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De excursión a las afueras

Una distinción clásica en los estudios sobre la lengua es la de sistema/habla, establecida por el padre de todos los lingüistas, Ferdinand de Saussure, y continuada por el dios de casi todos, Noam Chomsky, en su oposición competencia/actuación. Esta forma de concebir la lengua supone dividirla en dos componentes; uno abstracto e ideal, compuesto por las reglas de la lengua en cuestión (sistema o competencia), y otro formado por las realizaciones concretas de esa lengua (habla o actuación).

La idea de sistema resulta útil para explicar algunas cosas. Por ejemplo, el sistema fonológico del español de Madrid (al menos el mío) consta de 23 fonemas. Sin embargo, cuando un madrileño habla, produce muchos más sonidos: dependiendo de lo que que rodea a un fonema, este cambia. Cada realización diferente de un fonema se llama alófono (esto último lo digo por darme pisto). Así pues, es un hecho interesante que los hablantes de una lengua determinada tienen dificultades para distinguir o producir sonidos de otra lengua, cuando dichos sonidos no son fonemas de su lengua (esto es, no formen parte del sistema), aunque sí dispongan de ese sonido como alófono de otro.

Pongo un ejemplo, por si mi prosa no es lo suficientemente límpida y transparente. Aunque el español tiene un sonido nasal velar [ŋ] (la /n/ de la propia palabra aunque), este es un alófono de sonido /n/ y no un fonema propio (no nos sirve para diferenciar significados). Por eso, a los hispanohablantes nos cuesta oír la diferencia entre sin y sing en inglés; o pronunciar el sonido final de going (aunque solamos añadirle una velar de las que conocemos mejor, como la /g/).

Además del sistema y sus realizaciones concretas (el habla), las lenguas cuentan con una serie de fenómenos que están como en las afueras del sistema (sistema periférico ya estaba cogido). Me refiero a ciertos fenómenos aprendidos (pues son propios de cada lengua), que usamos en contextos que podrían denominarse «lúdicos» (entiéndase todo este párrafo como precedido de un enorme «a falta de mejores términos»). Los habitantes de estos suburbios lingüísticos tampoco nos ayudan mucho a aprender lenguas y esto, como voy a mostrar ahora, es una pena.

En las afueras del español tenemos el sonido que en inglés a veces se escribe sh ([ʃ]): es el que usamos para mandar callar. El sonido que los ingleses a veces escriben con z ([z]) y que los franceses emplean para distinguir pescado de veneno es el que usamos nosotros en la siempre útil vicisitud de imitar el zumbido de una abeja. Sin embargo, esto no suele ayudarnos a pronunciar mejor estas lenguas, como no se cansa de hacernos notar el mundo entero. [Algunas variedades del español sí que tienen /ʃ/ como fonema, es de suponer que otro gallo les cantará.]

Algunas lenguas más interesantes (sin ofender) que el inglés o el francés tienen los llamados clicks o chasquidos. Aquí van algunos ejemplos; el bilabial [ʘ], el dental [ǀ] y el post-alveolar [ǃ] (por cuestiones que escapan a mis dotes informáticas, creo que los vídeos dan bastantes problemas; merece la pena pinchar en los links para verlos, o también pueden escucharlos —no verlos— aquí): click bilabialclick dentalclick post-alveolar.

Si se fijan bien, en español solemos usar el dental para decir que no; llamamos a los animales con el post-alveolar y nos despedimos numerosas veces (sobre todo por teléfono) con el bilabial. Ahora que lo saben, quizá les resulte más fácil aprender a pronunciar el Xhosa, pero me temo que les va a seguir costando horrores diferenciar los distintos chasquidos en el habla corrida…

En las afueras del sistema no viven solo sonidos. Cuando en español le decimos a la vecina: «Qué monísima iba tu hija en la boda. Guapa, guapa», estamos usando la reduplicación para graduar un adjetivo. Este mecanismo es uno de los métodos que usa, por ejemplo, el vasco para determinar el alcance del adjetivo, mientras que otras lenguas, como el indonesio, lo usan para formar el plural de una palabra.

Más interesante (todavía) es un mecanismo de formación de palabras que he notado hace poco. El susodicho mecanismo emplea técnicas propias de un tipo muy especial de lenguas: las de signos. Con estas técnicas me refiero a los que se consideran los rasgos distintivos fonológicos de las lenguas de signos: la forma, la posición y el movimiento de la mano. Combinando las tres hemos creado, por lo menos y hasta donde yo me he dado cuenta, 3 nuevos verbos:

  • Pronunciar decir con el puño cerrado, el meñique y el pulgar extendidos y la mano en la oreja: ‘decir hablando por teléfono’.
  • Pronunciar decir con el puño cerrado, el pulgar hacia arriba y en movimiento y la mano frente al cuerpo: ‘decir escribiendo por teléfono’.
  • Pronunciar decir con los dedos (de una o ambas manos) en movimiento, situados frente al cuerpo: ‘decir escribiendo por el ordenador’.

No estoy segura de que este prodigio de la economía lingüística se dé igualmente con otros verbos de lengua. Me da la impresión de que es más raro con hablar o con charlar; que necesita un verbo en el que se especifique lo que se dice. Esto es interesante, pues indicaría que el modo en que se produce la elocución solo es relevante en cuanto al contenido de dicha elocución y no en cuanto al acto de comunicación en sí mismo.

Muchas de las cosas que he incluido en estas afueras de la lengua suelen considerarse mecanismos expresivos de las lenguas. Supongo que esto es cierto, como es cierto que las lenguas en sí son instrumentos «expresivos». Y es muy posible que a ustedes les parezcan tremendas tonterías, pero a mí me resulta tremendamente sugestivo el hecho de que codifiquemos esas tonterías por medio de mecanismos inequívocamente lingüísticos. Aunque muchas de estas cosas (u otras, como el alargamiento vocálico en diversas situaciones) suelen comentarse en las clases de lingüística, no he leído nada sobre ello (y tampoco parece ser la paralingüística de que habla Wikipedia). Si ustedes conocen algo escrito sobre el tema o se les ocurren más cosillas… ¡Cuenten, cuenten!

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Actualización (26/04/2012): Acabo de descubrir que en el WALS (Atlas mundial de estructuras lingüísticas) hay un mapa y una introducción al uso de los clicks al que me he referido más arriba, ambos de lo más interesantes.
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Batiburrillo de variación dialectal

Antes de nada… ¡Feliz año! Como pueden ver, llevo tiempo sin escribir, pero tengo una fantástica excusa: he estado recorriendo Argentina, bebiendo limonada en las librerías de Buenos Aires, navegando por el Canal del Beagle, paseando por el glaciar Perito Moreno y mojándome en las aguas del río Iguazú y, claro, no quería dar envidia… No está bien restregar la increíble suerte de uno antes los pobres demás.

