(Mi segundo) Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española (y II)

El CIHLE no dura solo dos días, sino cinco (aunque el miércoles fue un día de menos trabajo y dedicado a una excursión a las ruinas de Pachacamac), así que aquí llega la crónica del jueves y el viernes.

La primera comunicación que visité el jueves las impartía Hugo Roberto Wingeyer, sobre la permeabilidad de rasgos lingüísticos típicos del contacto con el guaraní en la escritura de alumnos paraguayos y del nordeste argentino. Algunos ejemplos de estos rasgos: la doble negación (nunca no hay) o faltas de concordancia (nuestras lenguas fue modificada).

A continuación fui a ver a Cecilia Quepons, que habló sobre la extensión semántica del famoso pinche(s) mexicano, que ha adquirido usos aparentemente adverbiales muy semejantes a los que ha adquirido puto en español (ya pinches entiendo, su página está muy pinche pobre, quiero pinche dormir), algo que nos ha interesado a Ana Estrada y a mí. Es fascinante ver cómo palabras distintas siguen evoluciones tan semejantes a ambos lados del charco.

Volví a cambiarme de sala para ir a ver a Ioanna Sitaridou, que trató un tema muy candente en los estudios de la gramática histórica del español: ¿era el español antiguo una lengua V2? Y ustedes dirán: “¿qué es una lengua V2?”. Pues una lengua que necesita que el verbo esté en segunda posición, como el alemán moderno. El verbo debe aparecer siempre (en las oraciones principales declarativas) en la segunda posición gramatical, así que ‘Juan está ahí’ se puede decir Juan ist dort (literalmente Juan está ahí)o Dort ist Juan (lit. Ahí está Juan), pero no *Ist dort Juan (lit. Está ahí Juan), un orden que sí es posible en español. Y ahora ustedes se estarán preguntando: “¿Y cómo puede haber debate sobre esto? ¡O era V2 o no lo era!”. Pues no es tan fácil, porque las lenguas V2 (alemán incluido) tienen excepciones y resulta difícil saber si las excepciones del español antiguo son semejantes a las del alemán moderno, ya que no tenemos acceso a la intuición de sus hablantes. Eso sí, Ioanna sostiene que el español, de V2, nada.

La última charla antes del café fue la de Carlos Sánchez Lancis (con Cristina Buenafuentes de la Mata, que no ha podido venir), que habló de la gramaticalización de camino de como locución prepositiva: es decir, el sustantivo camino, que tiene un significado concreto muy claro, ha adquirido un significado equivalente a una preposición de dirección (Con lo deliciosa que es la comida peruana, voy camino de volver a España en forma de globo aerostático). Uno de los resultados de la investigación: mientras que en España preferimos juntar la preposición de con camino, en América lo hacen mayoritariamente con a.

Después de la pausa de café fui a ver a Javier Herrero Ruiz de Loizaga, que trató de la evolución de nada más y no más con el significado de ‘solo’, que es una forma que a todos nos suena (acertadamente) americana. Pero históricamente no más se documenta antes (¿Por eso no más?, replicaba don Quijote) y nada más se impuso en España en el siglo XIX, mientras que en América ha ido avanzando más lentamente.

Luego le tocó el turno a Pedro Álvarez de Miranda, que explicó el origen y el uso histórico de la frase la impresión del grifo, que Quevedo usa en cuatro ocasiones para referirse a mujeres viejas de nariz puntiaguda (Quevedo gonna quevedear). Como ya había dicho Luisa López de Tejera (porque Pedro quiso muy honradamente aclarar de quién era el mérito del descubrimiento), el origen de esta expresión está en el sello de la casa editorial de Sébastian Gryphe, que usaba sellos como estos en honor a su apellido:

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Pedro Álvarez de Miranda y el grifo

Después llegó la plenaria, a cargo de Rodolfo Cerrón Palomino, que disertó sobre el efecto de la forma del aprendizaje del español de los hablantes andinos de los siglos XVI y XVII sobre su variedad de español. Así, mientras que los quechuohablantes que aprendían el español en situación de inmersión (por ser mestizos, por ejemplo) o en contextos formales (como en los colegios de curacas) no presentaban los trastocamientos vocálicos típicos del español andino (vevienda por vivienda, por ejemplo), sí que lo hacían aquellos que aprendían el español de una forma más informal, a través del trato diario con los españoles. Las faltas de concordancia, sin embargo, parecen permear la escritura de todos estos hablantes, aunque en menor grado en los primeros.

Tras reponer fuerzas era la hora de la mesa redonda, sobre “Contacto y cambio semántico en la historia del español”. Rocío Caravedo habló de la necesidad de incluir la perspectiva de la cognición y percepción de los hablantes en el estudio de su habla, con el ejemplo de los hijos de inmigrantes andinos en Lima, que, a pesar de ser monolingües en español siguen mostrando rasgos típicos del español andino, como es la concordancia variable de los pronombres le, la y lo. Wiltrud Mihatsch propuso una sugerente hipótesis del origen los marcadores tipo y onda (¿quedamos tipo 7?, con usos muy similares a en plan, por cierto) que combina el contacto lingüístico con el cambio pragmático: la contracultura de los años 60 y 70 introdujo una mayor importancia de los recursos atenuativos y el hecho de que marcadores de este tipo se encuentren también en otras lenguas, como el italiano, el portugués, el alemán.., etc., podría indicar que el origen esté en el famoso like del inglés. Cerró la mesa Azucena Palacios, hablando de fenómenos de contacto en Ecuador y en Paraguay. Azucena subrayó la importancia de estudiar el sistema propio de estas variedades de contacto, en vez de observarlos como meras rarezas caóticas causadas por otra lengua. Así, en español de Paraguay, ponerle un pasador a la niña por la cabeza no es una interferencia sin más, sino que es lo único que tiene sentido, porque ponérselo en la cabeza implicaría meterlo dentro (algo seguramente indeseado, al menos para niña).

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Quiero ver más sesiones plenarias llenas de mujeres, gracias.

El viernes había un programa menos apretado, aunque no por ello menos interesante. Empecé el día con la charla de Paul O’Neill, que argumentó en contra de la noción de morfema y sostuvo que los hablantes no manejamos un conjunto de sufijos y raíces y las reglas para combinarlos, sino que memorizamos palabras enteras que están conectadas entre sí y formamos patrones de flexión. Apoyó esta argumentación con una serie de ejemplos de regularizaciones morfológicas dentro de los paradigmas verbales en la historia del español que sería un poco complicado reproducir aquí, pero os dejo con una frase literal de Paul con la que estoy muy de acuerdo: “La lengua is a mess, es un lío, pero a los hablantes no les importa”.

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Paul disfrutando con patrones morfológicos

La siguiente sesión fui a ver a Larissa Binder, Johannes Kabatek, Philipp Obrist y Albert Wall (mis compis en Zúrich) que presentaron unas visualizaciones muy interesantes de la aparición a lo largo de la historia de la a que aparece en frases como El profesor remplaza al libro (que no significa lo mismo que El profesor remplaza el libro). Quedó muy claro que el uso de gráficos dinámicos (generados con el programa que inventó Hans Rosling en esta famosa charla), que representan la dimensión temporal por medio del movimiento de los símbolos, puede ayudar a entender mejor un fenómeno tan complejo como este, que necesita combinar muchos factores en su estudio. Por supuesto, insistieron también en adoptar una perspectiva crítica ante los nuevos métodos, que por muy llamativos que sean no son la panacea y no “muestran la evolución de la lengua”, sino que, como siempre, son conjuntos de datos estáticos procedentes de textos determinados y que, simplemente, se mueven. Esta sesión coincidía (ya es mala suerte) con la de Santiago U. Sánchez Jiménez, que habló sobre los usos, fijación y diacronía de la construcción en plan, que también me interesaba muchísimo. Ilustro aquí gráficamente (no dinámicamente) las sesiones paralelas:

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Zuriqueses a la izquierda y Santi a la derecha (esta foto cortesía de Santiago del Rey)

Santiago del Rey presentó un estudio interesantísimo sobre la oralidad elaborada, es decir, la variedad lingüística empleada típicamente en registros cultos orientados a la oralidad (definición libre del término de servidora), como los textos dialógicos o teatrales. Estudiando el uso de las estrategias coloquiales empleadas en traducciones en español de diálogos latinos obtiene un hallazgo genial: existen elementos coloquiales del latín que se incorporan al español. Normalmente pensamos en los calcos del latín como elementos propios de los registros más formales, pero esto no tiene por qué ser así: el latín, como lengua de contacto, pudo influir también al español coloquial (como hace ahora el inglés, que se nos cuela tanto en las conferencias más científicas como en las charlas más informales).

