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El fantasma del verano (casi) pasado

A principios de año me propuse seguir escribiendo con regularidad en el blog, esta vez sobre las otras lenguas de España, y fracasé estrepitosamente. Mañana comienza el segundo semestre en la Universidad de Zúrich, así que hoy es un buen día para renovar propósitos. Pero, como hay que hacer las cosas poquito a poquito, suave, suavecito, hoy traigo la típica entrada de la vagancia: un resumen de algunos hits lingüísticos de mi verano.

Con esto de que el covid ya está integrado en nuestras vidas, han vuelto los congresos ¡y el trabajo de campo! Como ven, de esto último me alegro mucho (de lo primero creo que me alegraré más cuando retomemos un ritmo normal, porque por ahora hemos tenido una acumulación de eventos pospuestos absolutamente excesiva), porque el trabajo de campo es lo más disfrutable de mi trabajo, siendo mi trabajo muy disfrutable. Volvimos a la isla de La Palma, una semanita, casi cuarenta personas… Y fue increíblemente fructífero, además de divertido. Algunos de los alumnos de Zúrich que nos acompañaron han escrito sus impresiones y hallazgos en el blog del proyecto: ¡lectura recomendada!

Pasé una semana en Santander —con mis compañeras y amigas Ana Estrada y Elena Diez del Corral— dando un curso de verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Además de unos alumnos estupendos y una experiencia muy enriquecedora y divertida —a quién no le gusta decir que ha cenado «en Palacio»—, hay que añadir que se nos caía la baba no solo con la comida (¡y los helados de queso!), sino con los leísmos —tierra fertilísima en leísmos, la cántabra— y los diminutivos en -uco, especialidad montañesa muy apreciada.

Este verano he pisado Centroamérica por vez primera y, aunque me encanta tooooodo de lo que dicen en Costa Rica (esa erre retrofleja —como la inglesa—; ese vosearte en San José y tratarte exclusivamente de usted en Puntarenas; ese baile de terminaciones verbales con los clíticos —acompáñelen por acompáñenle—), mi palabra favorita es, sin ningún lugar a dudas, «minisúper». La fusión de lo diminuto y lo excesivo en cuatro sílabas me parece magnífica. Dice el Diccionario de americanismos que se usa en prácticamente toda Centroamérica (¿qué pasa con Guatemala?) y en México y me parece poco. Abogo por extenderla al globo entero.

Minsuper Mercadito. Más no se puede pedir

Voy acabando, pero no sin antes mencionar algunas cosillas que han pasado este verano y me han hecho ilusión. La primera es que salí en Más de Uno hablando de acentos. Si os pica la curiosidad sobre el origen de las distintas formas de hablar español, a lo mejor os interesa. (Y digo yo que sí, porque es un poco de lo que va este blog…)

La segunda es que, por fin, por fin, tras años de reescribir, mejorar, aumentar y reducir la parte más grande de mi tesis doctoral, en agosto salió ya publicado el resultado final. Ha sido un proceso larguísimo, pero ha quedado genial y sale en una editorial muy prestigiosa, así que estoy encantada.

(Estoy encantada y se me nota)

La última, que es la más reciente, también tiene que ver con otro libro que acaba de salir. Este lo hemos editado juntas tres amigas y compañeras, la susomencionada Ana Estrada y Bea Martín:

Conspirando libros en un aula vacía de la UAM

Es un libro para todos los públicos —no como el anterior, me temo—, donde hemos juntado a un grupo de dialectólogos de pro para contar de una forma sencilla y asequible algunas de sus investigaciones sobre el español europeo rural. Con el libro queremos celebrar y acercar a todo el mundo el trabajo de Inés Fernández-Ordóñez y sus discípulos (afortunados nosotros), basado en el corpus COSER, que comenzó hace algo más de treinta años. Ya se puede encargar en la editorial Pie de Página (y podéis leer aquí la entrevista que nos han hecho para explicaros por qué el libro os va a encantar).

¡Con una vaca en la portada y prólogo de Inés Fernández-Ordóñez!

¡Medianoche! Cierro, que empieza el semestre nuevo.

El catalán y el gallego I: hablemos de vocales.

Por la presente y sin más solemnidad que la estrictamente necesaria —es decir, ninguna—, inauguro con esta una serie de entradas donde voy a hablar de cosillas que tienen nuestras lenguas vecinas, el catalán y el gallego. El objetivo es hablar de ellas como lo que son —lenguas—, ya que sobre todo estamos acostumbradas a oír de ellas como lo que no son —armas—.

Hace ya algún tiempo hablamos por aquí de las vocales del español, llegando a la conclusión de que tener solo cinco vocales es en realidad un poco aburrido y extremadamente mainstream. En realidad, tener siete u ocho, como tienen el gallego o el catalán, tampoco supone el colmo de la originalidad, pero nos puede resultar sorprendente, sobre todo porque el español tiene la suerte de tener tantas vocales como… letras para sus vocales. Tanto el gallego como el catalán tienen esas mismas letras, pero tienen más sonidos vocálicos, por lo que no se distinguen todos en la escritura (ambas lenguas usan tildes en algunas ocasiones para distinguirlas, pero nunca de forma sistemática).

Para explicar las vocales de estas dos lenguas creo que viene bien entender —y sé que me la estoy jugando: el que pase de este párrafo es un incondicional— de dónde venimos, es decir…: saber qué pasaba en latín.

Al principio de los tiempos, el latín tenía 10 vocales. Parecen muchas, pero en realidad podemos decir que tenían dos series de cinco vocales: las mismas que el español, pero una serie larga (escrita con una rayita por encima) y otra serie breve (escrita con un semicírculo por encima). En español, las vocales no se diferencian por su duración, pero en muchas otras lenguas sí: el latín era una de ellas. Básicamente, tenían una /a:/ que duraba más y otra /a/ que duraba menos, una /e:/ que duraba más y otra /e/ que… Bueno, ya lo van pillando. [Los dos puntos indican mayor duración.]

La cuestión es que ese sistema de diez vocales sufrió algunos cambios y acabó quedándose en un sistema de siete vocales, que es el sistema del que descienden las vocales de la mayoría de las lenguas romances (las excepciones son el sardo y el rumano). Lo que ocurrió fue que se perdió la diferencia de duración —que también llamamos de cantidad— y algunas vocales que sonaban parecido se fusionaron. En el esquema de abajo pueden ver ese proceso de fusión, donde habrá un par de cosas que quizá les sorprendan.

La primera es que quizá no saben qué narices es eso de /ɛ/y /ɔ/, que son los símbolos del alfabeto fonético para representar dos vocales más abiertas que la /e/ y la /o/ respectivamente, pero más cerradas que la /a/. Abran la boca para decir una /a/ y vayan soltando el aire continuamente mientras van adaptando su boca para decir una /e/. Paren antes de llegar. ¡Ese sonido (más o menos) es una /ɛ/! Y lo mismo pueden hacer con la /o/ y la /ɔ/.

