Trump y el cambio lingüístico

«El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacía “el mejor de los mundos”. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada. Ahora, en cambio, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el “progreso” ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho “progreso” que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica. En efecto, hacia finales de aquel siglo pacífico, el progreso general se fue haciendo cada vez más visible, rápido y variado. De noche, en vez de luces mortecinas, alumbraban las calles lámparas eléctricas, las tiendas de las capitales llevaban su nuevo brillo seductor hasta los suburbios, uno podía hablar a distancia con quien quisiera gracias al teléfono, el hombre podía recorrer grandes trechos a nuevas velocidades en coches sin caballos y volaba por los aires, realizando así el sueño de Ícaro. El confort salió de las casas señoriales para entrar en las burguesas, ya no hacía falta ir a buscar agua a las fuentes o los pozos, ni encender fuego en los hogares a duras penas; la higiene se extendía, la suciedad desaparecía. Las personas se hicieron más bellas, más fuertes, más sanas, desde que el deporte aceró sus cuerpos; poco a poco, por las calles se fueron viendo menos lisiados, enfermos de bocio y mutilados, y todos esos milagros eran obra de la ciencia, el arcángel del progreso. También hubo avances en el ámbito social; año tras año, el individuo fue obteniendo nuevos derechos, la justicia procedía con más moderación y humanidad e incluso el problema de los problemas, la pobreza de las grandes masas, dejó de parecer insuperable. Se otorgó el derecho de voto a círculos cada vez más amplios y, con él, la posibilidad de defender legalmente sus intereses; sociólogos y catedráticos rivalizaban en el afán de hacer más sana e incluso más feliz la vida del proletariado ¿Es de extrañar, pues, que aquel siglo se deleitara con sus propias conquistas y considerara cada década terminada como un mero peldaño hacia otra mejor? Se creía tan poco en recaídas en la barbarie por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos».

     (Stefan Zweig, El mundo de ayer)

A mí estudiar historia de la lengua, sociolingüística y dialectología me hizo más tolerante —otra de las cosas que tengo que agradecerle a mi directora de tesis y varios de mis profesores de la carrera—.

Me enseñó que eso de corregir a los demás por cómo hablaban, cualidad muy fomentada en la escuela, estaba feo y no tenía razón de ser, como he intentado mostrar muchas veces en el blog. Que a los que por primera vez equivocaron las consonantes de murciégalo y dijeron murciélago el tiempo les dio la razón y que ni una ni otra forma tiene ningún rasgo que la haga objetivamente mejor que la otra.

Me enseñó que la lengua se mueve y se mueve a su ritmo, imparable, y que el activismo contra este movimiento tiene poco futuro: lo mejor es dejarla hacer y disfrutar como mero observador mientras los pronombres pierden el caso y la –d– sigue tirando de los procesos de lenición que empezaron el latín vulgar cada vez que María se come un helao, porque la encanta.

Me enseñó que este movimiento lento no es exclusivo del cambio lingüístico, sino también del social, y que igual que a la F- latina de FARĪNA le llevo siglos que todos los castellanohablantes la aspiraran primero y la perdieran después (en esto todavía sigue, de hecho), las ideas y actitudes nuevas necesitan mucho tiempo para convertirse en auténticas “verdades sociales”. Por eso no soprende que queden machistas o racistas en sociedades que hace tiempo desecharon estas ideas: llegar a todos es un proceso largo.

Me enseñó que las novedades pueden arrastrar durante temporadas larguísimas sus antiguas costumbres, lo que explica que haber, que en latín tenía sujeto y objeto directo, lleve siglos empeñado en no concordar con el único argumento que le queda ahora —su antiguo objeto directo—, aunque poco a poco vaya entrando en razón y ya sea tan normal para muchos hablantes decir habían coches como para otros lo es decir que los había.

Me enseñó que los cambios lingüísticos no se pueden predecir, porque sus causas, aunque son necesarias, nunca son suficientes. Así, aunque todas las lenguas romances (salvo el rumano) conservaron restos del caso latino únicamente en los pronombres de tercera persona (lo, la y le), solo en español se producen fenómenos como el leísmo, el laísmo o el loísmo, en los que esa distinción de caso se pierde. Lo mismo se puede decir de los cambios sociales: aunque la cita de Stefan Zweig sobre el final del siglo XIX parezca estar describiendo a la perfección el final del siglo XX, esto no significa que ambas situaciones deban acabar necesariamente de la misma manera.

Me enseñó que los cambios lingüísticos son reversibles y que no todos triunfan: en el Cantar de Mio Cid casi todos los imperfectos e incondicionales acaban en –ié y no en –ía (Sospiró mio Cid, ca mucho avie grandes cuidados… Non le osarien vender al menos dinarada), como pasa en tantos textos de los siglos XII y XIII, pero de los primeros ya casi no queda ni rastro en español. La Historia parece enseñarnos que esto no es aplicable a los cambios sociales: que seguimos avanzando, despacito algunas veces, a buen ritmo otras. Pero también que hay piedras en el camino que frenan esos avances durante años o décadas en algunos sitios. Los que hemos tenido la increíble suerte de nacer en Occidente hemos vivido casi sin estas piedras durante décadas ya, apartando las que quedaban, garantizando cada vez más derechos, mejorando cada vez más vidas. Parecía que las piedras más gordas estaban en otros continentes y a veces ni siquiera parecían tan gordas como para que entre todos no las pudiéramos ir apartando. Y mientras estábamos así, distraídos, a lo nuestro, han empezado a caer piedras, casi por sorpresa, y algunas parecen tan gordas que podrían acabar abriéndole la cabeza a alguien. Probablemente los votantes del Brexit en Gran Bretaña, los de Trump en EE. UU., los de Le Pen en Francia, los de Hofer en Austria no son una panda de racistas. Casi con seguridad, la mayoría de los votantes de Trump no son unos machistas (ni unos violadores en potencia, a diferencia del propio Trump). Sí estoy bastante segura, sin embargo, de que muchos son homófobos, pero no creo que eso sea lo que les ha llevado a votar a Trump. A pesar de esto, todos estos votantes, que ejercen su voto movidos por razones comprensibles —la crisis, el hartazgo, las ganas de cambio, lo que sea—, están legitimando con dicho voto discursos racistas y, a veces, machistas y homófobos. Discursos abiertamente violentos a veces. Discursos que generan miedo en personas que estaban librándose de este. Discursos que fomentan que algunos desalmados se crean en derecho de alimentar ese miedo. Piedras que pueden convertirse en rocas.

El cambio social, igual que el lingüístico, está en nuestra mano. Y a diferencia de este, en aquel sí funciona el activismo. No funciona insultar —rara vez lo hace—, pero funciona hablar, comprender, convencer. Funciona no quedarse de brazos cruzados ante un comentario racista. Funciona no reírse ante los aspavientos pretendidamente graciosos de un imbécil machista. Funciona mostrar nuestro desacuerdo ante cada actitud homófoba.

