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Siempre en medio

Hagamos una prueba. Llega la hora de acostarse y se va usted tan feliz a su cama, deseoso por fin de abrir un libro. Desdobla la página por la que iba y se pone a ello. Y llega al siguiente párrafo:

 Al llegar a este punto arrimó el taburete al fuego, se sentó en él y tomó posesión de la cocina. Al principio, la chica le extrañaba. Decía desabridamente: “Venga, ahueque”. O, si acaso: “Usted siempre en medio como los miércoles”

 Tras leer esto:

 a)     Pega usted un sobresalto.

b)    Sigue usted leyendo tan tranquilo.

 Si ha elegido usted la a), es una persona normal, como certifica la siguiente encuesta (realizada siguiendo todos los cánones científicos), que avala que el 70 % de la población considera que lo que está en medio es el jueves y no el miércoles. Es decir, sabe usted contar.

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Seguramente está usted ahora muy preocupado por ese 21 % de la población con evidentes problemas para averiguar cual es la mitad de 7. ¿Cómo se queda, por cierto, si le digo que el autor del libro que estaba usted leyendo era Miguel Delibes? Sí, amigo, Delibes, en La hoja roja. No sé usted, pero yo a Miguel Delibes (no así a mis congéneres tuiteros) le concedo el beneficio de la duda y le tengo que buscar una explicación convincente a este despropósito más allá de una ignorancia matemática galopante.

Lo cierto es, de hecho, que hubo una época en la que el miércoles estaba el medio. Aunque quizá “una época” no es el término adecuado: la semana litúrgica comienza en domingo y acaba en sábado (quizá alguna vez hayan metido la pata consultando una fecha en uno de esos calendarios que ponen el domingo lo primero). Ya les hablé una vez de la etimología de los días de la semana, que en general vienen de los nombres de cuerpos celestes (lunes – Luna, martes – Marte…, creo que se ve). Esto era una cosa de una paganidad muy grande, claro está, pues estos vienen a ser nombres de deidades romanas. Así que la Iglesia propuso en un momento dado (de la Antigüedad tardía, según la Wikipedia) cambiar estos nombres y simplemente numerar los días de la semana siguiendo la semana litúrgica, es decir, de domingo a sábado. La verdad es que le hicieron tirando a poco caso y solo el gallego-portugués conserva ese sistema entre las lenguas romances: en portugués el lunes es segunda-feira; el martes, terça-feira; el miércoles, quarta-feira; el jueves, quinta-feira, y el viernes…, sexta-feira, exacto. El alemán conserva un resto de este sistema al llamar al miércoles mittwoch (‘media semana’) y el islandés hace una mezcla entre días dedicados a cuerpos celestes (domingo: sunnudagur ‘día del sol’, lunes: mánudagur ‘día de la luna’), a actividades rutinarias (viernes: föstdagur ‘día de ayuno’, sábado: laugardagur ‘día de lavar’, ¡cuánta sabiduría!) y el sistema eclesiástico numerado (martes: þriðjudagur ‘tercer día’, miércoles: miðvikudagur ‘media semana’, jueves, fimmtudagur ‘quinto día’). Es más, aunque en gallego ahora conviven los dos sistemas, en este vídeo tan interesante (cortesía de Xurxo Diz) se ve que hasta principios del siglo pasado resistían uno o dos sistemas mixtos (que estaban por ahí desde la Edad Media), en los que alternaban los nombres paganos con el sistema numerado, del que se mantenían corta-feira (y variantes fonéticas), quinta-feira y sexta-feira, para miércoles, jueves y viernes respectivamente. Y otro pequeño resto que queda en asturiano, como me sopla Sara de Albornoz, es el uso de “sestaferia” para referirse al trabajo comunal, que solía hacerse los viernes.

La verdad es que no he encontrado ninguna prueba documental de nuestro dicho estar más en medio que X, así que no puedo mostraros que ambas formas alternaban y no puedo defender a ciencia cierta que Delibes usara una versión de la expresión que se ha quedado anticuada al dejar de concebir el domingo como el primer día de la semana. Lo que sí puedo atestiguar es que los diccionarios —académicos y no académicos— definen miércoles como el cuarto día de la semana hasta ¡1992!, donde mencionan por vez primera que es el tercero de la semana civil. La única excepción es el diccionario de Terreros, que ya en 1787 indica que es el “tercer día de labor de la semana”. A mí esto me vale para defender a Delibes.

Aaaaaaunque, lo cierto es que aquellos que se atrevieron a defender su pobreza de juicio al elegir miércoles en la encuesta no lo hicieron acudiendo al concepto de semana litúrgica, sino que están simplemente convencidos de que la lógica de la expresión viene de que “el fin de semana no se cuenta”. Qué quieren, los milenials somos así. Esto de otorgar una nueva lógica a algo que no se entiende (dando por hecho que el origen de estar en medio como el miércoles sea efectivamente la numeración litúrgica) se conoce técnicamente como reanálisis y es una cosa muy común, que explica formas como el amoto por la moto: en español hay tan poquitas palabras femeninas que acaban en –o que no hay nada más natural que, al oír Voy a subirme a la moto, entender Voy a subirme al amoto. O esta anécdota en inglés de Lard_Baron, que es una de las mejores historias del internet entero:

France is Bacon

Fuente: aquí

 

Traducción (con sus carencias):

Cuando era pequeño, mi padre me dijo “Knowledge is power, Francis Bacon” (‘El conocimiento es poder, Francis Bacon’).

Yo lo entendí como “Knowledge is power, France is bacon” (‘El conocimiento es poder, Francia es beicon’).

Durante más de una década me pregunté el significado de la segunda parte y cuál era la conexión surrealista entre ambas. Si le decía la cita a alguien, “Knowledge is power, France is bacon”, asentían al reconocerla. O alguien decía “Knowledge is power” y yo acababa la frase con “France is bacon” y no me miraban como si hubiera dicho algo muy raro, sino que mostraban pensativos su acuerdo. Le pregunté a un(a) profesor(a) qué significaba “Knowledge is power, France is bacon” y me llevé una explicación de diez minutos enteros sobre la parte de “Knowledge is power”, pero nada sobre “France is bacon”. Cuando pedí más explicaciones al preguntar “France is bacon?”, solo me llevé un “Sí”. Con doce años había perdido la confianza para seguir investigando. Simplemente lo acepté como algo que jamás entendería.

No vi la luz hasta años después, cuando lo vi por escrito.