La segunda cosa sorprendente es que, en vez de fusionarse las dos ues, las dos oes, etc., hubo un poco de batiburrillo: la i breve (ĭ) se fusionó con la e larga (ē) y lo mismo ocurrió con la u breve (ŭ) y la o larga (ō). Esto se debe a que, además de diferenciarse por su duración, en realidad las vocales latinas también se pronunciaban con una abertura de la boca un poco distinta, que permitió que se acabaran pareciendo más esos pares entre sí. Pero dejemos al latín ya en paz.

Simplificando enormemente, podríamos decir que el catalán y el gallego se quedaron con esas siete vocales y santas pascuas. Por ejemplo, en gallego, no es lo mismo oso, pronunciada con /o/ que óso,pronunciada con /ɔ/. La primera significa ‘oso’ y la segunda, ‘hueso’ (en los enlaces pueden escucharlas). Y lo mismo pasa en catalán, donde be (con /ɛ/) significa ‘cordero’ y (con /e/) significa ‘bien’.

Lo que ocurre es que esto es verdad solo a medias, porque este sistema de siete vocales en realidad se corresponde a las vocales que aparecen en… ¡sílaba tónica! ¿Cómo? ¿Las vocales del catalán y del gallego son distintas según tengan acento o no? (Ojo, que no estamos hablando del acento gráfico, de la tilde, sino del acento que hace que una sílaba sea más fuerte que otra). Volviendo a la pregunta: pues sí, pero no, pero sí. Vayamos por partes, empezando con el gallego.

En gallego, en sílabas átonas no pueden aparecer ni la /ɛ/ ni la /ɔ/. Y, en sílaba final, solo pueden aparecer tres vocales, la /a/, la /e/ y la /o/. De hecho…, eso es exactamente igual en español. Hay solo unos poquitos sustantivos que acaban en -i o -u en español y, en general, son extranjerismos —tribu, esquí, menú—. Igual que en gallego. (Sí, he especificado sustantivos, porque otros tipos de palabras van por otro camino.) Es más, el sistema vocálico del español y el gallego en realidad son paralelos: lo que pasa es que el español, en vez de conservar la /ɛ/ y la /ɔ/, ¡las diptongó! en gallego es pie en español y, como vimos antes, ósoen gallego es hueso en español. Y tan ricamente.

El catalán, en cambio, va por otro camino. Al menos parte del catalán, porque los dialectos occidentales (es decir, oeste de Cataluña y el valenciano) tienen un sistema átono idéntico al del gallego o el español. Pero los dialectos orientales, que son la base del catalán estándar de Cataluña, van a su bola. En posición átona reducen su sistema vocálico, sí, pero no es que se queden con algunas de las vocales que ya tenían, sino que también añaden una nueva.

El sistema átono del catalán es más reducido que el del español y el gallego, pues tiene solo tres vocales. La /i/ se queda tal cual; fusiona la /o/, la /ɔ/ y la /u/ en /u/, y amalgama la /a/, la /ɛ/ y la /e/ en una vocal distinta, que llaman vocal neutra: la /ə/ (también conocida como schwa). Esta es una vocal que se pronuncia por el medio de la boca, abriendo la boca ni mucho ni poco… Es decir, es como una vocal muy anodina, pero, por lo que sea, como que tiene gancho, no sé. No hay lingüista que no le ponga ojitos a una buena schwa.

En conclusión, las vocales del gallego, el español y el catalán salieron del mismo punto de partida (el sistema de siete vocales del latín), pero fueron tomando caminos ligeramente distintos, a pesar de que les afectaron condicionamientos muy similares (como el hecho de que la vocal sea tónica o no). Una última advertencia: en las dos lenguas hay diferencias dialectales que hacen que lo que he explicado no aplique exactamente a todas las variedades. En realidad, la historia de los tres sistemas es un poco más complicada (que si la diptongación, que si las vocales se influían unas a otras…). ¡Pero si sigo, pierdo hasta a los incondicionales!

Nota: para que puedan saber mejor cómo suenan todas las vocales de las que hemos hablado, aquí les dejo un enlace donde pueden escuchar los sonidos del alfabeto fonético internacional (AFI), aunque la verdad que los audios estos que se graban para ilustrar el AFI son algo exageradillos. ¡Pero muy entretenidos!

Ca padres, por Navidad

Acaban de entrar un montón de palabras en el Diccionario de la Lengua Española (las pueden consultar aquí) y acaba de salir un artículo mío sobre una palabra (¿dos?) que todavía no está. ¿Casualidad? Ya lo creo. La palabra en cuestión es ca, con el significado de ‘casa’, que han oído ustedes mil veces en ejemplos como estos (sacados del COSER):

  • Vamos esta noche en ca mi tía (Barrax, Albacete)
  • Comían a ca su suegra (Orellana de la Sierra, Badajoz)
  • Vas a buscarlas an ca los matanchines (Alaraz, Salamanca)

Estos usos en español se consideran vulgares y están bastante restringidos a las variedades rurales, aunque es una pena: fíjense en el francés, que con el mismo origen ha creado una preposición de lo más molona, chez. Ese origen de ca es fácil de imaginar: a partir de una secuencia como en casa de se empieza a producir un proceso de desgaste fonético: la preposición de se pierde con bastante facilidad (maestro escuela), entre otras cosas porque la d que aparece entre vocales se pierde con muchísima facilidad (cantao, to…). El paso de casa a ca es más raro: parece que hubo un paso intermedio cas, del que les hablo luego. Y luego queda una cosa interesante: la preposición que va delante. Si se fijan en los ejemplos de arriba, a veces tenemos en cuando normalmente diríamos a —porque es un verbo de dirección— o viceversa —con verbos estativos tenemos a—, y ¡hasta tenemos una preposición mixta an! Lo primero se debe a usos antiguos de la preposición en; lo segundo, quizá a una sobregeneralización de a, y lo tercero, a una fijación de la secuencia en ca, que al congelarse, puede aparecer precedida de otras preposiciones. Esta preposición puede incluso llegar a perderse (dando un resultado sintácticamente idéntico al chez francés):

  • Que es que voy ca Ceferina (Pedro Jiménez López, Cascarroteos y Repalandorias, 1912)

En el artículo investigo tanto la distribución dialectal de ca como su historia. Lo primero que llama la atención es la tremenda variación que se encuentra en español a este respecto. Consultando corpus de entrevistas orales y de textos escritos, así como los atlas lingüísticos encontramos que cualquiera de las formas posibles, ya sea ca, cas o casa, puede aparecer seguida o no de la preposición de y precedida de cualquiera de las preposiciones indicadas anteriormente en cualquier contexto o, incluso, sin preposición. Un caos, vamos. Pero en realidad el caos no es absoluto, porque sí hay algunos patrones más frecuentes que otros. La ausencia de de y el uso de en con verbos de dirección, por ejemplo, son mucho más frecuentes con ca que con cualquiera de las otras dos formas.