En el siglo XXI no queremos antiguallas. La uve dejó de sonar hace 500 años y estamos mejor sin ella. Si es su pervivencia en la ortografía lo que lleva a confusión, solo hay que librarse de ella. Game on.

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La estatua a Stefan Zweig frente a la que fue su casa en Salzburgo

Oriente 2016

Hace dos fines de semana tuve la suerte de volver a participar en las campañas de encuesta del COSER, de las que ya os he hablado aquí, aquí, aquí y aquí. Volvimos a poner rumbo hacia el oriente: encuestamos pueblos de Castellón, Tarragona y Valencia entre sábado y domingo, en lo que se denomina técnicamente como una señora paliza. Éramos nueve coches (¡dos venidos desde Ciudad Real!) y casi 50 encuestadores. Aquí nos tenéis a la mayoría, con el castillo de Peñíscola al fondo:

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Lingüísticamente fue, como siempre, interesantísimo: yo volví a recoger unos cuantos casos de mi adoradísimo se con verbo en 2ª persona del plural (aunque ningún caso en 1ª esta vez, lo cual es igual de interesante; si tenéis mucho interés por los detalles técnicos, disfruté como una enana escribiendo esto): ¡se vais a ir cargaos!, nos advertía Juan, mientras nos regalaba guixasos, tomate en conserva, almendras y vino, todo de su propia cosecha. Pudimos escuchar, además, muchos rasgos típicos del contacto entre español y catalán: casi que todos los informantes habían de explicarnos que era eso de los guixasos, aunque tampoco no nos quedó muy claro hasta que lo vimos con nuestros propios ojos. Ahora te explicaré qué son: unas legumbres parecidas a los garbanzos, aunque más blancas. Informantes ha habido de republicanos y de nacionales y todos nos han tratado igual de bien. Por cierto, que lo de entrevistar en pueblos no solo da alegrías lingüísticas, sino también perspectiva sociológica: de una punta a otra del país (y probablemente también traspasando fronteras nacionales) encuentras personas a las que se les iluminan los ojos recordando que el rabo del cerdo se lo comían ellos, los niños (porque el informante siempre se convierte en niño cuando mencionas el rabo del cerdo); coincidencia en describir el nacimiento de los pollitos como precioso; unanimidad en explicar que a las parturientas se les daba caldo de gallina y, si se podía, chocolate… Sea cual sea su lengua materna, sea cual sea el partido al que votan; sus experiencias, su cultura y su sabiduría son tan similares como ricas en matices y esto resulta tan claro que las ganas de dividir de algunos no pueden más que apenar, pero me estoy yendo del tema.

Si lingüísticamente fue interesantísimo, personalmente fue también genial: aunque tres días no son suficientes para conocer a todo el grupo, sí son auténticamente intensos para los subgrupos que conformamos un coche y yo tuve la suerte de estar acompañada por tres alumnos que eran puro buen humor, pura simpatía, pura energía y puro interés. Para que os hagáis una idea de lo estupendos que eran: no solo me aguantaron que les pusiera los grandes éxitos de Jorge Negrete (cantados por alguien que no era Jorge Negrete), sino también que los arrastrara al museo de Carles Salvador, en Benassal (Castellón). ¿”Carles quién”, te preguntas?

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Fan picture de la menda

Carles Salvador (1893–1955) fue un gramático valenciano que defendió muy activamente una renovación pedagógica que incluía que la escuela se impartiera en valenciano. Formó parte del grupo de escritores, editores y maestros valencianos que firmaron en 1932 las “Bases per a la unificació de l’ortografia valenciana” o “Normes de Castelló”, un esfuerzo normativo que unía la norma ortográfica del valenciano con la que había impulsado Pompeu Fabra para el catalán en 1931. De todo esto tampoco sabía yo nada antes de entrar a su museo en Benassal, que era el pueblo de su mujer y en el que enseñó durante casi 20 años. Sí sabía, sin embargo, que había escrito una Gramática valenciana, que he consultado y citado, y admito que me hizo ilusión descubrir que acababa de encuestar a una señora maravillosa en un pueblo dedicado por entero a su figura. Y allí que me acompañaron, angelicalmente, María, Moritz y María.

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Porque todos no pueden ser ángeles de Charlotte, ¡hay que trabajar alguien!

Sepa usted… que no sepo nada. Digo, a nada.

A mi perra le encanta dar muestras de su cariño lamiéndonos. En verano, con los pantalones cortos, somos para ella un auténtico festín, sobre todo si acabamos de encremarnos, que le parece un condimento excelente. Circunstancias así son de las no muy abundantes que dan lugar a emplear el verbo saber, cuando significa ‘tener sabor’, en personas gramaticales distintas de la 3ª:

—¡Deja ya de lamernos! ¿A qué sabremos?

—Ya está lamiéndote, es porque sabes a crema.

—¿Otra vez lamiéndome? ¿Pero a qué _______?

¿Cómo completarían ustedes esa última frase (usando el verbo saber, claro está)? Es verdaderamente interesante que existan dos contendientes: y sepo. Es interesante porque este verbo saber es exactamente el mismo que el de Solo sé que no sé nada y nadie duda de que Solo sepo que no sepo nada es un auténtico disparate. Pero ¿a qué sé? y ¿a qué sepo? sí causan dudas. ¿Por qué esta diferencia?

Aunque estos dos usos de saber tengan etimológicamente el mismo origen, no cabe duda de que tienen ya significados muy distintos. De hecho, en otras lenguas no tienen nada que ver, como en inglés: to know, pero to taste. Y no es infrecuente que palabras derivadas de distintas acepciones de una misma palabra tomen sufijos también distintos:

importancia < importar = tener valor (no pecuniario)

importe < importar = tener valor (pecuniario)

importación < importar = comprar de fuera de nuestras fronteras

El caso de saber, sin embargo, es diferente, porque la diferencia entre y sepo no es un caso de derivación (no se crean nuevas palabras que vienen de saber), sino de flexión (son formas distintas de la misma palabra, el verbo saber). Por lo tanto, además de la diferencia de significados, influyen otros factores, el más importante de los cuales es la (baja) frecuencia con la que se usa saber ‘tener sabor’ en la 1ª persona del singular. La forma es muy irregular y solo encontramos una forma similar en haber:

saber –––––– yo sé

haber –––––– yo he

Solo las formas muy frecuentes pueden permitirse ser así de irregulares: si las usamos mucho, las tenemos siempre frescas en la memoria y no importa tanto que no sigan las reglas que todos los demás verbos. Cuando las formas irregulares son infrecuentes, tienden a desaparecer: piensen en el poco éxito de yugue (por yací)o de anduve (por andé).

Estas formas irregulares poco frecuentes tienen a ser reemplazadas por otras formas que siguen los patrones regulares de la conjugación, es decir, por analogía con otras formas. Vamos, siguiendo una “regla de 3”:

cantar –––––– canté

andar ––––––– X = ¡andé!

