Un par de palabras

Empiezo este post con el título de una canción de Hombres G, no porque Spotify acabe de decidir revelarnos ocultos secretos de nuestra personalidad nada sorprendentes, sino porque hace dos semanas exactas descubrí, bueno, confirmé, que mi nivel de alemán estándar es mucho peor del que todo el mundo se empeña en creer. Y una de las estupendas consecuencias fue aprender que la palabra Wort, que significa ‘palabra’, tiene dos plurales en alemán: Wörter y Worte. A ver, tener dos plurales no es lo más fascinante de esto, sino que cada uno de ellos ¡se refiere a una acepción distinta de Wort! Mientras que Wörter se refiere a ‘palabra’ en el sentido estricto, es decir, ‘unidad lingüística con significado’, Worte se refiere a ‘palabra’ como ‘discurso’.

Es decir, para una frase como «En esta oración hay tres palabras que no comprendo» usaríamos Wörter, mientras que en una frase como «Nos dijo algunas palabras de ánimo» usaríamos Worte. Por eso diccionario se dice Wörterbuch (como habrán adivinado, ‘libro de palabras’), mientras que para charlatán existe Wortemacher, que literalmente significa ‘hacedor de palabras’.

Este caso es muy parecido a uno que comenté aquí hace ya un lustro (se dice pronto): el de la contienda entre y sepo como primera persona del singular del verbo saber cuando significa ‘tener sabor’. Lo apasionante de estos casos es que en ellos es la flexión y no la derivación la que se emplea para marcar dos acepciones distintas. Esto no es muy común, sobre todo porque la flexión no suele presentar tantas alternativas morfológicas como la derivación. Es decir, para crear sustantivos a partir de verbos tenemos –miento (tratamiento), –ción (perdición), –azgo (liderazgo), –anza (templanza), entre otras muchas posibilidades, y podemos elegir entre ellas con cierta libertad.

Los morfemas flexivos, como los del plural, presentan muchas menos formas y estas suelen repartirse en virtud de criterios fonéticos o morfológicos bastante claros. El caso del plural del español es paradigmático (valga el chiste, que es para muy cafeteros): a grandes rasgos, las palabras acabadas en vocal toman –s (casa ~casas), las palabras acabadas en –s no cambian (crisis ~ crisis) y las palabras acabadas en otras consonantes o en semivocal toman –es (camión ~ camiones, rey ~reyes). El margen de error es muy pequeño: quitando algunos préstamos, que sí dan más problemas, también son problemáticas las palabras agudas que acaba en –í o en –ú (¿esquís, esquíes o esquises?, ¿menús o menúes?), pero son muy pocas.

Con las terminaciones de género viene a pasar lo mismo. El femenino presenta algunas posibilidades más de formación y genera algunos dobletes (como fuerza {motriz/motora}). De hecho, estos dobletes nos dan por lo menos un caso de diferenciación semántica: directriz, que significa’norma’, y directora, que significa ‘mujer que dirige’. Este es un caso equiparable al de Wörter/Worte, que también es posible en alemán porque en esta lengua del infierno maravillosa existe un buen puñado de morfemas del plural.

En fin, que un traductor se encontraría con un problema para traducir el título de la canción de Hombres G. Aunque en principio parece obvio que Un par de palabras debería ser Ein paar Worte, porque aquí palabras vale por ‘discurso, algo que decir’, en otra canción suya, No te tengo a ti, acuden a un interesante juego de dobles sentidos:

Para qué escribir canciones, a quién quiero mentir
Para qué un par de palabras, te quiero y no lloraré

Un par de palabras, Te quiero y No lloraré son títulos de canciones suyas, pero la oración resultante de esta lista de canciones también tiene una lectura literal que se aprovecha del hecho de que un par puede ser un indefinido (cuando significa ‘unas cuantas’) o tener un valor numérico concreto (cuando significa ‘dos’). En el primer caso, el alemán usaría Worte, pero en el segundo… creo que preferiría Wörter.

Así que cuando os digan lo de «El alemán tiene muchas cosas intraducibles, algunos conceptos solo se pueden decir en alemán, por eso es la lengua de la filosofía» podéis contestar ufanamente «Bueno, pero no daría para traducir bien a Hombres G, así que tampoco nos flipemos».

«No sé hablar»

Antes del verano me llamaron por teléfono para persuadirme de que contribuyera a una ONG (espóiler, teleoperadores del mundo: soy fácil de persuadir) y, ya no recuerdo a cuento de qué, la señora que me llamó me pidió perdón por su forma de expresarse, que «su marido le decía que no sabía ni hablar». Evidentemente, me ofrecí a extenderle un certificado explicándole al pieza de su marido que su mujer habla perfectamente.

Hace unas semanas leí esta entrevista a un futbolista, Fali (parece ser un estupendo futbolista, pero admito que yo no sabía quién era: espóiler, futboleros del mundo, no me sé ni la alineación del Atleti), donde aparece este fragmento:

Fragmento de la entrevista a Fali

Otra vez el infame «no saber hablar». Les informo: en el mundo hay muy pocos adultos que no sepan hablar. En el mundo hay muy pocas personas de más de… ocho años, año arriba año abajo, que no sepan hablar. No saber hablar es el resultado de un deterioro cognitivo importante, que no es el caso ni de Fali ni de la teleoperadora que me llamó. En este contexto, «no saber hablar» significa ‘no manejar la lengua estándar’, que es una cosa totalmente distinta. En este blog ya hemos hablado de la norma (y del cambio lingüísticodel usode que la lengua la hacen los hablantesdel papel de la RAE) y no somos ajenas al hecho de que no saber manejar la lengua estándar tiene penalizaciones sociales importantes, pero la más grave parece ser la de convencer a la persona que no la maneja de que… no sabe hablar. La falta de autoestima que conlleva esto es tanto más grave cuando nos damos cuenta de que las normas del estándar son absolutamente arbitrarias (desde el punto de vista gramatical, aunque no del social).

Vamos al caso que dice Fali, que es uno de mis favoritos. El me se ha caído. La regla mnemotécnica que menciona el futbolista la habremos oído todos alguna vez (o casi todos los españoles, porque este orden de los pronombres no se encuentra ni en Canarias ni apenas en América), pero no sirve para explicar nada. De hecho, las semanas no van antes que los meses: las semanas forman parte de los meses. Y, aunque lo fueran: ¿qué tendrá que ver eso con los pronombres átonos del español? NADA. NA-DA. ¡Ja!, siempre me escamó esa explicación y por fin me ha llegado la oportunidad de resarcirme. La cuestión es que no hay ningún motivo por el que la secuencia se me ha caído sea mejor que me se ha caído. Estas secuencias de pronombres no existían en latín, así que no podemos aducir un argumento etimológico. Nacen en las lenguas romances. Y ahí está la prueba de que la arbitrariedad gramatical del estándar: en italiano el orden estándar es el contrario: mi si é rotto un dente es como se dice ‘se me ha roto un diente’, pero literalmente es me se ha roto un diente (bueno, me se es roto un diente, pero ese es es por otras cosas que no vienen al caso).