Otro hallazgo interesante que nos dan los atlas (aunque esta información es bastante parcial), es que las formas reducidas son frecuentes en todas las variedades peninsulares del español excepto… en la zona del navarro-aragonés. La ausencia de ca en español estándar, entonces, no viene de una cuña castellana —¿les suena? Sí, hombre, la hipótesis de Menéndez Pidal de que el español se extendió hacia el sur en forma de cuña desde Castilla—, sino que podría tener origen navarro-aragonés. No sería la primera vez que pasa. (Y, si esto les parece interesante, no puedo más que recomendarles vivamente el discurso de ingreso en la RAE de Inés Fernández-Ordóñez. Lo pueden leer aquí y/o ver aquí.) Ah, por cierto, en Canarias se prefiere la forma casa, pero cuando se usa la reducida, la más común es cas y no ca.

Estos datos vienen del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, del que ya hablamos aquí, y se los tengo que agradecer a Ana Estrada Arráez, que me los prestó en pleno confinamiento

El estudio de la historia de ca es difícil, porque su carácter vulgar o rural hace que sea difícil seguirle la pista en textos escritos… Salvo algunas documentaciones aisladas más tempranas, esta forma empieza a aparecer en los textos a partir del siglo XIX y siempre puesta en boca de hablantes de los estratos sociales bajos o en textos de la oralidad popular:

Estos datos vienen de todos los corpus textuales que pone la RAE a disposición de cualquiera

Pero los textos nos muestran algo muy interesante: la forma semirreducida cas fue bastante usada desde el siglo XV hasta el XVII y entonces no se considera necesariamente una forma vulgar… Miren, miren quiénes la usan:

  • Pássate por en cas de vn aloxero, y díle que me muero. (Lope de Vega, 1605)
  • Llevarte en cas de busconas es sola tu medicina […] (Francisco de Quevedo, 1621)

Y esta es un poco toda la movida. Que he pensado que de vez en cuando no está de más compartir las cosas académicas que voy haciendo. Y eso, que… ¡feliz Navidad!

Un par de palabras

Empiezo este post con el título de una canción de Hombres G, no porque Spotify acabe de decidir revelarnos ocultos secretos de nuestra personalidad nada sorprendentes, sino porque hace dos semanas exactas descubrí, bueno, confirmé, que mi nivel de alemán estándar es mucho peor del que todo el mundo se empeña en creer. Y una de las estupendas consecuencias fue aprender que la palabra Wort, que significa ‘palabra’, tiene dos plurales en alemán: Wörter y Worte. A ver, tener dos plurales no es lo más fascinante de esto, sino que cada uno de ellos ¡se refiere a una acepción distinta de Wort! Mientras que Wörter se refiere a ‘palabra’ en el sentido estricto, es decir, ‘unidad lingüística con significado’, Worte se refiere a ‘palabra’ como ‘discurso’.

Es decir, para una frase como «En esta oración hay tres palabras que no comprendo» usaríamos Wörter, mientras que en una frase como «Nos dijo algunas palabras de ánimo» usaríamos Worte. Por eso diccionario se dice Wörterbuch (como habrán adivinado, ‘libro de palabras’), mientras que para charlatán existe Wortemacher, que literalmente significa ‘hacedor de palabras’.

Este caso es muy parecido a uno que comenté aquí hace ya un lustro (se dice pronto): el de la contienda entre y sepo como primera persona del singular del verbo saber cuando significa ‘tener sabor’. Lo apasionante de estos casos es que en ellos es la flexión y no la derivación la que se emplea para marcar dos acepciones distintas. Esto no es muy común, sobre todo porque la flexión no suele presentar tantas alternativas morfológicas como la derivación. Es decir, para crear sustantivos a partir de verbos tenemos –miento (tratamiento), –ción (perdición), –azgo (liderazgo), –anza (templanza), entre otras muchas posibilidades, y podemos elegir entre ellas con cierta libertad.

Los morfemas flexivos, como los del plural, presentan muchas menos formas y estas suelen repartirse en virtud de criterios fonéticos o morfológicos bastante claros. El caso del plural del español es paradigmático (valga el chiste, que es para muy cafeteros): a grandes rasgos, las palabras acabadas en vocal toman –s (casa ~casas), las palabras acabadas en –s no cambian (crisis ~ crisis) y las palabras acabadas en otras consonantes o en semivocal toman –es (camión ~ camiones, rey ~reyes). El margen de error es muy pequeño: quitando algunos préstamos, que sí dan más problemas, también son problemáticas las palabras agudas que acaba en –í o en –ú (¿esquís, esquíes o esquises?, ¿menús o menúes?), pero son muy pocas.

Con las terminaciones de género viene a pasar lo mismo. El femenino presenta algunas posibilidades más de formación y genera algunos dobletes (como fuerza {motriz/motora}). De hecho, estos dobletes nos dan por lo menos un caso de diferenciación semántica: directriz, que significa’norma’, y directora, que significa ‘mujer que dirige’. Este es un caso equiparable al de Wörter/Worte, que también es posible en alemán porque en esta lengua del infierno maravillosa existe un buen puñado de morfemas del plural.

En fin, que un traductor se encontraría con un problema para traducir el título de la canción de Hombres G. Aunque en principio parece obvio que Un par de palabras debería ser Ein paar Worte, porque aquí palabras vale por ‘discurso, algo que decir’, en otra canción suya, No te tengo a ti, acuden a un interesante juego de dobles sentidos:

Para qué escribir canciones, a quién quiero mentir
Para qué un par de palabras, te quiero y no lloraré

Un par de palabras, Te quiero y No lloraré son títulos de canciones suyas, pero la oración resultante de esta lista de canciones también tiene una lectura literal que se aprovecha del hecho de que un par puede ser un indefinido (cuando significa ‘unas cuantas’) o tener un valor numérico concreto (cuando significa ‘dos’). En el primer caso, el alemán usaría Worte, pero en el segundo… creo que preferiría Wörter.

Así que cuando os digan lo de «El alemán tiene muchas cosas intraducibles, algunos conceptos solo se pueden decir en alemán, por eso es la lengua de la filosofía» podéis contestar ufanamente «Bueno, pero no daría para traducir bien a Hombres G, así que tampoco nos flipemos».

«No sé hablar»

Antes del verano me llamaron por teléfono para persuadirme de que contribuyera a una ONG (espóiler, teleoperadores del mundo: soy fácil de persuadir) y, ya no recuerdo a cuento de qué, la señora que me llamó me pidió perdón por su forma de expresarse, que «su marido le decía que no sabía ni hablar». Evidentemente, me ofrecí a extenderle un certificado explicándole al pieza de su marido que su mujer habla perfectamente.