Lo precioso del caso de sepo es que esta forma sigue siendo irregular: la forma regular debería ser sabo, a semejanza de otros verbos regulares como sorber o lamer (sorbo, lamo), como bien saben los niños que aprenden español. Sepo es una forma que sigue la irregularidad que presenta saber en el subjuntivo (sepa, sepas), creándose así un patrón de conjugación común en muchos verbos irregulares del español, en los que la 1ª persona del presente de indicativo se asemeja a las formas del presente del subjuntivo y se diferencia del resto del presente de indicativo:

tengo          tenemos          tenga               tengamos

tienes          tenéis              tengas             tengáis

tiene           tienen              tenga              tengan

 

quepo         cabemos         quepa             quepamos

cabes          cabéis             quepas                        quepáis

cabe           caben              quepa             quepan

 

sepo            sabemos         sepa                sepamos

sabes          sabéis             sepas               sepáis

sabe           saben              sepa                sepan

 Lo irregular es muchas veces regular, pero a lo Frank Sinatra: a su manera. ¿A que es bonita la morfología?

Bonus track: Aunque la forma normativa de saber ‘tener sabor’ en la 1ª persona del indicativo es (es decir, igual que en saber ‘conocer’), la forma sepo es en realidad la etimológica y viene directamente del latín sapiō> saipo > sepo, igual que quepo viene directamente del latín capiō> caipo > quepo(ese cambio de posición de la –i– se conoce en términos técnicos como metátesis de yod, por si no soportaban la curiosidad). La forma es en sí misma analógica, a partir del modelo de haber, lo que significa que en términos objetivos es… igualita que sabo. Repito, ¿a que es bonita la morfología?

El Ministerio del Tiempo: de aquellos alpis estos mapas (aventura apócrifa)

—Amelia, Alonso, Julián. Vengan a mi despacho inmediatamente, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre, jefe?

—Pues otra vez lo mismo, un grupo de filólogos intentando cambiar la historia y empeñados en que el ALPI vea la luz.

—¿Qué es eso del ALPI? ¡Cualquier invento del demonio!

—No, Alonso, el ALPI es un libro, aunque no un libro cualquiera… El Atlas Lingüístico de la Península Ibérica. Es un proyecto que diseñaron don Ramón Menéndez Pidal y su discípulo Tomás Navarro Tomás a principios del siglo pasado, para documentar los dialectos hablados en la Península Ibérica. ¡Era un proyecto tremendamente ambicioso! Pero, desgraciadamente, los trabajos de recogida de datos fueron interrumpidos por la Guerra Civil y solo consiguieron publicar un único volumen, ¡en 1962!

—Señorita Folch, como siempre está usted perfectamente enterada, pero esta vez se equivoca en algo… Lo único que fue una desgracia fue que se consiguiera publicar ese volumen, con los enormes esfuerzos que hizo el MInisterio para que jamás saliera a la luz. ¡Dos agentes teníamos, interceptando la correspondencia del equipo! Que consiguieron, por cierto, enfrentar a Rodríguez Castellanos y Sanchis Guarner con mucho acierto. Eso retrasó enormemente las tareas de publicación. Sin contar la cantidad de libros con que mantuvimos ocupado a Moll, ¡tenía tanto trabajo en la editorial que apenas pudo salir a hacer encuestas! Y no me hagan hablar de la parejita Cintra-Otero, aunque miren, esa historia es graciosa, un día con un café se la cuento en detalle: solo les avanzo que  yo mismo me ocupé de que el bueno de Lindley entrevistara a unos auténticos zoquetes ante la desesperación de Aníbal. ¡Qué mal humor el de Aníbal!— la mirada de Salvador se pierde en el horizonte.

—Pero, a ver, Salvador, no entiendo nada, ¿nos estás diciendo que el Ministerio ha estado saboteando el ATLI ese todo este tiempo? ¿Pero se puede saber  qué nos importa a nosotros un montón de mapas de palabras?

—ESO ES CONFIDENCIAL, Julián. A ustedes les basta con saber que no podemos permitir que sigan estos avances. ¡Casi tuvimos que mandar al mismo Spínola para evitar que ese profesor canadiense, un tal David Heap, encontrara todos los cuadernillos perdidos! Pero al final se empeñó en ir Velázquez y ya ven cómo acabó la cosa: los cuadernillos llevan colgados ya quince años en la red. Pero ahora la cosa pinta mucho peor: un equipo del CSIC, capitaneados por Pilar García Mouton, han decidido digitalizar todos esos materiales ¡y publicar todo el ALPI en línea! Su misión es evitarlo. Irene les explicará el plan, pero no debería costarles mucho. Solo tienen que convencer a un par de funcionarios para que pierdan los documentos adecuados y… ¡adiós, financiación!— la risa de Salvador ya es un poco sádica. —Marchen, marchen, no hay tiempo que perder. Irene, acompáñeles.

—Sí, jefe.

—A ver, Irene, tú tienes que saber qué hay detrás de esto. ¡Sacarnos de nuestro día libre por un libro! ¡Y un libro de filólogos, además!

—Chitón, Julián. ¡Habla más bajo! Bueno, os lo contaré… Pero de esta no os libráis, me temo. Se rumorea que Sanchis Guarner, uno de los encuestadores del ALPI, “coqueteó” (ya me entendéis) con la esposa del ministro de 1935, cuando esta estaba pasando unos días en Adamuz, visitando a unos parientes. Desde entonces este asunto es prioritario en el Ministerio. Así que ya sabéis…

***

¿Será esta la primera aventura fallida de Amelia, Alonso y Julián? Tiene pinta… ¡Ya llegó! ¡Ya está aquí! ¡El ALPI del CSIC!

Disculpe, ¿sabe qué hora es?

Ya se sabe que el comienzo del año da ganas de ordenar y poner orden (que no son lo mismo, pero casi) y de eso va precisamente esta primera entrada de 2016, porque tenemos un jaleo montado en español y no es pequeño: ¿a qué hora es cuándo? Resulta que dividimos el día en partes (mañana, tarde, noche, etc.) y también lo dividimos en horas. Y luego no tenemos ni idea de cuáles de las unas se corresponden con cuáles de las otras. Para muestra, un botón: esta encuesta de Twitter que hice en diciembre, en la que se ven con claridad las dos Españas.

Captura de pantalla 2016-01-10 a la(s) 22.00.23¿A qué hora es el mediodía? A la hora de comer (ca. 14h), por supuesto, pero un 35 % de la población parece confuso

No es este un tema baladí, como demuestra el montón de tuits de respuesta que generó mi tuit (y que generan otros parecidos). No tenemos nada claro cuándo es qué en este país, lo que no nos impide desgañitarnos para defender que es cuando nosotros digamos. Y yo soy muy de desgañitarme (por algo tengo un blog), pero también muy de acompañar el desgañitamiento con un gráfico (que me dé la razón, claro), así que he juntado unos cuantos.

Gracias al visor de Ngrams de Google podemos comparar la frecuencia de varias expresiones en un conjunto de textos (de extensión y composición no demasiado bien explicadas) que van desde 1800 hasta el 2000. Es evidente, eso sí, que el caso del español incluye textos de la península y también de América, por lo que los resultados aquí presentados son “panhispánicos” al más puro RAE–style.