Los lingüistas se han devanado los sesos para explicar los órdenes de los pronombres en las lenguas romances y, honestamente, estamos lejos de llegar a una regla elegante que te haga exclamar «¡Ah, claro, tal orden es el más lógico/eficiente/útil!». No. Son un caos. Son como son porque sí y podrían haber sido de cualquier otra manera, como nos demuestran las diferencias entre lenguas… y la variedad interna de las lenguas. Porque la demostración de que podrían haber sido de otra manera la tenemos en el propio español, que nos da los dos mundos posibles: aquel en el que las semanas van antes que los meses y aquel en el que los meses van antes que las semanas. Uno de esos dos mundos se convirtió en el culto y el otro se consideró vulgar, pero, desde el punto de vista de la eficacia comunicativa o la lógica del sistema, los dos son igualitos. Fali, habla usted divinamente. Simplemente usa una variedad a la que no le ha caído en gracia ser la variedad estándar, pero le puedo asegurar que las dos son exactamente igual de inexplicables. Y, además, no está usted solo: estas formas, aunque cada vez menos usadas, se usan en muchas hablas no normativas y son especialmente frecuentes en el oriente y el sur peninsulares (el levante y el mediodía peninsulares, por si me lee algún meteorólogo). Aquí les dejo un mapita a partir de los datos del COSER.

Dejo por aquí la referencia del artículo para el que hice el mapa, por si quieren saber por qué me apasionan los llamados «vulgarismos»

Pues eso. Que decirle a la gente que no sabe hablar sin haber pasado días tratando de averiguar los condicionamientos sistémicos del orden de pronombres del español es intrusismo laboral y…, venga, otro espóiler: sale regular.

La Palma: isla llena de gracia, de buenas horas y de vida

En esa isla bonita que es La Palma y que ahora está en las mentes de todos, teníamos puesta nuestra mente desde hace meses varios intrépidos filólogos , porque es una de las dos islas objeto de estudio del proyecto Rurican, que dirijo desde la Universidad de Zúrich, y con el que queremos recoger los cambios sociales y lingüísticos de las últimas décadas en la isla. La pandemia no nos había dejado acercarnos hasta allí durante el primer año del proyecto, pero el día 5 de septiembre pudimos aterrizar en la isla para empezar el trabajo de campo. Durante dos semanas hicimos entrevistas en las que, además de descubrir muchas cosas sobre la vida y costumbres de La Palma (y de comer divinamente, todo hay que decirlo), pudimos disfrutar de algunas maravillas lingüísticas que paso a compartir.

Por ejemplo, escuchamos la expresión de gracia, que significa ‘gratis’, pero que ya no es la forma más común de decirlo. La palabra gratis viene de un ablativo plural latino, es decir, aunque no contenga ninguna preposición viene a significar algo como ‘por las gracias’ (traducen Corominas y Pascual, no yo). Y es que, si se fijan, gratis puede ser un adjetivo o un… ¡adverbio! Es adverbio cuando decimos lo hicieron gratis. Y, si lo piensan, los pocos adverbios que no acaban en -mente en español tiene significados que parecen fundamentales cognitivamente hablando: espaciales (lejos, cerca), temporales (ahora, entonces), modales (así). Y luego viene gratis, que significa ‘sin pagar’. Que es un significado excelente, no me entiendan mal, pero no parece que se sitúe en el centro de la cognición humana. Pues gratis es adverbio porque lleva dentro ese ablativo original. En cambio, de gracia es ya una forma más castellana (es decir, menos latina) de decir lo mismo, con su preposición y su sustantivo, como debe ser. Y de este pequeño jaleo sale la mezcla de gratis, que con la preposición ya le da una estructura castellana a la cosa, pero se queda con la forma latina que, no nos vamos a engañar, es mucho más chic.

Aprendimos también una expresión que nunca habíamos oído (y que no encuentro documentada en los corpus de referencia más importantes del español): dar las buenas horas. Quizá lo hayan adivinado: es un sinónimo de saludar. Las buenas horas, por tanto, son los buenos días, las buenas tardes, las buenas noches… Eso de buenas horas lo usamos en algunas expresiones: ¡a buenas horas! significa que algo se hace con retraso, en buena hora o enhorabuena sonfelicitaciones, de buena hora significa ‘temprano’… Pero este contexto nos es desconocido y no parece estar documentado en otras fuentes. Hace poquísimo me preguntaba de dónde salía ese femenino cuando saludamos genéricamente con un ¡Buenas!, ¿será que lo que nos hemos comido es un horas? La verdad que merece la pena ponerse a indagar, aunque yo no sepa por dónde.

Un último ejemplo: nos encantó el uso de la palabra vida como sinónimo de ombligo: varias veces nos explicaron cómo las comadronas se ocupaban de cortar la vida (‘el cordón umbilical’) a los recién nacidos. Según el Diccionario Histórico del español de Canarias este uso viene de una etimología popular a partir de la forma portuguesa vide, que, efectivamente, hace referencia a una parte del cordón umbilical. ¿Que qué significa etimología popular? Pues se refiere al cambio fonético que sufre una palabra por influencia de otra que suena parecida y con la que tiene alguna relación de significado: por ejemplo, mondarina en vez de mandarina (ya que hay que mondarla) o vagamundo por vagabundo (¿por dónde se vaga, a ver?). La verdad es que la conexión entre ombligo (vide) y vida es más que evidente.

Si queréis saber algunas de las otras cosas que aprendimos, conté un par más en este hilo de Twitter. Y, si os parece interesante el proyecto, podéis seguirnos en nuestra cuenta de Instagram o consultar nuestra página web, que poco a poco irá teniendo más contenido, porque tengo dos compañeros (Elena Padrón y Antonio Corredor) que siguen allí, continuando su trabajo en unas circunstancias absolutamente excepcionales: muchísimas gracias a ellos y muchísimas gracias a todos los palmeros que siguen prestándose a colaborar y a ayudarnos para poder recoger las formas de vivir y las formas de hablar de una isla espectacular que está sufriendo tremendamente. Una isla que desde hace unos días nos ha hecho entender a todos lo que es de verdad un volcán. Una isla que nos hace reflexionar sobre la contradicción que entraña que la catástrofe terrible que es esta erupción resulte inevitablemente un espectáculo fascinante, porque no puede no serlo la tierra partiéndose para expulsar lava. Y una isla a la que, en cuanto se pueda, habrá que volver para visitar sus pueblos y recorrer su naturaleza, para comer sus plátanos, sus príncipes albertos y, sobre todo, su queso asado, pero no solo porque lo vayan a necesitar, sino porque bien lo merece. Que el próximo día de San Miguel le sea mejor que este.

Lo que no decimos

Hablar una lengua romance es una suerte, pues te pone al alcance de los dedos un buen puñado de lenguas habladas por mucha gente, que, como se parecen a la tuya, son relativamente fáciles de aprender. De hecho, un entretenimiento más de las vacaciones en un sitio donde hablan una lengua romance desconocida es descifrar los carteles. Pero, de vez en cuando, nos topamos con palabras que se parecen como un huevo a una castaña. Por ejemplo, ¿cómo que en catalán nada se dice res? Pues… ¿y si te digo que estas dos palabras comparten origen? ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? ¿A qué huelen las cosas que no huelen?

El origen de res y de nada está en el latín res nata, que significa literalmente ‘cosa nacida’. Res es ‘cosa’ y nata es el participio de nascere ‘nacer’: en español medieval nado ya competía con la forma regularizada nacido, que se acabó imponiendo. ¿Y cómo res nata, que no tiene un valor negativo intrínseco, sino más bien al contrario, pasa a significar ‘nada’? Esto no es tan raro como puede parecer a primera vista, pues expresiones que significan ‘todo’ pueden servir como enfatizadores en contextos negativos:

—¡No hay cosa en el mundo que me guste más! = ¡No hay nada que me guste más!