*Actualización (10 de abril de 2017): A partir de esta historia, un montonazo de usuarios compartieron desternillantes casos de reanálisis morfológico en Twitter. Los he recopilado aquí y os puedo garantizar unas cuantas carcajadas: https://twitter.com/i/moments/850614204872744964*

Lingüística para juristas

Hace un mes, el repugnantísimo colectivo Hazte oír consideró aceptable sacar a las calles un autobús promocionando un mensaje igual de repugnante en contra de la transexualidad. El Ayuntamiento de Madrid estudió (no sé si lo hizo o no) si estos actos podían constituir un delito de odio. A raíz de eso y juntándolo con otra idea que me rondaba la cabeza desde hacía meses, con los numerosos juicios por contenido diseminado a través de Twitter, escribí esta entrada, que se quedó metida en un cuaderno hasta hace dos días, cuando la arranqué del cuaderno y la metí en el bolso, para dejar de olvidar postearla. (Sí, a veces escribo en papel. Sí, esta historia demuestra que es un atraso. Sí, seguiré llevando cuadernos en el bolso.) Ayer condenaron a una tuitera por hacer chistes sobre Carrero Blanco. Los delitos relacionados con la libertad de expresión están de actualidad, parece obvio. No pretendo opinar sobre el fondo legal de ninguno de estos temas. La libertad de expresión es uno de esos derechos fundamentales que puede chocar con los de los demás y cuya regulación es especialmente complicada. No me voy a referir a ningún juicio por “tuits” en concreto, ni estaba pensando en ninguno en concreto cuando escribí esta entrada. Sí me voy a referir en concreto al caso del autobús y no voy a dejar de decir lo asqueroso que me parece. Pero, en cualquier caso, son dos ejemplos que me van a servir para hablar de lo mío, que es la lingüística. Y hay nociones de lingüística que son relevantes en estos ejemplos.

Hablemos primero de los delitos “por escribir un tuit”. Desde 2015, el Código Penal español considera agravante de algunos delitos que restringen la libertad de expresión cuando “cometan mediante la difusión de servicios o contenidos accesibles al público a través de medios de comunicación, internet, o por medio de servicios de comunicaciones electrónicas o mediante el uso de tecnologías de la información”. La justificación de esto, entiendo, tendrá que ver con el hecho de que “las nuevas tecnologías” permiten una difusión mayor y más rápida de los contenidos que las “antiguas”. Es decir, puesto que los límites a la libertad de expresión limitan las expresiones públicas (enaltecer el terrorismo en la cocina de tu casa más solo que la una no es delito, aunque sea igual de lamentable que hacerlo en público), el grado de “publicidad” parece ser relevante.

Así, resulta interesante mencionar algo que han observado numerosos lingüistas, como es el hecho de que en las redes sociales la comunicación no acaba de ser ni totalmente pública ni totalmente privada. Si bien puede ser pública stricto sensu (si es accesible por todo el mundo), muchas veces esta no es la intención del que escribe, que tiene cierta sensación de intimidad, incluso en redes sociales esencialmente abiertas como Twitter. Esta sensación tiene un nombre técnico, extemidad, y es lo que explica que la gente exhiba sin tapujos las fotos de sus vacaciones, sus gatos, sus pies…, o que explique sin censura los pormenores más privados de sus rutinas. Lo habitual en estas redes sociales es que uno interaccione con un número de personas mucho más reducido que el de aquellos que efectivamente ven ese contenido, lo que ayuda a difuminar la sensación de que son manifestaciones muy públicas. Además, en las redes sociales se establecen relaciones con personas que no pertenecen a los círculos “no virtuales” de uno, por lo que son numerosos los momentos de la vida en que uno puede olvidarse de haber escrito algo o subido una foto, algo que otra vez difiere de otros actos públicos. Me costó comprender el concepto de dolo en esos cinco años en que de vez en cuando estudiaba derecho, pero juraría que esto tiene algo que ver. Y que, por ello mismo, debería tenerse en cuenta a la hora de añadir y aplicar agravantes alegremente.

Pasemos ahora al asunto del asqueroso, vomitivo y repugnante autobús. Pasear un autobús con propaganda por las calles de una ciudad es un acto de comunicación evidentemente pública, por lo que aquí no hay mucho que añadir. Sin embargo, leí a varios tuiteros que creían que, por muy desagradables que fueran las intenciones de los miserables de Hazte Oír, es imposible que este acto sea constitutivo de delito, porque el mensaje en sí no dice nada ilegal. No voy a transcribir el mensaje, porque, y quizá no lo he dejado suficientemente claro, me da mucho asco. La preocupación de estos tuiteros es que el eslogan del autobús no contiene un llamamiento explícito a la transfobia, sino que presenta como hechos algo que simplemente no es cierto. Y ser un ignorante no es delito.

Sin embargo, no es cierto que el mensaje en sí no codifique estos significados. Atribuir a un mensaje solamente el significado de la suma de sus palabras es un error de primero de Lingüística, que no tiene en cuenta el mecanismo por el que más significado codificamos: la pragmática. La pragmática es la disciplina que se ocupa del significado de las palabras y oraciones en su uso concreto, en contexto. La unidad básica de la pragmática, de hecho, es el enunciado, que puede ser más simple (¡María!) o más complejo que la oración (Por favor, está usted en medio). En el discurso, cuando hablamos o escribimos, nos valemos continuamente de inferencias para decir más de lo que la literalidad del mensaje sugiere.

En Por favor, está usted en medio, la literalidad del mensaje (informar a alguien de su ubicación precisa) es entre poco relevante y una idiotez. Por eso, este enunciado no es una declaración de información, sino una petición: la de apartarse y dejar de molestarme de una vez, so pesao, ocupar esa ubicación. La máxima de relevancia nos obliga a buscar más allá de la literalidad cuando la información explícita es irrelevante. Codificar significado por medio de inferencias es un mecanismo lingüístico empleado todo el tiempo por todos los hablantes, bien estudiado y que no se puede negar ante un juez. Lo deben saber los jueces, lo deben saber los abogados, lo deben saber los fiscales y, todavía más importante, lo deben saber los tuiteros. El mensaje del autobús explota la máxima de relevancia para negarle, a propósito y sin posibilidad de negarlo ante un tribunal, la existencia al colectivo trans. A un colectivo con un altísimo riesgo de suicidio. Hay que ser malnacido. Y, por cierto, si bien la inferencia de negar la existencia al colectivo trans está en el eslogan del autobús, viene reforzada por ser este una respuesta a una campaña cuyo mensaje sí merece la pena reproducir:

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Pampanitos verdes, hojas de limón

El Auto de los Reyes Magos, bautizada así por Menéndez Pidal —y no sin polémica—, es la primera obra teatral en castellano. A mí, fanática de la figura de sus majestades de Oriente, esto me parece un enorme aliciente para interesarme por la literatura medieval, interés potencial que fue cuidadosamente apagado por la decisión de algún profesor de hacerme leer los Milagros de Nuestra Señora con unos ¿14? años. Porque vaya tomazo, Gonzalito[1]. Vaya tomazo.