Bueno, como adelanto en el título, hoy vengo con un poco de batiburrillo, que es una palabra inmejorable, por cierto. Primerísimamente, quería compartir brevemente mi experiencia ultramarina: imagínense a una filóloga loca por la variación dialectal rodeada de argentinos que te indican la distancia en cuadras; te aconsejan que te pases por la pileta, pues hace mucho calor o que acaban una historia diciendo: «Eso es la frutilla de la torta». El viaje ha sido una auténtica experiencia lingüística y por supuesto que me esforcé en documentarlo (y en obligar a mi amiga Irene a documentarlo, claro), así que aquí les dejo algunas fotos de los carteles que hicieron mis delicias: Carteles de Argentina.

Cambiando absolutamente de tercio, les pregunto: ¿han oído ustedes hablar de la tuiterología? Esta nueva «disciplina», fundada por lingüistas americanos, consiste en el estudio de la lengua a través de la información que Twitter puede darnos. ¿Y qué información es esa?, se preguntarán ustedes, ingenuos e inocentes. Mucha, mucha; de frotarse las manos, diría yo. Existen aplicaciones que permiten buscar palabras o secuencias de palabras que hayan aparecido en tuits y las sitúan en el mapa, según dónde se haya mandado ese tuit. Los siguientes mapas los he obtenido con una herramienta llamada Twittermap. No es muy sofisticada (y la propia página no deja muy claro cómo funciona, aunque parece que busca entre los tuits más recientes), pero no está mal para forjarse impresiones. Y, sobre todo, es la única que he encontrado que busque más allá de los Estados Unidos…

No sé si les ha pasado a ustedes también, pero a mí, en mi estatus de joven española ya me han dicho mis mayores más de una vez lo horrible que es eso del «en plan» que no se nos cae de la boca. Esta formación tan novísima que les suena a arañazos en una pizarra a nuestros padres se ha extendido como la pólvora en España, pero los ejemplos americanos son mucho más escasos (pinchando en la foto, se hace más grande):

[Por cierto, los enclaves tachados en negro se deben a que, examinando tuit por tuit, estos no son ejemplos de la construcción buscada.]

He hecho otras dos búsquedas (bueno, he hecho miles de búsquedas más, pero me han quedado interesantes dos). En una he buscado «con yo». Este uso de yo (y ) con las preposiciones con y para aparece en el español peninsular rural, en el área de Aragón. Pero, aunque Twitter no permite documentar el español rural en retroceso (por razones más que obvias), me ha permitido averiguar que es un fenómeno bastante extendido en América:

Y por último, les enseño los mapas que han salido buscando habemos (que se me ha ocurrido gracias a un comentario de Jacqueline González: ¡gracias!). La concordancia del verbo haber en 3ª de plural (Habían muchas personas en la reunión) es muy conocida (y reprobada).  Aunque seguro que se reprobaría menos si el alcance de su belleza fuera de dominio más general: en la mitad sur de la península (así en general, pues no está muy bien descrito) encontramos esta concordancia con la 1º del plural. Esto es, se dice Habemos doscientas personas en el pueblo en vez de Somos doscientas personas en el pueblo. Precioso se queda corto para describirlo; estarán de acuerdo. Este uso de habemos está muy documentado en Méjico (eso era todo lo que yo sabía), pero parece claro que es muy común en toda Centroamérica:

Han aparecido también tres casos en Chile (no son pocos, teniendo en cuenta que las búsquedas solo se hacen en tuits recientes):

Y unos cuantos en España, pero no se engañen: casi ninguno de estos ejemplos vale (como ejemplo natural de habemos).

Pero sí valen por su importancia sociolingüística: resulta que hoy es Trending Topic #frasesdegitanos y parece que habemos (también como auxiliar) se asocia en muchos sitios a susodicha etnia. Como ejemplo, este tuit de @Amarilleando: «Er dormitorio noh loh habemos encontrao shatarreandoh, loh que loh limpiamoh un poquitoh… #GitanaCombinadora #Frasesdegitano«.

Y aquí les dejo, que seguro que tienen ganas de buscar sus palabrillas en Twittermap…

Dime de qué hablas y te diré quién eres

Uno de los mayores bulos que recorren las facultades de lingüística es el de que los esquimales tienen una auténtica barbaridad de palabras referidas a la nieve. Es el típico ejemplo que alguien pone para mostrar cómo nuestra lengua y nuestra forma de ver el mundo están profundamente intrincadas. Y, aunque lo cierto es que los inuit no tienen tantas palabras para la nieve, parece ser que los sami (de Noruega y Finlandia) sí que tienen un buen montón de ellas.

¿Qué pobre aprendiz de lenguas extranjeras no ha pensado alguna vez «¿Pero qué clase de gente tiene una palabra para decir esto?»? La red está llena de colecciones de palabras de diversas lenguas con significados «extraños» y existe un libro genial dedicado únicamente a eso: El significado de tingo, de Adam Jacot de Boinod. En él descubrimos, entre otras muchas cosas, que tingo, en rapa nui (de la Isla de Pascua), significa «pedirle prestadas cosas a un amigo de una en una hasta vaciarle la casa», o que en shona, hablada en Zimbabue, tienen por lo menos ocho formas diferentes referidas a la acción de andar, una de las cuales (pushuk) significa hacerlo con un vestido muy corto.

La teoría de que nuestra lengua materna afecta nuestra forma de percibir el mundo (relativismo lingüístico o hipótesis de Sapir-Whorf) es desde luego interesante. Aunque ahora mismo está claro que nuestra lengua no marca radicalmente nuestra conceptualización del mundo, todos aquellos no daltónicos que tenemos palabras diferentes para el rojo y para el amarillo nos quedamos muy sorprendidos al descubrir que hay lenguas que usan la misma para ambos colores y no podemos evitar preguntarnos si verán dichos colores igual que nosotros.

Aunque podemos plantearnos cuestiones mucho más profundas acerca de la influencia de la lengua en nuestra forma de pensar (algunas lenguas, por raro que nos parezca, no tienen adjetivos, sino que expresan las cualidades con verbos), hoy no me voy a poner tan filosófica. La existencia de muchas palabras para designar conceptos semejantes se da también en los lenguajes de especialidad (por ejemplo, los esquiadores disponen de más términos para calificar la nieve que los que nunca la han visto: papa, dura, polvo, virgen…) y podemos considerarlo un mero indicador de en qué tipo de cultura se ha desarrollado determinada lengua, ¿no? Parece razonable. ¿A ustedes también se lo parece? Estupendo. Quedemos en eso, pues.

