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Desde Hegoalde, por los pelos

El año pasado, en el congreso de la Societas Linguistica Europaea en Vilna, conocí a un profesor que trabajaba en el departamento de política lingüística del País Vasco (cuyo nombre he olvidado totalmente). Recuerdo que, hablando sobre la frecuencia de uso del vasco, mencionó que los jóvenes, incluso los estudiantes del modelo D (en el que la lengua vehicular es el vasco), dejaban de hablar el idioma al llegar a la adolescencia y que incluso consideraban que no lo hablaban bien.
Curiosamente, la semana pasada, en ese mismo congreso, esta vez celebrado en Logroño, oí una charla sobre la situación lingüística de Taiwán. Al parecer, a pesar de que Taiwán ya no forma parte de la República Popular de China, los jóvenes taiwaneses apenas utilizan el min del sur o taiwanés, la lengua materna de sus padres y sus abuelos, y prefieren mayoritariamente hablar en mandarín. A las preguntas de los dos profesores que dieron la charla (Johan Gijsen y Liu Yu-Chang), contestaban que no dominan bien el min del sur.
En mi humilde opinión, cuando un grupo de personas dejan de hacer algo cuando llegan a la adolescencia es porque a ese algo le falta un poco de carisma, de sex-appeal, que no mola, ni chola, ni nada.
Ahora mismito estoy en Fuenterrabía / Hondarribia, provincia de Guipúzcoa. Hoy he hecho dos entrevistas a dos personas que viven en el pueblo, para mi tesis. Ambas bilingües. Acabada la entrevista (que es un cuestionario visual para obtener verbos reflexivos y, por lo tanto, no viene al caso), una de ellas me ha contado cómo de pequeños les enseñaban el español a reglazo limpio y que, por eso mismo, su habla no es muy diferente de la de Madrid. Ha hablado de cómo hay lenguas que, por motivos políticos o económicos, adquieren más poder que otras, con la clara sensación de que era inevitable. Hace tres días, en el congreso del que os hablaba, Orreaga Ibarra, profesora de la universidad de Navarra me contaba, preocupada, que los jóvenes vascoparlantes mezclan español y vasco continuamente, apenas sin darse cuenta.
Sin embargo yo, paseando por aquí, he visto madres hablando con sus hijos en vasco. He visto adolescentes cotilleando (supongo) en vasco. He visto novios diciéndose ñoñerías (supongo) en vasco. He visto matrimonios de diversas edades conversando en vasco. He visto hasta un ciclista dándole instrucciones a su perro en vasco. Y también he visto todo esto ocurriendo en español. También he visto adolescentes hablando indistintamente en vasco y en español, prácticamente una frase en cada lengua. Y una conversación en la que una persona hablaba en vasco y la otra respondía en español. A mí me ha dado la impresión de que existe un bilingüismo absoluto.
Lo que se me viene a la mente es que los responsables de la política lingüística del País Vasco deberían hablar con los adolescentes de, por ejemplo, Fuenterrabía y tratar de saber por qué no abandonan ellos el uso del vasco. Si alguien puede hacer que los adolescentes cambien de opinión, son otros adolescentes. Si los de Irún creen que hablar vasco no es lo suficientemente guay, a lo mejor los de Fuenterrabía les convencen de que sí. Porque, por cierto, es bastante guay. Y si lo mezclan con el español…, pues que lo mezclen. En Paraguay tienen probablemente el mayor grado de bilingüismo de cualquier país hispanohablante y además del guaraní y el español tienen el yopará: la mezcla de ambos.