Lo que he hecho es muy sencillo: he comparado expresiones tipo “las dos de la mañana” con “las dos de la madrugada” y “las dos de la noche”, para ver cuáles son más frecuentes. Y después he hecho un gráfico. Y cuando digo gráfico quiero decir un representación visual espantosamente cutre (y de precision ojodebuencubérica), pero qué quieren que les diga, una tiene sus limitaciones. Antes de enseñarles la cutrez, otra advertencia: en algunos casos es posible que las denominaciones fueran ambiguas (¿puede “la una de la mañana” ser las 13h?) y Google no ofrece fácilmente los contextos concretos para revisarlos, así que nos quedamos con el sentido común (No, no puede). Venga. Va. El gráfico:

Reloj 24 horas relleno

Reloj de 24h ladeado con creativo código de colores. Técnica: spray de Paint. Material: fuente de la imagen del reloj.

Ahora que ya han visto mi obra de arte, vamos a desglosarla un poco, mostrando los gráficos en los que está basada. Pero antes, otra advertencia: me voy a referir a las horas de forma simbólica como 1h, 6h, 18h, 23h, etc., que no deben entenderse como 1h = 1:00 a.m., sino como 1h = 00:31 a.m. – 01:30 a.m. ¿Por qué? Porque, aunque las búsquedas que he hecho son solo con la hora (es decir, sin minutos), lo lógico es pensar que la asociación de la hora con la franja del día se corresponde con todas las expresiones que usan el mismo número en la hora: la una y media, pero también la una menos cuarto.

Volvamos al gráfico, que tiene muchas cosas interesantes. La primera es que algunas horas se asocian con una única etapa del día (las 11h son las once de la mañana y punto), mientras que hay otras mucho más promiscuas y alocadas, como la 1h y las 2h, que pueden ser de la noche, de la mañana y de la madrugada. Como para tenerlo claro.

Otra cosa interesante es ver cómo la frecuencia textual de cada expresión representa icónicamente cómo se van apagando algunas partes del día. Por ejemplo, la madrugada está a tope entre la 1h y las 2h (y nótese que la noche le ha ido cediendo paso en los dos últimos siglos):

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02_00 Pero en seguida empieza a decaer y, aunque aguanta el tipo hasta las 4h, entre las 5h y las 6h está ya en las últimas:

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A la tarde le pasa lo mismo; va siendo susituida por la noche poquito a poco. La noche llega desde las 19h, suponemos que por influencia del invierno (aunque nótese que en el siglo XIX ya asomaba —poco— desde las 18h), y llega pisando fuerte, porque la tarde apenas resiste hasta las 20h y, en cuanto nombramos las 21h, desaparece:

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21_00Con la noche ocurre más de lo mismo: empieza a decaer a las 24h y colea apenas durante un par de horas más, como se veía en los gráficos de la 1h y las 2h de arriba. Hay, además, una diferencia muy interesante entre las 24h y las 12h: las doce de la medianoche (o de la madrugada) no lo dice nadie, pero las doce del mediodía es todo un hit (reciente, eso sí):

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Eso sí, me apuesto el cuello a que todos tenemos clarísimo que la medianoche es a las 00:00, pero lo de que el mediodía sea a las 12:00 ya hemos dicho que no lo tenemos tan claro. Es más, hay casos de la una del mediodía (aunque también muy recientemente y escasísimos, la verdad). Todo muy lógico.

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De hecho, si miramos nuestro bello gráfico atendiendo a las partes del día y no a las horas, resulta un auténtico disparate. Para empezar, nuestras mañanas son larguísimas. Empiezan a la 1h y acaban a las 13h. ¡Doce horazas! ¡Medio día entero de mañana! Para que luego digan que somos gente nocturna. Nótense las consecuencias rematadamente absurdas de esto: resulta que ¡apenas dormimos por la noche! Según esto, si usted se acuesta a la 1:00 y se levanta a las 7:30, se ha acostado de madrugada y se ha pasado más de la mitad de la mañana durmiendo. PERO SERÁ VAGO. Y la tarde empieza a las 13h y la noche acaba a las 2:00. Perdonen, pero me da la risa.

En conclusión, resulta que tenemos, por un lado, las partes del día, que asociamos a algunos actos clave —solares y de nuestra rutina, con los consecuentes desajustes—: la mañana empieza al amanecer y acaba a la hora de comer; la tarde empieza a la hora de comer y entre ambas pasa a toda prisa el mediodía; luego tenemos esa franja difusa que es la tarde–noche, entre que salimos del trabajo y cenamos; y, después de cenar, entonces sí, ya es de noche hasta que amanezca (aunque si nos acostamos tarde pillaremos a la madrugada). Por otro lado, sin embargo, asociamos las horas del día a estos nombres (menos a la tarde-noche) siguiendo criterios parcialmente distintos, quizá porque las horas están repes y hay que saber cuál de las dos siete son (sobre todo para poner el despertador), para lo que convienen nombres bien claritos, aunque luego su parecido con la realidad sea casi mera coincidencia (madrugar no es levantarse a la 1:30, sino a las 6:00. O las 7:00. O antes de las 10:00 si es fin de semana). De hecho, la RAE da dos definiciones de mañana, que se corresponden con estas dos posibilidades:

  1. Parte del día comprendida entre el amanecer y el mediodía, o la hora de comer o almorzar.
  2. Parte del día comprendida entre la medianoche y el mediodía.

(En uno de sus alardes de coherencia, da una única definición de noche: “Parte del día comprendida entre la puesta del sol y el amanecer”.)

Resumiendo, que lo de poner orden no era tan fácil, porque hay varios órdenes coexistentes. Y ahora no me vengan con que lo que pasa es que soy una desordenada: YO SÉ PERFECTAMENTE DÓNDE ESTÁN MIS COSAS, AUNQUE TENGAN OTRAS MIL COSAS ENCIMA. Y ahora ya sé de dónde me viene.

Los titulares y la máxima de relevancia

Ya, sí, ¿no digo nada en más de un año y hago dos entradas seguidas? Pues sí. Soy así. Imprevisible. Un espíritu libre, sin ataduras a las reglas de la lógica ni de la rutina. Una plasta, vamos.

Bueno, al lío, que voy a ser breve. Ayer se publicó la siguiente nota de prensa de la Universidad de Nueva York. Si os da pereza pinchar, no pasa nada, que pongo foto:

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El titular no está bien pensado, claro: decir que un equipo de investigadores (¡neurocientíficos, si se sigue leyendo!) han demostrado que Chomsky tiene razón te asegura que toda la comunidad lingüística pinche en tropel. Pero lleva trampa. Una trampa bastante gorda, además. La cuestión es que la idea central de Chomsky, y también la más debatida, la que hace que todos pinchemos en tropel a ver si lo han demostrado de verdad, es que esa gramática (o parte de ella) que está en nuestra cabeza está ahí desde que nacemos. Desde siempre. Es innata. Esa es la base de lo que dice Chomsky y con la que mucha gente no está de acuerdo.