Ahora, a ver si adivinan qué lengua tiene, por lo menos, cuarenta y siete (sí, 47) palabras para designar los «residuos del alimento que, después de hecha la digestión, despide el cuerpo por el ano» (descripción que agradezco a la RAE). ¡BINGO! Somos de una riqueza a la hora de entrar en detalles, que ustedes verán si les conviene seguir viendo razonable lo anterior y qué dice esto de nosotros entonces:

Para empezar, tenemos unos cuantos (quince, sí, 15) genéricos. Por otra parte, nos preocupa claramente quién sea el dueño del ano en cuestión. Además, solemos distinguir si se trata de porciones o de la cuestión bien completita, el estado de la materia en que se encuentra, su forma, dónde se halla e, incluso, del modo de expulsión. Les dejo aquí un «pequeño» esquema:

·      Genérico: excremento, frez, egestión, catalina, caca, ñisca, acatanca, ñaña, deyeccion, catanga, heces, cagada, mierda, plasta.

§  Sólido: cerote.

§  En forma de torta seca (repito: en forma de torta seca): poneca.

§  Fósil: coprolito.

§  En el suelo o la calle: privada.

·      Humano: jiña, zulla, chichina, popó, majada, cámara, aguas mayores.

§  De niños recién nacidos: alhorre, pez.

§  Porción compacta expelida de una sola vez: zurullo, mojón, mocordo, chorongo.

§  Sólido: naco.

§  En forma de bulto: bojote.

·      Animal: estiércol, majada, freza.

§  De perro: canina.

§  De ganado vacuno o semejantes: boñiga.

o   Porción: boñigo.

§  De ganado vacuno o caballar: bosta.

o   De caballería (porción): cagajón.

o   Seco: burril.

§  De ganado cabrío: carajón.

§  De ganado cabrío y lanar: sirle.

o   Porción: cagarruta.

§  De gallina: gallinazo o gallinaza.

§  De aves de rapiña: tullidura.

§  De ave marina: guano.

§  De paloma: palomina.

§  De murciélago: morceguila.

Y este, damas y caballeros, es un perfecto ejemplo de cómo dar apariencia de sesudez y academicismo a una entrada sobre la, simple y llanamente, caca. ¡Feliz Navidad a todos!

PD: Este post no hubiera sido posible sin el DRAE ni el DIRAE.

PPD (actulización a 27 de noviembre de 2014): Gracias a inestimable colaboración ciudadana estamos ampliando el catálogo con formas no documentadas en el DRAE. ¡Gracias, caquistas!

Ex-alumnos al Pedro Ximénez (o amigos al vino)

Dedicado a Jacobo, a Monchi, a Pepo, a Sara y, muy especialmente, a Natalia

19-N. 22:00 pm. Bar, c/ Pradillo, Madrid. 6 jóvenes, 3 varones y 3…, un momento, ¿cuál es el antónimo de varón? Hombre/mujer, macho/hembra, dama/caballero, varón/… Bueno, da igual, 6 jóvenes con un pasado común se juntan para recordarlo, celebrarlo, festejarlo, sentirse mayores y todas esas cosas que se hacen en los eventos sociales de envergadura.

Para que se hagan una idea adecuada de la situación, nos hallamos ante el típico grupo que cuando se junta disfruta de la creación de neologismos tan vitales como fragar (‘pagar fregando platos’) o la colocación sinónima fregar en platos. El típico grupo que cuando se junta disfruta de discutir acerca de la necesidad de votar mangarrián como la palabra más bella del español frente a la aparente idoneidad para el puesto de las múltiples esdrújulas de nuestro idioma. El típico grupo que cuando se junta disfruta de saltear sus conversaciones con menciones a Kamchatka.

A estas alturas habrán adivinado ustedes ya que el pasado común del susodicho grupo es el de haber estudiado derecho juntos. Ah, ¿que no?, ¿que no se veía venir? Perpleja me dejan.

En el ambiente descrito, en una jornada tan reflexiva como la de ayer, el tema estaba en el ambiente. Solo un optimista habría creído que no iba a salir. Solo un ingenuo se habría sorprendido del juego que dio.

Una de las tres (o cuatro, según cómo contemos) letras que no aparece en su propio nombre. La única letra del español que representa dos sonidos (lo opuesto a un dígrafo, palabro que también carece de antónimo, al parecer). La uniquísima letra del alfabeto español a la que la RAE le permite corresponder a tres sonidos distintos. La letra que pronunciada en inglés suena a antigua pareja. Simétrica. Inigualable. Inimitable. Incógnita. La equis.

Pero, se preguntarán ustedes, ¿cuál fue el detonante? ¿Qué interrumpió una feliz conversación sobre penínsulas rusas y vocablos proparoxítonos? Elemental, querido Waxon, la salsa. Nunca pidan nada al Pedro Ximénez si en la mesa hay una culé con raíces gallegas y un experto en (reducir) licores que responda a las iniciales JJ. En el momento en el que la variable de pronunciación /∫/, propia de la equis en todas las demás lenguas de la península (la ibérica; no la rusa) entra en juego, empieza lo que en ciertos círculos se conoce como la apoteosis del humor. México pasa a Méshico; xilófono a gilófono; hombres de mandíbula laja no te cortejan, sino que te corteshan o cortexan.

Pero no se crean que todo son risas. Se oyeron propuestas serias, muy, pero que muy serias. Eso es lo que pasa cuando en la mesa también hay una metamoderna. Sustituyamos la doble zeta , extranjerismo innecesario, que diría la Fundeu, para poder decir pixa a gusto, en vez de pitsa, combinación absolutamente extraña a nuestro idioma. Escribamos puxle y digamos pujle. Y si estas razones no les convencen, piensen en las posibilidades humorísticas de un mundo en el que pija, pizza y pisha puedan escribirse igual.

Luis y Ana, you were missed

PS: Para todos aquellos, daltónicos o no, que están deseando proponer variz como antónimo de varón… ¡Primer!

Sigan la luz

He vuelto a la universidad. Bueno, vale, he vuelto a la universidad como estudiante de licenciatura, porque no he salido de la universidad desde que entré en ella hace ya un porrón de años. Me he apuntado a Lingüística. Y ustedes se preguntarán: “Pero…, ¿y no era eso lo que había estudiado esta pobre?”. Casi, pero no: hice Filología Hispánica y en estos mismos momentos hago el doctorado en Lengua Española, que es como hacerlo en Lingüística, pero con una importante falta de base. Así que, como con esto del plan Bolonia desaparecen las carreras y aparecen grados con nombres sugerentes pero con programas sospechosos, me he ido a cubrir lagunas, con toda mi ilusión.