Después del café, Johannes Kabatek presentaba su nuevo libro Lingüística coseriana, lingüística histórica tradiciones discursivas, editado por mis queridos Cristina Bleorțu y David Gerards. El libro recopila varios de los artículos de Johannes sobre estos temas, algunos de los cuales están ahora disponibles en español por primera vez. Uno de los que más me gustan a mí es el de “Lingüística empática” (y me atrevería decir que a Johannes también le gusta bastante por cómo le brillan los ojillos cuando le piden que hable de él…). Como dijo él mismo, “la lingüística necesita tiempo y nuestros doctorandos necesitan tiempo”. True dat.

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La sala estaba hasta los topes

La última mesa redonda llevaba por título “Fuentes y métodos para el estudio de la variación sintáctica”. Virginia Bertolotti hizo un repaso a cómo ha evolucionado la lingüística “con datos documentados” (frente a la lingüística “con datos creados”) en las últimas décadas, explicando muy claramente que cada vez le pedimos más a los datos porque cada vez la disciplina exige más. E hizo notar algo sobre la necesidad de etiquetar los corpus con información sintáctica (exigencia de muchos lingüistas, sobre todo de aquellos que no recopilan corpus) con lo que estoy muy de acuerdo: ella no cree que debamos etiquetarlos sintácticamente porque “si ya supiéramos cómo era la sintaxis histórica del español no estaríamos creando el corpus”. Y es totalmente cierto: un etiquetado sintáctico automático seguramente se perdería todo lo interesante y un etiquetado manual… es justo lo que dice Viginia, un estudio exhaustivo de la gramática representada en el corpus. Andreas Dufter utilizó el ejemplo del hipérbaton (una ruptura de la cadena sintáctica, como en cuántos pisan faunos la montaña de Góngora, que significa ‘cuántos faunos pisan la montaña’, pero con cuántos y faunos separados, a pesar de que forman una unidad sintáctica) en la historia del español para responder a la pregunta de si los textos fuertemente latinizantes son legítimos para estudiar la sintaxis histórica del español. Es una pregunta apasionante, que se relaciona con esa idea laboviana de buscar la lengua vernácula, entendida como la lengua verdadera, pura y sin interferencias del estándar o de otras variedades de los hablantes. ¿Pero existe tal cosa? Y si existe, ¿es eso lo (único) que nos debe interesar? Creo que no somos pocos los que miramos la idea de la lengua vernácula con algo de escepticismo (por no decir prevención). Javier Elvira puso el foco de atención en aquellos cambios lingüísticos en los que una variante nueva no desplaza a una anterior y que, por diversos motivos, no forma una curva en S en su evolución. Un ejemplo bonito es el caso de alguien, que no hizo desaparecer a alguno, con el que competía, sino que encontró un hueco funcional distinto: ahora contamos con dos formas de significado similar pero de distribución sintáctica distinta (por ejemplo, decimos algún otro, pero no podemos decir ni alguien otro ni otro alguien, posibilidad que sí existía en español antiguo).

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Venga, me vale con ver más mujeres en las sesiones plenarias

La última charla del congreso fue la plenaria de Daniel Jacob titulada “Cuantitativo o cualitativo: los límites y las oportunidades del corpus histórico”. Jacob listó y comentó una nutrida serie de nociones que afectan a la aparente dicotomía entre lo cuantitativo y lo cualitativo. Como no tendría sentido repasarlas todas, me quedo con una advertencia importante que siempre debe tenerse en cuenta, referida al efecto garbage in, garbage out, acuñado por primera vez por William D. Mellin: si tus datos son problemáticos, por muchos que sean estos y muy sofisticados que sean los métodos estadísticos que emplees, tus resultados serán igual de problemáticos.

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La sesión de clausura que acababa (clausuraba, jijiji) el congreso

Bueno, el congreso acabó en realidad con la cenaza que nos metimos entre pecho y espalda la noche del viernes, ya todos relajados después de haber dado nuestras respectivas charlas, contentos de poder empezar a asimilar toda la información recibida con algo de pisco sour, digo, ceviche. Solo queda dar las gracias a los organizadores, que nos han tratado de miedo. The end.

(Mi segundo) Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española (I)

Desde el lunes se celebra el Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española en Lima, un congreso trienal que es, sin duda, el evento más importante para los historiadores del español. Es la segunda vez que voy: la primera fue hace seis años en Cádiz (lo conté aquí).

Por ser un congreso tan grande y con bastantes sesiones pararlelas, no se puede ir a todas las charlas y uno se pierde muchas cosas a las que le hubiera gustado ir, pero voy a contaros mi itinerario de los dos primeros días.

La primera charla a la que fui el lunes fue “El problema del americanismo morfosintáctico desde el punto de vista histórico”, en la que Juan Sánchez Méndez discutió sobre el hecho de que los rasgos morfosintácticos propiamente americanos suelen ser pocos, ya que lo más común es que el español de América y el de España difieran más bien en una cuestión de grado y no de presencia/ausencia de un fenómeno. Subrayó la necesidad de centrarse en la historia externa para proponer una periodización de la evolución del español de América, en la que el distingue cuatro etapas: los orígenes (siglo XV), con muchas variantes en convivencia; la época virreinal (siglos XVI a XVIII), más conservadora; la época ilustrada (siglo XVIII), donde hay una “revolución sintáctica”, y la época contemporánea (desde el XIX), cuando se conforma el policentrismo del español.

A continuación Andrés Enrique-Arias mostró cómo la comparación de textos paralelos (distintas traducciones de un mismo original), en este caso las biblias medievales (aquí el corpus que él dirige, consúltenlo que es una maravilla), puede utilizarse para investigar la variación estilística a lo largo de la historia. La Biblia es especialmente útil para esto, porque sus distintos libros corresponden también a distintos géneros discursivos y porque contamos con muchas traducciones: es la solución perfecta a la “paradoja de Enrique”: un corpus lingüístico debe ser heterogéneo (para ser representativo) y homogéneo (para ser comparable). Con estos datos Andrés demostró que el uso del artículo más posesivo (la mi casa) fue quedándose como un uso muy marcado estilísticamente, con evocaciones literarias.

Antes del café, José María Enguita nos habló de la conservación en aragonés medieval de dos variantes del adverbio de lugar y (del latín IBI) e yde (de IBIDEM). Este es el mismo adverbio de lugar y del francés e hi del catalán, así como esa terminación tan rara que conserva el castellano en la forma hay.

Ya habiendo repuesto fuerzas, Anna María Escobar hizo un análisis de documentos coloniales de quejas escritos en los Andes, mostrando que, si bien en estos no llegan a traslucir los rasgos típicos del español andino producidos por  contacto con las lenguas indígenas, sí puede observarse que los escritos por indígenas muestran distintas organizaciones discursivas que los escritos por notarios españoles.

Después tuvo lugar la primera sesión plenaria, una mesa redonda con el título “Sevilla frente a Madrid”: el título de un artículo clásico de Menéndez Pidal en el que proponía que las diferencias dialectales dentro del español americano podían explicarse por una mayor influencia de la flota de ultramar (con rasgos lingüísticos andaluces) en las zonas marítimas, frente a una mayor influencia de las hablas de la Corte madrileña en las capitales virreinales. Rafael Cano, Eugenio Bustos y Carlos Garatea hicieron un repaso al estado de la cuestión sobre la formación del español en América, así como de los problemas y desafíos que presenta explicar esta cuestión.

Después de comer volví a ver a Andrés Enrique-Arias, que venía con un programa muy completo. Esta vez hablaba de otro de sus proyectos, sobre el contacto entre español y catalán en Mallorca, haciendo hincapié en el cuidado que debemos tener al atribuir un fenómeno al contacto lingüístico y la necesidad de adoptar una perspectiva histórica. Valga un ejemplo de los que puso: en español de Mallorca es corriente escuchar cosas como pidió cuál era el camino, en el que el verbo pedir se usa con el significado de ‘preguntar’. Sabiendo que en catalán demanar tiene ambos significados (‘pedir’ y ‘preguntar’), es fácil pensar que este uso del español de Mallorca se debe a la influencia del catalán. Sin embargo, la realidad es que el español pedir tenia esa misma posibilidad y la perdió en otras variedades: en Mallorca el catalán como mucho ayudó a conservar un uso antiguo del español:

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Pedir en el Diccionario de Autoridades

Le siguió María Teresa Echenique Elizondo, que dio un repaso de la presencia vasca en el continente americano e hizo una comparación de las influencias del quechua y el vasco sobre el español, como en los casos de objetos nulos (¿Compraste el periódico? Sí compré) que pueden encontrarse en ambas variedades.