Si los usamos con suficiente frecuencia, acabarán adquiriendo esos significados negativos. Así ya no parece tan raro que en francés personne signifique ‘nadie’ o pas ‘no’, ¿no? Este otro ejemplo de aquí es precioso:

Más allá de este maravilloso cambio de significado, el catalán y el español tomaron caminos distintos. En las dos lenguas se acortó la frase original*, pero se hizo por sitios distintos: el catalán se quedó con res y el español, con nada (ese paso de -t- a -d- es totalmente regular en la evolución del latín al español). Acortar tampoco es raro, sobre todo en palabras que se usan mucho: si se fijan, las palabras gramaticales (como los artículos, las preposiciones, los auxiliares, etc.) tienen tendencia a ser más breves que las palabras léxicas (sustantivos, adjetivos…): eso es porque las usamos todo el rato y, además, son bastante predecibles, por eso nos permitimos con frecuencia pronunciarlas más rápida o descuidadamente o, incluso, cortar por lo sano, como en este caso.

Lo que me hace gracia de este acortamiento es que el español se quedó con la parte… absurda. ¿Qué es eso de quedarse con el adjetivo (‘nacida’) en vez de con el sustantivo (‘cosa’)? (Quizá esta es la típica cosa que solo me sorprende a mí, no sé.) ¡Y no es el único caso en el que lo hacemos! Cuando un inglés quiere acortar el saludo mañanero te dice «Morning» (sustantivo), comiéndose el good (adjetivo). Y cuando a nosotros se nos hace largo un saludo decimos «Buenas» (adjetivo), comiéndonos los sustantivos (¿tardes?, ¿noches? Días no parece, porque es masculino, aunque «Buenas» lo podamos decir en cualquier momento…). Esto me lo hicieron notar hace poco cuando mencioné que, en alemán suizo, antes de comer te desean «En guete», que significa literalmente ‘un buen’. No dicen el Appetit (sustantivo), porque se sobreentiende. Igual que para despedirse te desean «Schöne», literalmente ‘hermoso, bonito’. ¿Bonito qué? Pues día, tarde o noche, según la hora que sea. Qué va a ser. En todos estos casos, el adjetivo que sobrevive al acortamiento adquiere un significado nuevo, que ha absorbido de la combinación que formaba con el sustantivo que nos hemos comido: se ha lexicalizado.

Lo que no decimos… se sobreentiende. Te esperabas algo más sentido de este título, ¿eh? ¡Ja! Te atrapo con un título cursi y te echo una chapa sobre historia de la lengua y cambio semántico, a ver qué te crees que es esto.


*Parece que en al menos algunas variedades baleares se mantiene la forma res nat, sin acortar.

El español y sus cosas III: ser o estar, esa es la cuestión.

Nunca es tarde si la dicha es buena, así que retomo la serie «El español y sus cosas», de cuyas primera y segunda entrega hace ya por lo menos varios siglos. Vamos a hablar de cópulas. (Breve pausa para que digan «jijiji» para sí mismos.)

Empecemos por el principio, que ya saben ustedes que era el verbo. En general, en una oración el verbo es el que nos da la clave de la información que se dice del sujeto: por eso lo llamamos el núcleo del predicado. Predica algo del sujeto. Eso es lo que hace ganar en una frase como:
Carreño gana una medalla de bronce en un partidazo contra Djokovic.

Pero no todos los verbos son así, algunos tienen muy poquito significado y llegamos a decir que están vacíos (o casi). Esto les pasa a los verbos auxiliares: Si digo ha ganado o fue vencido, los verbos haber (ha) o ser (fue) no aportan contenido léxico (eso lo hacen ganar y vencer), sino información gramatical (tiempo pasado o voz pasiva). Los verbos copulativos también son verbos vacíos en ese sentido, pero la diferencia con los auxiliares es que el contenido léxico no lo da otro verbo, sino otras clases de palabras (generalmente sustantivos o adjetivos). Así, en Carreño es medallista olímpico y Carreño estaba feliz, el núcleo de la información que se predica de Carreño es medallista olímpico y feliz, mientras que ser (es) y estar (estaba) nos dan información del tiempo verbal (presente o pasado). Y por eso lo llamamos cópula (o verbo copulativo), porque su función se limita a unir dos piezas fundamentales de información: el sujeto y el predicado.

De hecho, como la cópula aporta tan poca información, hay muchas lenguas que pueden omitirla (o prefieren hacerlo, incluso) cuando está en presente. En ruso, por ejemplo, te basta con decir María simpática (pero en ruso, claro) para que se entienda ‘María es simpática’. En inglés también pasa, aunque con mucha menos frecuencia: You ready? De hecho, diría que también pasa en español en contextos similares (¿Preparadas?), pero, como no tenemos sujeto obligatorio, parece menos sorprendente. En inglés te quedas un poco como «¿Pero ese you qué hace ahí?». Pues ser sujeto, qué va a hacer.

Al grano. ¿Por qué tenemos dos verbos para esto? Si pensamos en otras lenguas cercanas y conocidas, como el inglés, el francés, el alemán, etc., esto parece una peculiaridad del español, ya que estas lenguas solo tienen un verbo (to be, être, sein). Además, es uno de esos rasgos que los extranjeros tardan en dominar (Soy muy contento de ser aquí, por ejemplo). En realidad, es una peculiaridad de las lenguas ibero-rromances, pues la compartimos con el portugués, el gallego y el catalán. En cualquier caso, ¿para qué dos verbos cuando a la mayoría les basta con uno?

Si intentamos pensar en la diferencia entre ser y estar, lo más probable es que lleguemos a la conclusión de que ser sirve para hablar de cosas permanentes y estar, para hablar de cosas temporales. Uno es feliz, pero está contento, por ejemplo. ¿Pero entonces por qué decimos estar muerto? Sin ánimo de trivializar, pero pocas cosas más definitivas que palmarla. La distinción que establecen ser y estar en español es todavía más sutil: es la diferencia entre lo que son características propias de un individuo (predicados de individuo) y los estados (predicados de estadio). Los primeros van con ser y los segundos, con estar. Muerto, como embarazada o acaloradísima, es un estado, independientemente de cuánto duren. Alegre, leal y pelirroja son características, incluso si pueden cambiar a lo largo del tiempo.

Pero, claro, qué es una característica y qué es un estado es prácticamente una cuestión filosófica, así que no siempre está tan clara. De hecho, quizá usted ya haya pensado «¡Pero si también puedo decir Estoy feliz sin ningún problema!». Y tendría mucha razón. No es raro que recategoricemos adjetivos de individuo como adjetivos de estadio: ¡Uy, qué torpe estás hoy! Qué raro, si tú no eres nada torpe. Muchas de estas propiedades pueden conceptualizarse como estados transitorios y al español le basta cambiar de verbo copulativo para indicarlo. Lo contrario (recategorizar un adjetivo de estadio como uno de individuo) es más raro, aunque también ocurre a veces: soltera es un estado y por eso generalmente una lo está, pero no es inaudito decir Es soltera. Con casada también lo podemos hacer, pero es más raro (está casada > es casada): sería más habitual decir Es una mujer casada. Este truco es bueno, porque estar no admite sustantivos: tenemos que usar ser. Bueno, no admite casi ningún sustantivo: sí admite aquellos que, básicamente, conceptualizan estados, como Estar el primero en la cola. Además, hay algunos adjetivos que pueden combinarse con los dos verbos, no porque los conceptualicemos de formas distintas, sino porque son polisémicos. No es lo mismo ser malo que estar malo, ni ser despierto que estar despierto. Ojo: ahí la magia no la hace el verbo, sino el adjetivo.