Sueños y/o tonterías

No sé si se habrán enterado ustedes, pero se está montando un pollo (otra vez) con el catalán y el español (o castellano en político correcto oficial). Yo me he enterado poco, así por encima, no les voy a engañar. Después de vacaciones es que vengo con muy pocas ganas de reencontrarme al politiqueo…
Lo malo es que me he sentido un poco obligada a comentar el asunto, porque claro, le viene pintiparado a este blog… Así que he dicho, venga, pues me pongo, algo breve, y a dormir.
Parece ser que el problema radica en que el Tribual Superior de Justicia de Cataluña ha dictaminado que el castellano (español de toda la vida) debe ser lengua vehicular (junto con el catalán) en la enseñanza en Cataluña. Ya se imaginarán ustedes el revuelo, como si no fuera esperable, teniendo la Constitución que tenemos. Claro que como está en obras…
Y a mí es que, miren, me indigna. Y me indigna por un montón de razones. La primera es la manipulación política brutal que se lleva a cabo en este país con la cuestión de la diversidad lingüística. Porque en este país (España) todo, absolutamente todo, tiene que ser de derechas o de izquierdas. No les digo más, yo tengo la impresión (a ver si me la pueden confirmar) de que llevar bermudas es más de derechas, mientras que llevar pantalones cortos es más de izquierdas. Y esto tiene una consecuencia pequeña, minúscula, que ni se nota: la gente ya no tiene que pensar. ¿Para qué, si con elegir un lado piensan por nosotros? “Yo…, de izquierdas.” Pues mira, no te puedes poner jerseys atados al cuello, eres pro-aborto y haces lo que quieran los nacionalistas, porque eso se llama respetar todas las culturas. “Y tú, ¿qué?, ¿de derechas?” Ni se te ocurra ponerte un piercing en la nariz, el aborto ni en pintura y aquí la única lengua digna de llamarse lengua y no dialecto de pacotilla es el español, ¿te has enterado? Si decides objetar, puedes hacerte nacionalista. Eso mola más, porque en general pides y recibes mucha pasta, digas lo que digas. Eso sí, te tiene que gustar meter cizaña.
A lo que iba, que me indigna. Porque al final aquí nadie se preocupa de la salud de las lenguas ni de la educación de sus hijos y además a mí me da la impresión de que estos políticos juegan muy mal sus cartas, consiguiendo que tanta gente les odie. Porque digo yo, ¿y si en vez de hacer políticas lingüísticas basadas en la destrucción de la otra lengua, hiciéramos políticas lingüísticas de amor, solidaridad y trilingüismo? Alguno me dirá que no va a ser fácil, teniendo en cuenta que CiU, en el reformazo, quería colarnos una reducción de la solidaridad entre comunidades…
Y me indigna también porque muchos españoles, muchos muchos, no hemos tenido la suerte de nacer en una región bilingüe. Somos monolingües de nacimiento y cuando adquirimos otras lenguas, nos cuesta buenas dosis de sudor. Y encima nos toca ver cómo, a los españoles que sí han tenido esa suerte, sus queridos y desinteresados políticos intentan arrebatársela.
Así que me voy a poner idealista y a pedir peras al olmo (osease, sentido común a los políticos): empiecen a hacer publicidad de las lenguas igual que la hacen de las comunidades. Es imprescindible lavar la imagen de las lenguas regionales, o como sea que se llamen en político correcto oficial, a ojos de todos los (españoles) que no las hablamos. Porque, señores nacionalistas, les están haciendo un flaco favor a sus lenguas, consiguiendo que se oigan auténticas barbaridades sobre ellas, que no han hecho nada para merecerlo. Una vez que todo el mundo se dé cuenta de que el gallego, el asturiano, el vasco, el catalán, el aranés, el caló, son lenguas llenas de belleza, igual que todas las demás, y de que pueden formar parte de la cultura de todos nosotros, empiecen a ofertarlas en los colegios, atentos al siguiente punto, de toda España. Yo, que nada sé de economía, veo dos ventajas claras: más hablantes potenciales de las lenguas minoritarias y más profesores. Y no me dirán que no sería bonito que dentro de unos (cuantos) años todos nuestros niños del futuro salgan con tres idiomas (pero de verdad, pido fluidez) por lo menos: dos nacionales y el inglés, por el amor de dios, que hace muchísima falta también. Y si los únicos problemas que le ven a esto son de financiación, a mí déjenme soñar, por favor, que no se imaginan lo cansado que es ser madrileña y defender el catalán.