El artículo (que podéis leer aquí) es interesantísimo, pero no demuestra nada de eso. Demuestra (dizque, yo no puedo evaluar trabajos de neurociencia) que nuestro cerebro distingue la existencia de distintos niveles de estructura (concretamente, sílabas, sintagmas y oraciones). Esto es una preciosidad, claro. Ver las fronteras de los sintagmas en las frecuencias de los impulso eléctricos del cerebro. Una maldita maravilla.

Pero no da la razón a Chomsky. Bueno, o sí. Pero no solo. La existencia de distintos niveles de estructura es ampliamente aceptada por la mayoría de los lingüistas (y supongo que todos admitimos que los tenemos dentro de la cabeza y no en el bolsillo trasero del pantalón o en la uña del dedo meñique). Y es una idea bastante más antigua que Chomsky. Miren qué bien lo expresaba Bello en su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, allá por 1847 (la negrita es mía):

“La palabra dominante en la oración es el sustantivo sujeto, a que se refiere el verbo atribuyéndole alguna cualidad, acción, ser o estado. Y en torno al sustantivo sujeto o al verbo se colocan todas las otras palabras, las cuales, explicándose o especificándose unas a otras, miran, como a sus peculiares últimos puntos de relación, las unas al sustantivo sujeto, las otras al verbo”.

Titulando como titulan, sin embargo, uno lo lee rápido, piensa: “Hala, Chomsky tenía razón” y “¡Además lo dicen científicos de verdad!” (como bien me ha apuntado Paula esta mañana) y tuitea, así, a lo loco:

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Y, claro, no.

Un poco como si alguien titulara una noticia: “La Biblia tenía razón: demuestran con restos biológicos que Jesús existió”. Por la máxima de relevancia, que dice que no solemos decir cosas que no vienen a cuento, y teniendo en cuenta que hay poca duda de que Jesús, efectivamente, existió, seguro que alguien tuitearía a toda prisa: “La Biblia tenía razón: demuestran con restos biológicos que Jesús era el hijo de Dios”. Y, claro, no.

#sintatlas BCN

¡Hola, holita, lingüíferos míos!

Más de un año sin escribir, pero con una buenísima excusa: a principios de 2015 “me encerré” para acabar la tesis y ¡misión cumplida! Ya está depositadita y pendiente de defensa. Como propósito de año nuevo quiero volver a ponerme las pilas y actualizar con cierta regularidad y, por ahora, voy a ir desempolvando el sitio poco a poco. Para ir abriendo boca, os dejo aquí el storify de un workshop en el que estuve hace dos semanas y disfruté muchísimo. El workshop (“La información sintáctica en los atlas lingüísticos. Antecedentes, aplicaciones y perspectivas”) lo organizaban Ángel Gallego (UAB) y Francesc Roca (UG) y lo tuiteamos mucho y bien, así que si el tema os interesa encontraréis cosas muy interesantes.

Como no me acaba de convencer cómo queda esto en el blog, os dejo aquí el enlace a la web original, que es mucho más mona (para qué nos vamos a engañar).

Sobre la definición de “gitano” en el DRAE

La publicación de la última edición de la RAE ha causado indignación en el pueblo gitano. La Academia ha eliminado la que era la cuarta acepción de gitano en la 22ª edición del diccionario (“Que estafa u obra con engaño“), pero ha añadido una nueva, la quinta en esta 23ª edición, que reza “Trapacero“.

La Asociación de Gitanas Feministas por la Diversidad ha pedido a la RAE que elimine está acepción, por considerar que es racista y que la Academia legitima este racismo al incluirla en su diccionario.

Entiendo gran parte de esta indignación. Intento no ser racista (y sí, digo intento, porque hemos nacido en un mundo racista, que nos ha dado concepciones racistas sin que lo hayamos pedido). Pero en este caso creo que la indignación está mal canalizada. Me explico.

 ¿Es racista la definición de gitano de la RAE?

No.

La definición no es racista, pues no atribuye esos comportamientos al colectivo gitano. Es una definición impecable desde el punto de vista lexicográfico: utiliza un adjetivo sinónimo para definir otro adjetivo. Y ya. Nada más.

Lo que es racista es el origen de esa acepción de gitano, una asociación de ideas evidentemente racista, igual que lo es la sociedad en la que nació. Una sociedad que ha considerado tradicionalmente que los gitanos estafan, roban y engañan y que ha utilizado el término para llamar al estafador, al engañador y al timador.

Creo que se ve muy claro que la definición actual de gitano no es racista si la comparan con la del Diccionario de Autoridades, el primer diccionario académico. Con su ejemplico ejemplar de Cervantes y todo.

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(Perdonen, pero no me resisto a hacer un excurso para mostrarles mi definición cargada ideológicamente favorita del Diccionario de Autoridades.) Con todos ustedes, desde 1732 y a cuerpo cinco veces más grande que el resto:

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¿Legitima la RAE este uso racista de la palabra gitano?

La respuesta vuelve a ser no, pero es más difícil de entender, porque mucha gente tiene ideas algo equivocadas acerca de cómo funciona el diccionario. Lo he dicho y lo diré innumerables veces: la RAE no acepta palabras ni usos de las palabras, sino que recoge palabras y usos ya extendidos. Que una palabra no esté en el DRAE no significa que la RAE esté en contra de su uso y que una palabra esté en el DRAE no significa que defienda su uso. Ni la RAE se arroga esa competencia ni tendría nunca esa capacidad de influencia en los hablantes, aunque lo intentara.

Esto explica dos cosas. La primera, que gitano pasó a significar ‘estafador, trapacero’, etc. antes de que la RAE recogiera ese uso y, por lo tanto, nadie necesitó de la legitimación de la Academia para utilizarlo en primer lugar. La segunda, que seguramente casi nadie que haya utilizado alguna vez gitano con ese significado ha consultado el diccionario para saber si lo hacía con el beneplácito de la RAE. Lo ha usado porque lo ha oído. Porque, como hablante nativo, sabe que existe y se usa. Sabe que es español.

¿No sería mejor quitar esta definición del DRAE?

Pues, en mi opinión, tampoco. Para empezar, quitar la definición de la RAE no va a hacer que nadie deje de utilizar esta acepción de gitano, por lo dicho anteriormente. Como ocurre con TODAS las palabras, su significado no depende de lo que diga la RAE (que se lo digan a plausible), sino de los hablantes. Igual que nadie insulta a alguien llamándole gitano tras consultar el DRAE, nadie va a dejar de hacerlo tras consultar el DRAE.