El Auto es, además, un texto lleno de misterio. Solo se conserva una copia, en un códice conservado en la catedral de Toledo, por lo que suponemos (suponen) que es en esta donde se representó. Está copiado en el espacio que sobraba en el envés de uno de los folios del códice y en el haz del siguiente. Por supuesto, está escrito todo seguido: es decir, no está ordenado en versos ni, mucho menos, en parlamentos de los distintos reyes: también fue Menéndez Pidal quien atribuyó a cada rey su parte.

El códice es del s. xii y el Auto se considera de finales de este siglo o de principios del xiii. No conocemos autor y la propia pregunta de cuál es el original es problemática, puesto que, al tratarse de una representación, este podría no ser un único texto escrito. La cuestión de original y copia es fundamental para la historia de la lengua, puesto que una copia siempre puede presentar errores de transmisión (¿quién no se ha liado copiando apuntes?) o variantes de lengua (¿quién no ha corregido alguna faltilla de ortografía o cambiado un poco el estilo copiando apuntes?). Una copia puede incluso estar escrita en un dialecto distinto del original, como es el caso del Libro de Alexandre, del cual tenemos un manuscrito claramente aragonés y otro claramente leonés. La pregunta está servida: ¿qué narices hablaría el autor?

El Auto ha planteado un problema parecido, a vuelta, para más inri, de unas rimas. La gran mayoría del Auto está escrito en pareados con rima consonante, como estos:

5 Nacido es el Criador,

6 que es de las gentes señor.

7 No es verdad; non sé qué digo.

8 Todo esto non vale uno figo.

 Sin embargo, existen cuatro pareados en los que la rima, más que consonante, es… curiosa. Que riman regular, vamos. Por ello, se han considerado variantes de lengua achacables al copista, con la suposición de que en la lengua del autor sí debían rimar. Son estas de aquí:

 15 Nacido es Dios, por ver, de fembra

16 en aquest mes de december.

38 bien lo veo sines escarno

39 que uno omne es nacido de carne,

40 que es señor de todo el mundo,

41 así cuemo el cielo es redondo;

117 Venga mió mayordo

118 que mios averes toma.

Hay dos cosas aquí que parecen muy claramente errores textuales y no tienen que ver con la rima: por un lado, ese december del verso 16 debe ser decembre, mientras que falta algo al final del verso 117: teniendo en cuenta las formas documentadas hasta ese momento solo podríamos reconstruir mayordome, pero eso tampoco rima con toma.

Entre los expertos hay dos posturas principales entre las que tratan de explicar estas rimas anómalas postulando un autor no castellano. La más conocida es la de Rafael Lapesa, que consideró que estas anomalías encajaban con un autor de origen catalán, gascón u occitano (franco, vamos). Lapesa dice que las rimas fembra:decembre y mayordome:toma se justifican si en la lengua del autor las vocales finales –a y –e suenan igual, como también la rima escarno:carne es perfecta si en la lengua del autor estas formas presentan apócope de la vocal final: escarn:carn riman perfectamente. La última, la rima de mundo:redondo se explicaría por la forma mon del catalán u occitano, con la que las vocales de estas dos palabras sí son las mismas.

Josep Maria Solà-Solé, sin embargo, propuso que el autor debía ser mozárabe. Para justificar esta teoría no recurre solo a las rimas, sino a grafías encontradas en el Auto como timpo, quin, facinda, quiro, pusto o morto por tiempo, quien, facienda, quiero, puesto o muerto. Si bien la mayor parte de los autores están de acuerdo en que estas grafías reflejan en realidad los diptongos romances (como ocurre en muchos otros textos: hay que tener en cuenta que estos diptongos no existían en latín, por lo que no era fácil representarlos), para Solà-Solé son un indicio de que el autor tenía un sistema de tres vocales, a causa, claro está, de la influencia del árabe. Rimas como decembre:fembra, mundo:redondo o mayordome:toma serían así aceptables en este sistema de tres vocales, pues estas tres tendrían un mayor “margen de dispersión” y permitirían la rima de estos sonidos, que a un castellano le sonaban distintos.

La rima puede ser un instrumento poderoso para entender mejor estadios pasados de la lengua: por ejemplo, gracias a ella podemos estar seguros de que algunos posesivos medievales podían ser tanto bisílabos (mío, mía) como monosílabos (mió, miá). Esto podrá parecer una tontería, pero la existencia de las dos formas es crucial para una de las teorías más recientes sobre la evolución de estas partículas desde el latín hasta la actualidad.

En el caso del Auto de los Reyes Magos, sin embargo, es probable que la mejor solución sea la prudencia. Así lo aconseja, más recientemente, Pedro Sánchez Prieto, que hace un buen repaso tanto de la rima del Auto como de la métrica latina y romance medieval, llegando a la conclusión de que estas rimas no son tan anómalas como parecen: ni todas las rimas del Auto son consonantes, ni las “casi rimas” de estos cuatro pareados son tan sorprendentes dentro del concepto de rima medieval. No en vano comienza el Auto con Gaspar exclamando, sí, pero rimando solo flojito:

¡Dios criador, cuál maravilla!

No sé cuál es aquella estrella.

Sea como fuere, el Auto de los Reyes Magos está lleno de misterios que quizá nunca lleguen a ser resueltos. No vendría mal un poquito de magia, como la que sus Majestades van a hacer esta noche. Y, para entrar en materia, ¿qué mejor manera que leer el Auto? Lo tienen aquí, a partir de la página 62. ¡Feliz noche de reyes!

 

[1] Berceo.

Efemérides

Hace exactamente un año defendí mi tesis doctoral, un tremendo tomazo titulado “Las construcciones con se desde una perspectiva variacionista y dialectal”.

