Más de uno, sí, pero no muchos más

Dedicado al presidente del club de fans alsinero, Nano DM

¿Habéis escuchado la palabra idiolecto? Está formada a semejanza de dialecto y se refiere a la variedad lingüística específica de una única persona, una especie de “dialecto individual” (ídios significa ‘propio’ en griego antiguo). Aunque la lengua es una entidad social, compartida por una o varias comunidades, cada hablante tiene particularidades propias, ya sea en su forma de pronunciar, en el uso de algunas palabras, en la frecuencia de ciertas construcciones, etc. Observar las características idiolectales, sin embargo, no es fácil, porque exige una gran cantidad de material lingüístico de una única persona. Cuando se hace, se suele usar a escritores como objeto de estudio. Es más, las características idiolectales pueden servir para la atribución de autoría, es decir, para descubrir el autor de un texto sin nombre, algo que puede ser útil tanto si te dedicas a la literatura medieval como si estás tratando de encontrar a un terrorista que ha tenido la decencia de publicar un manifiesto tirando a mamotreto.

Pero, yo qué sé, imagínate que estás en medio de una pandemia, vives sola, trabajas desde casa y estás enganchada al programa de Alsina. En ese caso totalmente hipotético podría ocurrir que observaras algunas características propias de esas personas cuya voz suena en tu casa durante más de 15 horas a la semana. Podrías a lo mejor darte cuenta de que Carlos Alsina con frecuencia alarga las unidades acentuales, con distintos objetivos. (Te podrías dar cuenta incluso si no supieras lo que son las unidades acentuales, pero no lo podrías explicar tan pedantemente.) A ver, que lo explico mejor. 

En español algunas palabras tienen acento y otras no (no me refiero a la tilde gráfica, sino al acento fónico: la sílaba que suena más fuerte). La mayoría de las palabras (casa, árbol, frigofico, , cantar, alegre, etc.), tienen una sílaba tónica y, por tanto, acento propio. Otras, como los artículos (el, la, los, las) o muchas de las preposiciones (de, a, en…), no tienen sílaba tónica: son palabras átonas que tienen que “apoyarse” en otras palabras que sí tienen acento para poder aparecer en una oración. Una unidad acentual es la agrupación de sílabas que “se apoyan” en una única tónica. Por ejemplo, en una frase como El hijo de Fulanita es muy majo tenemos tres unidades acentuales en una pronunciación normal: El hijo, de Fulanita y es muy majo. 

Pues Alsina a veces hace átonas sílabas que son normalmente tónicas, creando una unidad acentual más larga de lo esperado. Ojo, no lo hace porque no sepa que son tónicas, sino que al hacerlo busca evocar un significado extra, que no existiría si hiciera tónicas todas las tónicas: puesto que normalmente una unidad acentual tiene una palabra léxica y sus satélites gramaticales, al alargar la unidad acentual lo interpretamos todo como una única palabra. Tiene lógica, porque es lo que pasa en los compuestos: como las palabras lanzallamas y correveidile se forman de otras que se han fusionado morfológicamente, tienen un único acento, aunque las palabras de las que se componen tengan cada una el suyo (lanzar, llamas, corre, ve, dile). Fácil y efectivo.

¿Cuándo hace esto Alsina? Pues lo hace con secuencias de palabras que van juntas habitualmente, ya sea porque son un nombre compuesto por varios elementos (como Neurona Consulting [ca. min. 5:50] o Arturo León [ca. min. 1:23]), porque son colocaciones de palabras que se repiten con frecuencia (normalidad democrática [ca. min. 5:12]) o porque generan un concepto sui géneris en algún sentido (delegados de sus jefes ausentes [ca. min. 1.54], PSC que lo doblegue [ca. min. 4.50], mitinero-humorista [ca. min. 7:17]). Le sirve para destacarlas; siempre, claro, con su poquito de sorna, marca de la casa. Cada vez que escucho una de estas unidades acentuales extralargas, me imagino las palabras escritas juntas, casi con su hashtagcito delante, que hay que decir que para esto de destacar combinaciones de palabras en la escritura nos ha venido fenomenal #laalmohadilladelasredessociales. 