Pero tengo que decirles que en algunos casos, dicha ilusión se está rompiendo en pedacitos tan pequeños que podríamos llamarlos añicos. Ya tuve profesores “poco inspiradores” cuando estudié Filología. Profesores a los que no les gustaba que dudaras de su palabra o que solo te daban una versión del asunto. Sin embargo, ahora que juego con un poco de ventaja porque el tema no es completamente nuevo para mí, veo (con horror desmedido, ¡imagínense!) la manipulación a la que algunos profesores someten a sus alumnos. No deja de sorprenderme la rotundidad con la que se pueden hacer afirmaciones que son más que debatibles y debatidas, compaginadas con invitaciones a pensar por nosotros mismos (eso sí, en otro sitio; en clase, escucha, asiente y calla). Hipocresía, cinismo y muy poco rigor científico.

No todos son así, por supuesto. Es más, tengo una clase enfocada a la enseñanza (tema que nunca me había interesado, hasta que empecé a dar clases) y en ella he descubierto (gracias a la profesora y a algunas amigas puestas en el tema) que SE SABE que nuestros sistemas educativos, más que mejorar el potencial de los tiernos infantes, los aplatanan, los uniformizan y les quitan toda su curiosidad. Parece que la labor del colegio fuera acostumbrarnos a no preguntar y aceptar todo lo que nos cuentan sin rechistar. Tanto, que el cerebro acaba dejando de sorprenderse cuando oye una barbaridad y esa lucecita que se encendía cada vez que una idea no acababa de cuadrar empieza a ser más tenue cada vez.

Es más, salimos del colegio, el instituto o donde quiera que sea que nos hayan preparado para la vida moderna y enseguida descubrimos que en el colegio no han hecho más que engañarnos; que lo que nos han contado como cierto lleva años superado y reformulado. Algunos de esos lincenciandos asumen el engaño y luchan por ponerse al día. Pero otros (lo he visto) se niegan en redondo a conocer estas nuevas teorías. “¿Para qué? Si lo que me han enseñado en el colegio encajaba a la perfección.” Más bien no, no cuadraba en absoluto. Pero nos lo contaron de forma que parecía que sí. Mintiéndonos o, simplemente, procurando que nadie preguntara por las disonancias, pasando por encima por ellas y haciendo afirmaciones dudosas y dudables como si fueran palabra revelada.

Y me asaltan las dudas. ¿No sería más útil enseñar a los niños y a los adolescentes a pensar? ¿Enseñarles los métodos que deben seguir para estar seguros de que algo es tan cierto como nuestro conocimiento del mundo actual nos permite averiguar? ¿Animarles a preguntar, a poner en duda lo que dicen los libros y explicarles que a veces el profesor no podrá darles una respuesta, porque la desconocemos?

Tristemente, esto no es así, y nos hacemos mayores creyendo que la historia se ve en dos direcciones (derecha o izquierda), pensando que los que hablan con la zeta son todos unos paletos y creyendo que el átomo se compone de tres partículas indivisibles. Pero, lo que es peor, salimos así y convencidos, empeñados, empecinados en que tenemos razón. Y estas convicciones son especialmente fuertes en cuanto a la lengua. En los ámbitos de “ciencias”, los legos cambiamos de opinión con relativa facilidad, porque admitimos que existe una pequeña posibilidad de que no lo sepamos todo (nótese que esto tampoco es intrínsecamente bueno): si viene un señor con bata blanca, nos dice que es doctor en Física y que los últimos descubrimientos indican que una de las partículas subatómicas se mueve a ritmo de rumba y que esto es especialmente revelador, porque es bien sabido que la melodía de la rumba sigue la proporción áurea, habrá quien se lo crea, porque somos conscientes de que la investigación en el campo de la física existe y avanza a ritmos sorprendentes (de rumba, cuando menos).

Sin embargo, en los ámbitos de las Humanidades las ideas están mucho más arraigadas. Por ejemplo, cualquier persona cree estar en posesión de la verdad más pura en lo que a su lengua concierne y resulta muy difícil atravesar ese campo de creencias para proponer una nueva forma de ver la lengua. Esta es una conversación que probablemente haya mantenido cualquier filólogo del mundo (de los que creen en la igualdad de las lenguas y variedades, que no son la mayoría) varias veces en su vida:

Señora cualquiera, recién enterada, por cualquier oscuro motivo, de que eres filólogo: Uy, pues ya verás, ya verás. ¿Sabes lo que dicen en mi pueblo? ¡Te va a doler, eh!

Tú (filóloga): Ah, a ver, dígame, dígame, qué dicen.

Señora… (triunfal y escandalizada a la vez):  “¡Una poca de leche!”, “¡una poca de leche!” [Excurso: Word acaba de corregirme dos veces ese ejemplo. Word. Imagínense una persona, con cerebro y boca.] ¿Qué le parece? Una barbaridad en toda regla, ¿cierto?

Tú (pensando: «Oh, cuantificación concertada, cuánta belleza«): Ah, bueno, sí, es muy interesante y bonito, de hecho es una forma documentada por lo menos desde el siglo XVI…

Señora… (profundamente indignada): ¡Sí, hombre, me vas a venir tú, filólogo de pacotilla, decir a mí, que leo muchísimo, que se puede decir Dame una poca de leche, cuando eso solo lo dicen en mi pueblo, que es que hablan fatal!

Tú: Bueno, pero precisamente, si lo dicen en su pueblo, es que se puede decir. Vamos, que se dice. ¿Sabe lo que le quiero decir?

Señora… (a punto de darle un ictus): ¡Uy!, ¡uy!, ¡uy! ¿Qué dice la RAE de eso? ¿Eh, eh?

Tú: Bueno, la verdad es que no lo sé…

Señora…: ¡Que no lo sabes! ¡Que no lo sabes! ¿Pero no decías que eras filóloga? No si es que… La educación es un desastre en este país. ¡Un desastre! Y los que dicen eso, ¡NO SABEN hablar!

[Nótese que los que dicen eso seguramente sean parientes suyos y, también seguramente, mantengan conversaciones de, por lo menos, igual profundidad que su paisana.]

Y esto se debe a que la mayoría de la gente no es consciente de que existe la investigación en lingüística. La mayoría de la gente ni se imagina qué tipo de cosas pueden investigarse acerca de las lenguas. Y la mayoría de la gente se pierde una forma muy interesante de acercase a la cultura y la cognición humana. Pero yo, como Martin Luther King, he tenido un sueño. Ha sido una pesadilla horrible, con uno de esos profesores de los que les hablaba, que de repente, sin venir a cuento, se puso a hacer natación sincronizada, con el ceño muy fruncido y mucha cara de concentración. Empapada en sudor me desperté, claro.

