad creemos en la ciencia como bien superior, necesitamos más puestos de trabajo (y mejor pagados en general), para que todos podamos tener y aprovechar tanto nuestras horas de trabajo como nuestras horas de descanso. Y para no dejar caer a todos esos postdocs que no encuentran un trabajo fijo, no porque no fueran lo suficientemente buenos, sino porque no hay suficientes plazas. Los semidioses también tienen que tener derechos laborales, sobre todo, sobre todo, porque no existen lo semidioses. Se me bajen de la parra, por favor. Y si van a replicarme, que ya lo he oído antes, que digo estas cosas por ser de Humanidades: pues no lo creo. Pero a lo mejor nos tenemos que humanizar todos un poquito…