Alsina, aquí visto urdiendo un plan acentual
Cuando estás urdiendo un plan contra lassilabastónicas

¿Se ha inventado esto Alsina? Pues no lo sé. No tengo manera de saberlo, la verdad. ¿Es Alsina la única persona del mundo que hace esto? Pues no, pero sí me atrevería a decir que lo hace con una frecuencia inusitada, lo que lo convierte en una particularidad propia. Digo que no es el único porque ya he pillado a varios de sus colaboradores usando la misma estratagema, como Rubén Amón aquí con esa plataforma de la que usted me habla (ca. min. 12.23). El que es influéncer es influéncer. 

Y hablando de Rubén Amón (¡qué suavidad, qué elegancia, qué destreza para pasar de un tema a otro!), en su idiolecto hay una maravilla sintáctica que me tiene tan intrigada como apasionada: sus comparativas correlativas o proporcionales. ¿Lo cuálo? Las comparativas correlativas son oraciones compuestas por dos oraciones simples que crean un paralelismo proporcional entre un incremento o una disminución de alguna cosa en cada una de ellas. No lo cuento, lo hago:

Cuanto más estudio a Rubén Amón, más me asombran sus correlativas.

Como puede verse, cada una de las oraciones tiene un comparativo (que en este caso es más) y en la primera de ellas el comparativo está precedido por cuanto. Esta es la forma más frecuente de hacer una comparativa correlativa en español, aunque hay otras formas. En vez de cuanto se puede usar mientras o entre, o contra, cuantimás y contrimás, que no son estándar, pero son preciosas:

Mientras más correlativas amonescas leo, más emocionada me encuentro.

Entre más emoción, menos concentración para otras cosas. (Las de entre son sobre todo frecuentes en México y Centroamérica.)

Es decir, en español, las dos oraciones que componen una comparativa correlativa tienen formas distintas: mientras una (que normalmente es la primera, pero no tiene por qué) tiene un elemento que precede al comparativo, la otra normalmente no lo tiene (podría aparecer un tanto por ahí, pero tampoco os quiero abrumar). Por lo tanto, desde el punto de vista sintáctico, en las comparaciones correlativas del español hay una oración subordinada (la de cuanto, mientras, entre, etc.) y una principal (la otra). Bueno, eso en el español de aproximadamente todo el mundo salvo el de Rubén Amón. Rubén Amón te hace unas comparativas correlativas en las que las dos oraciones son estructuralmente idénticas que te caes de espaldas:

Porque tanto se enfatiza la beligerancia ante Vox, tanto Vox recupera pulso político [ca. min. 41:15] 

Más pormenores conocemos del historial de Hasel, más se demuestra que la causa de Hasel es una causa de mierda [ca. min. 32:55] 

Pero más lax[o] es el espacio de la libertad de expresión, creo que más sana es una democracia en la que hablamos de la salubridad democrática [ca. min. 25:06] 

Y, mira, las unidades acentuales no son lo mío, que yo de prosodia sé tanto como de arreglar bicicletas (vamos, menos de lo que debería), pero me pones delante estas maravillas sintácticas y necesito averiguar de dónde salen. ¿Y por qué las llamo maravillas sintácticas? Bueno, porque no están descritas en ningún sitio. En las gramáticas no salen y algunos hasta afirman que no existen en español, aunque otros dicen que sí pueden aparecer, pero solo en contextos exclamativos. La estructura que siguen es la misma que siguen lenguas como el inglés o el francés (que dicen the more, the merrier ‘cuantos más [seamos], más felices’; plus on est des fous, plus on rit ‘cuantos más locos seamos, más nos reiremos’ para lo que nosotros resuminos en cuantos más, mejor) y los lingüistas de estas lenguas no tienen idea de cómo clasificarlas. ¿Son subordinadas, como indica su semántica? ¿Son paratácticas, como sugiere su sintaxis? Who knows, qui le sait

Por supuesto, lo primero que un lingüista se pregunta al ver estas correlativas es: “¿se habrá liado?”. Pues no, no se ha liado. No se ha liado, porque le he echado un vistacillo a los 290 artículos de Rubén Amón que había en El Confidencial hasta el 19 de febrero (aprox. 250 000 palabras en total) y de 33 comparativas correlativas que he encontrado, 32 son “amonescas”. Treinta y dos de treinta y tres. No parece accidental. Estas correlativas forman parte de su sistema lingüístico.