Coronó el primer día la plenaria de John Lipski, sobre el español de las múltiples comunidades afrohispanoamericanas, ofreciendo una reconstrucción de su historia. No hay comunidad afrohispanoamericana que se le escape, os lo aseguro. Lipski nos visitó hace unos años en Zúrich y lo conté aquí, muy recomendable.

Como doce horas de historia de la lengua española son pocas, el martes volvimos a empezar tempranito, empezando con una sesión sobre perífrasis verbales en la que yo misma participaba. Empezó Dorien Nieuwenhuijsen con la historia de la gramaticalización de andar + gerundio: gramaticalización porque andar pierde su significado de ‘caminar’ para adquirir un valor gramatical, referido a acciones frecuentativas y en curso: ando pensando en comprarme un coche puede significar ‘camino mientras pienso en comprarme un coche’ o, más habitualmente, ‘últimamente pienso en comprarme un coche’.

Patricia Fernández analizó el distinto grado de gramaticalización de todas las perífrasis encontradas en El libro de la vida de Santa Teresa de Jesús, mostrando la enorme dificultad que tiene a veces decidir si algo ya es una perífrasis o todavía no con un trabajo de lo más exhaustivo.

Acabamos la sesión Olivier Iglesias y la menda (qué antigualla de expresión, ¿no?) hablando sobre la posición de los distintos pronombres y, particularmente, el pronombre se en las perífrasis a lo largo de la historia: podemos decir tanto María se puede venir como María puede venirse y también Se puede comer marisco en este restaurante o Puede comerse marisco en este restaurante, moviendo el pronombre a nuestra conveniencia. Lo que observamos en nuestros datos es que la posición del se antes del verbo se ve favorecida si este se es pasivo o impersonal (como en el ejemplo del marisco) y en textos más próximos a la oralidad, como cartas privadas.

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Aquí, conferenciando. (Foto de Johannes Kabatek)

Ya liberada y tras una pausa fui a ver a Rosa Espinosa Elorza, que revisó un tema clásico de la fonología histórica: la vocalización de la /-l/ a final de sílaba, que dio dos resultados distintos, a veces una /u/ (salto > sauto > soto, piénsese en el souto del gallego) y a veces una /i/ (multo > muito > mucho, piénsese en el moito del gallego). Pero esa evolución a /i/ de la /l/ es poco frecuente y resulta sorprendente, por eso Espinosa Elorza se pregunta si no habría un paso intermedio en el que la /l/ se asimilaba a la consonante posterior (es decir, multo > mutto > muito > mucho). Muy sugerente, como siempre.

Concepción Company hizo un estudio de los sandhis externos (la “fusión” de dos sonidos contiguos pertenecientes a palabras distintas: me + encanta > mencanta) en un corpus de textos americanos, observando que tienen una tendencia muy fuerte a ocurrir únicamente con “palabras gramaticales” (artículos, preposiciones, pronombres…), por lo que esta propiedad podría considerarse evidencia de que la categoría de palabra gramatical sí tiene sentido en la teoría lingüística.

Micaela Carrera de la red presentó el corpus de cartas de semiletrados en la Gran Colombia en el siglo XIX que está compilando y transcribiendo y dio algunos ejemplos interesantísimos de la lengua que documentan, incluyendo algunos casos del fascinante ser focalizador (estoy es llorando ‘lo que estoy es llorando’).

La brillantísima plenaria de Silvia Iglesias fue una introducción a la pragmática histórica a partir del ejemplo de cómo se formulaban las peticiones durante los Siglos de Oro. Por mucho que nos pueda sorprender, la forma habitual de pedir algo entonces era usando el imperativo (cierra la puerta), con una compleja interacción con el uso de los tratamientos verbales para los distintos grados de cortesía, mientras que la forma habitual de hacerlo ahora, a partir de preguntas indirectas (¿podrías cerrar la puerta, por favor?) no se empleaba en absoluto (¡y de hecho la forma por favor aparece en el  siglo XIX!).

Rita Eloranta y Anton Granvik discutieron las características lingüísticas de los documentos andinos que muestran las transcripciones de los inventarios que los indígenas recogían en los quipus: un sistema de numeración y contabilidad inca que se reflejaba a partir de nudos. Hay cosas interesantísimas en el mundo.

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Un quipu del museo de Pachacamac. Habrá mil fotos mejores en la red, pero no tendrán la sombra de servidora tomando la foto reflejada en el cristal.

Acabamos el día con una mesa redonda titulada “América en la historiografía lingüística del español”, a cargo de Pedro Álvarez de Miranda (con un fantástico repaso a la historia de los diccionarios y vocabularios que recogieron léxico americano a lo largo de la historia), Luis Fernando Lara (con unas observaciones muy interesantes acerca de la necesidad de prestar atencion a los distintos pueblos que conforman y conformaron las Américas para comprender la historia del español) y Jens Lüdtke (que reflexionó sobre las cuestiones ideológicas que interfieren a menudo el trabajo de los historiadores, incluidos los de la lengua).

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En la mesa “redonda”. (Sí, el chiste es malo, pero había que hacerlo.)

En esa misma mesa redonda se subrayó la importancia de hacer llegar nuestras investigaciones al público no especializado, lo que me animó a escribir esta crónica, ya que en esta edición nos está faltando (mucho) la divulgadora por excelencia de la historia de la lengua del español: Lola Pons. Si os ha entrado el gusanillo, aquí os dejo su maravilloso blog.

Quedan dos días de congreso, que ya les contaré. Ahora me voy a disfrutar un poco de Lima. (Por cierto, he tomado muy pocas fotos de las charlas, pero estoy mendigando a otros asistentes e intentaré poner alguna más poco a poco.)

El español y sus cosas I: los sonidos

Hace unas semanas pregunté en Twitter por las cosas más especiales de la lengua española. Lo hice buscando inspiración para el trabajo, pero la abrumadora acogida del tuit me ha servido también de inspiración para retomar un poco el blog: gracias a todos los que contestasteis, pues me estáis haciendo pensar y aprender mucho. Así que con esta entrada inauguro una serie sobre las características que hacen (o no) especial al español y empezamos con… *redoble de tambor* ¡los sonidos!

El tuit original. Hay que especificar las cosas, que luego…

Uno de los rasgos más mencionados en las respuestas fue el hecho de que el español “solo” tiene cinco vocales:

El motivo de la sorpresa es evidente: casi todas las lenguas de nuestro alrededor tienen más vocales: seis el árabe; siete el gallego, el italiano y el catalán (pero ocho en algunas variedades), alrededor de doce el inglés, unas trece el alemán, entre catorce y diecieseis el portugués, unas quince el francés… Salvo el euskera, que tiene las mismas cinco que el español, parece que todos nuestros vecinos nos ganan y la mayoría, lo hacen por goleada. Eso explica, entre otras cosas, lo mucho que nos cuesta pronunciar y distinguir correctamente esas lenguas, claro está…

Pero, ¿cómo de especial es tener solo cinco vocales? Pues, si tomamos una muestra algo más amplia que nuestros vecinos… muy poco. Aproximadamente la mitad de las lenguas del mundo tienen entre cinco o seis vocales, es decir, como el español, el euskera y el árabe. En la muestra de 564 lenguas del WALS (World Atlas of Language Structures), 287 (un 50,1 %) se comportan así, es decir, tienen un sistema vocálico “mediano”. El 16,5 % (93 lenguas) tiene uno pequeño (entre dos y cuatro vocales) y el 32,6 % (184), uno grande (entre siete y catorce). En el siguiente mapa podéis ver la distribución de esas lenguas:

Sistemas vocálicos en el mundo

Sistemas vocálicos en el mundo (fuente: WALS)

Se oye a veces la idea de que cinco vocales es la cantidad perfecta de vocales. Esta idea es, hablando en plata, una soberana tontería, por la simple razón de que la “cantidad perfecta de vocales” es una soberana tontería de concepto. Gregorio Salvador, un académico de ideología lingüística profundamente rancia, sostuvo que “buena parte del éxito del castellano hay que atribuírselo a sus cinco vocales netamente diferenciadas, el sistema vocálico más perfecto de los posibles, sin vocales mixtas ni intermedias, sin sensibles diferencias en su intensidad” (Fuente). Incluso si no negáramos la mayor, un sistema con 3 vocales, la /a/, la /i/ y la /u/ sería todavía más perfecto, pues no estaría aquejado de las terribles vocales intermedias /e/ y /o/. Pero aunque la idea es una tontería, no le faltan adeptos y se la he oído a un embajador en un acto conmemorativo por el cuarto centenario del Quijote. Admito haberme puesto un poco bizca.