Hace unas semanas leí esta entrevista a un futbolista, Fali (parece ser un estupendo futbolista, pero admito que yo no sabía quién era: espóiler, futboleros del mundo, no me sé ni la alineación del Atleti), donde aparece este fragmento:

Fragmento de la entrevista a Fali

Otra vez el infame «no saber hablar». Les informo: en el mundo hay muy pocos adultos que no sepan hablar. En el mundo hay muy pocas personas de más de… ocho años, año arriba año abajo, que no sepan hablar. No saber hablar es el resultado de un deterioro cognitivo importante, que no es el caso ni de Fali ni de la teleoperadora que me llamó. En este contexto, «no saber hablar» significa ‘no manejar la lengua estándar’, que es una cosa totalmente distinta. En este blog ya hemos hablado de la norma (y del cambio lingüísticodel usode que la lengua la hacen los hablantesdel papel de la RAE) y no somos ajenas al hecho de que no saber manejar la lengua estándar tiene penalizaciones sociales importantes, pero la más grave parece ser la de convencer a la persona que no la maneja de que… no sabe hablar. La falta de autoestima que conlleva esto es tanto más grave cuando nos damos cuenta de que las normas del estándar son absolutamente arbitrarias (desde el punto de vista gramatical, aunque no del social).

Vamos al caso que dice Fali, que es uno de mis favoritos. El me se ha caído. La regla mnemotécnica que menciona el futbolista la habremos oído todos alguna vez (o casi todos los españoles, porque este orden de los pronombres no se encuentra ni en Canarias ni apenas en América), pero no sirve para explicar nada. De hecho, las semanas no van antes que los meses: las semanas forman parte de los meses. Y, aunque lo fueran: ¿qué tendrá que ver eso con los pronombres átonos del español? NADA. NA-DA. ¡Ja!, siempre me escamó esa explicación y por fin me ha llegado la oportunidad de resarcirme. La cuestión es que no hay ningún motivo por el que la secuencia se me ha caído sea mejor que me se ha caído. Estas secuencias de pronombres no existían en latín, así que no podemos aducir un argumento etimológico. Nacen en las lenguas romances. Y ahí está la prueba de que la arbitrariedad gramatical del estándar: en italiano el orden estándar es el contrario: mi si é rotto un dente es como se dice ‘se me ha roto un diente’, pero literalmente es me se ha roto un diente (bueno, me se es roto un diente, pero ese es es por otras cosas que no vienen al caso).

Los lingüistas se han devanado los sesos para explicar los órdenes de los pronombres en las lenguas romances y, honestamente, estamos lejos de llegar a una regla elegante que te haga exclamar «¡Ah, claro, tal orden es el más lógico/eficiente/útil!». No. Son un caos. Son como son porque sí y podrían haber sido de cualquier otra manera, como nos demuestran las diferencias entre lenguas… y la variedad interna de las lenguas. Porque la demostración de que podrían haber sido de otra manera la tenemos en el propio español, que nos da los dos mundos posibles: aquel en el que las semanas van antes que los meses y aquel en el que los meses van antes que las semanas. Uno de esos dos mundos se convirtió en el culto y el otro se consideró vulgar, pero, desde el punto de vista de la eficacia comunicativa o la lógica del sistema, los dos son igualitos. Fali, habla usted divinamente. Simplemente usa una variedad a la que no le ha caído en gracia ser la variedad estándar, pero le puedo asegurar que las dos son exactamente igual de inexplicables. Y, además, no está usted solo: estas formas, aunque cada vez menos usadas, se usan en muchas hablas no normativas y son especialmente frecuentes en el oriente y el sur peninsulares (el levante y el mediodía peninsulares, por si me lee algún meteorólogo). Aquí les dejo un mapita a partir de los datos del COSER.

Dejo por aquí la referencia del artículo para el que hice el mapa, por si quieren saber por qué me apasionan los llamados «vulgarismos»

Pues eso. Que decirle a la gente que no sabe hablar sin haber pasado días tratando de averiguar los condicionamientos sistémicos del orden de pronombres del español es intrusismo laboral y…, venga, otro espóiler: sale regular.

La Palma: isla llena de gracia, de buenas horas y de vida

En esa isla bonita que es La Palma y que ahora está en las mentes de todos, teníamos puesta nuestra mente desde hace meses varios intrépidos filólogos , porque es una de las dos islas objeto de estudio del proyecto Rurican, que dirijo desde la Universidad de Zúrich, y con el que queremos recoger los cambios sociales y lingüísticos de las últimas décadas en la isla. La pandemia no nos había dejado acercarnos hasta allí durante el primer año del proyecto, pero el día 5 de septiembre pudimos aterrizar en la isla para empezar el trabajo de campo. Durante dos semanas hicimos entrevistas en las que, además de descubrir muchas cosas sobre la vida y costumbres de La Palma (y de comer divinamente, todo hay que decirlo), pudimos disfrutar de algunas maravillas lingüísticas que paso a compartir.

Por ejemplo, escuchamos la expresión de gracia, que significa ‘gratis’, pero que ya no es la forma más común de decirlo. La palabra gratis viene de un ablativo plural latino, es decir, aunque no contenga ninguna preposición viene a significar algo como ‘por las gracias’ (traducen Corominas y Pascual, no yo). Y es que, si se fijan, gratis puede ser un adjetivo o un… ¡adverbio! Es adverbio cuando decimos lo hicieron gratis. Y, si lo piensan, los pocos adverbios que no acaban en -mente en español tiene significados que parecen fundamentales cognitivamente hablando: espaciales (lejos, cerca), temporales (ahora, entonces), modales (así). Y luego viene gratis, que significa ‘sin pagar’. Que es un significado excelente, no me entiendan mal, pero no parece que se sitúe en el centro de la cognición humana. Pues gratis es adverbio porque lleva dentro ese ablativo original. En cambio, de gracia es ya una forma más castellana (es decir, menos latina) de decir lo mismo, con su preposición y su sustantivo, como debe ser. Y de este pequeño jaleo sale la mezcla de gratis, que con la preposición ya le da una estructura castellana a la cosa, pero se queda con la forma latina que, no nos vamos a engañar, es mucho más chic.

Aprendimos también una expresión que nunca habíamos oído (y que no encuentro documentada en los corpus de referencia más importantes del español): dar las buenas horas. Quizá lo hayan adivinado: es un sinónimo de saludar. Las buenas horas, por tanto, son los buenos días, las buenas tardes, las buenas noches… Eso de buenas horas lo usamos en algunas expresiones: ¡a buenas horas! significa que algo se hace con retraso, en buena hora o enhorabuena sonfelicitaciones, de buena hora significa ‘temprano’… Pero este contexto nos es desconocido y no parece estar documentado en otras fuentes. Hace poquísimo me preguntaba de dónde salía ese femenino cuando saludamos genéricamente con un ¡Buenas!, ¿será que lo que nos hemos comido es un horas? La verdad que merece la pena ponerse a indagar, aunque yo no sepa por dónde.