En cualquier caso, si lo de tener dos cópulas nos parece un lío, qué nos parecerán los verbos pseudocopulativos de cambio de estado. ¿Lo cuálo? Pues eso que en inglés se dice become y en alemán, werden. En español tenemos hacerse, volverse, ponerse y quedar(se). Se hizo médico, se volvió tarumba, se puso como una fiera, se quedó de piedra. Los dos primeros aparecen con predicados de individuo, como ser, mientras que los dos últimos aparecen con predicados de estadio, como estar. Pero, claro, alguna diferencia más debe de haber, porque no es lo mismo Me he hecho suiza que me he vuelto suiza. Lo primero es que he adquirido la nacionalidad; lo segundo, que llego puntual a todas partes y me molesta el ruido. Vamos, un jaleo. Uno que yo no me sé bien, además.

¿Y que por qué los llamamos pseudocopulativos? Pues porque no funcionan igual que los copulativos, siendo la diferencia fundamental que en estos podemos sustituir el atributo por lo, pero en aquellos no:

  • Es leal – lo es.
  • Está triste – lo está.
  • Se hizo médico – * se lo hizo
  • Se volvió tarumba – *se lo volvió
  • Se puso como una fiera – *se lo puso
  • Se quedó de piedra – *Se lo quedó

Vamos, que ya lo decía Alejandro Sanz. No es lo mismo ser que estar, ni estar que quedarse. Al menos en español.

Alegato a favor de esas malditas comas

Estaba yo desesperada porque no me venía la inspiración para escribir mi entrada de junio (es un propósito de año nuevo: escribir al menos una entrada al mes) y han venido Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó a mi rescate. La primera le ha creado al segundo una tal Oficina del Español para que este la dirija y Cantó ha tenido a bien agradecérselo con este tuit:

Claro, si te dan un puesto en lo que tiene pinta de chiringuito público, suele ser mejor que no metas la gamba en el primer tuit que pones y Cantó ha colado un par de comas entre el sujeto y el predicado («la izquierda y el nacionalismo que la arrinconan, no han querido aprovecharlas» y «Madrid, lo hará») y se ha comido las del vocativo («Gracias, @IdiazAysuso, por la confianza»). Triple pecado comil en un tuit. En Twitter ya hay dos facciones, como no podía ser de otra manera: los que se ríen de Cantó por no saber usar las comas (e ir a dirigir algo llamado Oficina del Español) y los que explican que las comas tampoco son tan importantes y que hay muchas otras cosas interesantes de la lengua. Y yo, por fastidiar, no estoy de acuerdo con ninguna de las dos facciones.

Bueno, la primera facción es que me da igual. El que haya puesto bien todas sus comas que tire la primera piedra. Y el que las haya puesto todas mal… que le mande el CV a Ayuso.

Para explicar la segunda facción tenemos que explicar algunas cosas. La primera es la diferencia entre lingüística descriptiva y el prescriptivismo lingüístico. La lingüística descriptiva es, nada más y nada menos, la forma de acercarse científicamente a la lengua. Parte de la base de que cualquier producción lingüística de los hablantes es un objeto de estudio válido. Faltaría más, pensará usted. Pero, sobre todo en épocas pretéritas, el estudio científico de la lengua se mezclaba con posturas prescriptivistas, que son aquellas que sancionan unas formas como normativas o correctas y otras como incorrectas. El acercamiento prescriptivista es aquel con el que están más familiarizados la mayoría de los hablantes, pues es lo que se enseña en las escuelas: «esto es correcto, esto no lo es», etc. Ya expliqué una vez por qué esta idea de (in)corrección es inadecuada, que tiene que ver con el hecho de que la lengua no la ha inventado nadie, sino que la hacemos entre todos, siguiendo principios comunicativos de validez probablemente universal. Pero también explicaba por qué la ortografía es distinta: la ortografía sí es un invento consciente y reflexivo (muy reflexivo, basta echarle un vistazo a la Ortografía de la Lengua Española de 2010, que es un currazo). Este invento tiene el objetivo de facilitar la lectura, es decir, la interpretación de un texto escrito. ¿Por qué hace falta facilitar la lectura? Pues porque la escritura se diferencia de la lengua hablada en dos aspectos importantes: 1) tiene muchas carencias, ya que le falta contexto, entonación, acompañamiento gestual, etc. y 2) presenta estructuras sintácticas mucho más complejas: subordinación más frecuente, muy elaborada, etc.

Por eso las comas y, en general, las normas de puntuación son importantes. Hay que admitir que la puntuación en español es extremadamente compleja, pero, en mi opinión, también es una excusa maravillosa para enseñar sintaxis. Las comas, contrariamente a lo que piensa la mayoría de la gente, no sirven para señalar pausas. O no mayoritariamente. Las comas sirven para delimitar elementos sintácticos que interrumpen una oración, como los incisos: «Te confieso, con cierto arrobo, que me ha venido fenomenal esta polémica». También sirven para delimitar constituyentes que podríamos llamar periféricos. Por ejemplo, mientras que las subordinadas sustantivas no se separan con una coma: «Pensaba que no cumplía mi propósito», muchas de las adverbiales sí: «Aunque me estaba estrujando el cerebro, no se me ocurría nada». Las oraciones sustantivas vienen requeridas por el verbo (u otro elemento), pero las adverbiales no están exigidas y además se refieren generalmente a toda la oración. Con los adverbios se ve muy claro: «Lo hizo lamentablemente» y «Lo hizo, lamentablemente» no significan lo mismo: mientras que el primer lamentablemente es un adverbio de modo referido al verbo, el segundo evalúa toda la oración y, por tanto, está más lejos estructuralmente del verbo (el ejemplo es de la RAE). Otro de mis ejemplos favoritos son las comas en las oraciones de relativo. No es lo mismo «El post, que me ha costado tanto, ya ha salido» que «El post que me ha costado tanto ya ha salido». En el primer caso, la oración entre comas es explicativa: estoy hablando de un post que ya tenemos identificado, solo añado información extra sobre él. En el segundo caso, la oración de relativo es restrictiva o especificativa: hemos hablado de más de un post y el que ha salido es el que me ha costado tanto.

Las comas tienen muchos otros usos: como decía, las reglas de puntuación del español son complicadillas. Pero, quitando casos como las enumeraciones («Necesitaremos pan, leche y huevos») o la omisión del verbo («Yo cojo la leche; tú, el pan y los huevos»), diría que la lógica detrás de la mayoría es la misma: delimitar las cosas que no están en su sitio o que no pertenecen a la esfera más cercana del verbo (o de otros núcleos). Sintaxis pura y dura, vamos.

¿Es terriblemente grave que la gente ponga mal sus comas en Twitter o en WhatsApp? ¿Dejaremos de comprendernos? No. En absoluto. ¿Entones las comas no sirven para nada? No, en absoluto. Un cambio que han traído Internet y los teléfonos móviles a nuestras vidas es que ahora escribimos a todas horas y, además, escribimos conversaciones. Estas conversaciones están mucho más próximas a la lengua hablada: suelen estar ancladas a un contexto y, además, presentan poca complejidad sintáctica (frases cortas, poca subordinación, etc.) Por eso un uso no normativo de la puntuación tiene poca importancia y no impide la comprensión. Es más, hemos inventado otras maneras de expresar cosas que antes no se codificaban en la escritura, porque esta no se usaba generalmente para las conversaciones: tenemos emojis, tenemos mayúsculas para gritar, tenemos asteriscos para indicar autocorrecciones… Pero prueben ustedes a leer un trabajo académico en el que las comas han sido desperdigadas al tuntún. Cada dos por tres tendrán que pararse y releer las frases para entender qué se quería decir, colocando mentalmente las comas en su sitio, descifrando estructuras sintácticas a partir de pistas falsas.

Las comas tienen su razón de ser, su corazoncito. Desde luego, no van a salvar el español ni van a hacer a Madrid capital europea del español, signifique eso lo que signifique. Pero le hacen la vida más fácil al lector de textos complejos y, no sé, diría que todos los que escribimos textos complejos queremos hacerle la vida más fácil al lector. Aparte de que son una excusa maravillosa para hablar de sintaxis. ¡Que vivan las comas!