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El tomazo

Después de 6 años de trabajo de campo, transcripciones, lecturas, agobios y encierros para escribir, no voy a mentiros: la defensa fue un momentazo. No solo porque por fin se acababa y porque por fin disfrutaba del colofón de tanto trabajo (sí, efectivamente, hablar 3 horas y media sin parar de mi investigación, mi tesis, mi trabajo, mis hipótesis, yo, yo, yo, qué pasa, el doctorado es muy duro), sino, sobre todo, porque no pude estar mejor rodeada. Mis directores, el tribunal, antiguos profesores, compañeros, amigos y mi familia prácticamente al completo aguantaron como unos jabatos el equivalente a una película de El señor de los anillos en la que el anillo único es un verbo reflexivo tipo pagarse unas cañas y nunca podré llegar a explicar bien la ilusión que me hizo (y me sigue haciendo).

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Al empezar no era de noche…

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Aquí a lo mejor ya sí. A lo mejor

Pensando en todos aquellos asistentes cuyas nociones de lingüística venían mayoritariamente de este blog (y porque me tienen mucho cariño), hice una versión de las diapositivas que usé en la defensa para no filólogos. Mi plan era ponerlas en el blog poco después de la defensa, pero —ya me vais conociendo— el plan tuvo que cambiar a ponerlas justo un año después, que evidentemente mola mucho más y no tiene nada que ver con ser yo una vaga desorganizada. Así que… aquí van.

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Resumen del tomazo en 32 diapositivas, aquí.

De posdata, mucho ánimo para aquellos que estáis ahora mismo en medio de la tesis. Al final se acaba y el disfrute es máximo. Palabrita de doctora aún exultante.

 

Trump y el cambio lingüístico

«El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacía “el mejor de los mundos”. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada. Ahora, en cambio, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el “progreso” ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho “progreso” que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica. En efecto, hacia finales de aquel siglo pacífico, el progreso general se fue haciendo cada vez más visible, rápido y variado. De noche, en vez de luces mortecinas, alumbraban las calles lámparas eléctricas, las tiendas de las capitales llevaban su nuevo brillo seductor hasta los suburbios, uno podía hablar a distancia con quien quisiera gracias al teléfono, el hombre podía recorrer grandes trechos a nuevas velocidades en coches sin caballos y volaba por los aires, realizando así el sueño de Ícaro. El confort salió de las casas señoriales para entrar en las burguesas, ya no hacía falta ir a buscar agua a las fuentes o los pozos, ni encender fuego en los hogares a duras penas; la higiene se extendía, la suciedad desaparecía. Las personas se hicieron más bellas, más fuertes, más sanas, desde que el deporte aceró sus cuerpos; poco a poco, por las calles se fueron viendo menos lisiados, enfermos de bocio y mutilados, y todos esos milagros eran obra de la ciencia, el arcángel del progreso. También hubo avances en el ámbito social; año tras año, el individuo fue obteniendo nuevos derechos, la justicia procedía con más moderación y humanidad e incluso el problema de los problemas, la pobreza de las grandes masas, dejó de parecer insuperable. Se otorgó el derecho de voto a círculos cada vez más amplios y, con él, la posibilidad de defender legalmente sus intereses; sociólogos y catedráticos rivalizaban en el afán de hacer más sana e incluso más feliz la vida del proletariado ¿Es de extrañar, pues, que aquel siglo se deleitara con sus propias conquistas y considerara cada década terminada como un mero peldaño hacia otra mejor? Se creía tan poco en recaídas en la barbarie por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos».

     (Stefan Zweig, El mundo de ayer)

A mí estudiar historia de la lengua, sociolingüística y dialectología me hizo más tolerante —otra de las cosas que tengo que agradecerle a mi directora de tesis y varios de mis profesores de la carrera—.

Me enseñó que eso de corregir a los demás por cómo hablaban, cualidad muy fomentada en la escuela, estaba feo y no tenía razón de ser, como he intentado mostrar muchas veces en el blog. Que a los que por primera vez equivocaron las consonantes de murciégalo y dijeron murciélago el tiempo les dio la razón y que ni una ni otra forma tiene ningún rasgo que la haga objetivamente mejor que la otra.

Me enseñó que la lengua se mueve y se mueve a su ritmo, imparable, y que el activismo contra este movimiento tiene poco futuro: lo mejor es dejarla hacer y disfrutar como mero observador mientras los pronombres pierden el caso y la –d– sigue tirando de los procesos de lenición que empezaron el latín vulgar cada vez que María se come un helao, porque la encanta.

Me enseñó que este movimiento lento no es exclusivo del cambio lingüístico, sino también del social, y que igual que a la F- latina de FARĪNA le llevo siglos que todos los castellanohablantes la aspiraran primero y la perdieran después (en esto todavía sigue, de hecho), las ideas y actitudes nuevas necesitan mucho tiempo para convertirse en auténticas “verdades sociales”. Por eso no soprende que queden machistas o racistas en sociedades que hace tiempo desecharon estas ideas: llegar a todos es un proceso largo.

Me enseñó que las novedades pueden arrastrar durante temporadas larguísimas sus antiguas costumbres, lo que explica que haber, que en latín tenía sujeto y objeto directo, lleve siglos empeñado en no concordar con el único argumento que le queda ahora —su antiguo objeto directo—, aunque poco a poco vaya entrando en razón y ya sea tan normal para muchos hablantes decir habían coches como para otros lo es decir que los había.

Me enseñó que los cambios lingüísticos no se pueden predecir, porque sus causas, aunque son necesarias, nunca son suficientes. Así, aunque todas las lenguas romances (salvo el rumano) conservaron restos del caso latino únicamente en los pronombres de tercera persona (lo, la y le), solo en español se producen fenómenos como el leísmo, el laísmo o el loísmo, en los que esa distinción de caso se pierde. Lo mismo se puede decir de los cambios sociales: aunque la cita de Stefan Zweig sobre el final del siglo XIX parezca estar describiendo a la perfección el final del siglo XX, esto no significa que ambas situaciones deban acabar necesariamente de la misma manera.