Un último ejemplo: nos encantó el uso de la palabra vida como sinónimo de ombligo: varias veces nos explicaron cómo las comadronas se ocupaban de cortar la vida (‘el cordón umbilical’) a los recién nacidos. Según el Diccionario Histórico del español de Canarias este uso viene de una etimología popular a partir de la forma portuguesa vide, que, efectivamente, hace referencia a una parte del cordón umbilical. ¿Que qué significa etimología popular? Pues se refiere al cambio fonético que sufre una palabra por influencia de otra que suena parecida y con la que tiene alguna relación de significado: por ejemplo, mondarina en vez de mandarina (ya que hay que mondarla) o vagamundo por vagabundo (¿por dónde se vaga, a ver?). La verdad es que la conexión entre ombligo (vide) y vida es más que evidente.

Si queréis saber algunas de las otras cosas que aprendimos, conté un par más en este hilo de Twitter. Y, si os parece interesante el proyecto, podéis seguirnos en nuestra cuenta de Instagram o consultar nuestra página web, que poco a poco irá teniendo más contenido, porque tengo dos compañeros (Elena Padrón y Antonio Corredor) que siguen allí, continuando su trabajo en unas circunstancias absolutamente excepcionales: muchísimas gracias a ellos y muchísimas gracias a todos los palmeros que siguen prestándose a colaborar y a ayudarnos para poder recoger las formas de vivir y las formas de hablar de una isla espectacular que está sufriendo tremendamente. Una isla que desde hace unos días nos ha hecho entender a todos lo que es de verdad un volcán. Una isla que nos hace reflexionar sobre la contradicción que entraña que la catástrofe terrible que es esta erupción resulte inevitablemente un espectáculo fascinante, porque no puede no serlo la tierra partiéndose para expulsar lava. Y una isla a la que, en cuanto se pueda, habrá que volver para visitar sus pueblos y recorrer su naturaleza, para comer sus plátanos, sus príncipes albertos y, sobre todo, su queso asado, pero no solo porque lo vayan a necesitar, sino porque bien lo merece. Que el próximo día de San Miguel le sea mejor que este.

Lo que no decimos

Hablar una lengua romance es una suerte, pues te pone al alcance de los dedos un buen puñado de lenguas habladas por mucha gente, que, como se parecen a la tuya, son relativamente fáciles de aprender. De hecho, un entretenimiento más de las vacaciones en un sitio donde hablan una lengua romance desconocida es descifrar los carteles. Pero, de vez en cuando, nos topamos con palabras que se parecen como un huevo a una castaña. Por ejemplo, ¿cómo que en catalán nada se dice res? Pues… ¿y si te digo que estas dos palabras comparten origen? ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? ¿A qué huelen las cosas que no huelen?

El origen de res y de nada está en el latín res nata, que significa literalmente ‘cosa nacida’. Res es ‘cosa’ y nata es el participio de nascere ‘nacer’: en español medieval nado ya competía con la forma regularizada nacido, que se acabó imponiendo. ¿Y cómo res nata, que no tiene un valor negativo intrínseco, sino más bien al contrario, pasa a significar ‘nada’? Esto no es tan raro como puede parecer a primera vista, pues expresiones que significan ‘todo’ pueden servir como enfatizadores en contextos negativos:

—¡No hay cosa en el mundo que me guste más! = ¡No hay nada que me guste más!

Si los usamos con suficiente frecuencia, acabarán adquiriendo esos significados negativos. Así ya no parece tan raro que en francés personne signifique ‘nadie’ o pas ‘no’, ¿no? Este otro ejemplo de aquí es precioso:

Más allá de este maravilloso cambio de significado, el catalán y el español tomaron caminos distintos. En las dos lenguas se acortó la frase original*, pero se hizo por sitios distintos: el catalán se quedó con res y el español, con nada (ese paso de -t- a -d- es totalmente regular en la evolución del latín al español). Acortar tampoco es raro, sobre todo en palabras que se usan mucho: si se fijan, las palabras gramaticales (como los artículos, las preposiciones, los auxiliares, etc.) tienen tendencia a ser más breves que las palabras léxicas (sustantivos, adjetivos…): eso es porque las usamos todo el rato y, además, son bastante predecibles, por eso nos permitimos con frecuencia pronunciarlas más rápida o descuidadamente o, incluso, cortar por lo sano, como en este caso.

Lo que me hace gracia de este acortamiento es que el español se quedó con la parte… absurda. ¿Qué es eso de quedarse con el adjetivo (‘nacida’) en vez de con el sustantivo (‘cosa’)? (Quizá esta es la típica cosa que solo me sorprende a mí, no sé.) ¡Y no es el único caso en el que lo hacemos! Cuando un inglés quiere acortar el saludo mañanero te dice «Morning» (sustantivo), comiéndose el good (adjetivo). Y cuando a nosotros se nos hace largo un saludo decimos «Buenas» (adjetivo), comiéndonos los sustantivos (¿tardes?, ¿noches? Días no parece, porque es masculino, aunque «Buenas» lo podamos decir en cualquier momento…). Esto me lo hicieron notar hace poco cuando mencioné que, en alemán suizo, antes de comer te desean «En guete», que significa literalmente ‘un buen’. No dicen el Appetit (sustantivo), porque se sobreentiende. Igual que para despedirse te desean «Schöne», literalmente ‘hermoso, bonito’. ¿Bonito qué? Pues día, tarde o noche, según la hora que sea. Qué va a ser. En todos estos casos, el adjetivo que sobrevive al acortamiento adquiere un significado nuevo, que ha absorbido de la combinación que formaba con el sustantivo que nos hemos comido: se ha lexicalizado.

Lo que no decimos… se sobreentiende. Te esperabas algo más sentido de este título, ¿eh? ¡Ja! Te atrapo con un título cursi y te echo una chapa sobre historia de la lengua y cambio semántico, a ver qué te crees que es esto.


*Parece que en al menos algunas variedades baleares se mantiene la forma res nat, sin acortar.

El español y sus cosas III: ser o estar, esa es la cuestión.

Nunca es tarde si la dicha es buena, así que retomo la serie «El español y sus cosas», de cuyas primera y segunda entrega hace ya por lo menos varios siglos. Vamos a hablar de cópulas. (Breve pausa para que digan «jijiji» para sí mismos.)

Empecemos por el principio, que ya saben ustedes que era el verbo. En general, en una oración el verbo es el que nos da la clave de la información que se dice del sujeto: por eso lo llamamos el núcleo del predicado. Predica algo del sujeto. Eso es lo que hace ganar en una frase como:
Carreño gana una medalla de bronce en un partidazo contra Djokovic.