P. D.: La coma también tiene una vertiente prosódica, que sirve sobre todo para diferenciarla del punto y coma o de los dos puntos: mientras que la primera sigue a entonaciones ascendentes, los dos últimos aparecen tras entonaciones descendentes. Pruebe, pruebe. Y también tienen usos más arbitrarios, «estilísticos». Por ahí arriba he colado algún par mínimo… 🙂

El lenguaje (que sí es) inclusivo

Este blog comenzó hace casi exactamente diez años con un post sobre el lenguaje inclusivo. Aunque sigo viendo la cuestión de fondo de la misma manera (es decir, no me importa que el masculino sea el género no marcado y sigo usándolo como tal), sí he cambiado mi actitud hacia el tema, entre otras cosas gracias a conversaciones con personas inteligentes, que me han hecho ver otros puntos de vista. Ahora ese post lo escribiría con otro tono, seguramente. Algunas de esas personas me han hecho ver que al lenguaje inclusivo se le da más caña institucional que a muchas otras prácticas discursivas que definitivamente embarran el lenguaje. Para muestra, un botón de la jerga pedagógica:

Como elemento aglutinador prevalece el empleo de tecnologías para reforzar la productividad y la calidad, tanto en procesos como en resultados. La orientación específica del Máster consiste en la mejora de la ejecución práctica de productos y servicios interlingüísticos, especialmente aquellos en los que se encuentren concernidos las aplicaciones informáticas y los procesos de gestión. Se pretende que los egresados alcancen un nivel avanzado de formación y con capacidades para la ejecución de tareas, al mismo tiempo que desarrollen una capacidad de análisis y de orientación a la calidad.

Les juro que no me lo invento.

Otras personas me han presentado los desdoblamientos (los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas, etc.) no como una cuestión de inclusión, sino de visibilización. Aunque, que yo sepa, está por ver si esta visibilización lingüística tiene efectos relevantes en nuestro comportamiento, me parece un matiz importante, puesto que no niega la realidad de que el masculino genérico puede incluir a todo el mundo, independientemente de su identidad sexual, sino que pretende recordarnos, por medio de la mención explícita, que dentro de ese masculino también hay un femenino.

¿Y por qué retomo el tema diez años después? Pues, claro, por la cuestión de la –e, que está desde hace unas semanas en el candelero a raíz de un acto de Irene Montero durante la tranquila y agradable campaña electoral madrileña. La ministra empleó consistentemente “desdoblamientos triples” (¿destriplamientos?), con el morfema masculino en –o, el femenino en –a y, para acabar, con el morfema –e, que podríamos llamar neutro, enseguida explico en qué sentido. A riesgo de parecer la equidistante de extremo centro que soy les diré que tanta pereza me dan los desdoblamientos como fundamental me parece este morfema –e. Y les cuento por qué.

El español, como todos ustedes saben, tiene dos géneros gramaticales: el masculino y el femenino. Los sustantivos, los adjetivos, los determinantes y los pronombres tienen flexión de género, lo que significa que estamos mencionando el género gramatical constantemente. En los sustantivos que se refieren a personas —salvo los epicenos—, el género gramatical está asociado a un significado sistemático: el masculino se emplea para referirse a los hombres y el femenino, a las mujeres. Es decir, este significado parte de un reparto binario de los seres humanos: considera dos únicas categorías. Pero, como sabemos de sobra a estas alturas de la vida, este reparto es insuficiente, porque hay personas que no encajan dentro de estas dos únicas categorías. Y, cuando queremos hablar de alguna de estas personas, el español hasta hace poco nos dejaba en la estacada cada dos por tres, porque cada dos por tres necesitamos poner un morfema de género.

Es decir, tenemos una nueva realidad (o hemos tomado nueva conciencia de una realidad no tan nueva) y necesitamos adaptar la lengua para referirnos a ella: igual que cuando acuñamos las palabras ordenador, mileurista o tuitero para referirnos a cosas que eran nuevas o habían adquirido relevancia social. Si nuestra lengua solo tiene dos géneros y vamos a necesitar hablar de por lo menos otro más, necesitaremos un tercer género que nos lo permita.

A este nuevo género tiene sentido llamarlo neutro, no porque se refiera a personas neutras, sino porque es como suele llamarse al tercer género, que no es ni masculino ni femenino. El morfema –e como índice de este tercer género es seguramente el más adecuado desde el punto de vista de la estructura del español, por la simple razón de que las tres terminaciones vocálicas más comunes dentro del paradigma nominal son la –a, la –o y la –e y las dos primeras ya están cogidas. Es verdad que la –e a veces es morfema de masculino (jefe/a), pero la lengua está llena de morfemas que pueden tener más de un valor. El mayor jaleo se da en el sistema pronominal átono, donde le pasa a usarse en las funciones del objeto directo, pero esto es algo que llevan haciendo los hablantes de Castilla occidental, muchos de sus vecinos y un montón de hablantes americanos siglos ha (le veo en vez de lo/la veo).

Algunos objetan a este razonamiento que el léxico es una cosa, pero que cambiar la gramática es ir demasiado lejos. El léxico es una cosa y la gramática es otra, sí, pero las dos están en permanente cambio. Nuestro futuro de indicativo (iré), que creamos nuevecito (el latín no lo tenía) cada vez es menos futuro, porque tenemos una perífrasis (voy a ir) que le va ganando terreno. Los tiempos compuestos (he cantado, había cantado, etc.) eran muy distintos antes del siglo XV y no se han estado quietecitos desde entonces: en el español andino han adquirido valores evidenciales. Parece que cada vez usamos más el cruce léxico para formar nuevas palabras (amigovio, juernes). Hace veinte años puto solo era un adjetivo, cuando ahora podemos decir me puto encanta tranquilamente, usándolo como adverbio, y ojalá solo admitía verbos en subjuntivo, mientras que ahora ojalá estar en Roma viendo ganar a Nadal es una oración habitual para muchos.

Echando un ojo a lo que se dice acerca de este morfema –e veo que se mezclan muchísimas cuestiones, porque puede emplearse para muchas cosas distintas. Algunos creen que debería ser el nuevo género no marcado, a los que otros responden “que ya tenemos uno”. Otros lo añaden a los desdoblamientos, lo cual es el terror de los defensores acérrimo de la economía del lenguaje. Y es verdad que, para estos casos, la –e no es necesaria (lo que no significa que no deba usarse, cada uno que haga lo que quiera), porque la lengua ya cuenta con recursos para para asegurar que los usos genéricos son inclusivos. Pero la –e es el único mecanismo que tiene la lengua para referirse concretamente a las personas que no se identifican con uno de los dos géneros tradicionales, ya sea en singular o en plural. Y si usted conoce a alguna de estas personas querrá poder hablar de ellas y querrá que ellas puedan hablar de sí mismas. (O, con concordancia ad sensum: Si usted conoce a alguna de estas personas querrá poder hablar de elles y querrá que elles puedan hablar de sí mismes.)

De hecho, la RAE había incorporado el pronombre elle a su Observatorio de palabras, donde recoge información provisional sobre palabras recientes no incluidas en el Diccionario. Lamentablemente, en lo que parece un ejercicio de cobardía, decidió eliminarla porque “generaba confusión”: si la RAE tuviera que eliminar de su página web todo lo que genera confusión no sé cuánto iba a quedar, empezando por ese “La presencia de un término en este observatorio no implica que la RAE acepte su uso”, porque vaya usted a saber lo que significa que la RAE acepte un uso. (Nada. No significa nada.) La RAE hace bien en no quitar acepciones peyorativas que están en uso solo porque algunos se quejen, pero no hace bien en eliminar elle de su Observatorio —que deja muy claro que no supone una inclusión en el diccionario— porque otros se echen las manos a la cabeza.