Amón
Más revoluciono el sistema gramatical del español, más cara de no haber roto un plato pongo

Así que la siguiente pregunta que te haces es: “pero no será él solo, a ver”. Que no es una pregunta, pero a lo mejor en mi idiolecto sí, tú qué sabes. Así que me he ido al CORPES XXI, que es una colección de textos en español de todo el mundo hispanohablante (escritos en el siglo XXI) y que tiene 333 millones de palabras (se dice pronto). Una no se puede poner a buscar todas las correlativas del mundo para un post, porque una tiene un trabajo y una (pandémica) vida, pero he buscado aquellas que llevan más en las dos oraciones, separados por un máximo de cinco palabras, y en las que lo que se comparan son verbos. Además, para tener otro punto de comparación lo más similar posible a Amón he mirado también los 253 artículos de Marta García Aller publicados en El Confidencial hasta el 19 de febrero (que son menos artículos, pero más largos, por lo que en total tengo más palabras suyas que de Amón: unas 340 000). Aquí tenéis los resultados (en el CORPES XXI no busqué a medida que, que implica una búsqueda muy liosa en este corpus):

correlativas_amonescas

Las amonescas aparecen en rosa en el gráfico. Marta García Aller no hace ni una sola. En el CORPES XXI hay 7 ejemplos. Te quiero decir, Rubén Amón no está solo, pero es bastante único. Si añado la restricción de que los comparativos sean más y estén separados por cinco palabras como máximo, tiene él solito tantos ejemplos como el CORPES XXI. Para más inri, los siete ejemplos de este corpus son americanos (4 en Argentina, 1 en Venezuela, 1 en Costa Rica y 1 en México). No sé si Rubén Amón será el único hablante de España que hace estas correlativas, pero ahí ahí debe andar.

Y a mí esto… me da la vida.

En Navidad, todo son «plataos»

O eso pensaba yo. Estaba yo tranquilamente poniendo la mesa el otro día mientras pensaba en el platao de lentejas que me iba a zampar cuando caí en la cuenta de que platao era una palabra bastante curiosa. Parece un participio (platado), pero no hay un verbo platar. Estas son las cosas con las que nos entretenemos los filólogos y/o lingüistas cuando ponemos la mesa, sí.

En realidad no es un participio, sino un caso del sufijo -ado/-ada que se adjunta a nombres (en este caso, a plato). La verdad es que es mucho más frecuente -ada en este contexto (cuchillada, guantada, bravuconada…), pero los dos pueden emplearse para crear nombres «de medida o contenido», como los define la RAE (en la Nueva Gramática, §5.9j): cucharada, canastada, camionada, puñado, brazado, baldado…  Así que no es una palabra tan rara, al fin y al cabo. Lo que me escamó fue que, según la RAE, platado (que se refiere al contenido de un plato) es propia de… Costa Rica (en el Diccionario de la Lengua Española), también de Panamá y Colombia (en el Diccionario de Americanismos) o, más ampliamente, de la «zona centroamericana y caribeña» (en la Nueva Gramática). Y, verán, yo soy de Madrid, con padres de Madrid y con abuelos nacidos o criados en Madrid. La influencia centroamericana en mi habla es entre cero y nula. Así que me entró la curiosidad: ¿será platado una palabra familiar? ¿O está la RAE a por uvas?

Los corpus académicos no traen mucha información: el CREA tiene un ejemplo de platado en Salamanca (España), que muy en Centroamérica no está (minipunto para mí), y el CORDE, dos de platao: uno de Tomás Barranquilla, que es colombiano (minipunto para la RAE) y otro de Pérez Galdós, en la novela Misericordia, ambientada en Madrid. Minipunto y punto para servidora.

Evidentemente, la fuente que podía satisfacer mi curiosidad no era la RAE. En Twitter, bastante más generoso para estas cuestiones, recibí tanto respuestas de gente que la usaba con naturalidad (platao, nunca platado) como de gente que jamás la había escuchado.