Por otro lado, y esto ya son cosas mías, a mí me parece que borrar esa acepción sería mentir terriblemente. Aunque no es el objetivo de la RAE, el diccionario (cualquiera, en realidad) tiene un valor añadido: el de retratar a la sociedad hispanohablante —por cuanto describe las palabras que retratan a esta—. Podríamos quitar esta definición de gitano, o eliminar judiada o maricón. Podríamos eliminar la acepción de ‘prostituta’ de zorra y la de ‘hombre astuto’ de zorro. Pero eso no nos convertirá en una sociedad menos racista, homófoba o sexista, sino que extenderá un velo que tape nuestras vergüenzas, aunque estas seguirán ahí. Es puro maquillaje. Y mentira. Me recuerda un poco a lo de llamar a Franco valeroso y moderado, por ejemplo. O a lo de que hay cosas sobre las que no se habla.

La cuarta (o quinta en la nueva edición) definición de la RAE no dice nada de los gitanos, pero sí dice algo del racismo de nuestra sociedad. Si bien no estoy segura de que toda persona que utilice la palabra gitano con este significado esté siendo necesariamente racista (sino que puede estar emplendo una palabra con un uso ya tradicional, igual que el que dice le engañaron como a un chino no es necesariamente racista contra los chinos), sí estoy bastante segura de que este uso prorroga el pensamiento racista de nuestra sociedad contra los gitanos. Igual que utilizar como una chica como sinónimo de ‘mal’ hace esto:

Pero, para mi gusto, quitar esa acepcion del DRAE no solucionaría nada. Lo mejor a lo que podemos aspirar, me parece, es a que pronto haya que añadirle la marca “desus.“, ‘desusado’. Entonces la definición diría otra cosa: diría que fuimos racistas, pero que ya lo somos un poco menos.

Claro, que para eso tendríamos que dejar de serlo. Hale, ya me he puesto dramática.

Suiza is different

El panorama lingüístico de Suiza es una de esas rarezas de este país que uno no sabe bien cómo tomarse. Seguro que todos ustedes saben que Suiza es un país multilingüe. Y seguro que saben que el alemán, el francés y el italiano son lenguas oficiales de Suiza. Ya no estoy tan segura de si todos sabrán que también lo es el romanche, porque imagino que muchos ni sabrán qué es eso del romanche. Vayamos por partes.

Pues sí, Suiza es un país multilingüe, con cuatro lenguas oficiales. Lo es de una forma muy distinta a España, donde el español es oficial en todo el estado y tenemos regiones monolingües y regiones multilingües, que tienen otras lenguas oficiales además del español.

Suiza en cambio es un país “multi-monolingüe” (claro, que solo en lo que se refiere a la oficialidad de las lenguas, porque esta gente habla tropecientas): la mayor parte de los cantones tienen una única lengua oficial y aquellos que tienen más de una suelen repartirlas en diferentes distritos o comunas (¿concejos?) monolingües. Así, en el cantón de Zúrich la única lengua oficial es el alemán, mientras que en el Valais lo son el alemán y el francés, siendo oficial el alemán en el Alto Valais y el francés en el Bajo Valais.

Hay, sin embargo, algunos casos de bilingüismo oficial. La ciudad de Friburgo, por ejemplo, es bilingüe de francés y alemán y casi todas las comunas del cantón de los Grisones —el único trilingüe, por cierto— que tienen el romanche como lengua oficial lo acompañan del alemán.

Hasta aquí la parte de información general, pero lo verdaderamente interesante y peculiarísimo del asunto radica en otra cuestión. Lo apasionante del tema, lo que le deja a uno un poco a cuadros, es que tres de las cuatro lenguas oficiales suizas no son, en realidad, lenguas nativas de Suiza. Y sí, estoy hablando del alemán, del francés y del italiano.

“¿Pero qué invento es esto?” se preguntarán con los ojos clamando al cielo y agarrándose la melena colorada. Pues que la vida es muchunga. Muchunga, muchunga. ¡Al wikimapa!

Sprachen_CH_2000_frLenguas oficiales de Suiza. Fuente: Wikipedia, claro.

 Esa zona verde de la izquierda, digo, del oeste, es la Suiza romanda, cuya lengua oficial es el francés. Pero miren este otro wikimapa:

Romance_20c_esLas lenguas romances en Europa. Fuente: también Wikipedia.

¿Ven el número 10? Es el franco-provenzal o arpitano, que no es francés, sino otra cosa. Parecida, claro, igual que el asturiano se parece al gallego, pero distinta. Quizá les sorprenda ver tantos colorines en Francia, ya que solo tiene una lengua oficial (el francés), pero lo cierto es que en ella se hablan tradicionalmente unas cuantas lenguas, como el occitano, el franco-provenzal, el catalán, el bretón, el vasco… La mayoría son lenguas romances, cuyo origen es idéntico al del gallego, el asturiano, el español, el aragonés y el catalán: son evoluciones in situ del latín que han ido divergiendo entre sí. Es decir, igual que el gallego, el asturiano, el aragonés o el catalán no son dialectos del español; el franco-provenzal, el gascón o el occitano no son dialectos del francés. Sin embargo (y en España sabemos algo de esto), las consideraciones lingüísticas suelen tener poco que ver en el reconocimiento político de las lenguas. En Francia, por desgracia, sigue gozando de cierto prestigio la idea de que solo están el francés y el francés mal hablado. Y Suiza, a pesar de ser zona tradicional del franco-provenzal, oficializó el francés como lengua de la Suiza romanda.

¿Y qué pasa con el italiano? Pues parecido. En Italia el jaleo lingüístico tampoco es pequeño (al mapa me remito) y si conocen a algún italiano seguro que le han oído decir que eso de que él normalmente habla dialecto. Bueno, dialetto (agitar la mano con los dedos apretados hacia arriba). Es un poco la misma idea: esos dialectos que hablan muchísimos italianos en su vida diaria son evoluciones in situ del latín, a las que se superpone el italiano, la lengua oficial de Italia —aunque desde 1999 se han oficializado un buen número de otras, entre ellas el catalán, que se habla en El Alguer, en Cerdeña—. Un poco como si un gallego te dijera que él en casa normalmente habla en dialecto, pero que contigo ya se pasa al español —que sería la lengua, por oposición—. Si se fijan en el mapa anterior verán que el 14, el “italiano” que se habla en Suiza, no está ni siquiera dentro de la familia italorromance, en la que se incluyen el italiano de toda la vida —cuya base es el toscano literario medieval, qué bonito, tú— y las variedades romances que se hablan al sur de la línea Spezia-Rimini (del 16 para abajo en el mapa). ¡El “italiano” de Suiza forma parte de la familia galo-itálica! Vamos, que en Suiza el italiano es la lengua oficial de una zona en la que tradicionalmente se habla en realidad una variedad lombarda, que ni pertenece a la misma subfamilia romance que el italiano.