La descripción del Observatorio de palabras, según la propia RAE

Yo creo que veremos elle en el Diccionario antes de lo que creemos. Porque la lengua nos sirve para hablar de la realidad y la realidad es la que es. Y, por cierto, eso hará que los famosos desdoblamientos dejen de ser inclusivos. ¡La de disposiciones adicionales únicas que habrá que cambiar!

Actualización (18 de mayo de 2020)
Rara vez no apruebo comentarios a las entradas. Esta vez voy a hacer una excepción y no voy a aprobar aquellos comentarios que insulten o patologicen a las personas no binarias. Creo que se puede discutir el tema en otros términos.

El gusto de la sintaxis

Conozco a muy pocas personas que empezaran a estudiar una Filología interesadas por la lingüística y, mucho menos, la sintaxis. La mayoría de los que acabamos la carrera apasionados por el estudio de la gramática habíamos entrado “por la literatura”, que viene queriendo decir que nos gustaba leer o, incluso, escribir. Y es que no es fácil apasionarse por la sintaxis en el colegio o el instituto, donde se enseñan reglas y categorías que sirven para analizar frases, pero no a reflexionar sobre la naturaleza de esas reglas y categorías. El análisis sintáctico convertido, en el mejor de los casos, en un mero pasatiempo que se resuelve con la aplicación mecánica de algunas reglas. En el peor, en una tarea que el alumno ni sabe resolver ni sabe para qué debe resolver. Así es muy difícil encontrarle el gusto, la verdad.

Pero el gusto está ahí y algunos se lo acabamos encontrando cuando empezamos a entender de dónde salen esas reglas y lo que significan. Es más, lo acabamos disfrutando todos los días de nuestra vida. Transmitir esa fascinación es gran parte de la tarea del docente y, como tal, me preocupa dejar de saber hacerlo un día porque pase a darla por sentado. Las notas que siguen en realidad son para mi yo futuro, pero compartir es vivir.

Todos los seres humanos, salvo que hayan nacido con graves problemas cognitivos o en circunstancias dramáticas de privación social, guardan en su cerebro una lengua entera. Esta lengua consiste, a grandes rasgos, en buen montón de palabras y un considerable número de reglas. Las palabras se agrupan en categorías, es decir, en grupos con comportamientos similares, que siguen algunas de las reglas y no otras. Todos los cerebros humanos, independientemente de si el portador del cerebro sabe escribir o no, de si ha ido al colegio o no (e incluso de si oye o no, pues también hay lenguas de signos) contienen un sistema lingüístico completo, plenamente funcional, compuesto de categorías y reglas. Esto significa que “el cachorro humano” llega al mundo con herramientas para ir generando todo un sistema lingüístico a partir de lo que escucha y ve. Pausa para asimilar esta barbaridad.

Por lo tanto, que una palabra sea un sustantivo, un adjetivo o un verbo no es un invento, sino una generalización descriptiva a la que han llegado los lingüistas observando su comportamiento: analizando el uso que hacen los hablantes de las palabras. Los verbos, por ejemplo, son las únicas palabras del español que flexionan según el tiempo y el modo: esto hace que las podamos juntar en una categoría. ¡Pero no todos los verbos son iguales! Algunos pueden aparecer en la voz pasiva, haciendo del objeto el sujeto. Por ejemplo:

Voz activa: Una científica
americana descubrió la vacuna
Voz pasiva: La vacuna fue descubierta por una científica americana. ✅

Otros verbos no lo permiten esto, porque no tienen objeto:

Voz activa: La científica estornudó
Voz pasiva: Fue estornudado. ❌

Así, podemos hacer una división entre verbos transitivos (con objeto directo, que pueden aparecer en voz pasiva) y verbos intransitivos (sin objeto directo y que no pueden aparecer en la voz pasiva). Y también podemos darnos cuenta de que algunos verbos no encajan plenamente en estas reglas:

Voz activa: Tuvieron cuatro hijos
Voz pasiva: Cuatro hijos fueron tenidos. ❌

Aunque tener tiene un objeto directo, rechaza la pasiva. ¿Qué pasa aquí? Quizá nuestra regla de la pasiva (“los verbos con objeto directo pueden tener voz pasiva”) no es suficiente. O quizá no lo sea nuestra categorización de los verbos en transitivos e intransitivos y haya más tipos. Otra opción es que las categorías gramaticales no sean completamente estancas, sino que tengan fronteras difusas, ni las reglas tengan validez universal, sino que puedan incumplirse: vamos, que haya verbos más prototípicamente transitivos que otros. Tratando de dilucidar estas cuestiones disfrutamos como enanos los lingüistas, que lo que queremos es entender qué pinta tiene ese sistema lingüístico que guardamos en nuestro cerebro.

Otra cosa que hace apasionante a la lingüística es que la lengua tiene tanto un componente individual (como digo, cada uno de nosotros tiene por lo menos una lengua metida en el cerebro) y un componente social: dentro de comunidades concretas, esas lenguas individuales son lo suficientemente parecidas como para entendernos los unos a los otros. En ese sentido, no hay una única lengua española, sino una enorme cantidad de lenguas españolas que se organizan socialmente (dialectos, sociolectos) y que, en último término, tienen realidad individual. Pausa para asimilar esta barbaridad.

Además, las lenguas no son inmutables. Cada una de las lenguas individuales puede sufrir cambios y, cuando estos cambios ocurren en muchas lenguas individuales, la lengua como entidad social cambia también. ¿Y por qué sufren cambios? Pues porque nuestro cerebro está diseñado para generalizar (y sobregeneralizar) continuamente. Por eso incluso cada pequeño lapsus nos permite entender algo del funcionamiento del cerebro. Cuando alguien dice convenzco en vez de convenzo, su cerebro ha hecho una analogía entre convencer y otros verbos que acaban en –cer, pero tras una vocal (nacer – nazco, crecer – crezco): se ha pasado en su generalización. Cuando alguien dice con sí mismo en vez de consigo mismo sabemos que su cerebro ha sobregeneralizado la regla de que tras preposición va el pronombre tónico, que es este caso es (de sí mismo, a sí mismo, por sí mismo). La preposición con, con algunas personas gramaticales, es una excepción a la regla y debido a una interesantísima evolución latina tenemos conmigo, contigo y consigo. No hay nadie a quien no le ocurra, en un momento de cansancio, un lapsus “gramatical”. Esto indica que nuestro cerebro funciona de dos maneras: recordando cosas que ya ha oído y aplicando reglas que tiene interiorizadas. Las excepciones las tenemos memorizadas, pero a veces la regla es más rápida. Pausa para asimilar esta barbaridad.

Por último, cada lengua del mundo tiene un sistema gramatical único. En cada uno de ellas encontramos categorías nuevas o una combinación única de reglas, por ejemplo. Las diferencias entre lenguas, por ejemplo, pueden ser indicativas del efecto del entorno en la lengua. Por ejemplo, la etnial tzeltal vive en los Altos de Chiapas, territorio caracterizado por una pendiente inclinadísima (hay una diferencia de 750 m de altitud entre la parte sur y la norte). En su lengua (la lengua tzeltal), en vez de decir algo como el lápiz está a la derecha de la botella dirían el lápiz está cuesta arriba de la botella (te lapsis ay ta ajk’ol yu’un te limite, concretamente), porque el sistema de términos espaciales de su lengua bebe de su entorno.