La expansión del castellano (que supongo que es a lo que se refiere Salvador cuando dice “éxito”) se debe meramente a avatares históricos y el número de vocales poco ha tenido que ver, como muestra el “éxito” del inglés (con muchas más vocales) o el hecho de que la mayoría de las lenguas del mundo tengan un número de vocales parecido al español: ¿qué ventaja supondría entonces adoptar el castellano?

Por último, no debemos olvidar que el español no es igual en todos sitios y que, en Andalucía Oriental la aspiración de la /s/ está generando un sistema con diez vocales, al incorporar la distinción entre vocales abiertas y cerradas, que permitiría diferenciar, por ejemplo, algunos plurales:

En este vídeo ponen algunos ejemplos: (disclaimer: no suscribo todo lo que se dice en el vídeo sobre otras cosas).

Cambiemos un poco de tema, porque hay varias consonantes que nos resultan también sorprendentes. Uno de ellos es la vibrante múltiple: la doble erre /r/.  

¿Y cómo de raro es este sonido en los sistemas fonológicos del mundo? Pues tampoco tanto: un 38 % (815/2155) lo contienen, según la base de datos PHOIBLE, que recoge 2155 sistemas fonológicos de 1672 lenguas. En este mapa se recogen las lenguas que lo contienen:

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La vibrante múltiple en las lenguas del mundo (fuente: PHOIBLE) (En estos mapas los símbolos representan familias lingüísticas)

¿Por qué nos parece tan raro entonces? Pues seguramente por dos motivos: 1) muchas lenguas de nuestro entorno no lo tienen (de hecho, muchas lenguas europeas lo remplazaron o están remplazando por la “erre francesa” /ʁ/) y en español se escribe con un dígrafo (dos letras), lo que siempre da un toque de exotismo. Pero de grafías ya hablaremos otro día.

Sospecho que los motivos por los que la nasal palatal (la eñe /ɲ/) nos parece exótica también tienen que ver con la grafía, ya que este sonido sí lo tienen muchas lenguas de nuestro entorno. Lo que ocurre es que lo escriben distinto: <nh> el portugués, <ny> el catalán, <gn> el francés…

Y, de hecho, es un sonido muy común en las lenguas del mundo: aparece en un 49 % (1064/2155) de los sistemas fonológicos recogidos en la base de datos PHOIBLE:

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La nasal palatal en las lenguas del mundo (fuente PHOIBLE)

Otro dígrafo que nos sorprende es la lateral palatal: la elle /ʎ/.

Esta vez nuestra sorpresa está muy fundada, pues este sonido solo aparece en el 5 % (99/2155) de los sistemas contenidos en PHOIBLE:

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La lateral palatal en las lenguas del mundo (fuente PHOIBLE)

Pero parece que uno de los motivos por los que somos conscientes de la rareza de este sonido es, precisamente, que en muchas regiones se está perdiendo a favor de la aproximante palatal /j/ que solemos representar con la <y> (ye o y griega, ya tú sabeh). Este es un sonido mucho más común y aparece en el 88 % (1901/2155) de los sistemas fonológicos recogidos en PHOIBLE. Pero ¡tranquilidad!: existen todavía países y zonas, especialmente bilingües (Paraguay, Bolivia, Cataluña), en las que nuestra /ʎ/ se mantiene sin problemas.

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La aproximante palatal en las lenguas del mundo (fuente PHOIBLE)

Lo mismo le ocurre a otro de los fonemas más raros que tenemos, aunque nadie lo mencionara en sus respuestas: la fricativa interdental (que representamos con la zeta o la ce): /θ/. Solo aparece en un 4 % (87/2155) de los sistemas recogidos en PHOIBLE y solo se mantiene en una pequeña zona del territorio hispanohablante: en España (aunque no en algunas variedades meridionales), pero con plena vitalidad.

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La fricativa interdental en las lenguas del mundo (fuente PHOIBLE)

Me parece apasionante intentar comprender nuestras percepciones sobre la lengua. Lo que nos parece raro muchas veces no lo es y los motivos por lo que algunas características nos parecen más sorprendentes son muy interesantes: por un lado, nuestra exposición a la diversidad lingüística es muy limitada (y no puede ser de otra manera: hay alrededor de 7000 lenguas en el mundo y, para más inri, las lenguas europeas son bastante uniformes en muchos aspectos, lo que nos hace subestimar las posibilidades de variación). Por otro lado, la enorme importancia que le damos a la escritura parece tener una importancia fundamental: si la grafía nos parece peculiar, enseguida lo trasladamos a aquello que representa.

Me voy ande haiga falta pa yo encuestar: Canarias 2018

Las crónicas de las campañas COSER en las que tengo la suerte de participar ya son un clásico de este blog y la campaña Canarias 2018 no iba a ser una excepción. El día 2 de marzo, un grupo grandito de dialectólogos, compuesto por alumnos, doctorandos y profesoras de las universidades de Gante, Lausana y la Autónoma de Madrid y comandados por Miriam Bouzouita, Mónica Castillo Lluch e Inés Fernández Ordóñez los plantemos en Fuerteventura, listos para entrevistar a gente rural y de edán avanzada. Al día siguiente peguemos a encuestar, grabadora, cámara y bloc de notas en mano y, dispués de que los cochitos nuestros cubrieran todos los pueblos de la isla en un día y medio, tomemos el ferry pa dir a Lanzarote y entrevistar la isla toda. Durante cuatro días, los siete u ocho coches imos ahí bajo y allí riba, entrevistando aquín y allín, aprendiendo que en las islas basta un camello para arar lo que en la península necesita lo menos dos machos; que es el estómago del baifo lo que sirve para cuajar ese delicioso queso majorero; que a la mar uno se día a pulpiar; que habían personas que tenían un don y podían curar de madre con sus manos, es más: entoavía las hay y las puede una entrevistar… Como ven, cosas bastantes. Lo más que me interesó fue la estrategia para cultivar las viñas en Lanzarote, sembrándolas en su terreno arcilloso y cubriéndolas luego con su picón volcánico, que ayuda a conservar la humedad y evitar que la evaporación cause que se pierda l’agua, un bien precioso.

Veces encuentras al informante más rápido, veces tardas mas, pero los canarios siempre suelen de estar encantados de atenderte. Además, en las islas hay calor, algo que hemos echado últimamente de menos por Europa central, y no te dan sino comida deliciosa. Yo nunca hubiera tomado tanto mojo (ni hablado tanto del gofio). Asina da gusto.

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Miren pa’l afoto de grupo.

En conclusión, lo hamos pasao bienísimo. Hay quien crea que para ser feliz no hace falta más nada y yo… creo que volvamos.

La lengua como arma

Quizá no sepa usted catalán. Pero quizá haya ido usted alguna vez a Cataluña y haya tenido la impresión de que le hablaban en catalán para fastidiar, a sabiendas perfectamente de que usted ni habla ni entiende catalán.

Quizá sea usted español pero su lengua materna no sea el castellano, sino otra de las lenguas nacionales. Y quizá haya sentido usted alguna vez que España trata peor a su lengua que al español.

Quizá esté usted muy enfadado por alguna de estas dos cosas. Me gustaría decirle que, si es así, este post va a cambiar su opinión, pero la verdad es que lo dudo. A estas alturas del partido, seguramente usted se sienta muy cómodo en su enfado constante y poco tengo yo que hacer ahí. Pero sí puedo intentar hablar un poco de cuánta razón tiene si se ha sentido usted identificado con alguna de las situaciones anteriores.

Empecemos con el empeño de los catalanes por hablar en catalán. Por supuesto, usted está totalmente de acuerdo en que es natural que alguien prefiera hablar su lengua materna, que es la que ha aprendido en casa, la que usa con su familia y sus amigos y, por tanto, la lengua en la que está más cómodo. Esto es obvio. Pero usted también sabe que a la mayoría de los catalanes no les cuesta hablar en español. Lo dominan perfectamente, porque tienen la suerte de ser bilingües. ¿Por qué entonces ese emperramiento en usar el catalán con los de fuera, que no lo entendemos? Porque usted ha estado en Barcelona, ha entrado en una tienda, ha dicho algo en español y le han contestado en catalán. ¿Necesitamos más prueba que esa de mala fe lingüística?