Pero no todos los verbos son así, algunos tienen muy poquito significado y llegamos a decir que están vacíos (o casi). Esto les pasa a los verbos auxiliares: Si digo ha ganado o fue vencido, los verbos haber (ha) o ser (fue) no aportan contenido léxico (eso lo hacen ganar y vencer), sino información gramatical (tiempo pasado o voz pasiva). Los verbos copulativos también son verbos vacíos en ese sentido, pero la diferencia con los auxiliares es que el contenido léxico no lo da otro verbo, sino otras clases de palabras (generalmente sustantivos o adjetivos). Así, en Carreño es medallista olímpico y Carreño estaba feliz, el núcleo de la información que se predica de Carreño es medallista olímpico y feliz, mientras que ser (es) y estar (estaba) nos dan información del tiempo verbal (presente o pasado). Y por eso lo llamamos cópula (o verbo copulativo), porque su función se limita a unir dos piezas fundamentales de información: el sujeto y el predicado.

De hecho, como la cópula aporta tan poca información, hay muchas lenguas que pueden omitirla (o prefieren hacerlo, incluso) cuando está en presente. En ruso, por ejemplo, te basta con decir María simpática (pero en ruso, claro) para que se entienda ‘María es simpática’. En inglés también pasa, aunque con mucha menos frecuencia: You ready? De hecho, diría que también pasa en español en contextos similares (¿Preparadas?), pero, como no tenemos sujeto obligatorio, parece menos sorprendente. En inglés te quedas un poco como «¿Pero ese you qué hace ahí?». Pues ser sujeto, qué va a hacer.

Al grano. ¿Por qué tenemos dos verbos para esto? Si pensamos en otras lenguas cercanas y conocidas, como el inglés, el francés, el alemán, etc., esto parece una peculiaridad del español, ya que estas lenguas solo tienen un verbo (to be, être, sein). Además, es uno de esos rasgos que los extranjeros tardan en dominar (Soy muy contento de ser aquí, por ejemplo). En realidad, es una peculiaridad de las lenguas ibero-rromances, pues la compartimos con el portugués, el gallego y el catalán. En cualquier caso, ¿para qué dos verbos cuando a la mayoría les basta con uno?

Si intentamos pensar en la diferencia entre ser y estar, lo más probable es que lleguemos a la conclusión de que ser sirve para hablar de cosas permanentes y estar, para hablar de cosas temporales. Uno es feliz, pero está contento, por ejemplo. ¿Pero entonces por qué decimos estar muerto? Sin ánimo de trivializar, pero pocas cosas más definitivas que palmarla. La distinción que establecen ser y estar en español es todavía más sutil: es la diferencia entre lo que son características propias de un individuo (predicados de individuo) y los estados (predicados de estadio). Los primeros van con ser y los segundos, con estar. Muerto, como embarazada o acaloradísima, es un estado, independientemente de cuánto duren. Alegre, leal y pelirroja son características, incluso si pueden cambiar a lo largo del tiempo.

Pero, claro, qué es una característica y qué es un estado es prácticamente una cuestión filosófica, así que no siempre está tan clara. De hecho, quizá usted ya haya pensado «¡Pero si también puedo decir Estoy feliz sin ningún problema!». Y tendría mucha razón. No es raro que recategoricemos adjetivos de individuo como adjetivos de estadio: ¡Uy, qué torpe estás hoy! Qué raro, si tú no eres nada torpe. Muchas de estas propiedades pueden conceptualizarse como estados transitorios y al español le basta cambiar de verbo copulativo para indicarlo. Lo contrario (recategorizar un adjetivo de estadio como uno de individuo) es más raro, aunque también ocurre a veces: soltera es un estado y por eso generalmente una lo está, pero no es inaudito decir Es soltera. Con casada también lo podemos hacer, pero es más raro (está casada > es casada): sería más habitual decir Es una mujer casada. Este truco es bueno, porque estar no admite sustantivos: tenemos que usar ser. Bueno, no admite casi ningún sustantivo: sí admite aquellos que, básicamente, conceptualizan estados, como Estar el primero en la cola. Además, hay algunos adjetivos que pueden combinarse con los dos verbos, no porque los conceptualicemos de formas distintas, sino porque son polisémicos. No es lo mismo ser malo que estar malo, ni ser despierto que estar despierto. Ojo: ahí la magia no la hace el verbo, sino el adjetivo.

En cualquier caso, si lo de tener dos cópulas nos parece un lío, qué nos parecerán los verbos pseudocopulativos de cambio de estado. ¿Lo cuálo? Pues eso que en inglés se dice become y en alemán, werden. En español tenemos hacerse, volverse, ponerse y quedar(se). Se hizo médico, se volvió tarumba, se puso como una fiera, se quedó de piedra. Los dos primeros aparecen con predicados de individuo, como ser, mientras que los dos últimos aparecen con predicados de estadio, como estar. Pero, claro, alguna diferencia más debe de haber, porque no es lo mismo Me he hecho suiza que me he vuelto suiza. Lo primero es que he adquirido la nacionalidad; lo segundo, que llego puntual a todas partes y me molesta el ruido. Vamos, un jaleo. Uno que yo no me sé bien, además.

¿Y que por qué los llamamos pseudocopulativos? Pues porque no funcionan igual que los copulativos, siendo la diferencia fundamental que en estos podemos sustituir el atributo por lo, pero en aquellos no:

  • Es leal – lo es.
  • Está triste – lo está.
  • Se hizo médico – * se lo hizo
  • Se volvió tarumba – *se lo volvió
  • Se puso como una fiera – *se lo puso
  • Se quedó de piedra – *Se lo quedó

Vamos, que ya lo decía Alejandro Sanz. No es lo mismo ser que estar, ni estar que quedarse. Al menos en español.

Alegato a favor de esas malditas comas

Estaba yo desesperada porque no me venía la inspiración para escribir mi entrada de junio (es un propósito de año nuevo: escribir al menos una entrada al mes) y han venido Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó a mi rescate. La primera le ha creado al segundo una tal Oficina del Español para que este la dirija y Cantó ha tenido a bien agradecérselo con este tuit:

Claro, si te dan un puesto en lo que tiene pinta de chiringuito público, suele ser mejor que no metas la gamba en el primer tuit que pones y Cantó ha colado un par de comas entre el sujeto y el predicado («la izquierda y el nacionalismo que la arrinconan, no han querido aprovecharlas» y «Madrid, lo hará») y se ha comido las del vocativo («Gracias, @IdiazAysuso, por la confianza»). Triple pecado comil en un tuit. En Twitter ya hay dos facciones, como no podía ser de otra manera: los que se ríen de Cantó por no saber usar las comas (e ir a dirigir algo llamado Oficina del Español) y los que explican que las comas tampoco son tan importantes y que hay muchas otras cosas interesantes de la lengua. Y yo, por fastidiar, no estoy de acuerdo con ninguna de las dos facciones.

Bueno, la primera facción es que me da igual. El que haya puesto bien todas sus comas que tire la primera piedra. Y el que las haya puesto todas mal… que le mande el CV a Ayuso.