 

Y, claro, una, que es de natural curioso y disperso, tuvo que hacer un cuestionario. Uno muy facilito. Preguntaba: ¿Empleas la palabra «platao» o «platado» para referirte al contenido de un plato, en una frase como «¡Vaya platao de lentejas te has puesto!»? Si contestabas que sí, podías elegir entre cuál de las dos formas usabas (de 56 personas, solo una eligió platado). Además preguntaba el lugar de procedencia (o el lugar en el que habían oído la palabra, para poder hacer un mapita, que es lo que más me gusta del mundo). Y, juntando las respuestas en Twitter con las del cuestionario, este es el resultado (el mapa incluye la pronunciación asturiana platau, que muchos hablantes indicaron: siento haber olvidado incluirla expresamente):

platao_españa platao_america

Como puede observarse, la mayoría de las respuestas que conseguí son de hablantes españoles (no demasiado sorprendente, porque solo lo difundí en mi Twitter) y la mayoría de los hablantes que emplean o conocen la palabra son del occidente peninsular (curiosamente, en Canarias, que tiene mucha influencia occidental, todas las respuestas —aunque pocas— son negativas: es posible que Galdós la conociera en el continente). Esto se condice muy bien con dos pistas que me dieron amables tuiteros: aparece en el Léxico leonés actual con el valor de ‘plato de comida muy lleno’ (gracias, @frauwaz) y es general en Asturias: el sufijo –áu con este valor es  muy productivo en asturiano, como se indica en la Gramática de la Llingua Asturiana (p. 275) (gracias, @PabloSuarezGar):

Gram_Ast

Un origen asturiano (o asturleonés) encajaría muy bien con el hecho de que prácticamente nadie usa platado: el sufijo asturiano ni siquiera contiene esa -d- que en castellano peninsular perdemos con mucha frecuencia en la terminación -ado, pero que podemos recuperar en un contexto de habla cuidada. Varias de las personas que respondieron habían asociado la forma a platazo, aunque la -z- no se pierda en ese contexto, lo que parece indicar que la forma subyacente platado no subyace en realidad en la mente de los hablantes que la usan. De hecho, lo primero que me sorprendió en esa iluminadora puesta de mesa fue reconstruir la forma platado, que jamás había oído.

Sea su origen primigenio el asturiano o no, está claro que platao goza de plena vitalidad en España, donde parece un occidentalismo. El 2021 no tiene pinta de ir a ser tan bueno como nos gustaría, pero sería bonito que fuera el año en el que la RAE actualizara la ubicación (y quizá la definición, ya que parece referirse siempre al contenido abundante del plato) de platado o incluso su forma (¡platao, platao!), ¿no?

Nos haga caso la RAE o no, ¡que el 2021 os traiga al menos un buen montón de deliciosos plataos! Salud y paciencia, que el 2022 está al caer.

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Nota: algunas de las personas que respondieron al cuestionario dieron varias procedencias posibles: en general me he quedado con la propia (es decir, no la de los padres o abuelos), porque así podemos ver hasta dónde ha viajado la palabra, salvo que hubieran especificado que la conocen de otra zona.

 

No hay peros que valgan

Observe las siguientes oraciones:

«Asesinar está mal, pero no debemos ofender los sentimientos religiosos de los demás».

«Ofender los sentimientos religiosos de los demás está mal, pero no debemos asesinar».

Ambas oraciones son básicamente idénticas en su contenido proposicional: ambas censuran dos comportamientos (asesinar y ofender los sentimientos religiosos ajenos). Sin embargo, desde el punto de vista pragmático son muy distintas.

La teoría de la argumentación de Ascombre y Ducrot explica cómo nuestras palabras pueden condicionar la dinámica discursiva. La palabra pero es un ejemplo canónico de esto, ya que sirve para introducir lo que se conoce como un argumento «antiorientado», esto es, que va en dirección contraria a lo que se ha dicho anteriormente. Y, además, ese argumento antiorientado tiene mayor fuerza argumentantiva. Es decir, si digo «Hace un día precioso, pero estoy agotada» sería muy sorprendente que continuara con un «Voy a salir a correr» y más bien esperaríamos que siguiera un «Mejor me quedo en casa». Eso es porque, de los dos argumentos presentados (buen tiempo y agotamiento), que son opuestos desde el punto de vista argumentativo, vence el introducido por pero.