¿Y el alemán? A estas alturas ya se olerán que ídem. Es probable que también conozcan a algún alemán —sobre todo si han pasado por Mallorca o la Comunidad Valenciana— y que también les haya dicho que la mitad del país habla normalmente en Dialekt. Con eso se refieren a algo razonablemente alejado del Hochdeutsch, esa lengua endiablada que aprende el español en paro y el suizo que llega a primero de primaria. Para que se hagan una idea, la gente dice que los de Hannover son los que hablan un alemán mejor (léase ‘más cercano al Hochdeutsch‘). Si le echan un vistazo al siguiente mapa verán que Hannover queda pelín a desmano de Suiza y es que aquí, amigo, se habla una cosa totalmente distinta. La prueba es que, cuando pones cara de confusión ante la interpelación de un viandante, enseguida te pregunta muy educado “Hochdeutsch oder Schwizerdütsch?” y así ya eliges tú tu tortura, digo, aventura particular.

Continental_West_Germanic_languagesVariedades germánicas occidentales, que forman un continuo desde Flandes hasta Suiza. Fuente: ¡Wikipedia!

En resumen, Suiza, ese país que se precia de ser bien diferente de su entorno, oficializó la lengua de prestigio de aquellos países en los que también se hablaban las variedades habladas en Suiza, en vez de oficializar las variedades habladas en Suiza. Es algo así como si en Andorra, donde se habla catalán, hubieran hecho del español su lengua oficial. ¡Qué oportunidad perdida de resaltar algunas singularidades más! Pero para eso nos queda el romanche, la única lengua oficial suiza que es, de verdad de la buena, suiza. Un conjunto de hablas romances habladas en los valles alpinos de los Grisones, cuya existencia es desconocida para el común de los mortales, para que cuando este coja un vuelo de Swiss y mire la pantallita que le da la bienvenida se diga “Inglés, alemán, francés, italiano y… ¿pero eso qué es?”. Pues… the true stuff, qué va a ser.

A modo de epílogo. Por lo que sé, la vitalidad del franco-provenzal ahora mismo en la Suiza romanda es… poco vital y el francés (un francés asuizado, claro) le va ganando la partida. Esto, sin embargo, no es una consecuencia inevitable de tener un modelo de prestigio exógeno: las diferentes variedades del alemán suizo se encuentran en perfecto estado de revista. Más bien, parece que la falta de un estándar basado en una variedad autóctona es lo que hace que sigan hablándose y transmitiéndose todas ellas tan ricamente. Sobre la vitalidad de las variedades lombardas, no tengo mucha información de primera mano, pero parece que también sobreviven bastante bien.

Tenemos que hablar

Tenemos que hablar. Ya. No podemos seguir así. Están ustedes fatal de la RAE.

 Prólogo

Antes de ir al meollo, empecemos con un par de ideas básicas que nunca nos enseñaron en la escuela.

Primera idea básica: Las lenguas, el español, el francés, el wolof, el bahasa indonesia…, no las ha inventado nadie. Nadie diseñó unas reglas y un vocabulario que almacenó en un libro, una caja o un arca. Y cuando usted aprendió su lengua materna nadie se la enseñó pacientemente. Las lenguas son productos de la interacción entre los miembros de una comunidad (ustedes mismos, por ejemplo) y se adquieren de forma natural en los primeros años de vida, a partir de los estímulos lingüísticos del entorno —abundé un poco en esta idea aquí—. Lamentablemente, lo que cuentan en las escuelas normalmente presupone lo contrario.

Segunda idea básica: La escritura, sin embargo, sí la ha inventado alguien; con el objetivo de representar la lengua hablada. Es decir, la ortografía y la lengua tienen naturalezas diferentes. ESTO ES IMPORTANTÍSIMO.

Estas ideas básicas son muy sencillas, pero mucha gente parece no entenderlas. O negarse a entender sus consecuencias. Hay gente que se empeña en ser cazurra, especialmente cuando cree que eso le confiere legitimidad para insultar.

 Lo gordo

¿Qué es la RAE? ¿Qué hace la RAE? ¿Para qué sirve la RAE? ¿Manda en el español? ¿Y, si lo hace, por qué narices lo hace? Veamos.

Existe una cosa llamada la lengua estándar. La lengua estándar es una variedad de una lengua —las lenguas se componen de innumerables variedades, aquí conté un poco—, pero tiene unas características algo peculiares. En cierto modo es la única variedad que es un poco inventada. No la habla nadie, en realidad. No se corresponde con ninguna otra variedad de la lengua, sino con una mezcla de algunos rasgos de varias. Es un corta-pega, un collage.

Las lenguas estándar suelen surgir de forma más o menos natural cuando una lengua dada empieza a escribirse y consisten en una serie de normas codificadas, que pueden atañer tanto a la pronunciación como a la gramática o al léxico y la ortografía. No solo pueden, sino que suelen.

Pero si la lengua es de todos, ¿quién se encarga de codificar estas normas? Bueno, depende, claro. Pero los codificadores siempre tendrán algo en común: ser gente educada, culta. “¡Pues fenomenal! Por fin algo de lo que se encarga gente preparada”, ¿no? Bueno, espérese un momentito. Ahora mismo el acceso a la educación en España no es uno de los rasgos más determinantes en el acceso al poder (de cualquier tipo), porque es un acceso bastante universal. Pero la estandarización del español no es de hace unos años, queridos míos. Es de cuando la gente educada y culta era la gente con poder. Poder político, económico, social…

Primero, la RAE no es la que encabezó la estandarización del español. Fue Alfonso X, El Sabio (claro), con la tremendísima labor de producción científica de su escritorio. Así, en el s. XIII el dialecto castellano se convirtió en el elegido entre los romances hablados entonces en la actual España. Este es uno de los primeros pasos de la estandarización: elegir la variedad base. Otro es dotar a la lengua de recursos para aumentar su ámbito funcional, otra de las cosas que hizo sobradamente nuestro monarca, traduciendo y produciendo obras de variadísimas ramas del saber en castellano. Y, aunque sus obras no presentan unas normas lingüísticas absolutamente uniformes y dejan traslucir bastante variedad lingüística, también dio pasos en esta dirección, asentando una ortografía bastante fonológica, por ejemplo.[1]

En cierto modo, la variedad estándar surge como una necesidad del proyecto gigantesco de codificación de Alfonso X y la estandarización no es un objeto en sí mismo de la labor de este. Pero también hay casos de estandarización en los que esta es el objetivo primario de los procesos que la llevan a cabo (piensen en el euskera batúa, por ejemplo).

Pasemos a la RAE. La primera academia lingüística fue la Academia della Crusca italiana y al poco tiempo la siguió la Académie française francesa, a imitación de la cual se creó la nuestra, a principios del s. XVIII. Como tienen todo esto en Wikipedia, les resumo: una panda de hombres notables deciden formar una institución para velar por la lengua, porque ya lo saben, si no la cuidamos, esta se va al garete —de esto también he hablado, soy muy pesada—.

Pero la lengua tiene innumerables variedades, les he dicho antes, ¿por cuál velarán estos caballeros? Parece evidente, ¿no? La suya propia, la de las clases cultas. Es decir, cuando haya dos opciones, elegirán la que use su grupo. Pero las variedades habladas por la gente culta y poderosa, queridos míos, no tiene ningún rasgo objetivo que la haga mejor que las demás. Miren, aquí también hablé de este tema. No puede tenerlos, porque todas las variedades están en constante cambio, atendiendo a dos principios que tiran en direcciones opuestas: los de economía e iconicidad lingüística. Esto es, tratar de decir algo lo más claramente posible usando la menor cantidad de recursos posibles. Pero no hay una única posibilidad, hay muchas. Muchísimas.