Creo que se me ha ido momentáneamente la pinza, ya vuelvo. Además de este sueño tan terrible, que me apetecía compartir, entre otras cosas para que no se cumpla (no es superstición, sino precaución) tengo una esperanza: que algún día, los responsables de educación de este país y del mundo entero sean profesionales de la educación, que estén al tanto de los últimos avances en pedagogía y psicología y que decidan cambiar nuestro sistema de aleccionamiento por uno de descubrimiento. Y espero que en ese sistema los tiernos infantes averigüen las tremendas diferencias entre las diferentes lenguas y sus implicaciones para el estudio de la cognición, pero también que sepan aplicar el método científico a toda la información que reciban (especialmente la de la prensa), que descubran las maravillas en las que se entretiene la física, o la química, o la biomedicina y que, sobre todo, salgan al mundo abiertos a aceptar y a rechazar nuevas ideas, independientemente del color de la bata del que se las venda, y disponiendo de los recursos necesarios para juzgar si una idea es disparatada, falsable, improbable, posiblemente cierta o lo que comúnmente se llama un camelo.

ACLARACIÓN
Por las reacciones (en otros foros), me doy cuenta de que la entrada lleva a error. Hay profesores fantásticos, muchísimos (y gracias a ellos nos damos cuenta de que otros no lo son tanto). Sin ellos, todos seríamos personas distintas. Por otro lado, no intento decir que los varios fallos del sistema sean de los profesores: por supuesto que no. La idea de programar cada último detalle de los conocimientos del niño, que viene de las instituciones, y la burocratización de la profesión son las presiones que nuestros profesores aguantan día a día. Algunos de ellos consiguen enseñar, a pesar de ellas, y esos son grandes profesores. Otros ceden a ellas, olvidando las motivaciones que debe regir en la enseñanza; esos son los terribles.

Desde Babel, con rencor

Todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible.        
Génesis, 11:6

Hace poco leí este artículo sobre la muerte de las lenguas. Es un artículo antiguo, de hace un par de años, pero llego a mis manos virtuales hace unas semanas. El artículo despierta un debate que se sigue en los comentarios acerca de un interesante dilema moral al que se enfrenta el lingüista interesado en la preservación de las lenguas: la aparente dicotomía entre progreso y desarrollo económico y la preservación de la cultura tradicional.

Fíjense si es un tema que nos preocupa a los lingüistas, que en las cuatro clases de tipología que llevo, ha salido en dos. La cuestión se reduce a la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto debemos luchar los lingüistas por la preservación de una lengua con muy pocos hablantes, cuando dicha lengua parece ser un freno al desarrollo de la comunidad?

La cuestión no es simple y debe tener en cuenta factores como la voluntad de la comunidad o el multilingüismo. Es más, creo que todos aquellos personas involucradas en la cooperación al desarrollo se enfrentan a dilemas similares, no necesariamente relacionados con la lengua. Quizá algún día divague sobre este tema aquí, pero no será hoy. Porque hoy estoy demasiado enfurecida ante la superstición y superchería que algunos habitantes de este aterrador primer mundo usan como excusa para extender su concepto de progreso a todos los otros mundos.

En los comentarios al susodicho artículo, encontramos las siguientes perlas:

I think that the reduction in the number of languages spoken is also a great way to help unify the world and the human race in general. How can we expect cultures to keep peace between each other when they cannot understand each other? Having one, or a few global languages will make things much more convenient and seamless. Also languages isolate communities. Which are most likely to be economically weak. ‘Our heritage’ is only history, and history will never and can never be more important than the present or the future. Parsa, UK

“Creo que la reducción en el número de lenguas habladas es también una forma fantástica de ayudar a unificar el mundo y la raza humana en general. ¿Cómo podemos esperar que las culturas mantengan la paz entre ellas cuando no pueden entenderse? Tener una o unas cuantas lenguas globales hará las cosas mucho más convenientes y sencillas. Además, las lenguas aíslan comunidades. Que tienen más probabilidades de ser débiles económicamente. ‘Nuestra herencia’ es solo la historia y la historia jamás será ni puede ser más importante que el presente o el futuro.” Parsa, UK

Most of the problems in the world stem from a lack of communications. If we all spoke English then these problems might disapear. It may be sad to lose other languages, but we must strive for one universal language. Ray Dorrity, Lymington, Hampshire

“La mayoría de los problemas del mundo proceden de una falta de comunicación. Si todos habláramos ingles, estos problemas podrían desaparecer. Puede que sea triste perder otras lenguas, pero debemos luchar por una sola lengua universal.” Ray Dorrity, Lymington, Hampshire

If we as human beings can all communicate in the same tongue, then maybe we will start to treat the whole polulation od [sic] the world equally and that can be no bad thing! David Evans, Frinton on Sea, Essex

“Si, como seres humanos, podemos todos comunicarnos en la misma lengua, entonces puede que empecemos a tratar a toda la población mundial con igualdad y ¡eso no puede ser algo malo!” David Evans, Frinton on Sea, Essex

A good proverb: A house divided against itself cannot stand. The Earth is the home of humans, plants, animals, various forms of life. Right now we humans have divide this home of ours’ into divided nations, languages, religions, etc. In this time and age we need unity more than divisions. What is the point of having hundreds of languages that will make it difficult for people from different places to communicate. A Lwin, Geneva, Switzerland

“Un buen refrán: Una casa dividida contra sí misma no puede aguantar. La Tierra es el hogar de humanos, plantas, animales, varias formas de vida. Ahora mismo nosotros los humanos hemos dividido nuestra casa en naciones divididas, lenguas divididas, religiones divididas, etc. Qué sentido tiene tener cientos de lenguas que dificultan que la gente de distintos lugares se comunique.” A Lwin, Geneva, Switzerland

Después de leerlas, empecé a pensar que a lo mejor es cierto que existen creacionistas en este nuestro primer mundo lleno de progreso y avances tecnológicos. Todos estos comentarios, hechos por personas a las que, sin conocer de nada y a riesgo de prejuzgar, no concedo ni medio dedo de frente y cuya cultura me parece equiparable a la de algunas especies vegetales, se basan en el mito de Babel para aducir una opinión basada en hechos históricos probados, como que la Guerra Civil española no existió, que los judíos alemanes no se hacían entender y por eso Hitler tuvo que exterminarlos o que los genocidios cometidos en Ruanda son solo parte del imaginario popular contemporáneo.

Resulta de cajón de madera de pino curioso que tres de los cuatro comentarios hayan sido escritos por personas que parecen ser del Reino Unido y probablemente sean angloparlantes nativos. Da la impresión de que algunos son tan ombligocéntricos que leen artículos como este y se creen que el mundo entero se pelea por abandonar su lengua para hablar inglés. Que los indígenas del Amazonas, en vez de aprender quechua, aimara, guaraní, portugués o español, por poner algún ejemplo, aprenden inglés, que les es mucho más útil. El otro comentario parece ser de alguien de Suiza y es el único de los cuatro que no menciona la idea de tener una sola lengua, sino simplemente menos de las que tenemos, así que el próximo párrafo  no se le aplica, aunque el sentimiento de desprecio de la entrada en general sí.