No hace falta ser lingüista para saber esto: los hablantes somos perfectamente conscientes de estas dinámicas discursivas. Y sabemos que cuando alguien dice «Asesinar está mal, pero no debemos ofender los sentimientos religiosos de los demás» está poniendo dos actos de gravedad inconmensurablemente distinta al mismo nivel y, además, le otorga más fuerza discursiva al último, que es indudablemente el de menos gravedad.

Qué perversidad. Qué perversidad que, tras una serie de asesinatos causados única y exclusivamente por el fundamentalismo religioso, el discurso se oriente hacia la libertad de expresión y sus límites. Esa perversidad que hoy abandera Justin Trudeau (y tristemente no está solo), que ha elegido convertirse en ejemplo de ese racismo buenista y condescendiente que cree que las degollaciones son matizables si se producen en nombre de una cultura que evidentemente se ve como más primitiva, pues se cree que solo es capaz de defenderse de la ofensa con actos de brutalidad.

Pero de juzgar la perversidad de un discurso y sus causas ya no se ocupa la pragmática, que suficiente tiene con descubrirnos las reglas que subyacen a nuestras intenciones al hablar. Otra teoría pragmática, la de la relevancia, también nos dice que todas nuestras palabras tienen una intención, pues nuestro interlocutor las interpreta siempre como relevantes. Es decir, no hace falta decir nada más que lo necesario. Cuesta pensar que fuera necesario decir algo más que «Quitarle la vida a alguien es inaceptable, no hay peros que valgan».

Tuits plantilla: las tradiciones discursivas tuiteras

Al abrirme una cuenta en Twitter, me empezó a interesar la creación de expresiones propias y su difusión en la comunidad tuitera. En 2013 escribí en este blog sobre un novedoso uso de ojalá (que acabó saliendo de Twitter, por cierto) y, a partir de ahí empecé a interesarme en el estudio de la lengua de y en Twitter.

Hay dos cosas que hacen especialmente interesante a Twitter. Por un lado, es una comunidad de habla (o de escritura) muy grande y abierta: es similar a un foro, pero, generalmente, más grande y menos específica. Por otro, es una red social de vocación fundamentalmente conversacional y es en la conversación, en el coloquio, donde los hablantes solemos ser más creativos. Sin embargo, esto es solo cierto de las conversaciones informales: en Twitter entran en contacto a distancia y a través de la escritura personas que jamás se han visto, lo que no parece el paradigma de contexto informal. Sin embargo, las características lingüísticas de gran parte de lo que se escribe en Twitter son propias del habla coloquial: ¿por qué? Mi hipótesis es que, puesto que los usuarios pronto crean sus propios grupos de conocidos y amistades, incluso cuando entras en contacto con alguien desconocido no es raro que sea “amigo de amigo”. Tengo otra hipótesis además: precisamente el uso de estrategias propias del habla coloquial ayuda a entrar en contacto con personas desconocidas, como instrumento para demostrar buena intención y cortesía (sí, en Twitter hay mucho odio, pero desde luego no es lo único) al entablar una nueva conversación.

Así, Twitter se ha convertido en un sitio en el que se crean innovaciones lingüísticas continuamente. Como ocurre, por cierto, en tu grupo de amigos, que un día os hace gracia algo que dice alguien y lo repetís durante meses. Es lo mismo, pero a otra escala. Porque me interesa entender mejor cómo funciona la fraseología tuitera y cómo se extiende en la comunidad, hace unos días pedí que me dijeran algunas de estas expresiones y la respuesta fue bastante apabullante: 326 expresiones distintas (aunque no todas son exclusivamente tuiteras y no todas son frases hechas).

Me comprometí a listarlas todas, y aquí se pueden encontrar, en orden alfabético (pero sin clasificar de ninguna manera, ¡sigo pensando en cómo hacerlo!). No las puedo comentar todas, por razones más que evidentes, pero sí puedo comentar algunos tipos de expresiones, a modo de aperitivo. Las construcciones repetidas pueden tener niveles de abstracción muy distintos. Encontramos desde frases que se reproducen palabra por palabra hasta patrones totalmente abiertos, pasando por estructuras que tienen un fragmento que se repite de forma literal pero que tienen un «hueco» abierto que cada uno rellena con material propio. Las que son totalmente fijas muy frecuentemente se emplean como respuestas, como el ¿Puedo hacerte una crítica constructiva? Como puede verse, esta frase no tiene nada de particular, sino que es en virtud de su uso repetido como adquiere nuevos significados, que sirven para mostrar desacuerdo o incluso para señalar argumentos que al usuario le parecen especialmente desatinados. En la repetición y la comprensión de la comunidad de estos significados implícitos adquiere también un efecto cómico.

