El parche

Diez semanas después se acaba el primer semestre con coronavirus: uno que empezó (aquí, en Suiza) con la normalidad de siempre, con los pasillos, las bibliotecas y los comedores llenos de bullicio, en el que se inmiscuían algunas bromas sobre ese virus que estaba lejos, que llegaba con cuentagotas sin que tuviéramos ni idea de lo que significaba que llegara de verdad. Las bromas poco a poco iban acompañándose de perplejidad y preocupación: se cancelaban los carnavales y los partidos de fútbol, había cuarentenas para los que llegaban de Italia (¡Italia, que está a un par de horas en tren!), ¡se ha confirmado un caso en Google!, ¿te has lavado bien las manos? Dos semanas después rara era la clase en la que no nos despedíamos con un “Hasta la semana que viene… si el coronavirus nos deja”. Hasta que un día no nos dejó, ya sin sorpresa, porque la noticia se palpaba en el ambiente desde hacía días, pero sí con incertidumbre: ¿volveremos este semestre? Je, no. ¿Cómo se da una clase online? Ni idea, pero tienes un fin de semana para averiguarlo. ¿Y, más importante, estáis todos bien?

Pero estamos en 2020, en un país rico, y la logística educativa durante la pandemia tiene solución: internet y un dispositivo con el que acceder a él. Tenemos vídeos, tenemos videoconferencias, tenemos chats, tenemos foros, tenemos emails, compartimos pantallas y levantamos la mano con un botón. Cambiamos el fondo para asistir a clase desde cualquier sitio inverosímil y también tenemos un botón para aplaudir. Y, a pesar de eso, nos han faltado tantas cosas.

Nos han faltado las preguntas al profesor antes y después de clase, esas que no te atreves a hacer delante de todos y que no te parecen tan importantes como para escribir un email. Nos ha faltado el poder preguntarle al de al lado, porque no has entendido eso que acaban de decir. Nos han faltado las charlas en los pasillos. Estudiar juntos en la biblioteca. Tomar un café en compañía y descubrir que tal o cual asignatura podría ser interesante el semestre que viene (o mejor evitarla). Cruzarte a los profesores y comentar esa idea que te rondaba la cabeza para un trabajo sin tener que pedir una tutoría, porque al fin y al cabo todavía no lo tienes muy claro. Cruzarte a los profesores y que te pregunten cómo vas: contarles, que te den una idea, te recomienden una lectura, recomendársela tú.

Hemos superado el semestre y podemos estar orgullosos de haberlo hecho. Yo lo estoy, y mucho, de mis alumnos, que de repente se encontraron haciendo sus presentaciones ante una pantalla, viendo a sus compañeros en pequeñito. U observando presentaciones, también a través de una pantalla, con la concentración huidiza, porque no es lo mismo estar a un par de metros del que habla y poder mirarle a los ojos que estar delante de una imagen suya, por mucho que esta se mueva y hable. A tu cerebro le faltan muchos estímulos a los que estaba acostumbrado y lo que quiere es dibujar garabatos en el papel en el que tendrías que estar tomando notas, como en esas conversaciones larguísimas por teléfono, solo que ahí nadie te veía. Tampoco es lo mismo intervenir en una clase física que en una virtual: no es fácil saber si quiere hablar alguien más y si os vais a solapar o comprobar rápidamente con el de al lado que lo que quieres saber también le interesa, que te deja más tranquilo, porque te sigue dando vergüenza preguntar, aunque la pesada de tu profesora insista en que no debería. Aun así, han presentado, han preguntado, han comentado, han discutido. Más cansados, más preocupados, más hartos, pero eso va por dentro.

Hemos superado este semestre, pero viene otro y lo realista es pensar que será más como este que como el de hace un año. O incluso más difícil. Tenemos más tiempo para prepararnos y ya sabemos usar Teams, Zoom, Adobe Connect, Jitsi y lo que nos echen. Pero habrá alumnos nuevos, a los que nunca hemos visto y que nunca nos han visto, alumnos nuevos que en su primer semestre no podrán sentarse azarosamente al lado de alguien y entablar una amistad que les dure toda la carrera, toda la vida o, al menos, todo el semestre. Amistades a las que hacer esas preguntas que no te atreves a hacer en clase por si son tontas, porque acabas de llegar, porque la universidad da un poco de miedo y porque todavía no sabes de qué pie cojean los profesores, que ahora además son meras figuras en tu pantalla:

Estamos en 2020, en un país rico, y hasta hace poco tonteábamos con la fantasía de la docencia virtual, ¡es el futuro! ¡Si ya lo aprenden todo en Youtube! Y llegó el coronavirus y nos puso patas arriba todo lo que sabíamos y nos hizo vivir esa fantasía porque no quedaba otra, aunque quizá también nos abrió los ojos. Para postularte a un trabajo de profesor en la universidad es frecuente tener que escribir unas líneas sobre tu concepción de la enseñanza. Curiosamente, pocos son los profesores universitarios que tienen alguna formación pedagógica: la mayoría aprendemos y reflexionamos sobre la marcha. Y ahora que la marcha se ha ralentizado podemos pensar más despacio. ¿Qué es enseñar? ¿Qué es aprender? Dos cosas que se hacen mejor en compañía, me parece.

Con frecuencia la universidad es ese sitio en el que recuperas la curiosidad que una enseñanza muy reglada te había apagado. También es ese sitio en el que aprendes a confiar más en tus intuiciones y a defender tus posturas, porque quizá los profesores sepan más que tú, pero ellos tampoco están siempre de acuerdo entre sí y, además, ahora tú también eres un adulto. Y es ese sitio en el que todas las semanas aprendes de tus alumnos, que tienen preguntas que no sabes responder y te descubren perspectivas desde las que mirar que a ti se habían escapado. La universidad es todos esos sitios, sí, al menos cuando existe una confianza entre profesores y alumnos y entre alumnos y alumnos que es muy difícil construir virtualmente.

Creo que la enseñanza virtual es un parche. Un parche que somos afortunados de tener, porque permite el acceso a la educación en circunstancias extraordinarias, tanto a personas cuya ubicación o situación económica les impide accederla de otra manera, como en situaciones de crisis, como la que vivimos ahora. Pero un parche al fin y al cabo. Y los parches sirven, pero no para siempre.

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