Y, sin embargo, las lenguas del mundo presentan muchas similitudes, incluso si se hablan en continentes distintos y no tienen ninguna relación entre sí. Por ejemplo, ¿se acuerdan de todos esos tipos de se que tiene el español? Los tipos de se, ¡la pesadilla del adolescente! Pues lenguas cuyos pronombres reflexivos tienen funciones similares las hay a patadas. Esto nos muestra que existen relaciones semánticas entre el significado reflexivo (mirarse en el espejo), el recíproco (darse un abrazo), la intransitivación (levantar algo – levantarse; romper algo – romperse), la pasiva (se percibe vuestra respiración contenida desde aquí), etc. Los “ses” de esas lenguas han ido estirando su significado en la misma dirección porque los cerebros de los hablantes detectan esas relaciones semánticas. Pausa para asimilar esta barbaridad.

En fin, que el análisis sintáctico consiste, nada más y nada menos, en averiguar el funcionamiento de esa auténtica barbaridad que es la lengua humana. Ojalá consigamos que más gente le encuentre el gusto.

Concordancia y sentido

Ya saben que en este blog sostenemos una postura contraria a corregir la manera de hablar de los demás, algo en lo que, como muchos otros filólogos, practicamos la fe del converso. La verdad es que entristece ver que se usa la mal llamada corrección lingüística para atacar al adversario político (especialmente en un momento en el que cualquier adversario político es fácilmente criticable por su pobreza de contenido). En los últimos días ha sido tendencia en mi timeline de Twitter escandalizarse ante la concordancia de sentido (también llamada ad sensum), primero a raíz de un tuit de Errejón que rezaba:

Errejón escribe una tontería (¿con tintes antieuropeístas?) y el escándalo es que pone el verbo en plural (llegan) para un sujeto singular (gente). Así estamos. Pero vayamos a lo nuestro. ¿Es gente un sujeto singular? Pues sí y no. Gente es un sustantivo formalmente singular, pero semánticamente plural: la RAE lo define como ‘pluralidad de personas’. Esto justifica que los hablantes generemos dos posibles concordancias, pues nuestro cerebro encuentra información contradictoria respecto al número. Este es el momento en el que nos preguntamos “pero ¿para qué diantres sirve la concordancia?”. La concordancia es un mecanismo de cohesión textual y sirve para retomar parcialmente un referente que ya se ha mencionado: al especificar algunos rasgos (género, número, persona) de algo que ya hemos mencionado reactivamos ese referente en la mente del oyente, lo que le ayuda a no perderse.

Por eso la concordancia de sentido (también llamada concordancia semántica) es más frecuente cuanto más alejado está el verbo del sujeto: porque el significado (el sentido) ofrece más garantías de reactivar correctamente el referente adecuado que la forma cuando hay desacuerdo entre ambas. Así, incluso a la RAE le parecen bien oraciones como La gente llega a Madrid y lo primero que hacen es tomarse una caña. Si la concordancia no se produce con el verbo, sino con un pronombre, hasta solemos preferir que el pronombre sea plural: ¿qué les suena mejor: La gente está harta de que los políticos le echen la culpa a ella o La gente está harta de que los políticos les echen la culpa a ellos?

La concordancia de sentido tiene una base cognitiva tan natural que se considera un universal del habla, es decir, algo que nos pasa a todos, en todas las lenguas. Además, la mayoría de estudios sobre el español observan que gente es el sustantivo que más frecuentemente genera la concordancia de sentido. Esto tiene que ver, seguramente, con el hecho de que este sustantivo sirve para introducir sujetos indefinidos, de cuya identidad no estamos muy seguros, y el español usa la tercera persona del plural en contextos similares: hay poca diferencia entre Dicen que hay mucho madrileñocentrismo y La gente dice que hay mucho madrileñocentrismo. En fin, que el tuit de Errejón entra —gramaticalmente— dentro de lo normal.

Unos días después del tuit de Errejón se pasea por mi timeline una captura de pantalla de un tuit de 2016 de una periodista y activista (que ha borrado el tuit desde entonces, así que me reservo su nombre). La captura venía en un tuit en el que otra vez se criticaba la concordancia entre el sujeto formalmente singular (la izquierda actual) y el verbo plural (sabemos). Nunca es tarde para criticar si la concordancia es de sentido.

Haciendo autocrítica, siento que la izquierda actual no sabemos llegar a la gente currante, hablamos desde nuestra élite intelectual…

En este caso la concordancia se da en plural y en primera persona, lo que lo hace todavía más interesante. ¿Por qué? Pues porque entre llega gente y llegan gente no hay diferencia de significado, ya que la pluralidad expresada por el verbo ya está contenida en el sustantivo. Pero entre la izquierda actual no sabe y la izquierda actual no sabemos hay una diferencia fundamental: solo la segunda incluye inequívocamente al hablante. Aquí hasta la RAE abre la mano y dice que esto es normal en “el español coloquial”. En realidad, lo que es normal en el español coloquial es llegan gente, mientras que la izquierda no sabemos es la mejor opción para expresar el significado buscado desde el punto de vista de la famosa economía del lenguaje. Una alternativa sería decir la izquierda actual, en la que me incluyo, no sabe…, pero ya se sabe que la norma es muy partidaria de ahorrar fonemas y palabras.

De hecho, con sujetos nominales plurales la RAE indica que la concordancia puede realizarse en cualquier persona (los ciudadanos {se vacunan / nos vacunamos / os vacunáis}). Algo parecido se aplica a los pronombres indefinidos singulares, para los que la Academia aprueba la concordancia en tercera de singular (cualquiera se vacuna; ninguno quiere esperar) o en primera o segunda de plural, porque “resulta necesario para dar a conocer la implicación del hablante o el oyente en la situación que se menciona” (NGLE 2009: 22.9h): cualquiera nos vacunamos; ninguno queréis esperar. Recluir a la coloquialidad el mismo patrón con los sustantivos singulares con interpretación plural no parece estar justificado. (La concordancia del tipo ninguno quieren esperar, en plural, también es solo coloquial, aunque la RAE ni la contempla, si no me equivoco.)

La concordancia gramatical es uno de esos ámbitos de la gramática que nos fascina a los lingüistas, porque abre una ventanita al cerebro de los hablantes. ¿No es bonito pensar en esas (muchísimas) cosas que todos nuestros cerebros comparten? Creo que percibir esa belleza ayuda a resistir a la simplificación que es rechazar de plano todo lo que hace y dice el que no piensa como nosotros. Regocijémonos en eso tan humano que es concordar por el sentido. Luego ya veamos si la cosa tiene sentido y si concordamos o no con el que la dice.

¿Debe hacer la lingüística una moción de censura a la filología?

Un día como hoy de hace 152 años nació Ramón Menéndez Pidal, padre de la filología española. La filología es esa disciplina que busca entender un texto escrito en toda su plenitud, para lo que se necesita comprender su contexto histórico, literario y textual, además de conocer bien las características de la lengua del autor y de la época. Entre otras muchas cosas, Menéndez Pidal puso los fundamentos de nuestro conocimiento sobre la historia y formación de la lengua española, la épica medieval y el Romancero, creando un edificio del saber sobre el que seguimos trabajando hasta hoy mismo. Revisándolo y mejorándolo, claro está, pero siempre apoyados en los andamios que montó don Ramón. En palabras de su nieto, Diego Catalán (y director de tesis de mi directora de tesis, añado), esto fue posible gracias a su «utilización del utillaje intelectual desarrollado por la ciencia” humanística puntera en la Europa del último tercio del XIX, la filología”» (las comillas son suyas; su interpretación, vuestra).