Es totalmente abierta la construcción ¿Afirmación? Afirmación, en la que se pone entre interrogaciones una frase idéntica a la que se usa para responder a la pregunta propia. Se entiende mejor con un ejemplo: ¿Estoy escribiendo otro post sobre Twitter? Estoy escribiendo otro post sobre Twitter.

Un ejemplo de construcción semifija podría ser la construcción Ese/esa [] del/de la que usted me habla, cuyo origen está en la reticencia de ese político en el que usted está pensando a llamar las cosas por su nombre cuando esas cosas de las que usted me habla no me dejan en buen lugar. Los orígenes de estas expresiones pueden ser muy variopintos: leyendas urbanas como el En ese/esa [] me maté yo de la que ya hablamos en 2013; historias que se hacen virales en Twitter, como el genial Me pide me perdona que hizo famoso @MenendezFaya al contar lo que tiene que aguantar su jefe chino en su tienda; vídeos de Youtube, como la frase portuguesa más usada en Twitter después de los lloros de Ronaldo: Ah! Filho da puta agora sim entendo, etc.

Por otra parte, ojalá seguido de una oración sin verbo conjugado no es la única innovación sintáctica que nos regala Twitter: otra frecuente es el uso de indefinidos negativos pospuestos (generalmente dos) al verbo sin que aparezca el adverbio no, tipo [] dijo nadie nunca. En español general estos indefinidos no requieren no cuando aparecen delante del verbo (Nadie dijo eso nunca; nunca dijo eso nadie), pero sí cuando aparecen después (Eso no lo dijo nunca nadie).

En Twitter también es frecuente la imitación del habla infantil, con palatalizaciones como Chorprecha ‘sorpresa’ o chí ‘sí’. Otro ejemplo paradigmático es responder a un tuit con el mismo texto del tuit original pero con todas las vocales remplazadas por la i, imitando el tono agudo de una burla. Las faltas de ortografía se usan de forma intencional con muy diversos motivos: para dar énfasis, para remedar un tipo concreto de usuario (recordemos el famoso ola k ase), etc. Aquí la escritura intenta de alguna manera evocar elementos comunicativos que son generalmente propios de la conversación cara a cara, igual que hacen los emoticonos, el uso creativo de los signos de puntuación o lo que podemos considerar acotaciones como y se va haciendo la croqueta. Estos elementos no son exclusivos de Twitter, sino que son generales de la escritura mediada por una pantalla, como lo son otros elementos sobre los que llamaron la atención en las respuestas a mi tuit: el uso de cifras para representar letras (Lo 100to), las abreviaturas o las siglas (como LVV ‘lo vamos viendo’) o incluso el uso de anglicismos (la comunidad en la red es global) como el and I think that’s beautiful.

Todos los ejemplos puestos hasta ahora utilizan únicamente texto (o emojis), pero seguro que todos habéis pensado también en los memes, término que generalmente utilizamos para referirnos a elementos similares pero multimodales: es decir, además del texto hay imágenes o vídeos (por ejemplo, durante la primera ola de la pandemia el meme del ataúd fue bastante recurrido). Este sentido de la palabra meme es en realidad una especialización, pues el término lo acuñó Richard Dawkins para referirse a cualquier elemento cultural que se transmite o replica, creando un paralelismo con gen (en inglés sí riman). Pero las comparaciones entre objetos culturales y objetos naturales son frecuentemente problemáticas, pues hay diferencias fundamentales entre estos, como que los primeros están creados por seres que actúan con intención. En lingüística, el concepto de tradiciones discursivas, creado por Peter Koch en el seno de la romanística alemana, creo que captura mejor el hecho de que la repetición en sí misma tiene un valor fundamental en estos elementos. Gracias a la Associação Brasileira de Linguística, que desde hace dos meses está subiendo un ciclo de conferencias bestial —en todos los sentidos de la palabra— a Youtube, podéis profundizar en este concepto en la conferencia (en inglés) de Johannes Kabatek.

¡Esto ha sido todo, amigos!