Me imagino que esta gente no se ha molestado jamás en aprender otra lengua ni han tenido la suerte de encontrarse en un país lejano (o en su propio país) con alguien que no hable el todopoderoso inglés y haberse podido expresar con sonrisas, miradas de inteligencia (en todos los sentidos), gestos ridículos y palabras negociadas sobre la marcha. Y supongo que nunca han oído hablar de la existencia de intérpretes y traductores. En la cabeza de estas personas, el edificio de la ONU debe de ser un caos, una pesadilla, el infierno hecho realidad. ¡Cómo no va a haber guerras en esta situación, por el amor  de God!

Me imagino también que nunca se les ha pasado por su estrecha cabeza que pudiera ser su lengua la moribunda (porque no parece probable ahora mismo) y ellos o sus nietos los que tengan que abandonarla. Cuando una persona abandona su lengua es una experiencia traumática, pero cuando una comunidad en pleno abandona su lengua, el trauma es mucho mayor. Y hablo de abuelos que apenas pueden comunicarse con sus nietos. Porque, como dijo el profesor de la clase de tipología de la que les hablaba, Eugenio Luján, “es algo que vives como una experiencia íntima, la lengua”. La lengua en la que nacemos es la lengua en la que más cómodos nos sentimos, con la que mejor podemos ser quienes somos.

ADVERTENCIA

Caminen con cuidado estos días, porque si los cuatro genios del día buscan su nombre en Google y lo encuentran rodeado de palabras que no entienden es posible que manden hacia acá una horda de sicarios o algún misil. Bueno, y si las entienden… también.

Plan Renove: traiga sus tiempos compuestos y le damos unos nuevos

Tengo a mi abuelo muy preocupado con mi permisividad lingüística. Bueno, muy preocupado no, porque tengo un abuelo cabal. Dice que lo de que las lenguas cambien está muy bien, pero que no me pase, que hay cosas y cosas. Y mi abuelo tiene razón casi siempre. Y como yo tiendo a creer que tengo razón casi siempre, hoy he decidido ponerme un poquito con el cambio lingüístico.

Las lenguas cambian en cuatro dimensiones (y el cine solo va por la tercera). En primer lugar, cambian con el tiempo. Estarán ustedes pensando en como hablaba el Lazarillo, pero no hace falta irse tan lejos. Por ejemplo, a mi abuelo le preocupa la desaparición del pluscuamperfecto del subjuntivo a causa de la extensión del condicional. Mi abuelo es un intelectual, pero a lo mejor ustedes no, así que les pongo un ejemplo: en una frase como “para engordar, habría tenido que comer” mi abuelo defiende “para engordar, hubiera tenido que comer”. Así que ya ven ustedes, lo que le suena bien a mi abuelo, que es bastante más joven que Calixto (el de Melibea), se oye bastante poco últimamente, al menos en Madrid, que es de dónde somos ambos.

Las lenguas también cambian en el eje espacial. Por ejemplo y para seguir con los tiempos verbales, a pocos de ustedes se les habrá escapado que un bonaerense dice “Hoy desayuné panqueques”, mientras que un madrileño preferiría “Hoy he desayunado tortitas”. El perfecto compuesto apenas se usa en muchas variedades del español (Uruguay, Paraguay, Argentina, el noroeste de España…)

La tercera dimensión es la social. No habla igual el Rey (y miren que es campechano) que un carpintero de un barrio humilde. Si este último es de Madrid (donde vive el Rey), seguramente dirá “Eje”, así, con jota, y sospecho yo que su Majestad dice, en el mismo contexto, “Es que”, así, con ese y con cu.

En la variación social no solo influye la extracción social, sino otros factores como el temible sexo (o género, según lo moderno que seas) o la edad. Ni las mujeres hablamos igual que los hombres ni los niños igual que los jubilados.

La cuarta y última (por lo que yo sé) dimensión es el registro. Las personas, que además de humanas somos muy listas, adaptamos nuestra manera de hablar a nuestro interlocutor. No hablamos igual con nuestro jefe (los que lo tengan) que con nuestros amigos (o no debiéramos). Por ejemplo, un joven madrileño no en el paro puede tildar la misma situación de “muy emocionante” o de “mazo fuerte”, según hable con el primero o con los segundos.

Se habrán dado ustedes cuenta de que estas dimensiones se entrecruzan: lo que es prestigioso socialmente depende del momento y del lugar, igual que los diferentes registros. Por ejemplo, el leísmo de persona masculino, que nuestra querida Academia ya nos consiente, no la veía la RAE con tan buenos ojos en el s. XIX. O la asimilación de la /s/ a la /k/, dando lugar a algo muy parecido a la jota (/x/) o más suave (/h/), que es prestigiosa en Toledo (fíjense en Bono, el de U2 no, el otro), que suena bastante regular en el norte de España y está ganando terreno en Madrid, donde su prestigio empieza a depender del registro (siendo común en algunas situaciones y poco adecuada en otras).

Una observación: habrán notado que pongo muchos ejemplos del habla de Madrid. No es solo porque los madrileños seamos los más mejores y nos creamos el ombligo del mundo, sino porque así me cercioro de no meter la pata, que sé de lo que hablo.

Paso a las conclusiones, en plural. Dejando de lado la idea de que el cambio lingüístico trae aparejado la pérdida de riqueza de la lengua en cuestión, pensemos en la perspectiva que nos da acerca del funcionamiento del cerebro humano. Por ejemplo, la oración de antes, “para engordar, hubiera tenido que comer”, no se encuentra entre las más frecuentes del español. Y este significado del pluscuamperfecto del subjuntivo es muy cercano al significado del condicional en oraciones como “si hubiera querido engordar, habría tenido que comer” (ambas se refieren a un pasado irreal). Por lo tanto, no es sorprendente que ambos se, ¡tatachán!, fusionen.

Por otra parte, cuando algo desaparece de una lengua, puede aparecer algo nuevo. Por ejemplo, un asturiano puede que no diga “he ido a la playa”, pero quizá diga: “tengo ido a la playa”. ¿Me dirán que no es bonito este reanálisis, que repite la historia de haber con el nuevo verbo de posesión, tener? No me lo dirán, no, no.