Pues lo cierto es que sí. Resulta que las posibilidades comunicativas de los hablantes plurilingües son mayores que las de los monolingües. Un ejemplo es el code-switching (cambio de código), ¿recuerdan el espanglish? En EE.UU. es habitual que los latinos cambien entre español e inglés en la misma conversación o incluso en la misma frase, simplemente porque… pueden. Es divertido, es cómodo y funciona: son todo ventajas. Esta posibilidad se relaciona con otra: la de que un interlocutor hable en una lengua y el otro en la otra, sin que ninguno cambie de código. Esto es común en Suiza, por ejemplo, donde muchos inmigrantes no hablan, pero sí entienden, el suizo-alemán y hablan, en cambio, alemán estándar: es perfectamente habitual escuchar una conversación mitad en suizo-alemán, mitad en alemán estándar. ¿Significa esto que los suizos no quieran hablar alemán estándar? Por un lado, sí: puesto que no es su lengua materna, están más cómodos con el alemán suizo. Por otro lado, no, pues no tienen ningún problema en cambiar al alemán estándar cuando descubren que el interlocutor no entiende el suizo-alemán. Lo que ocurre es que ese descubrimiento no se produce por arte de magia, porque para los suizos estas conversaciones en dos lenguas son totalmente normales. La situación de la Suiza germanófona es comparable en este sentido a la de Cataluña, donde una conversaciones en las dos lenguas puede ser perfectamente natural. No lo es para el monolingüe que llega de visita, que puede por eso malinterpretar la situación. Pero el malentendido se soluciona tan fácilmente como decir “Sorry, aber ich spreche kein Schweizerdeutsch” o “Perdona, pero es que no sé catalán”. Los catalanes no le están hablando en catalán para ponerle trabas ni porque le desprecian profundamente. Le están hablando en catalán porque es lo que es más natural para ellos. Diga las palabras mágicas y póngase a charrar.

Vamos ahora con la sistemática opresión que realiza el Estado Español (¿esto se escribe con mayúsculas?*) sobre todas las lenguas que no sean la del imperio. Porque, a ver, ¿a santo de qué el español tiene un papel prominente en la constitución española? ¿Es mejor el español que las otras lenguas españolas? ¿No podríamos tener una situación como la belga o la suiza, que son países multilingües básicamente porque unen regiones monolingües? ¿No será que hay mucho imperialismo español? Veamos. Cuando se promulga la constitución española, en 1978, la realidad es que solo una minoría de los españoles son monolingües en una lengua que no sea el español. ¡Claro! ¡Porque Franco! La política lingüística franquista empeoró, indudablemente, la situación de las lenguas minoritarias de España, pero la expansión del castellano es mucho anterior y va de la mano de la expansión del Reino de Castilla. Desde la perspectiva moderna, esta expansión nos puede parecer injusta, imperialista o destructiva, pero lo cierto es que es un hecho y es nuestro punto de partida. Y la CE del 78, recién salida España de una política lingüística intransigente y dictatorial, sienta las bases para una política lingüística significativamente más progresista que las de los países vecinos, algunos de ellos hitos históricos de la democracia, como Francia. Y los resultados están a la vista. Los esfuerzos de revitalización lingüística en España son mucho más exitosos que los de Francia (que casi ni lo intenta, para qué nos vamos a engañar), como resulta evidente de la comparación entre la situación del catalán y el vasco a ambos lados de la frontera. La encuesta sociolingüística vasca del 2013, por ejemplo, muestra que, mientras el dominio y uso del euskera crece en las zonas vascófonas de España, sigue descendiendo en Francia. Y lo mismito se desprende de este informe del la situación del catalán en Francia del Institut de Socioligüística Catalana. Francia no es el único ejemplo que deja a España en buen lugar: la situación del catalán en Italia (en el Alguer, en Cerdeña) es muy precaria y la política lingüística italiana está mucho más retrasada que la española, a pesar de que nos saquen algunos años de ventaja democrática. Y ya hablamos una vez de que la política lingüística suiza no es especialmente protectora con sus lenguas históricas.

¿Es España un país especialmente imperialista en cuanto a sus políticas lingüísticas? En absoluto, más bien al contrario. Para lo joven que es nuestra democracia, yo creo que podemos estar orgullosos. ¿Es el bilingüismo una forma de opresión? ¿No es una injusticia que se pueda vivir siendo monolingüe en castellano, pero no siendo monolingüe en catalán? No sé si es una injusticia, la verdad, pues aquí ese es un concepto algo subjetivo (que implica que ser monolingüe es mejor que ser multilingüe, para empezar). El hecho es que la grandísima mayoría de los seres humanos son multilingües, puesto que la grandísima mayoría de las lenguas habladas en el mundo son lenguas pequeñas, habladas por comunidades pequeñas. No tiene nada de malo y lo que deben hacer los estados modernos es tener políticas lingüísticas respetuosas. ¿Son las políticas lingüísticas españolas perfectas? Por supuesto que no. Igual que no hay democracia perfecta, no hay política lingüística perfecta (entre otras cosas, porque nunca llueve a gusto de todos). En España, igual que en todos sitios, hay margen de mejora.

Permítanme que dude, sin embargo, que vayamos a mejorar algo utilizando constantemente nuestras lenguas como armas políticas, mintiendo sobre ellas y alimentando todo tipo de leyendas negras. Pero, claro, se está muy a gusto enfadado. Si yo lo entiendo, que a los enfadados los miman más.

 

*No, no se escribe con mayúsculas. Se escribe “Estado español”, ¡gracias, Mariuski!

Yo también quiero escribir sobre lo de “iros”

“¿Para qué sirve la norma?”, “¿Qué criterios sigue la RAE para tomar estas decisiones que nos parten el corazón?” se preguntan angustiados muchos españoles tras las terribles declaraciones de Pérez Reverte. Como sabrán, salvo que vivan en Babia, el académico más dicharachero informó con un tuit de que la RAE ha decidido dejar de considerar la forma iros como un imperativo incorrecto del verbo ir. La forma idos, que usaban cuatros gatos muy esforzados, tendrá compañía en el estante en el que se guardan los imperativos que tienen el beneplácito de la RAE. (A idos le gusta esto.)

No voy a volver a hablar del cambio lingüístico, del uso, de que la lengua la hacen los hablantes, del papel de la RAE. Lo he hecho ya mil veces. Y, sobre este caso, lo han hecho ya muchos otros, mejor que yo: aquí, aquí, aquí, aquí… Voy a hablar, simple y llanamente, de esas dos preguntas con las que abro.

¿Para qué sirve la norma? Esta es la típica pregunta que, si fuera yo de enrollarme (se escuchan risas nerviosas), me llevaría 25 días de explicación, quizá solo de introducción. Pero voy a intentar ser breve. Normas lingüísticas hay muchas. Dentro de una comunidad lingüística existen muchos grupos que se guían por normas distintas: los mexicanos hablan diferente que los argentinos, las clases altas hablan distinto que las bajas, los jóvenes no hablan como los viejos… Además, las normas no son las mismas en todas las situaciones: con nuestros amigos hablamos diferente que con nuestros profesores, en la consulta del médico no hablamos como en el supermercado. Un hablante, por lo tanto, es capaz de manejar varias normas y todas estarán determinadas por el grupo social al que pertenece. Este concepto de norma se refiere a “lo que es normal, lo que es habitual” y es el concepto coseriano de norma. Todas las lenguas tienen estas normas y todas tienen varias y los hablantes conocerán una cantidad mayor o menor de ellas dependiendo de su contexto (social, geográfico, individual…). Estas normas sirven para identificar a miembros de distintos grupos, por ejemplo. Y se paga un precio social alto por no seguirlas, por cierto, como ha estudiado bien la sociolingüística.

Pero también está La Norma, así, que nos suena con mayúsculas, porque es esa que (creemos que) está por encima de todas las demás y que, para el español, emana de las distintas academias (aunque sobre todo de la RAE). Esta norma es distinta a la norma en sentido coseriano: no surge solita de las prácticas lingüísticas de los hablantes, sino que existen una o más instituciones que la regulan. Esta norma tiene una utilidad muy concreta: pretende ser la norma que regula el uso culto. Es decir, pretende fijar las (o, mejor dicho, algunas) convenciones lingüísticas que deben usarse en determinados contextos elevados, especialmente aunque no exclusivamente, en la escritura. Esa es la función de La Norma. Puesto que está aceptado socialmente que es la que debe usarse en dichos registros, que además son los necesarios para subir en la escala social, esta norma debe enseñarse en el colegio, para que todos tengamos acceso a ella y a los beneficios sociales que comporta el conocerla. El porqué no se enseña además de dónde sale esta norma y que existen otras y que es normal y todo eso que ya les he contado mil veces se me escapa, pero bueno.