Me enseñó que los cambios lingüísticos son reversibles y que no todos triunfan: en el Cantar de Mio Cid casi todos los imperfectos e incondicionales acaban en –ié y no en –ía (Sospiró mio Cid, ca mucho avie grandes cuidados… Non le osarien vender al menos dinarada), como pasa en tantos textos de los siglos XII y XIII, pero de los primeros ya casi no queda ni rastro en español. La Historia parece enseñarnos que esto no es aplicable a los cambios sociales: que seguimos avanzando, despacito algunas veces, a buen ritmo otras. Pero también que hay piedras en el camino que frenan esos avances durante años o décadas en algunos sitios. Los que hemos tenido la increíble suerte de nacer en Occidente hemos vivido casi sin estas piedras durante décadas ya, apartando las que quedaban, garantizando cada vez más derechos, mejorando cada vez más vidas. Parecía que las piedras más gordas estaban en otros continentes y a veces ni siquiera parecían tan gordas como para que entre todos no las pudiéramos ir apartando. Y mientras estábamos así, distraídos, a lo nuestro, han empezado a caer piedras, casi por sorpresa, y algunas parecen tan gordas que podrían acabar abriéndole la cabeza a alguien. Probablemente los votantes del Brexit en Gran Bretaña, los de Trump en EE. UU., los de Le Pen en Francia, los de Hofer en Austria no son una panda de racistas. Casi con seguridad, la mayoría de los votantes de Trump no son unos machistas (ni unos violadores en potencia, a diferencia del propio Trump). Sí estoy bastante segura, sin embargo, de que muchos son homófobos, pero no creo que eso sea lo que les ha llevado a votar a Trump. A pesar de esto, todos estos votantes, que ejercen su voto movidos por razones comprensibles —la crisis, el hartazgo, las ganas de cambio, lo que sea—, están legitimando con dicho voto discursos racistas y, a veces, machistas y homófobos. Discursos abiertamente violentos a veces. Discursos que generan miedo en personas que estaban librándose de este. Discursos que fomentan que algunos desalmados se crean en derecho de alimentar ese miedo. Piedras que pueden convertirse en rocas.

El cambio social, igual que el lingüístico, está en nuestra mano. Y a diferencia de este, en aquel sí funciona el activismo. No funciona insultar —rara vez lo hace—, pero funciona hablar, comprender, convencer. Funciona no quedarse de brazos cruzados ante un comentario racista. Funciona no reírse ante los aspavientos pretendidamente graciosos de un imbécil machista. Funciona mostrar nuestro desacuerdo ante cada actitud homófoba.

En el siglo XXI no queremos antiguallas. La uve dejó de sonar hace 500 años y estamos mejor sin ella. Si es su pervivencia en la ortografía lo que lleva a confusión, solo hay que librarse de ella. Game on.

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La estatua a Stefan Zweig frente a la que fue su casa en Salzburgo

Oriente 2016

Hace dos fines de semana tuve la suerte de volver a participar en las campañas de encuesta del COSER, de las que ya os he hablado aquí, aquí, aquí y aquí. Volvimos a poner rumbo hacia el oriente: encuestamos pueblos de Castellón, Tarragona y Valencia entre sábado y domingo, en lo que se denomina técnicamente como una señora paliza. Éramos nueve coches (¡dos venidos desde Ciudad Real!) y casi 50 encuestadores. Aquí nos tenéis a la mayoría, con el castillo de Peñíscola al fondo:

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Lingüísticamente fue, como siempre, interesantísimo: yo volví a recoger unos cuantos casos de mi adoradísimo se con verbo en 2ª persona del plural (aunque ningún caso en 1ª esta vez, lo cual es igual de interesante; si tenéis mucho interés por los detalles técnicos, disfruté como una enana escribiendo esto): ¡se vais a ir cargaos!, nos advertía Juan, mientras nos regalaba guixasos, tomate en conserva, almendras y vino, todo de su propia cosecha. Pudimos escuchar, además, muchos rasgos típicos del contacto entre español y catalán: casi que todos los informantes habían de explicarnos que era eso de los guixasos, aunque tampoco no nos quedó muy claro hasta que lo vimos con nuestros propios ojos. Ahora te explicaré qué son: unas legumbres parecidas a los garbanzos, aunque más blancas. Informantes ha habido de republicanos y de nacionales y todos nos han tratado igual de bien. Por cierto, que lo de entrevistar en pueblos no solo da alegrías lingüísticas, sino también perspectiva sociológica: de una punta a otra del país (y probablemente también traspasando fronteras nacionales) encuentras personas a las que se les iluminan los ojos recordando que el rabo del cerdo se lo comían ellos, los niños (porque el informante siempre se convierte en niño cuando mencionas el rabo del cerdo); coincidencia en describir el nacimiento de los pollitos como precioso; unanimidad en explicar que a las parturientas se les daba caldo de gallina y, si se podía, chocolate… Sea cual sea su lengua materna, sea cual sea el partido al que votan; sus experiencias, su cultura y su sabiduría son tan similares como ricas en matices y esto resulta tan claro que las ganas de dividir de algunos no pueden más que apenar, pero me estoy yendo del tema.

Si lingüísticamente fue interesantísimo, personalmente fue también genial: aunque tres días no son suficientes para conocer a todo el grupo, sí son auténticamente intensos para los subgrupos que conformamos un coche y yo tuve la suerte de estar acompañada por tres alumnos que eran puro buen humor, pura simpatía, pura energía y puro interés. Para que os hagáis una idea de lo estupendos que eran: no solo me aguantaron que les pusiera los grandes éxitos de Jorge Negrete (cantados por alguien que no era Jorge Negrete), sino también que los arrastrara al museo de Carles Salvador, en Benassal (Castellón). ¿”Carles quién”, te preguntas?

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Fan picture de la menda

Carles Salvador (1893–1955) fue un gramático valenciano que defendió muy activamente una renovación pedagógica que incluía que la escuela se impartiera en valenciano. Formó parte del grupo de escritores, editores y maestros valencianos que firmaron en 1932 las “Bases per a la unificació de l’ortografia valenciana” o “Normes de Castelló”, un esfuerzo normativo que unía la norma ortográfica del valenciano con la que había impulsado Pompeu Fabra para el catalán en 1931. De todo esto tampoco sabía yo nada antes de entrar a su museo en Benassal, que era el pueblo de su mujer y en el que enseñó durante casi 20 años. Sí sabía, sin embargo, que había escrito una Gramática valenciana, que he consultado y citado, y admito que me hizo ilusión descubrir que acababa de encuestar a una señora maravillosa en un pueblo dedicado por entero a su figura. Y allí que me acompañaron, angelicalmente, María, Moritz y María.

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Porque todos no pueden ser ángeles de Charlotte, ¡hay que trabajar alguien!