Fíjense en otra cosa preciosa que está ocurriendo con los tiempos compuestos en español. A estas alturas ya habrán notado que la distinción entre el perfecto simple y el compuesto es bastante inestable (otras lenguas romances, como el francés o el rumano, han perdido una de las dos, que solo queda para la lengua más literaria). Algunas variedades del español andino (en contacto con el quechua) conservan ambos tiempos, pero la diferencia entre ambos ha cambiado de significado. En vez de marcar si el período de tiempo en el que se enmarca la acción está acabado o no (Ayer desayuné – Hoy he desayunado), codifican evidencialidad. ¿Lo qué? La evidencialidad es una categoría gramatical que hace referencia al grado de certeza que se tiene sobre una información. Muchas lenguas del mundo (sobre todo de las “exóticas”, de ahí que sea tan emocionante) la codifican en sus tiempos verbales o con partículas específicas y presentan diversos grados de certeza. En muchas variantes del español empleamos locuciones del tipo por lo visto, se conoce que o dizque para indicar que no conocemos la información de primera mano. En el español andino de Ecuador, sin embargo, lo hacen de otra forma. Cuando dicen Se ha caído el jarrón implican que lo vieron caer, pero cuando dicen Se cayó el jarrón es que lo vieron hecho añicos, por lo que suponen que se ha caído. ¡Aquí no les queda más remedio que admitir la belleza del cambio lingüístico!

Por último y para tranquilizar a mi abuelo: el conocimiento de la norma sí es importante. Y mucho. Si eres ministro, no es buena idea decir que Esta es tu treceava comparecencia, porque a la gente le gusta pensar que sus ministros son cultos, así que lo mejor es que digas decimotercera. Nuestra forma de hablar, igual que nuestra forma de sentarnos, de comer y de vestir, es un reflejo de nuestra educación y es determinante a la hora de desempeñar un papel en la sociedad, en todos los sentidos. Los hablantes que demuestran conocer mejor el español no son aquellos que más palabras esdrújulas usan, sino los que saben cuándo usarlas. Por muy ministro que sea uno, debe saber manejar varios registros y decir, por ejemplo, grave desaceleración económica en el Parlamento, pero crisis de pelotas de cañas con los amigos.

De etimologías y casualidades

 Dedicado a María Sanjuán y a Jaime Alemany

Hay palabras a las que se les coge cariño. Palabras que nos hacen tilín. Algunas palabras nos gustan por cómo suenan (a mí me pasa con ráfaga), a otras les hemos cogido cariño porque nos recuerdan a nuestro pueblo, a nuestra infancia (emparedado es una palabra que siempre asocio a los libros de Los cinco) o a nuestra familia (mi mejor amiga y toda su familia utilizan la palabra flipar como sinónimo de dormir. Y se quedan tan anchos). Hoy le dedico este post a una palabra que conocí ayer (y a dos amigos), que ya se ha convertido en una palabra de esas para mí.

Hallábame yo buscando en la red el significado de la palabra pindio (que ha resultado ser ‘empinado’ y se usa fundamentalmente en Cantabria y Palencia), cuando encontré una página web dedicada a proteger esas palabras que nos dicen algo (o mucho) solo a unos pocos, y por eso están desapareciendo. Se llama «Reserva de Palabras» y la idea es que en ella puedes apadrinar palabras en vías de extinción. Os la recomiendo a todos.

Pero, a lo que yo iba, ayer, investigando en la susodicha web me encontré con la palabra ababa. Enseguida hice clic sobre ella, porque me recordó a una palabra amárica (de la lengua oficial etíope): abbaba es la palabra que se emplea para dirigirse a un anciano desconocido, de forma respetuosa. Pensando: «¿tendrá algo que ver?», cliqueé. Y resultó que ababa significa ‘amapola’. Fogonazo y otro recuerdo etíope: abeba significa ‘flor’ en amárico (y Addis Abeba, la capital, ‘Nueva Flor’). Por supuesto, me fui corriendo al diccionario de la academia (que no es muy bueno, pero está online) a buscar la etimología de ababa. Según la academia es una derivación regresiva de ababol, que también significa ‘amapola’. Una derivación regresiva significa, más o menos, que de una palabra más larga sale una más corta; como perdón, que viene de perdonar y no al revés. La cuestión es que me escamó, primero porque como derivación regresiva no acaba de convencerme (porque las dos palabras siguen teniendo el mismo significado) y segundo, porque ababol se parece menos a abeba que ababa y eso me fastidiaba el descubrimiento. La etimología de ababol (y amapola) es bastante apasionante para los locos de las etimologías (de ahí mi dedicatoria): vienen del mozárabe, pero en mozárabe se formó a partir una palabra latina (papāver) influenciada por la palabra árabe abb ‘semilla’[1] y ¡tachán! ahí tenemos el nexo con el amárico, que también es una lengua semítica.

Con estos datos ya me encontraba totalmente emocionada por mi investigación, pero me temo que no he llegado mucho más lejos. No existe ningún diccionario etimológico del amárico que me pueda decir si abeba es un préstamo del árabe o si viene de una antigua raíz semítica que ambas lenguas comparten o si habb y abeba no tienen nada que ver. En el único diccionario etimológico del árabe que he encontrado (y que existe, por lo visto) no se hace ninguna referencia al origen de la palabra habb ni a ningún pariente suyo en las lenguas semíticas etíopes (mala señal). Y en el diccionario etimológico de Geez (antigua lengua etíope) no encuentro referencias al origen de abeba en amárico. En Geez, tanto ‘flor’ como ‘semilla’ se decían de formas completamente diferentes.

En conclusión, no tengo ni idea de si la palabra española ababa ‘amapola’ y la palabra amárica abeba ‘flor’ están relacionadas, aunque me apetece pensar que sí. Y si no…, ¡bonita coincidencia! Con un poco de suerte, le he conseguido un par de adeptos a la palabra ababa.


[1] Esta información la he comprobado en el Corominas. Coincide.

Desde Hegoalde, por los pelos

El año pasado, en el congreso de la Societas Linguistica Europaea en Vilna, conocí a un profesor que trabajaba en el departamento de política lingüística del País Vasco (cuyo nombre he olvidado totalmente). Recuerdo que, hablando sobre la frecuencia de uso del vasco, mencionó que los jóvenes, incluso los estudiantes del modelo D (en el que la lengua vehicular es el vasco), dejaban de hablar el idioma al llegar a la adolescencia y que incluso consideraban que no lo hablaban bien.

Curiosamente, la semana pasada, en ese mismo congreso, esta vez celebrado en Logroño, oí una charla sobre la situación lingüística de Taiwán. Al parecer, a pesar de que Taiwán ya no forma parte de la República Popular de China, los jóvenes taiwaneses apenas utilizan el min del sur o taiwanés, la lengua materna de sus padres y sus abuelos, y prefieren mayoritariamente hablar en mandarín. A las preguntas de los dos profesores que dieron la charla (Johan Gijsen y Liu Yu-Chang), contestaban que no dominan bien el min del sur.

En mi humilde opinión, cuando un grupo de personas dejan de hacer algo cuando llegan a la adolescencia es porque a ese algo le falta un poco de carisma, de sex-appeal, que no mola, ni chola, ni nada.