A la otra pregunta. ¿Qué criterios informan La Norma? La Norma se ve informada por varias de las normas, en minúsculas. Concretamente las usadas por los hablantes considerados cultos. Tradicionalmente, desde la primera obra académicael Diccionario de Autoridades—, estos hablantes cultos han sido fundamentalmente los escritores. Esto significa varias cosas. Como los hablantes cultos pueden seguir distintas normas (por ser de distintas zonas, por ejemplo) y las instituciones reguladoras llevan un ritmo que no se corresponde con la evolución natural de la lengua, La Norma es una amalgama de convenciones lingüísticas de distintas variedades y, por tanto, no es una variedad lingüística natural, sino artificial: nadie habla español estándar como lengua materna. NADIE. El esperanto tiene más hablantes nativos que el español estándar. Flipa.

Por otro lado, esto significa que La Norma también cambia. La Norma cambia porque lo hacen las normas, que son las que la informan. La Norma cambia más despacio en un sentido y más rápido en otro: más despacio porque lleva retraso respecto a los avances de las normas y más deprisa porque cambia abruptamente. Lo que un día no era normativo lo es al día siguiente. Así estamos todos de estresados. Ojo: la Norma no cambia solo ahora en el siglo XXI porque de repente en la RAE son unos modernos que hasta aceptan mujeres, dónde se ha visto esto. La Norma ha cambiado desde siempre. Por el amor de Dios, si la RAE a finales del XVIII era leísta extrema (como eran muchos escritores de la corte, castellanos o no) y decía estas cosas:

RAE leísta

(RAE, Gramática de la lengua castellana, 4ª ed., 1796)

La RAE, por lo tanto, toma sus decisiones consultando los usos de los hablantes cultos (aunque se haya atrevido a enmendarle la plana a Cervantes), para lo cual tiene una base de datos amplia de textos (sobre todo literarios y periodísticos). Si estos usos cambian, la norma también puede llegar a cambiar. Digo “puede llegar” porque, que yo sepa, la RAE no tiene un protocolo que regule qué cosas deben comprobarse y cada cuánto tiempo y, sobre todo, porque las decisiones finales dependen de votaciones en plenos con gente tan cualificada como nuestro querido Arturito alias El Último Macho Ibérico. Pero el que la RAE se base en estos datos es lo que explica que hayan decidido dar el visto bueno al imperativo iros, pero no a marcharos o traeros, por ejemplo: el primero es mucho más frecuente en los textos. Esto ya lo dice la RAE aquí y lo he comprobado yo en un pequeño corpus de tuits también, que muestra que no solo las “autoridades” hacen esa diferencia, sino que se cumple para todos los hablantes.

En el siguiente gráfico se ven las frecuencias absolutas entre las formas estándar de los imperativos de ir (idos), de algunos verbos de la primera conjugación (callaos, compraos, imaginaos, miraos, amaos, dejaos, marchaos, daos) y de algunos de la segunda (traeos, leeos, poneo, comeos) frente las formas no estándar respectivas (iros, callaros, compraros, imaginanos, miraros, amaros, dejaros, marcharos, daros, traeros, leeros, poneros, comeros). Son las formas extraídas de buscar en un corpus de 4 096 033 tuits y no incluyen las formas de los verbos de la tercera conjugación por un problema técnico (con las tildes…, dramático). El gráfico muestra con cierta claridad que, mientras que la forma estándar de ir apenas es utilizada por ningún usuario, las formas normativas de los otros verbos son mucho más frecuentes en comparación (nótese que estos son datos de escritura, esperamos mayor incidencia de las formas no normativas en el habla espontánea). Como bonus, se adivina una diferencia interesante entre la primera y la segunda conjugación que tendremos que investigar con más datos.

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Ya me callo, pero antes quiero hacer una breve mención a la excepción dentro de este procedimiento académico: La Norma ortográfica. La ortografía no es lengua en el sentido que lo es la fonética, la morfología o la sintaxis: no es producto de la actividad natural de los hablantes (aunque los hablantes sí pueden crear y, de hecho crean, normas ortográficas propias). La ortografía es siempre artificial y por eso su codificación no responde a criterios de uso, por más que le pese a algún columnista. Las academias tratan de buscar un sistema óptimo que concilie dos tendencias: por un lado, seguir unas reglas transparentes para los hablantes y, por lo tanto, sencillas de cumplir y entender y, por otro, respetar la tradición etimológica (eso explica las haches mudas, las bes y las uves, o, bueno, algunas bes y algunas uves, que en algunos casos se liaron). El uso no guía la norma ortográfica. Si debería hacerlo o no es opinable, como todo, pero esto es lo que hay.

P.D.: Las mayúsculas usadas en esta entrada para La Norma no son normativas. ¿Cómo os quedáis? To locos, lo sé.

Siempre en medio

Hagamos una prueba. Llega la hora de acostarse y se va usted tan feliz a su cama, deseoso por fin de abrir un libro. Desdobla la página por la que iba y se pone a ello. Y llega al siguiente párrafo:

 Al llegar a este punto arrimó el taburete al fuego, se sentó en él y tomó posesión de la cocina. Al principio, la chica le extrañaba. Decía desabridamente: “Venga, ahueque”. O, si acaso: “Usted siempre en medio como los miércoles”

 Tras leer esto:

 a)     Pega usted un sobresalto.

b)    Sigue usted leyendo tan tranquilo.

 Si ha elegido usted la a), es una persona normal, como certifica la siguiente encuesta (realizada siguiendo todos los cánones científicos), que avala que el 70 % de la población considera que lo que está en medio es el jueves y no el miércoles. Es decir, sabe usted contar.

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Seguramente está usted ahora muy preocupado por ese 21 % de la población con evidentes problemas para averiguar cual es la mitad de 7. ¿Cómo se queda, por cierto, si le digo que el autor del libro que estaba usted leyendo era Miguel Delibes? Sí, amigo, Delibes, en La hoja roja. No sé usted, pero yo a Miguel Delibes (no así a mis congéneres tuiteros) le concedo el beneficio de la duda y le tengo que buscar una explicación convincente a este despropósito más allá de una ignorancia matemática galopante.

Lo cierto es, de hecho, que hubo una época en la que el miércoles estaba el medio. Aunque quizá “una época” no es el término adecuado: la semana litúrgica comienza en domingo y acaba en sábado (quizá alguna vez hayan metido la pata consultando una fecha en uno de esos calendarios que ponen el domingo lo primero). Ya les hablé una vez de la etimología de los días de la semana, que en general vienen de los nombres de cuerpos celestes (lunes – Luna, martes – Marte…, creo que se ve). Esto era una cosa de una paganidad muy grande, claro está, pues estos vienen a ser nombres de deidades romanas. Así que la Iglesia propuso en un momento dado (de la Antigüedad tardía, según la Wikipedia) cambiar estos nombres y simplemente numerar los días de la semana siguiendo la semana litúrgica, es decir, de domingo a sábado. La verdad es que le hicieron tirando a poco caso y solo el gallego-portugués conserva ese sistema entre las lenguas romances: en portugués el lunes es segunda-feira; el martes, terça-feira; el miércoles, quarta-feira; el jueves, quinta-feira, y el viernes…, sexta-feira, exacto. El alemán conserva un resto de este sistema al llamar al miércoles mittwoch (‘media semana’) y el islandés hace una mezcla entre días dedicados a cuerpos celestes (domingo: sunnudagur ‘día del sol’, lunes: mánudagur ‘día de la luna’), a actividades rutinarias (viernes: föstdagur ‘día de ayuno’, sábado: laugardagur ‘día de lavar’, ¡cuánta sabiduría!) y el sistema eclesiástico numerado (martes: þriðjudagur ‘tercer día’, miércoles: miðvikudagur ‘media semana’, jueves, fimmtudagur ‘quinto día’). Es más, aunque en gallego ahora conviven los dos sistemas, en este vídeo tan interesante (cortesía de Xurxo Diz) se ve que hasta principios del siglo pasado resistían uno o dos sistemas mixtos (que estaban por ahí desde la Edad Media), en los que alternaban los nombres paganos con el sistema numerado, del que se mantenían corta-feira (y variantes fonéticas), quinta-feira y sexta-feira, para miércoles, jueves y viernes respectivamente. Y otro pequeño resto que queda en asturiano, como me sopla Sara de Albornoz, es el uso de “sestaferia” para referirse al trabajo comunal, que solía hacerse los viernes.