Sepa usted… que no sepo nada. Digo, a nada.

A mi perra le encanta dar muestras de su cariño lamiéndonos. En verano, con los pantalones cortos, somos para ella un auténtico festín, sobre todo si acabamos de encremarnos, que le parece un condimento excelente. Circunstancias así son de las no muy abundantes que dan lugar a emplear el verbo saber, cuando significa ‘tener sabor’, en personas gramaticales distintas de la 3ª:

—¡Deja ya de lamernos! ¿A qué sabremos?

—Ya está lamiéndote, es porque sabes a crema.

—¿Otra vez lamiéndome? ¿Pero a qué _______?

¿Cómo completarían ustedes esa última frase (usando el verbo saber, claro está)? Es verdaderamente interesante que existan dos contendientes: y sepo. Es interesante porque este verbo saber es exactamente el mismo que el de Solo sé que no sé nada y nadie duda de que Solo sepo que no sepo nada es un auténtico disparate. Pero ¿a qué sé? y ¿a qué sepo? sí causan dudas. ¿Por qué esta diferencia?

Aunque estos dos usos de saber tengan etimológicamente el mismo origen, no cabe duda de que tienen ya significados muy distintos. De hecho, en otras lenguas no tienen nada que ver, como en inglés: to know, pero to taste. Y no es infrecuente que palabras derivadas de distintas acepciones de una misma palabra tomen sufijos también distintos:

importancia < importar = tener valor (no pecuniario)

importe < importar = tener valor (pecuniario)

importación < importar = comprar de fuera de nuestras fronteras

El caso de saber, sin embargo, es diferente, porque la diferencia entre y sepo no es un caso de derivación (no se crean nuevas palabras que vienen de saber), sino de flexión (son formas distintas de la misma palabra, el verbo saber). Por lo tanto, además de la diferencia de significados, influyen otros factores, el más importante de los cuales es la (baja) frecuencia con la que se usa saber ‘tener sabor’ en la 1ª persona del singular. La forma es muy irregular y solo encontramos una forma similar en haber:

saber –––––– yo sé

haber –––––– yo he

Solo las formas muy frecuentes pueden permitirse ser así de irregulares: si las usamos mucho, las tenemos siempre frescas en la memoria y no importa tanto que no sigan las reglas que todos los demás verbos. Cuando las formas irregulares son infrecuentes, tienden a desaparecer: piensen en el poco éxito de yugue (por yací)o de anduve (por andé).

Estas formas irregulares poco frecuentes tienen a ser reemplazadas por otras formas que siguen los patrones regulares de la conjugación, es decir, por analogía con otras formas. Vamos, siguiendo una “regla de 3”:

cantar –––––– canté

andar ––––––– X = ¡andé!

Lo precioso del caso de sepo es que esta forma sigue siendo irregular: la forma regular debería ser sabo, a semejanza de otros verbos regulares como sorber o lamer (sorbo, lamo), como bien saben los niños que aprenden español. Sepo es una forma que sigue la irregularidad que presenta saber en el subjuntivo (sepa, sepas), creándose así un patrón de conjugación común en muchos verbos irregulares del español, en los que la 1ª persona del presente de indicativo se asemeja a las formas del presente del subjuntivo y se diferencia del resto del presente de indicativo:

tengo          tenemos          tenga               tengamos

tienes          tenéis              tengas             tengáis

tiene           tienen              tenga              tengan

 

quepo         cabemos         quepa             quepamos

cabes          cabéis             quepas                        quepáis

cabe           caben              quepa             quepan

 

sepo            sabemos         sepa                sepamos

sabes          sabéis             sepas               sepáis

sabe           saben              sepa                sepan

 Lo irregular es muchas veces regular, pero a lo Frank Sinatra: a su manera. ¿A que es bonita la morfología?

Bonus track: Aunque la forma normativa de saber ‘tener sabor’ en la 1ª persona del indicativo es (es decir, igual que en saber ‘conocer’), la forma sepo es en realidad la etimológica y viene directamente del latín sapiō> saipo > sepo, igual que quepo viene directamente del latín capiō> caipo > quepo(ese cambio de posición de la –i– se conoce en términos técnicos como metátesis de yod, por si no soportaban la curiosidad). La forma es en sí misma analógica, a partir del modelo de haber, lo que significa que en términos objetivos es… igualita que sabo. Repito, ¿a que es bonita la morfología?

El Ministerio del Tiempo: de aquellos alpis estos mapas (aventura apócrifa)

—Amelia, Alonso, Julián. Vengan a mi despacho inmediatamente, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre, jefe?

—Pues otra vez lo mismo, un grupo de filólogos intentando cambiar la historia y empeñados en que el ALPI vea la luz.

—¿Qué es eso del ALPI? ¡Cualquier invento del demonio!

—No, Alonso, el ALPI es un libro, aunque no un libro cualquiera… El Atlas Lingüístico de la Península Ibérica. Es un proyecto que diseñaron don Ramón Menéndez Pidal y su discípulo Tomás Navarro Tomás a principios del siglo pasado, para documentar los dialectos hablados en la Península Ibérica. ¡Era un proyecto tremendamente ambicioso! Pero, desgraciadamente, los trabajos de recogida de datos fueron interrumpidos por la Guerra Civil y solo consiguieron publicar un único volumen, ¡en 1962!

—Señorita Folch, como siempre está usted perfectamente enterada, pero esta vez se equivoca en algo… Lo único que fue una desgracia fue que se consiguiera publicar ese volumen, con los enormes esfuerzos que hizo el MInisterio para que jamás saliera a la luz. ¡Dos agentes teníamos, interceptando la correspondencia del equipo! Que consiguieron, por cierto, enfrentar a Rodríguez Castellanos y Sanchis Guarner con mucho acierto. Eso retrasó enormemente las tareas de publicación. Sin contar la cantidad de libros con que mantuvimos ocupado a Moll, ¡tenía tanto trabajo en la editorial que apenas pudo salir a hacer encuestas! Y no me hagan hablar de la parejita Cintra-Otero, aunque miren, esa historia es graciosa, un día con un café se la cuento en detalle: solo les avanzo que  yo mismo me ocupé de que el bueno de Lindley entrevistara a unos auténticos zoquetes ante la desesperación de Aníbal. ¡Qué mal humor el de Aníbal!— la mirada de Salvador se pierde en el horizonte.