Pero si la RAE hubiera dicho que la variedad por la que querían velar no era la mejor, no les hubieran hecho mucho caso. Para estas cosas suele venir bien un buen argumento de autoridad, como, por ejemplo, los escritores de renombre —que por aquellos entonces tampoco nacían en humildes chozas—. Otra cosa que vende muchísimo es la idea de la unidad: el español se habla en un porrón de sitios, como ustedes saben. ¡Y no queremos que pase como le ocurrió al latín, que no había nadie cuidando de él y menudo desmadre! (Tanto que degeneró en esta lengua en que escribo, que de repente vuelve a ser digna de cuidar, vaya jaleo.) Pongamos unas normas bien puestas, para que nadie se salga de la vereda y pararemos el próximo corrompimiento.

Hasta aquí los antecedentes históricos, resumiditos y sin matizar, como debe ser. ¿Qué es lo que pasa ahora con la RAE? A grandes rasgos, la veneramos. Con una devoción absoluta. “Pero yo no lo hago”, pensará usted. “Si me parece fatal eso que han hecho con las tildes o que otubre esté en el diccionario“.[2] Bueno, eso también es venerar a la RAE, amigo. Enfadarse porque no sigue esos elevados estándares que usted cree que tiene y debe mantener. Ser más papista que el papa, vamos.

La RAE produce varias obras, todas ellas con carácter normativo, aunque en diferentes grados. Leyendo un poco a Yolanda Gándara pueden saber más sobre ellos: aquí, aquí, aquí e incluso aquí. ¿Pero qué significa que tiene carácter normativo? ¿En qué manda exactamente la RAE? Pues solo puede hacerlo en una cosa: la lengua estándar. Las demás variedades son libres como el viento sus hablantes y seguramente harán ustedes muy mal en usar el infinitivo en -d (cantad) con sus amigos, porque les tildarán de pedantes y con toda la razón. La lengua estándar se habla solo en algunas ocasiones, bastante formales, pero es la que se usa casi siempre que escribimos.

Miren, a la escritura le faltan recursos lingüísticos por todos lados (sobre todo porque no permite mostrar la entonación, que es clave en la comprensión del mensaje), por lo que no está mal que haya unas normas que solucionen algunas de estas carencias. En mi opinión, lo más imprescindible en este sentido es la puntuación, pero también es evidente que resulta más sencillo tener unas normas fijas de ortografía, porque aprendemos la representación gráfica de las palabras en su totalidad. Es más sencillo, sobre todo, si no ceceas, ni aspiras las eses y no te digo si no eres yeísta. Porque cuanto más se diferencia la pronunciación de la ortografía más difícil resulta dominar esta —y por lo tanto más cuesta aprender a leer, manejarse en el colegio…—.

De esto se deduce que esa ortografía que tan bien le va a usted le hace la pascua a un montón de niños que no hablan exactamente igual que usted ni tienen por qué hacerlo. Pero esto ya es ponerse muy tiquismiquis. ¿O no?

Iba diciendo que la RAE manda sobre todo en la lengua estándar y, por lo tanto, en la escritura. De hecho, sus obras normativas básicas son sus múltiples Ortografías. El Diccionario (y esto lo sabe cualquiera que se ha leído el prólogo, que no creo que incluya a todos los académicos, por cierto) solo tiene valor normativo en cuanto a la ortografía de las palabras que incluyen. Las palabras que no están en el DRAE pero se usan POR SUPUESTO QUE EXISTEN y no son ni correctas ni incorrectas, porque es un criterio sin sentido. La RAE no va creando palabras para cuando las necesitemos, sino que las va incorporando cuando, en teoría, alcanzan cierto grado de uso. Todos sabemos que en la práctica no es así y me temo a que se debe que la mayoría de los académicos están tan confundidos como los no académicos y, además, más cerrilmente imbuidos de poder. (No, por Dios, don Arturo, ¡cómo voy a estar hablando de usted!) Y la gramática académica, como muestra la de 2010 —a la que solo le faltan las 200 páginas de bibliografía que saldrían si hubieran decidido citar sus fuentes—, apenas tiene voluntad normativa, aunque sí constata qué construcciones son consideradas vulgares, etc.

Eso es, creo, lo que debería hacer siempre la Academia. Hacer una buena labor descriptiva. Constatar qué se usa dónde y qué consideración social tiene. No es la RAE la que impone esta consideración social, sino que esta se debe a que las diferencias sociales existen y la lengua es una de las formas más claras de las que utilizamos para hacerlas notar. Y, por lo tanto, no estaría de más contar con herramientas que nos explicaran qué es vulgar, dónde y qué no lo es también donde. Para que los usuarios (y muchos usuarios de las obras académicas son extranjeros, les recuerdo) pudieran evitar algunos usos en algunas situaciones en las que no les iba a beneficiar (una entrevista de trabajo, por ejemplo). O para que entendieran la naturaleza de estos juicios sobre las variedades lingüísticas.

Porque la lengua es una de las pocas armas que utilizamos impunemente para discriminar socialmente, y no hablo de la tontería del “compañeros y compañeras”, sino de “rebatir” el argumento de alguien porque es leísta o porque comete faltas de ortografía. Qué satisfacción, ¿verdad?, pillar a aquel con el que no estamos de acuerdo en una falta y poderle soltar un “aprenda hablar y ya luego si eso discutimos”. Qué bien sienta, insultar desde esa superioridad que tantos creen legítima. No es muy distinto de abroncar a la RAE porque “admite” setiembre o almóndiga. ¡Eso no lo dice nadie! ¡Y si lo dice alguien solo puede ser un paleto de tal calaña que no debemos permitírselo! Hasta que te das cuenta de que te estás metiendo con alguien por su origen social o geográfico y, seguramente, sus posibilidades económicas.

 Epílogo

Hablen como quieran. Saluden con alegría la inclusión de nuevas palabras en el diccionario. No utilicen las normas ortográficas académicas si no quieren hacerlo, pero prepárense para tener sus razones lustradas y afiladas, porque les van a dar la vara. No den la brasa a la gente que no conocen por cómo habla o escribe. Si tienen confianza y creen que agradecerán la información, porque les será útil en el futuro, estupendo, háganlo. Con buenos modales y SIN INSULTAR, peazo zopencos. (Uy.) Sean felices, coman perdices y cualquier otra cosa que les pongan en la mesa, que está feo tirar comida.

[1] Para saber más y mejor del tema, me lean a Inés Fernández-Ordóñez (2004): “Alfonso X en la historia del español”, en Rafael Cano (coord..), Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, cap. 15, págs. 381-422.

 [2] Los comentarios a esta fantástica entrada sobre otubre y setiembre son un grandísimo ejemplo del cazurrismo del que le hablaba.