La verdad es que no he encontrado ninguna prueba documental de nuestro dicho estar más en medio que X, así que no puedo mostraros que ambas formas alternaban y no puedo defender a ciencia cierta que Delibes usara una versión de la expresión que se ha quedado anticuada al dejar de concebir el domingo como el primer día de la semana. Lo que sí puedo atestiguar es que los diccionarios —académicos y no académicos— definen miércoles como el cuarto día de la semana hasta ¡1992!, donde mencionan por vez primera que es el tercero de la semana civil. La única excepción es el diccionario de Terreros, que ya en 1787 indica que es el “tercer día de labor de la semana”. A mí esto me vale para defender a Delibes.

Aaaaaaunque, lo cierto es que aquellos que se atrevieron a defender su pobreza de juicio al elegir miércoles en la encuesta no lo hicieron acudiendo al concepto de semana litúrgica, sino que están simplemente convencidos de que la lógica de la expresión viene de que “el fin de semana no se cuenta”. Qué quieren, los milenials somos así. Esto de otorgar una nueva lógica a algo que no se entiende (dando por hecho que el origen de estar en medio como el miércoles sea efectivamente la numeración litúrgica) se conoce técnicamente como reanálisis y es una cosa muy común, que explica formas como el amoto por la moto: en español hay tan poquitas palabras femeninas que acaban en –o que no hay nada más natural que, al oír Voy a subirme a la moto, entender Voy a subirme al amoto. O esta anécdota en inglés de Lard_Baron, que es una de las mejores historias del internet entero:

France is Bacon

Fuente: aquí

 

Traducción (con sus carencias):

Cuando era pequeño, mi padre me dijo “Knowledge is power, Francis Bacon” (‘El conocimiento es poder, Francis Bacon’).

Yo lo entendí como “Knowledge is power, France is bacon” (‘El conocimiento es poder, Francia es beicon’).

Durante más de una década me pregunté el significado de la segunda parte y cuál era la conexión surrealista entre ambas. Si le decía la cita a alguien, “Knowledge is power, France is bacon”, asentían al reconocerla. O alguien decía “Knowledge is power” y yo acababa la frase con “France is bacon” y no me miraban como si hubiera dicho algo muy raro, sino que mostraban pensativos su acuerdo. Le pregunté a un(a) profesor(a) qué significaba “Knowledge is power, France is bacon” y me llevé una explicación de diez minutos enteros sobre la parte de “Knowledge is power”, pero nada sobre “France is bacon”. Cuando pedí más explicaciones al preguntar “France is bacon?”, solo me llevé un “Sí”. Con doce años había perdido la confianza para seguir investigando. Simplemente lo acepté como algo que jamás entendería.

No vi la luz hasta años después, cuando lo vi por escrito.

*Actualización (10 de abril de 2017): A partir de esta historia, un montonazo de usuarios compartieron desternillantes casos de reanálisis morfológico en Twitter. Los he recopilado aquí y os puedo garantizar unas cuantas carcajadas: https://twitter.com/i/moments/850614204872744964*

Lingüística para juristas

Hace un mes, el repugnantísimo colectivo Hazte oír consideró aceptable sacar a las calles un autobús promocionando un mensaje igual de repugnante en contra de la transexualidad. El Ayuntamiento de Madrid estudió (no sé si lo hizo o no) si estos actos podían constituir un delito de odio. A raíz de eso y juntándolo con otra idea que me rondaba la cabeza desde hacía meses, con los numerosos juicios por contenido diseminado a través de Twitter, escribí esta entrada, que se quedó metida en un cuaderno hasta hace dos días, cuando la arranqué del cuaderno y la metí en el bolso, para dejar de olvidar postearla. (Sí, a veces escribo en papel. Sí, esta historia demuestra que es un atraso. Sí, seguiré llevando cuadernos en el bolso.) Ayer condenaron a una tuitera por hacer chistes sobre Carrero Blanco. Los delitos relacionados con la libertad de expresión están de actualidad, parece obvio. No pretendo opinar sobre el fondo legal de ninguno de estos temas. La libertad de expresión es uno de esos derechos fundamentales que puede chocar con los de los demás y cuya regulación es especialmente complicada. No me voy a referir a ningún juicio por “tuits” en concreto, ni estaba pensando en ninguno en concreto cuando escribí esta entrada. Sí me voy a referir en concreto al caso del autobús y no voy a dejar de decir lo asqueroso que me parece. Pero, en cualquier caso, son dos ejemplos que me van a servir para hablar de lo mío, que es la lingüística. Y hay nociones de lingüística que son relevantes en estos ejemplos.

Hablemos primero de los delitos “por escribir un tuit”. Desde 2015, el Código Penal español considera agravante de algunos delitos que restringen la libertad de expresión cuando “cometan mediante la difusión de servicios o contenidos accesibles al público a través de medios de comunicación, internet, o por medio de servicios de comunicaciones electrónicas o mediante el uso de tecnologías de la información”. La justificación de esto, entiendo, tendrá que ver con el hecho de que “las nuevas tecnologías” permiten una difusión mayor y más rápida de los contenidos que las “antiguas”. Es decir, puesto que los límites a la libertad de expresión limitan las expresiones públicas (enaltecer el terrorismo en la cocina de tu casa más solo que la una no es delito, aunque sea igual de lamentable que hacerlo en público), el grado de “publicidad” parece ser relevante.

Así, resulta interesante mencionar algo que han observado numerosos lingüistas, como es el hecho de que en las redes sociales la comunicación no acaba de ser ni totalmente pública ni totalmente privada. Si bien puede ser pública stricto sensu (si es accesible por todo el mundo), muchas veces esta no es la intención del que escribe, que tiene cierta sensación de intimidad, incluso en redes sociales esencialmente abiertas como Twitter. Esta sensación tiene un nombre técnico, extemidad, y es lo que explica que la gente exhiba sin tapujos las fotos de sus vacaciones, sus gatos, sus pies…, o que explique sin censura los pormenores más privados de sus rutinas. Lo habitual en estas redes sociales es que uno interaccione con un número de personas mucho más reducido que el de aquellos que efectivamente ven ese contenido, lo que ayuda a difuminar la sensación de que son manifestaciones muy públicas. Además, en las redes sociales se establecen relaciones con personas que no pertenecen a los círculos “no virtuales” de uno, por lo que son numerosos los momentos de la vida en que uno puede olvidarse de haber escrito algo o subido una foto, algo que otra vez difiere de otros actos públicos. Me costó comprender el concepto de dolo en esos cinco años en que de vez en cuando estudiaba derecho, pero juraría que esto tiene algo que ver. Y que, por ello mismo, debería tenerse en cuenta a la hora de añadir y aplicar agravantes alegremente.

Pasemos ahora al asunto del asqueroso, vomitivo y repugnante autobús. Pasear un autobús con propaganda por las calles de una ciudad es un acto de comunicación evidentemente pública, por lo que aquí no hay mucho que añadir. Sin embargo, leí a varios tuiteros que creían que, por muy desagradables que fueran las intenciones de los miserables de Hazte Oír, es imposible que este acto sea constitutivo de delito, porque el mensaje en sí no dice nada ilegal. No voy a transcribir el mensaje, porque, y quizá no lo he dejado suficientemente claro, me da mucho asco. La preocupación de estos tuiteros es que el eslogan del autobús no contiene un llamamiento explícito a la transfobia, sino que presenta como hechos algo que simplemente no es cierto. Y ser un ignorante no es delito.

Sin embargo, no es cierto que el mensaje en sí no codifique estos significados. Atribuir a un mensaje solamente el significado de la suma de sus palabras es un error de primero de Lingüística, que no tiene en cuenta el mecanismo por el que más significado codificamos: la pragmática. La pragmática es la disciplina que se ocupa del significado de las palabras y oraciones en su uso concreto, en contexto. La unidad básica de la pragmática, de hecho, es el enunciado, que puede ser más simple (¡María!) o más complejo que la oración (Por favor, está usted en medio). En el discurso, cuando hablamos o escribimos, nos valemos continuamente de inferencias para decir más de lo que la literalidad del mensaje sugiere.