—Pero, a ver, Salvador, no entiendo nada, ¿nos estás diciendo que el Ministerio ha estado saboteando el ATLI ese todo este tiempo? ¿Pero se puede saber  qué nos importa a nosotros un montón de mapas de palabras?

—ESO ES CONFIDENCIAL, Julián. A ustedes les basta con saber que no podemos permitir que sigan estos avances. ¡Casi tuvimos que mandar al mismo Spínola para evitar que ese profesor canadiense, un tal David Heap, encontrara todos los cuadernillos perdidos! Pero al final se empeñó en ir Velázquez y ya ven cómo acabó la cosa: los cuadernillos llevan colgados ya quince años en la red. Pero ahora la cosa pinta mucho peor: un equipo del CSIC, capitaneados por Pilar García Mouton, han decidido digitalizar todos esos materiales ¡y publicar todo el ALPI en línea! Su misión es evitarlo. Irene les explicará el plan, pero no debería costarles mucho. Solo tienen que convencer a un par de funcionarios para que pierdan los documentos adecuados y… ¡adiós, financiación!— la risa de Salvador ya es un poco sádica. —Marchen, marchen, no hay tiempo que perder. Irene, acompáñeles.

—Sí, jefe.

—A ver, Irene, tú tienes que saber qué hay detrás de esto. ¡Sacarnos de nuestro día libre por un libro! ¡Y un libro de filólogos, además!

—Chitón, Julián. ¡Habla más bajo! Bueno, os lo contaré… Pero de esta no os libráis, me temo. Se rumorea que Sanchis Guarner, uno de los encuestadores del ALPI, “coqueteó” (ya me entendéis) con la esposa del ministro de 1935, cuando esta estaba pasando unos días en Adamuz, visitando a unos parientes. Desde entonces este asunto es prioritario en el Ministerio. Así que ya sabéis…

***

¿Será esta la primera aventura fallida de Amelia, Alonso y Julián? Tiene pinta… ¡Ya llegó! ¡Ya está aquí! ¡El ALPI del CSIC!

Disculpe, ¿sabe qué hora es?

Ya se sabe que el comienzo del año da ganas de ordenar y poner orden (que no son lo mismo, pero casi) y de eso va precisamente esta primera entrada de 2016, porque tenemos un jaleo montado en español y no es pequeño: ¿a qué hora es cuándo? Resulta que dividimos el día en partes (mañana, tarde, noche, etc.) y también lo dividimos en horas. Y luego no tenemos ni idea de cuáles de las unas se corresponden con cuáles de las otras. Para muestra, un botón: esta encuesta de Twitter que hice en diciembre, en la que se ven con claridad las dos Españas.

Captura de pantalla 2016-01-10 a la(s) 22.00.23¿A qué hora es el mediodía? A la hora de comer (ca. 14h), por supuesto, pero un 35 % de la población parece confuso

No es este un tema baladí, como demuestra el montón de tuits de respuesta que generó mi tuit (y que generan otros parecidos). No tenemos nada claro cuándo es qué en este país, lo que no nos impide desgañitarnos para defender que es cuando nosotros digamos. Y yo soy muy de desgañitarme (por algo tengo un blog), pero también muy de acompañar el desgañitamiento con un gráfico (que me dé la razón, claro), así que he juntado unos cuantos.

Gracias al visor de Ngrams de Google podemos comparar la frecuencia de varias expresiones en un conjunto de textos (de extensión y composición no demasiado bien explicadas) que van desde 1800 hasta el 2000. Es evidente, eso sí, que el caso del español incluye textos de la península y también de América, por lo que los resultados aquí presentados son “panhispánicos” al más puro RAE–style.

Lo que he hecho es muy sencillo: he comparado expresiones tipo “las dos de la mañana” con “las dos de la madrugada” y “las dos de la noche”, para ver cuáles son más frecuentes. Y después he hecho un gráfico. Y cuando digo gráfico quiero decir un representación visual espantosamente cutre (y de precision ojodebuencubérica), pero qué quieren que les diga, una tiene sus limitaciones. Antes de enseñarles la cutrez, otra advertencia: en algunos casos es posible que las denominaciones fueran ambiguas (¿puede “la una de la mañana” ser las 13h?) y Google no ofrece fácilmente los contextos concretos para revisarlos, así que nos quedamos con el sentido común (No, no puede). Venga. Va. El gráfico:

Reloj 24 horas relleno

Reloj de 24h ladeado con creativo código de colores. Técnica: spray de Paint. Material: fuente de la imagen del reloj.

Ahora que ya han visto mi obra de arte, vamos a desglosarla un poco, mostrando los gráficos en los que está basada. Pero antes, otra advertencia: me voy a referir a las horas de forma simbólica como 1h, 6h, 18h, 23h, etc., que no deben entenderse como 1h = 1:00 a.m., sino como 1h = 00:31 a.m. – 01:30 a.m. ¿Por qué? Porque, aunque las búsquedas que he hecho son solo con la hora (es decir, sin minutos), lo lógico es pensar que la asociación de la hora con la franja del día se corresponde con todas las expresiones que usan el mismo número en la hora: la una y media, pero también la una menos cuarto.

Volvamos al gráfico, que tiene muchas cosas interesantes. La primera es que algunas horas se asocian con una única etapa del día (las 11h son las once de la mañana y punto), mientras que hay otras mucho más promiscuas y alocadas, como la 1h y las 2h, que pueden ser de la noche, de la mañana y de la madrugada. Como para tenerlo claro.

Otra cosa interesante es ver cómo la frecuencia textual de cada expresión representa icónicamente cómo se van apagando algunas partes del día. Por ejemplo, la madrugada está a tope entre la 1h y las 2h (y nótese que la noche le ha ido cediendo paso en los dos últimos siglos):

01_00

02_00 Pero en seguida empieza a decaer y, aunque aguanta el tipo hasta las 4h, entre las 5h y las 6h está ya en las últimas:

03_00

04_00

05_00

06_00

A la tarde le pasa lo mismo; va siendo susituida por la noche poquito a poco. La noche llega desde las 19h, suponemos que por influencia del invierno (aunque nótese que en el siglo XIX ya asomaba —poco— desde las 18h), y llega pisando fuerte, porque la tarde apenas resiste hasta las 20h y, en cuanto nombramos las 21h, desaparece:

18_00

19_00

20_00

21_00Con la noche ocurre más de lo mismo: empieza a decaer a las 24h y colea apenas durante un par de horas más, como se veía en los gráficos de la 1h y las 2h de arriba. Hay, además, una diferencia muy interesante entre las 24h y las 12h: las doce de la medianoche (o de la madrugada) no lo dice nadie, pero las doce del mediodía es todo un hit (reciente, eso sí):

24_00

12_00

Eso sí, me apuesto el cuello a que todos tenemos clarísimo que la medianoche es a las 00:00, pero lo de que el mediodía sea a las 12:00 ya hemos dicho que no lo tenemos tan claro. Es más, hay casos de la una del mediodía (aunque también muy recientemente y escasísimos, la verdad). Todo muy lógico.

