Ni limpia, ni fija, ni falta que le hace

Ha escrito Pérez Reverte una tribuna lamentándose por la pérdida de la función original de la RAE, en el que toma como hilo conductor el lema de esta, el célebre Limpia, fija y da esplendor. El artículo parece más bien un ejercicio de lavar los trapos sucios fuera de casa, pero aquí nos vamos a centrar en los argumentos sustantivos. Sin embargo, no me resisto a empezar comparando lo que dice don Arturo del origen del susodicho lema y la explicación de los propios académicos en el prólogo a su primera y magnífica obra, el conocido como Diccionario de autoridades, que contiene también una historia de la formación de la Academia.

Dice Pérez Reverte que «Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios», pero en realidad los académicos lo veían de una forma algo distinta en 1726, pues describían su labor como «[calificar] la voz por límpia, púra, castíza y Españóla, por medio de su etymología, y autoridades de los Escritores; y al contrário, [castigar] por antiquada, ò por jocósa, inventada, ò usada solo en estílo libre, y no serio»; más adelante añade que la Academia «solo dá censúra à las que por antiquadas, nuevas, supérfluas, ò bárbaras la necessítan». Es decir, la Academia sí veía una necesidad de depurar el idioma de usos innecesarios (superfluos), como dice Reverte, pero no dice nada de incorrectos y confusos. Sí se habla de corrección y confusión en estas páginas iniciales del diccionario, pero siempre hablando de la ortografía, que, como saben los lectores de este blog y los lingüistas que tanto fastidio causan en la Academia, es una materia de naturaleza totalmente distinta a la de la lengua en sí.

En cuanto a la segunda parte del lema, nos dice don Arturo: «[…] la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables». Volvamos al prólogo de Autoridades: «Deciase tambien ser justo fijar la léngua, que (haviendo tenido à la Latina por Madre, y despues con la variedád de domínios padecido la corrupción que es notória) se havía pulido y adornado en el transcurso de los tiempos, hasta llegar à su última perfección en el siglo passado: y no era decente à nosotros, que logrando la fortúna de encontrarla en nuestros dias tan perfecta, no eternizassemos en las prensas su memória […]». Es decir, los académicos del siglo xviii pretendían exactamente lo contrario de lo que nos dice Reverte: congelar (al menos por escrito) una lengua que había llegado a la perfección el siglo anterior. En defensa de Reverte, el objetivo que les atribuye es mucho más razonable, pero ahora es inevitable la pregunta de si tiene sentido defender que la Academia ha de mantener inamovibles sus objetivos fundacionales. Visto lo visto, se diría que no.

Sobre la tercera parte del lema no digo nada, porque la argumentación del académico resulta menos clara.

Aquí va un resumen de lo principal de la queja revertiana a partir de citas de su artículo: el problema radica en que «la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas», porque, como defiende un «sector» compuesto sobre todo de lingüistas «la Academia registra el uso». Opone el otro sector —de escritores y creadores— que «[s]i todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido». Estas decisiones no se toman «tras un debate lingüístico profundo», sino «por presión externa» (entiéndase como el «simple uso») y por «un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible». (Es decir, la academicita cobarde.) Esto «deja al hablante sin referencias firmes» y ¡«lo que es peor»!, permite que «[u]n tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pued[a]n tener más influencia lingüística que un premio Cervantes».

Es decir, la preocupación de don Arturo está en que no se persigue la incorrección y en que los modelos de uso adoptados son poco modélicos. Da el académico pocos ejemplos de lo que dice —y cuando los da, están lejos de ser exactos: nos hace creer que la RAE no se aclara en la disyuntiva entre sólo y solo o entre guión y guion, pero la RAE tiene un criterio perfectamente fijado: solo y guión—. Además, tampoco define los conceptos que maneja; estos son dos ejercicios que suelen ser útiles para examinar cualquier argumento.

Así, lo primero que deberíamos preguntarnos es qué es la incorrección lingüística. Creo que la mayoría de los hablantes responderían a esta pregunta con alguna versión de «es incorrecto lo que no acepte la RAE», lo que nos lleva a un absurdo problema de circularidad. «La noción misma de corrección pierde sentido», se lamenta Reverte. Y tiene toda la razón: la corrección no tiene sentido en la lengua, porque no hay criterios objetivos que permitan establecerla. La claridad podría ser un criterio, seguro que piensa el académico, que se muestra muy contrario a los usos confusos. ¿Estaría de acuerdo entonces en que la RAE abrazara la concordancia plural de haber, que evita confusiones en casos como habían tesis, donde queda claro que se habla de una pluralidad, frente a había tesis? ¿O en que la RAE abogara por el uso de la terminación –emos por –amos en los pretéritos perfectos de la primera conjugación, que permite una claridad mucho mayor? Así, Nos casamos pasaría a ser solo una propuesta o un anuncio, mientras que Nos casemos describiría un evento pasado. Del tono de su artículo, sospecho que no. Pero esta podría ser una manera de suscitar un debate lingüístico profundo. ¿Qué hace incorrectos a esos usos, que permiten mayor claridad?