Para explicar la segunda facción tenemos que explicar algunas cosas. La primera es la diferencia entre lingüística descriptiva y el prescriptivismo lingüístico. La lingüística descriptiva es, nada más y nada menos, la forma de acercarse científicamente a la lengua. Parte de la base de que cualquier producción lingüística de los hablantes es un objeto de estudio válido. Faltaría más, pensará usted. Pero, sobre todo en épocas pretéritas, el estudio científico de la lengua se mezclaba con posturas prescriptivistas, que son aquellas que sancionan unas formas como normativas o correctas y otras como incorrectas. El acercamiento prescriptivista es aquel con el que están más familiarizados la mayoría de los hablantes, pues es lo que se enseña en las escuelas: «esto es correcto, esto no lo es», etc. Ya expliqué una vez por qué esta idea de (in)corrección es inadecuada, que tiene que ver con el hecho de que la lengua no la ha inventado nadie, sino que la hacemos entre todos, siguiendo principios comunicativos de validez probablemente universal. Pero también explicaba por qué la ortografía es distinta: la ortografía sí es un invento consciente y reflexivo (muy reflexivo, basta echarle un vistazo a la Ortografía de la Lengua Española de 2010, que es un currazo). Este invento tiene el objetivo de facilitar la lectura, es decir, la interpretación de un texto escrito. ¿Por qué hace falta facilitar la lectura? Pues porque la escritura se diferencia de la lengua hablada en dos aspectos importantes: 1) tiene muchas carencias, ya que le falta contexto, entonación, acompañamiento gestual, etc. y 2) presenta estructuras sintácticas mucho más complejas: subordinación más frecuente, muy elaborada, etc.

Por eso las comas y, en general, las normas de puntuación son importantes. Hay que admitir que la puntuación en español es extremadamente compleja, pero, en mi opinión, también es una excusa maravillosa para enseñar sintaxis. Las comas, contrariamente a lo que piensa la mayoría de la gente, no sirven para señalar pausas. O no mayoritariamente. Las comas sirven para delimitar elementos sintácticos que interrumpen una oración, como los incisos: «Te confieso, con cierto arrobo, que me ha venido fenomenal esta polémica». También sirven para delimitar constituyentes que podríamos llamar periféricos. Por ejemplo, mientras que las subordinadas sustantivas no se separan con una coma: «Pensaba que no cumplía mi propósito», muchas de las adverbiales sí: «Aunque me estaba estrujando el cerebro, no se me ocurría nada». Las oraciones sustantivas vienen requeridas por el verbo (u otro elemento), pero las adverbiales no están exigidas y además se refieren generalmente a toda la oración. Con los adverbios se ve muy claro: «Lo hizo lamentablemente» y «Lo hizo, lamentablemente» no significan lo mismo: mientras que el primer lamentablemente es un adverbio de modo referido al verbo, el segundo evalúa toda la oración y, por tanto, está más lejos estructuralmente del verbo (el ejemplo es de la RAE). Otro de mis ejemplos favoritos son las comas en las oraciones de relativo. No es lo mismo «El post, que me ha costado tanto, ya ha salido» que «El post que me ha costado tanto ya ha salido». En el primer caso, la oración entre comas es explicativa: estoy hablando de un post que ya tenemos identificado, solo añado información extra sobre él. En el segundo caso, la oración de relativo es restrictiva o especificativa: hemos hablado de más de un post y el que ha salido es el que me ha costado tanto.

Las comas tienen muchos otros usos: como decía, las reglas de puntuación del español son complicadillas. Pero, quitando casos como las enumeraciones («Necesitaremos pan, leche y huevos») o la omisión del verbo («Yo cojo la leche; tú, el pan y los huevos»), diría que la lógica detrás de la mayoría es la misma: delimitar las cosas que no están en su sitio o que no pertenecen a la esfera más cercana del verbo (o de otros núcleos). Sintaxis pura y dura, vamos.

¿Es terriblemente grave que la gente ponga mal sus comas en Twitter o en WhatsApp? ¿Dejaremos de comprendernos? No. En absoluto. ¿Entones las comas no sirven para nada? No, en absoluto. Un cambio que han traído Internet y los teléfonos móviles a nuestras vidas es que ahora escribimos a todas horas y, además, escribimos conversaciones. Estas conversaciones están mucho más próximas a la lengua hablada: suelen estar ancladas a un contexto y, además, presentan poca complejidad sintáctica (frases cortas, poca subordinación, etc.) Por eso un uso no normativo de la puntuación tiene poca importancia y no impide la comprensión. Es más, hemos inventado otras maneras de expresar cosas que antes no se codificaban en la escritura, porque esta no se usaba generalmente para las conversaciones: tenemos emojis, tenemos mayúsculas para gritar, tenemos asteriscos para indicar autocorrecciones… Pero prueben ustedes a leer un trabajo académico en el que las comas han sido desperdigadas al tuntún. Cada dos por tres tendrán que pararse y releer las frases para entender qué se quería decir, colocando mentalmente las comas en su sitio, descifrando estructuras sintácticas a partir de pistas falsas.

Las comas tienen su razón de ser, su corazoncito. Desde luego, no van a salvar el español ni van a hacer a Madrid capital europea del español, signifique eso lo que signifique. Pero le hacen la vida más fácil al lector de textos complejos y, no sé, diría que todos los que escribimos textos complejos queremos hacerle la vida más fácil al lector. Aparte de que son una excusa maravillosa para hablar de sintaxis. ¡Que vivan las comas!

P. D.: La coma también tiene una vertiente prosódica, que sirve sobre todo para diferenciarla del punto y coma o de los dos puntos: mientras que la primera sigue a entonaciones ascendentes, los dos últimos aparecen tras entonaciones descendentes. Pruebe, pruebe. Y también tienen usos más arbitrarios, «estilísticos». Por ahí arriba he colado algún par mínimo… 🙂

El lenguaje (que sí es) inclusivo

Este blog comenzó hace casi exactamente diez años con un post sobre el lenguaje inclusivo. Aunque sigo viendo la cuestión de fondo de la misma manera (es decir, no me importa que el masculino sea el género no marcado y sigo usándolo como tal), sí he cambiado mi actitud hacia el tema, entre otras cosas gracias a conversaciones con personas inteligentes, que me han hecho ver otros puntos de vista. Ahora ese post lo escribiría con otro tono, seguramente. Algunas de esas personas me han hecho ver que al lenguaje inclusivo se le da más caña institucional que a muchas otras prácticas discursivas que definitivamente embarran el lenguaje. Para muestra, un botón de la jerga pedagógica:

Como elemento aglutinador prevalece el empleo de tecnologías para reforzar la productividad y la calidad, tanto en procesos como en resultados. La orientación específica del Máster consiste en la mejora de la ejecución práctica de productos y servicios interlingüísticos, especialmente aquellos en los que se encuentren concernidos las aplicaciones informáticas y los procesos de gestión. Se pretende que los egresados alcancen un nivel avanzado de formación y con capacidades para la ejecución de tareas, al mismo tiempo que desarrollen una capacidad de análisis y de orientación a la calidad.