13_00

De hecho, si miramos nuestro bello gráfico atendiendo a las partes del día y no a las horas, resulta un auténtico disparate. Para empezar, nuestras mañanas son larguísimas. Empiezan a la 1h y acaban a las 13h. ¡Doce horazas! ¡Medio día entero de mañana! Para que luego digan que somos gente nocturna. Nótense las consecuencias rematadamente absurdas de esto: resulta que ¡apenas dormimos por la noche! Según esto, si usted se acuesta a la 1:00 y se levanta a las 7:30, se ha acostado de madrugada y se ha pasado más de la mitad de la mañana durmiendo. PERO SERÁ VAGO. Y la tarde empieza a las 13h y la noche acaba a las 2:00. Perdonen, pero me da la risa.

En conclusión, resulta que tenemos, por un lado, las partes del día, que asociamos a algunos actos clave —solares y de nuestra rutina, con los consecuentes desajustes—: la mañana empieza al amanecer y acaba a la hora de comer; la tarde empieza a la hora de comer y entre ambas pasa a toda prisa el mediodía; luego tenemos esa franja difusa que es la tarde–noche, entre que salimos del trabajo y cenamos; y, después de cenar, entonces sí, ya es de noche hasta que amanezca (aunque si nos acostamos tarde pillaremos a la madrugada). Por otro lado, sin embargo, asociamos las horas del día a estos nombres (menos a la tarde-noche) siguiendo criterios parcialmente distintos, quizá porque las horas están repes y hay que saber cuál de las dos siete son (sobre todo para poner el despertador), para lo que convienen nombres bien claritos, aunque luego su parecido con la realidad sea casi mera coincidencia (madrugar no es levantarse a la 1:30, sino a las 6:00. O las 7:00. O antes de las 10:00 si es fin de semana). De hecho, la RAE da dos definiciones de mañana, que se corresponden con estas dos posibilidades:

  1. Parte del día comprendida entre el amanecer y el mediodía, o la hora de comer o almorzar.
  2. Parte del día comprendida entre la medianoche y el mediodía.

(En uno de sus alardes de coherencia, da una única definición de noche: “Parte del día comprendida entre la puesta del sol y el amanecer”.)

Resumiendo, que lo de poner orden no era tan fácil, porque hay varios órdenes coexistentes. Y ahora no me vengan con que lo que pasa es que soy una desordenada: YO SÉ PERFECTAMENTE DÓNDE ESTÁN MIS COSAS, AUNQUE TENGAN OTRAS MIL COSAS ENCIMA. Y ahora ya sé de dónde me viene.

Los titulares y la máxima de relevancia

Ya, sí, ¿no digo nada en más de un año y hago dos entradas seguidas? Pues sí. Soy así. Imprevisible. Un espíritu libre, sin ataduras a las reglas de la lógica ni de la rutina. Una plasta, vamos.

Bueno, al lío, que voy a ser breve. Ayer se publicó la siguiente nota de prensa de la Universidad de Nueva York. Si os da pereza pinchar, no pasa nada, que pongo foto:

Captura de pantalla 2015-12-08 a la(s) 19.56.21

El titular no está bien pensado, claro: decir que un equipo de investigadores (¡neurocientíficos, si se sigue leyendo!) han demostrado que Chomsky tiene razón te asegura que toda la comunidad lingüística pinche en tropel. Pero lleva trampa. Una trampa bastante gorda, además. La cuestión es que la idea central de Chomsky, y también la más debatida, la que hace que todos pinchemos en tropel a ver si lo han demostrado de verdad, es que esa gramática (o parte de ella) que está en nuestra cabeza está ahí desde que nacemos. Desde siempre. Es innata. Esa es la base de lo que dice Chomsky y con la que mucha gente no está de acuerdo.

El artículo (que podéis leer aquí) es interesantísimo, pero no demuestra nada de eso. Demuestra (dizque, yo no puedo evaluar trabajos de neurociencia) que nuestro cerebro distingue la existencia de distintos niveles de estructura (concretamente, sílabas, sintagmas y oraciones). Esto es una preciosidad, claro. Ver las fronteras de los sintagmas en las frecuencias de los impulso eléctricos del cerebro. Una maldita maravilla.

Pero no da la razón a Chomsky. Bueno, o sí. Pero no solo. La existencia de distintos niveles de estructura es ampliamente aceptada por la mayoría de los lingüistas (y supongo que todos admitimos que los tenemos dentro de la cabeza y no en el bolsillo trasero del pantalón o en la uña del dedo meñique). Y es una idea bastante más antigua que Chomsky. Miren qué bien lo expresaba Bello en su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, allá por 1847 (la negrita es mía):

“La palabra dominante en la oración es el sustantivo sujeto, a que se refiere el verbo atribuyéndole alguna cualidad, acción, ser o estado. Y en torno al sustantivo sujeto o al verbo se colocan todas las otras palabras, las cuales, explicándose o especificándose unas a otras, miran, como a sus peculiares últimos puntos de relación, las unas al sustantivo sujeto, las otras al verbo”.

Titulando como titulan, sin embargo, uno lo lee rápido, piensa: “Hala, Chomsky tenía razón” y “¡Además lo dicen científicos de verdad!” (como bien me ha apuntado Paula esta mañana) y tuitea, así, a lo loco:

Captura de pantalla 2015-12-08 a la(s) 20.20.01

Y, claro, no.

Un poco como si alguien titulara una noticia: “La Biblia tenía razón: demuestran con restos biológicos que Jesús existió”. Por la máxima de relevancia, que dice que no solemos decir cosas que no vienen a cuento, y teniendo en cuenta que hay poca duda de que Jesús, efectivamente, existió, seguro que alguien tuitearía a toda prisa: “La Biblia tenía razón: demuestran con restos biológicos que Jesús era el hijo de Dios”. Y, claro, no.