Supongo que ahí es donde Reverte introduciría la cuestión de los modelos lingüísticos: es correcto aquello que empleen determinadas personas, con alto nivel intelectual y cultural. Lo cierto es que Cervantes usaba vagamundo y Santa Teresa era laísta y ninguno de esos usos está sancionado favorablemente por la RAE.

Al académico le escandaliza sobremanera la importancia que le da la RAE al lenguaje de las redes: «Cuando la Academia […] legitima

[el lenguaje de las redes», «[l]

a lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidad y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social». Otra vez, tiene toda la razón —a su pesar—, pues la lengua es exactamente eso: un reflejo automático del confuso ruido social. En el siglo xviii, cuando se fundó la Academia, la lingüística no era una disciplina científica (a pesar de lo cual los académicos de entonces tenían algunas posturas más rigurosas que las de Reverte), pero ahora, tras décadas de investigación en el cambio lingüístico y la historia de las lenguas, no se puede sostener una idea de corrección no arbitraria sin sonrojo. Los debates lingüísticos profundos se han tenido y se siguen teniendo: el estudio de la historia de la lengua nos muestra que a veces triunfan las formas novedosas y, a veces, las conservadoras; que en ocasiones se imponen formas más explícitas y, en otras, formas más ambiguas. El estudio del cambio lingüístico nos hace interesarnos por las causas lingüísticas que inspiran las innovaciones y los eventos sociales que las hacen triunfar o perecer. Y todo ello nos hace saber que predecir el futuro lingüístico es muy difícil, porque hay un elevado componente de arbitrariedad. Quizá esa y no la de una sociedad hipersensible sea la presión a la que están sometidos los lingüistas de la RAE: la de su bagaje profesional.

«El mensaje implícito es de resignación: la lengua cambia, y poco se puede hacer; sólo seguirle el paso, aunque sea cojeando». Así es y así lo ha sido siempre. (La coma que separa las oraciones coordinadas, como la tilde en sólo, son del académico, no mías. La corrección sí tiene sentido en la ortografía, por cierto, porque esta es una convención consciente para representar la lengua por escrito. Los académicos originales se propusieron fijarla y, desde entonces, en ello se sigue. Desde luego, tenemos derecho a rebelarnos: yo sigo tildando guión y lo seguiré haciendo, a sabiendas de que se me pueda acusar de ignorante: ya me defenderé.)

En mi opinión, aparte de lo arbitrario de la noción de corrección, nos encontramos con otros dos problemas en la argumentación de Reverte: la cuestión de la autoridad y la cuestión del elitismo. En el valor que les otorga a las autoridades Reverte sí coincide con los académicos dieciochescos. Al Diccionario de autoridades lo llamamos así porque está basado precisamente en eso, en autoridades. Esas autoridades son los ejemplos que los académicos usaron para refrendar sus decisiones sobre las voces incluidas en el diccionario y, al hacerlo, primaron a «los Autóres que la han parecido haver tratado la Léngua con mayor gallardía y elegáncia» (atención a ese precioso laísmo), aunque en realidad incluyeron textos y autores de muy diversa condición. Nuestro académico se lamenta de que, debido a la laxitud de la RAE, el hablante quede sometido «a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural» (a saber, los tertulianos, youtubers e influencers). Me temo que esto no es culpa de la RAE: es el mundo en que nos ha tocado vivir. Cuando las alternativas culturales eran menos y estaban sobre todo basadas en la escritura, los escritores tenían un papel social y cultural mucho más importante que el que tienen ahora que la cultura audiovisual es la que triunfa. Podemos lamentarnos y podemos tratar de revertir el proceso, pero el proceso está en marcha y necesariamente tiene un efecto en la lengua. Hacer como que no está pasando no impedirá que pase, pero hará que las obras académicas pierdan vigencia. De todas formas, no seamos agoreros en exceso: por suerte, creativos y precisos con el lenguaje podemos ser todos.

La cuestión del elitismo está íntimamente relacionada con la de la autoridad, desde luego. Es cierto que se trata de un concepto muy denostado y que quizá no debería serlo siempre. Yo sí creo que se pueden establecer estándares culturales y que está bien que sean aspiracionales: es bueno que queramos saber y aprender. Pero, en cambio, no creo que la RAE se haya hecho menos elitista: de hecho, creo exactamente lo contrario. La Academia se ha hecho más elitista, pero en un sentido que me parece positivo. Las obras académicas, especialmente sus Gramáticas y Ortografías, son cada vez más complejas. Ofrecen información detallada, explicaciones razonadas y descripciones rigurosas y, aunque intentan hacerlo en un lenguaje accesible, lo cierto es que requieren un esfuerzo intelectual por parte de los hablantes que las consultan mucho mayor que el que hace falta cuando se nos informa simplemente de que «se dice X, no Y», a modo de Appendix Probi. Los que consultan las obras de la RAE pasan a ser hablantes mucho mejor informados, que disponen de los datos necesarios para tomar sus propias decisiones sobre qué usos aceptar y cuáles no. Tan terrible no parece.

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