Les juro que no me lo invento.

Otras personas me han presentado los desdoblamientos (los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas, etc.) no como una cuestión de inclusión, sino de visibilización. Aunque, que yo sepa, está por ver si esta visibilización lingüística tiene efectos relevantes en nuestro comportamiento, me parece un matiz importante, puesto que no niega la realidad de que el masculino genérico puede incluir a todo el mundo, independientemente de su identidad sexual, sino que pretende recordarnos, por medio de la mención explícita, que dentro de ese masculino también hay un femenino.

¿Y por qué retomo el tema diez años después? Pues, claro, por la cuestión de la –e, que está desde hace unas semanas en el candelero a raíz de un acto de Irene Montero durante la tranquila y agradable campaña electoral madrileña. La ministra empleó consistentemente “desdoblamientos triples” (¿destriplamientos?), con el morfema masculino en –o, el femenino en –a y, para acabar, con el morfema –e, que podríamos llamar neutro, enseguida explico en qué sentido. A riesgo de parecer la equidistante de extremo centro que soy les diré que tanta pereza me dan los desdoblamientos como fundamental me parece este morfema –e. Y les cuento por qué.

El español, como todos ustedes saben, tiene dos géneros gramaticales: el masculino y el femenino. Los sustantivos, los adjetivos, los determinantes y los pronombres tienen flexión de género, lo que significa que estamos mencionando el género gramatical constantemente. En los sustantivos que se refieren a personas —salvo los epicenos—, el género gramatical está asociado a un significado sistemático: el masculino se emplea para referirse a los hombres y el femenino, a las mujeres. Es decir, este significado parte de un reparto binario de los seres humanos: considera dos únicas categorías. Pero, como sabemos de sobra a estas alturas de la vida, este reparto es insuficiente, porque hay personas que no encajan dentro de estas dos únicas categorías. Y, cuando queremos hablar de alguna de estas personas, el español hasta hace poco nos dejaba en la estacada cada dos por tres, porque cada dos por tres necesitamos poner un morfema de género.

Es decir, tenemos una nueva realidad (o hemos tomado nueva conciencia de una realidad no tan nueva) y necesitamos adaptar la lengua para referirnos a ella: igual que cuando acuñamos las palabras ordenador, mileurista o tuitero para referirnos a cosas que eran nuevas o habían adquirido relevancia social. Si nuestra lengua solo tiene dos géneros y vamos a necesitar hablar de por lo menos otro más, necesitaremos un tercer género que nos lo permita.

A este nuevo género tiene sentido llamarlo neutro, no porque se refiera a personas neutras, sino porque es como suele llamarse al tercer género, que no es ni masculino ni femenino. El morfema –e como índice de este tercer género es seguramente el más adecuado desde el punto de vista de la estructura del español, por la simple razón de que las tres terminaciones vocálicas más comunes dentro del paradigma nominal son la –a, la –o y la –e y las dos primeras ya están cogidas. Es verdad que la –e a veces es morfema de masculino (jefe/a), pero la lengua está llena de morfemas que pueden tener más de un valor. El mayor jaleo se da en el sistema pronominal átono, donde le pasa a usarse en las funciones del objeto directo, pero esto es algo que llevan haciendo los hablantes de Castilla occidental, muchos de sus vecinos y un montón de hablantes americanos siglos ha (le veo en vez de lo/la veo).

Algunos objetan a este razonamiento que el léxico es una cosa, pero que cambiar la gramática es ir demasiado lejos. El léxico es una cosa y la gramática es otra, sí, pero las dos están en permanente cambio. Nuestro futuro de indicativo (iré), que creamos nuevecito (el latín no lo tenía) cada vez es menos futuro, porque tenemos una perífrasis (voy a ir) que le va ganando terreno. Los tiempos compuestos (he cantado, había cantado, etc.) eran muy distintos antes del siglo XV y no se han estado quietecitos desde entonces: en el español andino han adquirido valores evidenciales. Parece que cada vez usamos más el cruce léxico para formar nuevas palabras (amigovio, juernes). Hace veinte años puto solo era un adjetivo, cuando ahora podemos decir me puto encanta tranquilamente, usándolo como adverbio, y ojalá solo admitía verbos en subjuntivo, mientras que ahora ojalá estar en Roma viendo ganar a Nadal es una oración habitual para muchos.

Echando un ojo a lo que se dice acerca de este morfema –e veo que se mezclan muchísimas cuestiones, porque puede emplearse para muchas cosas distintas. Algunos creen que debería ser el nuevo género no marcado, a los que otros responden “que ya tenemos uno”. Otros lo añaden a los desdoblamientos, lo cual es el terror de los defensores acérrimo de la economía del lenguaje. Y es verdad que, para estos casos, la –e no es necesaria (lo que no significa que no deba usarse, cada uno que haga lo que quiera), porque la lengua ya cuenta con recursos para para asegurar que los usos genéricos son inclusivos. Pero la –e es el único mecanismo que tiene la lengua para referirse concretamente a las personas que no se identifican con uno de los dos géneros tradicionales, ya sea en singular o en plural. Y si usted conoce a alguna de estas personas querrá poder hablar de ellas y querrá que ellas puedan hablar de sí mismas. (O, con concordancia ad sensum: Si usted conoce a alguna de estas personas querrá poder hablar de elles y querrá que elles puedan hablar de sí mismes.)

De hecho, la RAE había incorporado el pronombre elle a su Observatorio de palabras, donde recoge información provisional sobre palabras recientes no incluidas en el Diccionario. Lamentablemente, en lo que parece un ejercicio de cobardía, decidió eliminarla porque “generaba confusión”: si la RAE tuviera que eliminar de su página web todo lo que genera confusión no sé cuánto iba a quedar, empezando por ese “La presencia de un término en este observatorio no implica que la RAE acepte su uso”, porque vaya usted a saber lo que significa que la RAE acepte un uso. (Nada. No significa nada.) La RAE hace bien en no quitar acepciones peyorativas que están en uso solo porque algunos se quejen, pero no hace bien en eliminar elle de su Observatorio —que deja muy claro que no supone una inclusión en el diccionario— porque otros se echen las manos a la cabeza.

La descripción del Observatorio de palabras, según la propia RAE

Yo creo que veremos elle en el Diccionario antes de lo que creemos. Porque la lengua nos sirve para hablar de la realidad y la realidad es la que es. Y, por cierto, eso hará que los famosos desdoblamientos dejen de ser inclusivos. ¡La de disposiciones adicionales únicas que habrá que cambiar!

Actualización (18 de mayo de 2020)
Rara vez no apruebo comentarios a las entradas. Esta vez voy a hacer una excepción y no voy a aprobar aquellos comentarios que insulten o patologicen a las personas no binarias. Creo que se puede discutir el tema en otros términos.