A 13 de marzo de 2021 esa ciencia puntera en el XIX se ve a veces como algo viejuno, lo que no sorprende en una época en la que para rebatir un argumento nos basta con llamar boomer al que lo sostiene. Un ejemplo de esa percepción de viejunez: la Filología Hispánica que yo estudié cambió de nombre con la reforma de Bolonia y adoptó el de Estudios Hispánicos, que es mucho más moderno, como todo lo anglo. Pero hay que admitir que el plan de estudios que yo seguí ya no era muy filológico: la separación entre lingüística y crítica literaria era palmaria, reflejo de cómo funciona hoy en día el grueso de la investigación en estos campos. La filología se ha ido quedando arrinconada como una excentricidad de los medievalistas o los lingüistas históricos y de ahí, supongo, que cunda la idea de que la lingüística debería desprenderse de ella en una especie de moción de censura, no por corrupta ni por guerras intestinas, sino por anticuada e innecesaria.

Como disciplina, la lingüística cambia el foco: del texto a la lengua y del contexto histórico al social (si eso) y, sobre todo, le da importancia a lengua oral, lo que parece entrar en contradicción pura con la filología. Y la filología se fue convirtiendo en la hermana pequeña de la lingüística (si eso). Creo que en algún momento también lo vi así. Al fin y al cabo, ¿qué se me da a mí, interesada en la morfosintaxis dialectal del español, si debemos enmendar el verso 2864 del Cantar de Mio Cid, que parece no tener ni pies ni cabeza?:

Lorauan delos oios las dueñas Albarfanez

E Pero Vermuez otro tanto las ha

¿Será la lectura correcta conortado las ha [conortar es ‘confortar, consolar’], otro tanto lo faz [referido lo a llorar], otro tanto los ha [refiriéndose los a los ojos]? ¿Qué tiene que ver esto con el comportamiento de las construcciones reflexivas en las variedades peninsulares rurales, a las que dediqué mi tesis? ¿En qué se parece esta labor de reconstrucción textual a mis tareas de dialectóloga, inmersa en entrevistas a informantes del rural español? (Que Menéndez Pidal también puso las primeras piedras de la Dialectología Hispánica es otro cantar, que recitamos aquí.)

En realidad solo hace falta prestar un poquito de atención mientras una transcribe lengua oral para encontrarse en bretes bastante similares. Si escucho lasniñasescriben, ¿cómo lo transcribo, las niñas escriben o las niñas se escriben? Porque suenan exactamente igual. (Oh, vaya, ¿qué decías de construcciones reflexivas?) Para llegar a la mejor transcripción posible, que nunca será perfecta y que siempre tendrá lecciones (¿escuchas?, holi, Villarejo) discutibles, igual que le pasa a nuestro Cid, hay que conocer lo mejor posible la variedad de lengua empleada y el contexto de la entrevista, además de darle muchas vueltas.

Vale, bueno, al fin y al cabo, es normal que para fijar un texto oral hagan falta herramientas similares a las necesarias para fijar un texto escrito. Pero, en la época del big data, donde puedo acceder a miles de ejemplos en unos segundos, incluso descargarme tuits de forma automática para investigar el habla coloquial más moderna y actual, ¿qué sentido puede tener dedicarle horas a estos detallitos? Los detalles son ruido estadístico, ya se sabe. Lo cierto es que a veces pienso que leer e interpretar tuits puede que sea más difícil que examinar documentación medieval (luego recuerdo mis nulos conocimientos de paleografía y se me pasa). Pero interpretar breves textos descontextualizados, de todas las variedades hispánicas, escritos generalmente a gran velocidad, con el riesgo de erratas que eso conlleva y el desafío para el raciocinio humano que supone el autocorrector es la tarea más modernamente filológica que se me puede ocurrir (junto con cotejar exámenes online en tiempos de pandemia: rastrear procesos de copia es otra de las esencias de la filología).

Hace poco me encontré un montón de tuits con la oración nadie me Juan, absolutamente incomprensible a mis ojos peninsulares, pero que proliferaba en tuiteros argentinos y urugayos. El contexto me obligaba a entenderlo como “nadie se fija en mí, nadie me hace caso”, ¿pero qué disparate sintáctico es ese Juan? Pues ese Juan es lo que hace el autocorrector con la forma juna, del verbo junar, que significa ‘observar’ o ‘advertir’ y que se usa en los países del Río de la Plata.

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Vamos, que a la tipología de errores que cometen los copistas tendremos que añadir ahora la de los perpetrados por el autocorrector o incluso por el OCR, como se extienda una práctica editorial que he descubierto recientemente de escanear obras antiguas e imprimirlas sin una mínima revisión.

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«En vario» no es un capricho lingüístico de Santiago Ramón y Cajal para decir «en vano» , sino una metedura de pata cometida por un ordenador y solo atribuible a un editor más vago que la chaqueta de un guardia

Así, a 13 de marzo de 2021, me da que la filología no es separable del ejercicio mínimamente riguroso de la lingüística empírica, porque tiene que ver con entender que la lengua es mucho más compleja que mirar una amplia lista de ejemplos semidescontextualizados. Dice Inés Fernández-Ordóñez (mi directora de tesis) que

[l]os proyectos, las ideas y los métodos de Menéndez Pidal responden al tiempo y la circunstancia que le tocó vivir y, como no podría ser de otro modo, hoy ha cambiado nuestra forma de ver las cosas y somos críticos con muchos de sus planteamientos. Sin embargo, si su recuerdo ha perdurado en nuestra memoria no es tanto por los caminos abiertos y los hitos alcanzados (que también), sino sobre todo por los valores que transmite su ejemplo. Son esos valores los que mantienen una absoluta actualidad: el compromiso con la investigación rigurosa y bien hecha, basada en el planteamiento de problemas nuevos y complejos, con ambición de miras, alejada del afán rápido de notoriedad y de las prisas por publicar escribiendo de acarreo. La conciencia de que el buen investigador y el buen maestro, por muy singular que sea en sus virtudes personales, es el eslabón de una cadena y que lo verdaderamente importante es el trabajo en equipo y la continuidad de los proyectos. La generosidad con los demás. La honestidad intelectual y personal, probada con el ejemplo del comportamiento propio, siempre rehuyendo la crítica fácil y desmesurada del ajeno. La lealtad institucional y el compromiso con el bien público. Son precisamente esos valores los que explican que la figura de Ramón Menéndez Pidal haya transcendido a su presente.

Evidentemente, he ido añadiendo esos paréntesis con indicaciones de las tesis dirigidas henchida de orgullo por ser este el linaje académico del que desciendo. Mejor dicho, la cadena de la que solo soy un eslabón. Como verán, además de un orgullo, es un listón muy alto. Y lo mismo le pasa a nuestra actual lingüística hispánica, que es un eslabón más de la cadena de que forma parte la filología española: otro orgullo y otro un listón muy alto. ¿De verdad queremos sacar las tenazas y cargarnos la cadena? Ojo, que las mociones de censura las carga el diablo.

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Nota bibliográfica

La cita de Inés Fernández-Ordóñez sale de su introducción al volumen El legado de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) a principios del siglo XXI, que acaba de editar (2020, Anejos de la Revista de Filología Española). De este mismo volumen saco la cita de Diego Catalán, de su «Ramón Menéndez Pidal. Un perfil biográfico».  Las lecturas del Cantar del Cid salen del artículo de Javier Rodríguez Molina «Dos lecciones controvertidas del Poema de Mio Cid: versos 568 y 2864» escrito en 2010. Los ejemplos de Mi infancia y juventud de Santiago Ramón y Cajal están en la edición de Prames, muy cuidada por fuera y tristemente desatendida por dentro.