En Por favor, está usted en medio, la literalidad del mensaje (informar a alguien de su ubicación precisa) es entre poco relevante y una idiotez. Por eso, este enunciado no es una declaración de información, sino una petición: la de apartarse y dejar de molestarme de una vez, so pesao, ocupar esa ubicación. La máxima de relevancia nos obliga a buscar más allá de la literalidad cuando la información explícita es irrelevante. Codificar significado por medio de inferencias es un mecanismo lingüístico empleado todo el tiempo por todos los hablantes, bien estudiado y que no se puede negar ante un juez. Lo deben saber los jueces, lo deben saber los abogados, lo deben saber los fiscales y, todavía más importante, lo deben saber los tuiteros. El mensaje del autobús explota la máxima de relevancia para negarle, a propósito y sin posibilidad de negarlo ante un tribunal, la existencia al colectivo trans. A un colectivo con un altísimo riesgo de suicidio. Hay que ser malnacido. Y, por cierto, si bien la inferencia de negar la existencia al colectivo trans está en el eslogan del autobús, viene reforzada por ser este una respuesta a una campaña cuyo mensaje sí merece la pena reproducir:

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Pampanitos verdes, hojas de limón

El Auto de los Reyes Magos, bautizada así por Menéndez Pidal —y no sin polémica—, es la primera obra teatral en castellano. A mí, fanática de la figura de sus majestades de Oriente, esto me parece un enorme aliciente para interesarme por la literatura medieval, interés potencial que fue cuidadosamente apagado por la decisión de algún profesor de hacerme leer los Milagros de Nuestra Señora con unos ¿14? años. Porque vaya tomazo, Gonzalito[1]. Vaya tomazo.

El Auto es, además, un texto lleno de misterio. Solo se conserva una copia, en un códice conservado en la catedral de Toledo, por lo que suponemos (suponen) que es en esta donde se representó. Está copiado en el espacio que sobraba en el envés de uno de los folios del códice y en el haz del siguiente. Por supuesto, está escrito todo seguido: es decir, no está ordenado en versos ni, mucho menos, en parlamentos de los distintos reyes: también fue Menéndez Pidal quien atribuyó a cada rey su parte.

El códice es del s. xii y el Auto se considera de finales de este siglo o de principios del xiii. No conocemos autor y la propia pregunta de cuál es el original es problemática, puesto que, al tratarse de una representación, este podría no ser un único texto escrito. La cuestión de original y copia es fundamental para la historia de la lengua, puesto que una copia siempre puede presentar errores de transmisión (¿quién no se ha liado copiando apuntes?) o variantes de lengua (¿quién no ha corregido alguna faltilla de ortografía o cambiado un poco el estilo copiando apuntes?). Una copia puede incluso estar escrita en un dialecto distinto del original, como es el caso del Libro de Alexandre, del cual tenemos un manuscrito claramente aragonés y otro claramente leonés. La pregunta está servida: ¿qué narices hablaría el autor?

El Auto ha planteado un problema parecido, a vuelta, para más inri, de unas rimas. La gran mayoría del Auto está escrito en pareados con rima consonante, como estos:

5 Nacido es el Criador,

6 que es de las gentes señor.

7 No es verdad; non sé qué digo.

8 Todo esto non vale uno figo.

 Sin embargo, existen cuatro pareados en los que la rima, más que consonante, es… curiosa. Que riman regular, vamos. Por ello, se han considerado variantes de lengua achacables al copista, con la suposición de que en la lengua del autor sí debían rimar. Son estas de aquí:

 15 Nacido es Dios, por ver, de fembra

16 en aquest mes de december.

38 bien lo veo sines escarno

39 que uno omne es nacido de carne,

40 que es señor de todo el mundo,

41 así cuemo el cielo es redondo;

117 Venga mió mayordo

118 que mios averes toma.

Hay dos cosas aquí que parecen muy claramente errores textuales y no tienen que ver con la rima: por un lado, ese december del verso 16 debe ser decembre, mientras que falta algo al final del verso 117: teniendo en cuenta las formas documentadas hasta ese momento solo podríamos reconstruir mayordome, pero eso tampoco rima con toma.

Entre los expertos hay dos posturas principales entre las que tratan de explicar estas rimas anómalas postulando un autor no castellano. La más conocida es la de Rafael Lapesa, que consideró que estas anomalías encajaban con un autor de origen catalán, gascón u occitano (franco, vamos). Lapesa dice que las rimas fembra:decembre y mayordome:toma se justifican si en la lengua del autor las vocales finales –a y –e suenan igual, como también la rima escarno:carne es perfecta si en la lengua del autor estas formas presentan apócope de la vocal final: escarn:carn riman perfectamente. La última, la rima de mundo:redondo se explicaría por la forma mon del catalán u occitano, con la que las vocales de estas dos palabras sí son las mismas.

Josep Maria Solà-Solé, sin embargo, propuso que el autor debía ser mozárabe. Para justificar esta teoría no recurre solo a las rimas, sino a grafías encontradas en el Auto como timpo, quin, facinda, quiro, pusto o morto por tiempo, quien, facienda, quiero, puesto o muerto. Si bien la mayor parte de los autores están de acuerdo en que estas grafías reflejan en realidad los diptongos romances (como ocurre en muchos otros textos: hay que tener en cuenta que estos diptongos no existían en latín, por lo que no era fácil representarlos), para Solà-Solé son un indicio de que el autor tenía un sistema de tres vocales, a causa, claro está, de la influencia del árabe. Rimas como decembre:fembra, mundo:redondo o mayordome:toma serían así aceptables en este sistema de tres vocales, pues estas tres tendrían un mayor “margen de dispersión” y permitirían la rima de estos sonidos, que a un castellano le sonaban distintos.

La rima puede ser un instrumento poderoso para entender mejor estadios pasados de la lengua: por ejemplo, gracias a ella podemos estar seguros de que algunos posesivos medievales podían ser tanto bisílabos (mío, mía) como monosílabos (mió, miá). Esto podrá parecer una tontería, pero la existencia de las dos formas es crucial para una de las teorías más recientes sobre la evolución de estas partículas desde el latín hasta la actualidad.

En el caso del Auto de los Reyes Magos, sin embargo, es probable que la mejor solución sea la prudencia. Así lo aconseja, más recientemente, Pedro Sánchez Prieto, que hace un buen repaso tanto de la rima del Auto como de la métrica latina y romance medieval, llegando a la conclusión de que estas rimas no son tan anómalas como parecen: ni todas las rimas del Auto son consonantes, ni las “casi rimas” de estos cuatro pareados son tan sorprendentes dentro del concepto de rima medieval. No en vano comienza el Auto con Gaspar exclamando, sí, pero rimando solo flojito:

¡Dios criador, cuál maravilla!

No sé cuál es aquella estrella.

Sea como fuere, el Auto de los Reyes Magos está lleno de misterios que quizá nunca lleguen a ser resueltos. No vendría mal un poquito de magia, como la que sus Majestades van a hacer esta noche. Y, para entrar en materia, ¿qué mejor manera que leer el Auto? Lo tienen aquí, a partir de la página 62. ¡Feliz noche de reyes!

 

[1] Berceo.

Efemérides

Hace exactamente un año defendí mi tesis doctoral, un tremendo tomazo titulado “Las construcciones con se desde una perspectiva variacionista y dialectal”.

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El tomazo

Después de 6 años de trabajo de campo, transcripciones, lecturas, agobios y encierros para escribir, no voy a mentiros: la defensa fue un momentazo. No solo porque por fin se acababa y porque por fin disfrutaba del colofón de tanto trabajo (sí, efectivamente, hablar 3 horas y media sin parar de mi investigación, mi tesis, mi trabajo, mis hipótesis, yo, yo, yo, qué pasa, el doctorado es muy duro), sino, sobre todo, porque no pude estar mejor rodeada. Mis directores, el tribunal, antiguos profesores, compañeros, amigos y mi familia prácticamente al completo aguantaron como unos jabatos el equivalente a una película de El señor de los anillos en la que el anillo único es un verbo reflexivo tipo pagarse unas cañas y nunca podré llegar a explicar bien la ilusión que me hizo (y me sigue haciendo).

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Al empezar no era de noche…

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Aquí a lo mejor ya sí. A lo mejor

Pensando en todos aquellos asistentes cuyas nociones de lingüística venían mayoritariamente de este blog (y porque me tienen mucho cariño), hice una versión de las diapositivas que usé en la defensa para no filólogos. Mi plan era ponerlas en el blog poco después de la defensa, pero —ya me vais conociendo— el plan tuvo que cambiar a ponerlas justo un año después, que evidentemente mola mucho más y no tiene nada que ver con ser yo una vaga desorganizada. Así que… aquí van.

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Resumen del tomazo en 32 diapositivas, aquí.

De posdata, mucho ánimo para aquellos que estáis ahora mismo en medio de la tesis. Al final se acaba y el disfrute es máximo. Palabrita de doctora aún exultante.