Ahora mismito estoy en Fuenterrabía / Hondarribia, provincia de Guipúzcoa. Hoy he hecho dos entrevistas a dos personas que viven en el pueblo, para mi tesis. Ambas bilingües. Acabada la entrevista (que es un cuestionario visual para obtener verbos reflexivos y, por lo tanto, no viene al caso), una de ellas me ha contado cómo de pequeños les enseñaban el español a reglazo limpio y que, por eso mismo, su habla no es muy diferente de la de Madrid. Ha hablado de cómo hay lenguas que, por motivos políticos o económicos, adquieren más poder que otras, con la clara sensación de que era inevitable. Hace tres días, en el congreso del que os hablaba, Orreaga Ibarra, profesora de la universidad de Navarra me contaba, preocupada, que los jóvenes vascoparlantes mezclan español y vasco continuamente, apenas sin darse cuenta.

Sin embargo yo, paseando por aquí, he visto madres hablando con sus hijos en vasco. He visto adolescentes cotilleando (supongo) en vasco. He visto novios diciéndose ñoñerías (supongo) en vasco. He visto matrimonios de diversas edades conversando en vasco. He visto hasta un ciclista dándole instrucciones a su perro en vasco. Y también he visto todo esto ocurriendo en español. También he visto adolescentes hablando indistintamente en vasco y en español, prácticamente una frase en cada lengua. Y una conversación en la que una persona hablaba en vasco y la otra respondía en español. A mí me ha dado la impresión de que existe un bilingüismo absoluto.

Lo que se me viene a la mente es que los responsables de la política lingüística del País Vasco deberían hablar con los adolescentes de, por ejemplo, Fuenterrabía y tratar de saber por qué no abandonan ellos el uso del vasco. Si alguien puede hacer que los adolescentes cambien de opinión, son otros adolescentes. Si los de Irún creen que hablar vasco no es lo suficientemente guay, a lo mejor los de Fuenterrabía les convencen de que sí. Porque, por cierto, es bastante guay. Y si lo mezclan con el español…, pues que lo mezclen. En Paraguay tienen probablemente el mayor grado de bilingüismo de cualquier país hispanohablante y además del guaraní y el español tienen el yopará: la mezcla de ambos.

Sueños y/o tonterías

No sé si se habrán enterado ustedes, pero se está montando un pollo (otra vez) con el catalán y el español (o castellano en político correcto oficial). Yo me he enterado poco, así por encima, no les voy a engañar. Después de vacaciones es que vengo con muy pocas ganas de reencontrarme al politiqueo…

Lo malo es que me he sentido un poco obligada a comentar el asunto, porque claro, le viene pintiparado a este blog… Así que he dicho, venga, pues me pongo, algo breve, y a dormir.

Parece ser que el problema radica en que el Tribual Superior de Justicia de Cataluña ha dictaminado que el castellano (español de toda la vida) debe ser lengua vehicular (junto con el catalán) en la enseñanza en Cataluña. Ya se imaginarán ustedes el revuelo, como si no fuera esperable, teniendo la Constitución que tenemos. Claro que como está en obras…

Y a mí es que, miren, me indigna. Y me indigna por un montón de razones. La primera es la manipulación política brutal que se lleva a cabo en este país con la cuestión de la diversidad lingüística. Porque en este país (España) todo, absolutamente todo, tiene que ser de derechas o de izquierdas. No les digo más, yo tengo la impresión (a ver si me la pueden confirmar) de que llevar bermudas es más de derechas, mientras que llevar pantalones cortos es más de izquierdas. Y esto tiene una consecuencia pequeña, minúscula, que ni se nota: la gente ya no tiene que pensar. ¿Para qué, si con elegir un lado piensan por nosotros? “Yo…, de izquierdas.” Pues mira, no te puedes poner jerseys atados al cuello, eres pro-aborto y haces lo que quieran los nacionalistas, porque eso se llama respetar todas las culturas. “Y tú, ¿qué?, ¿de derechas?” Ni se te ocurra ponerte un piercing en la nariz, el aborto ni en pintura y aquí la única lengua digna de llamarse lengua y no dialecto de pacotilla es el español, ¿te has enterado? Si decides objetar, puedes hacerte nacionalista. Eso mola más, porque en general pides y recibes mucha pasta, digas lo que digas. Eso sí, te tiene que gustar meter cizaña.

A lo que iba, que me indigna. Porque al final aquí nadie se preocupa de la salud de las lenguas ni de la educación de sus hijos y además a mí me da la impresión de que estos políticos juegan muy mal sus cartas, consiguiendo que tanta gente les odie. Porque digo yo, ¿y si en vez de hacer políticas lingüísticas basadas en la destrucción de la otra lengua, hiciéramos políticas lingüísticas de amor, solidaridad y trilingüismo? Alguno me dirá que no va a ser fácil, teniendo en cuenta que CiU, en el reformazo, quería colarnos una reducción de la solidaridad entre comunidades…

Y me indigna también porque muchos españoles, muchos muchos, no hemos tenido la suerte de nacer en una región bilingüe. Somos monolingües de nacimiento y cuando adquirimos otras lenguas, nos cuesta buenas dosis de sudor. Y encima nos toca ver cómo, a los españoles que sí han tenido esa suerte, sus queridos y desinteresados políticos intentan arrebatársela.

Así que me voy a poner idealista y a pedir peras al olmo (o séase, sentido común a los políticos): empiecen a hacer publicidad de las lenguas igual que la hacen de las comunidades. Es imprescindible lavar la imagen de las lenguas regionales, o como sea que se llamen en político correcto oficial, a ojos de todos los (españoles) que no las hablamos. Porque, señores nacionalistas, les están haciendo un flaco favor a sus lenguas, consiguiendo que se oigan auténticas barbaridades sobre ellas, que no han hecho nada para merecerlo. Una vez que todo el mundo se dé cuenta de que el gallego, el asturiano, el vasco, el catalán, el aranés, el caló, son lenguas llenas de belleza, igual que todas las demás, y de que pueden formar parte de la cultura de todos nosotros, empiecen a ofertarlas en los colegios, atentos al siguiente punto, de toda España. Yo, que nada sé de economía, veo dos ventajas claras: más hablantes potenciales de las lenguas minoritarias y más profesores. Y no me dirán que no sería bonito que dentro de unos (cuantos) años todos nuestros niños del futuro salgan con tres idiomas (pero de verdad, pido fluidez) por lo menos: dos nacionales y el inglés, por el amor de Dios, que hace muchísima falta también. Y si los únicos problemas que le ven a esto son de financiación, a mí déjenme soñar, por favor, que no se imaginan lo cansado que es ser madrileña y defender el catalán.