Trump y el cambio lingüístico

«El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacía “el mejor de los mundos”. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada. Ahora, en cambio, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el “progreso” ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho “progreso” que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica. En efecto, hacia finales de aquel siglo pacífico, el progreso general se fue haciendo cada vez más visible, rápido y variado. De noche, en vez de luces mortecinas, alumbraban las calles lámparas eléctricas, las tiendas de las capitales llevaban su nuevo brillo seductor hasta los suburbios, uno podía hablar a distancia con quien quisiera gracias al teléfono, el hombre podía recorrer grandes trechos a nuevas velocidades en coches sin caballos y volaba por los aires, realizando así el sueño de Ícaro. El confort salió de las casas señoriales para entrar en las burguesas, ya no hacía falta ir a buscar agua a las fuentes o los pozos, ni encender fuego en los hogares a duras penas; la higiene se extendía, la suciedad desaparecía. Las personas se hicieron más bellas, más fuertes, más sanas, desde que el deporte aceró sus cuerpos; poco a poco, por las calles se fueron viendo menos lisiados, enfermos de bocio y mutilados, y todos esos milagros eran obra de la ciencia, el arcángel del progreso. También hubo avances en el ámbito social; año tras año, el individuo fue obteniendo nuevos derechos, la justicia procedía con más moderación y humanidad e incluso el problema de los problemas, la pobreza de las grandes masas, dejó de parecer insuperable. Se otorgó el derecho de voto a círculos cada vez más amplios y, con él, la posibilidad de defender legalmente sus intereses; sociólogos y catedráticos rivalizaban en el afán de hacer más sana e incluso más feliz la vida del proletariado ¿Es de extrañar, pues, que aquel siglo se deleitara con sus propias conquistas y considerara cada década terminada como un mero peldaño hacia otra mejor? Se creía tan poco en recaídas en la barbarie por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos».

     (Stefan Zweig, El mundo de ayer)

A mí estudiar historia de la lengua, sociolingüística y dialectología me hizo más tolerante —otra de las cosas que tengo que agradecerle a mi directora de tesis y varios de mis profesores de la carrera—.

Me enseñó que eso de corregir a los demás por cómo hablaban, cualidad muy fomentada en la escuela, estaba feo y no tenía razón de ser, como he intentado mostrar muchas veces en el blog. Que a los que por primera vez equivocaron las consonantes de murciégalo y dijeron murciélago el tiempo les dio la razón y que ni una ni otra forma tiene ningún rasgo que la haga objetivamente mejor que la otra.

Me enseñó que la lengua se mueve y se mueve a su ritmo, imparable, y que el activismo contra este movimiento tiene poco futuro: lo mejor es dejarla hacer y disfrutar como mero observador mientras los pronombres pierden el caso y la –d– sigue tirando de los procesos de lenición que empezaron el latín vulgar cada vez que María se come un helao, porque la encanta.

Me enseñó que este movimiento lento no es exclusivo del cambio lingüístico, sino también del social, y que igual que a la F- latina de FARĪNA le llevo siglos que todos los castellanohablantes la aspiraran primero y la perdieran después (en esto todavía sigue, de hecho), las ideas y actitudes nuevas necesitan mucho tiempo para convertirse en auténticas “verdades sociales”. Por eso no soprende que queden machistas o racistas en sociedades que hace tiempo desecharon estas ideas: llegar a todos es un proceso largo.

Me enseñó que las novedades pueden arrastrar durante temporadas larguísimas sus antiguas costumbres, lo que explica que haber, que en latín tenía sujeto y objeto directo, lleve siglos empeñado en no concordar con el único argumento que le queda ahora —su antiguo objeto directo—, aunque poco a poco vaya entrando en razón y ya sea tan normal para muchos hablantes decir habían coches como para otros lo es decir que los había.

Me enseñó que los cambios lingüísticos no se pueden predecir, porque sus causas, aunque son necesarias, nunca son suficientes. Así, aunque todas las lenguas romances (salvo el rumano) conservaron restos del caso latino únicamente en los pronombres de tercera persona (lo, la y le), solo en español se producen fenómenos como el leísmo, el laísmo o el loísmo, en los que esa distinción de caso se pierde. Lo mismo se puede decir de los cambios sociales: aunque la cita de Stefan Zweig sobre el final del siglo XIX parezca estar describiendo a la perfección el final del siglo XX, esto no significa que ambas situaciones deban acabar necesariamente de la misma manera.

Me enseñó que los cambios lingüísticos son reversibles y que no todos triunfan: en el Cantar de Mio Cid casi todos los imperfectos e incondicionales acaban en –ié y no en –ía (Sospiró mio Cid, ca mucho avie grandes cuidados… Non le osarien vender al menos dinarada), como pasa en tantos textos de los siglos XII y XIII, pero de los primeros ya casi no queda ni rastro en español. La Historia parece enseñarnos que esto no es aplicable a los cambios sociales: que seguimos avanzando, despacito algunas veces, a buen ritmo otras. Pero también que hay piedras en el camino que frenan esos avances durante años o décadas en algunos sitios. Los que hemos tenido la increíble suerte de nacer en Occidente hemos vivido casi sin estas piedras durante décadas ya, apartando las que quedaban, garantizando cada vez más derechos, mejorando cada vez más vidas. Parecía que las piedras más gordas estaban en otros continentes y a veces ni siquiera parecían tan gordas como para que entre todos no las pudiéramos ir apartando. Y mientras estábamos así, distraídos, a lo nuestro, han empezado a caer piedras, casi por sorpresa, y algunas parecen tan gordas que podrían acabar abriéndole la cabeza a alguien. Probablemente los votantes del Brexit en Gran Bretaña, los de Trump en EE. UU., los de Le Pen en Francia, los de Hofer en Austria no son una panda de racistas. Casi con seguridad, la mayoría de los votantes de Trump no son unos machistas (ni unos violadores en potencia, a diferencia del propio Trump). Sí estoy bastante segura, sin embargo, de que muchos son homófobos, pero no creo que eso sea lo que les ha llevado a votar a Trump. A pesar de esto, todos estos votantes, que ejercen su voto movidos por razones comprensibles —la crisis, el hartazgo, las ganas de cambio, lo que sea—, están legitimando con dicho voto discursos racistas y, a veces, machistas y homófobos. Discursos abiertamente violentos a veces. Discursos que generan miedo en personas que estaban librándose de este. Discursos que fomentan que algunos desalmados se crean en derecho de alimentar ese miedo. Piedras que pueden convertirse en rocas.

El cambio social, igual que el lingüístico, está en nuestra mano. Y a diferencia de este, en aquel sí funciona el activismo. No funciona insultar —rara vez lo hace—, pero funciona hablar, comprender, convencer. Funciona no quedarse de brazos cruzados ante un comentario racista. Funciona no reírse ante los aspavientos pretendidamente graciosos de un imbécil machista. Funciona mostrar nuestro desacuerdo ante cada actitud homófoba.

En el siglo XXI no queremos antiguallas. La uve dejó de sonar hace 500 años y estamos mejor sin ella. Si es su pervivencia en la ortografía lo que lleva a confusión, solo hay que librarse de ella. Game on.

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La estatua a Stefan Zweig frente a la que fue su casa en Salzburgo

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