El parche

Diez semanas después se acaba el primer semestre con coronavirus: uno que empezó (aquí, en Suiza) con la normalidad de siempre, con los pasillos, las bibliotecas y los comedores llenos de bullicio, en el que se inmiscuían algunas bromas sobre ese virus que estaba lejos, que llegaba con cuentagotas sin que tuviéramos ni idea de lo que significaba que llegara de verdad. Las bromas poco a poco iban acompañándose de perplejidad y preocupación: se cancelaban los carnavales y los partidos de fútbol, había cuarentenas para los que llegaban de Italia (¡Italia, que está a un par de horas en tren!), ¡se ha confirmado un caso en Google!, ¿te has lavado bien las manos? Dos semanas después rara era la clase en la que no nos despedíamos con un “Hasta la semana que viene… si el coronavirus nos deja”. Hasta que un día no nos dejó, ya sin sorpresa, porque la noticia se palpaba en el ambiente desde hacía días, pero sí con incertidumbre: ¿volveremos este semestre? Je, no. ¿Cómo se da una clase online? Ni idea, pero tienes un fin de semana para averiguarlo. ¿Y, más importante, estáis todos bien?

Pero estamos en 2020, en un país rico, y la logística educativa durante la pandemia tiene solución: internet y un dispositivo con el que acceder a él. Tenemos vídeos, tenemos videoconferencias, tenemos chats, tenemos foros, tenemos emails, compartimos pantallas y levantamos la mano con un botón. Cambiamos el fondo para asistir a clase desde cualquier sitio inverosímil y también tenemos un botón para aplaudir. Y, a pesar de eso, nos han faltado tantas cosas.

Nos han faltado las preguntas al profesor antes y después de clase, esas que no te atreves a hacer delante de todos y que no te parecen tan importantes como para escribir un email. Nos ha faltado el poder preguntarle al de al lado, porque no has entendido eso que acaban de decir. Nos han faltado las charlas en los pasillos. Estudiar juntos en la biblioteca. Tomar un café en compañía y descubrir que tal o cual asignatura podría ser interesante el semestre que viene (o mejor evitarla). Cruzarte a los profesores y comentar esa idea que te rondaba la cabeza para un trabajo sin tener que pedir una tutoría, porque al fin y al cabo todavía no lo tienes muy claro. Cruzarte a los profesores y que te pregunten cómo vas: contarles, que te den una idea, te recomienden una lectura, recomendársela tú.

Hemos superado el semestre y podemos estar orgullosos de haberlo hecho. Yo lo estoy, y mucho, de mis alumnos, que de repente se encontraron haciendo sus presentaciones ante una pantalla, viendo a sus compañeros en pequeñito. U observando presentaciones, también a través de una pantalla, con la concentración huidiza, porque no es lo mismo estar a un par de metros del que habla y poder mirarle a los ojos que estar delante de una imagen suya, por mucho que esta se mueva y hable. A tu cerebro le faltan muchos estímulos a los que estaba acostumbrado y lo que quiere es dibujar garabatos en el papel en el que tendrías que estar tomando notas, como en esas conversaciones larguísimas por teléfono, solo que ahí nadie te veía. Tampoco es lo mismo intervenir en una clase física que en una virtual: no es fácil saber si quiere hablar alguien más y si os vais a solapar o comprobar rápidamente con el de al lado que lo que quieres saber también le interesa, que te deja más tranquilo, porque te sigue dando vergüenza preguntar, aunque la pesada de tu profesora insista en que no debería. Aun así, han presentado, han preguntado, han comentado, han discutido. Más cansados, más preocupados, más hartos, pero eso va por dentro.

Hemos superado este semestre, pero viene otro y lo realista es pensar que será más como este que como el de hace un año. O incluso más difícil. Tenemos más tiempo para prepararnos y ya sabemos usar Teams, Zoom, Adobe Connect, Jitsi y lo que nos echen. Pero habrá alumnos nuevos, a los que nunca hemos visto y que nunca nos han visto, alumnos nuevos que en su primer semestre no podrán sentarse azarosamente al lado de alguien y entablar una amistad que les dure toda la carrera, toda la vida o, al menos, todo el semestre. Amistades a las que hacer esas preguntas que no te atreves a hacer en clase por si son tontas, porque acabas de llegar, porque la universidad da un poco de miedo y porque todavía no sabes de qué pie cojean los profesores, que ahora además son meras figuras en tu pantalla:

Estamos en 2020, en un país rico, y hasta hace poco tonteábamos con la fantasía de la docencia virtual, ¡es el futuro! ¡Si ya lo aprenden todo en Youtube! Y llegó el coronavirus y nos puso patas arriba todo lo que sabíamos y nos hizo vivir esa fantasía porque no quedaba otra, aunque quizá también nos abrió los ojos. Para postularte a un trabajo de profesor en la universidad es frecuente tener que escribir unas líneas sobre tu concepción de la enseñanza. Curiosamente, pocos son los profesores universitarios que tienen alguna formación pedagógica: la mayoría aprendemos y reflexionamos sobre la marcha. Y ahora que la marcha se ha ralentizado podemos pensar más despacio. ¿Qué es enseñar? ¿Qué es aprender? Dos cosas que se hacen mejor en compañía, me parece.

Con frecuencia la universidad es ese sitio en el que recuperas la curiosidad que una enseñanza muy reglada te había apagado. También es ese sitio en el que aprendes a confiar más en tus intuiciones y a defender tus posturas, porque quizá los profesores sepan más que tú, pero ellos tampoco están siempre de acuerdo entre sí y, además, ahora tú también eres un adulto. Y es ese sitio en el que todas las semanas aprendes de tus alumnos, que tienen preguntas que no sabes responder y te descubren perspectivas desde las que mirar que a ti se habían escapado. La universidad es todos esos sitios, sí, al menos cuando existe una confianza entre profesores y alumnos y entre alumnos y alumnos que es muy difícil construir virtualmente.

Creo que la enseñanza virtual es un parche. Un parche que somos afortunados de tener, porque permite el acceso a la educación en circunstancias extraordinarias, tanto a personas cuya ubicación o situación económica les impide accederla de otra manera, como en situaciones de crisis, como la que vivimos ahora. Pero un parche al fin y al cabo. Y los parches sirven, pero no para siempre.

Rosalía y Alfonso X el Sabio

El tema de hoy nace viejo, pues tiene que ver con una polémica de hace meses, que en tiempo de internet equivale a varias eras geológicas. Pero he estado muy liada, qué se le va a hacer. La polémica en cuestión ya la conocerán ustedes sobradamente: a Rosalía la han criticado feroz y abundantemente por cometer «apropiación  cultural». Se quejan de que, siendo paya y barcelonesa, Rosalía hace flamenco y además lo hace con acento andaluz. Lógicamente, el aspecto que me interesa, siendo este un blog de lingüística, es el del acento. Por si no saben de lo que hablo, aquí la tienen:

Para resumir la polémica, valga esta cita del artículo de Mohorte en Magnet que les enlazo arriba:

«Rosalía es barcelonesa. No ha nacido o vivido en Andalucía y tampoco emplea las particularidades fonéticas del andaluz en su día a día, como se puede apreciar en las entrevistas. Es un disfraz artístico.»

Es decir, a los críticos les parece mal que Rosalía utilice un dialecto distinto al que usa cuando habla cuando canta. La pregunta es: ¿solo Rosalía hace esto? No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que la respuesta es evidentemente negativa. Muchos géneros musicales no solo tienen características rítmicas y melódicas propias, sino que también están asociados a una lengua o variante lingüística concreta. Por ejemplo, aunque hay óperas en muchísimos idiomas, no se puede negar que la lengua por excelencia de la ópera es el italiano. Lo mismo pasa con el pop o con el rock: se pueden hacer en cualquier idioma, pero el protípico es el inglés y es frecuentísimo que bandas de habla no inglesa compongan en estos géneros en inglés. De hecho, a juzgar por las observaciones del sociolingüista Peter Trudgill, es concretamente el inglés americano el que domina estos géneros y no es infrecuente que los artistas británicos «recuperen» sus erres finales cuando cantan, para adaptarse a esta variedad. Es decir, estos artistas se ponen «un disfraz artístico» cuando cantan, igual que Rosalía.

Pero no hay por qué salir de nuestros éxitos patrios para encontrar ejemplos. Casos especialmente interesantes son los de los artistas que han modificando ese «disfraz artístico», como Enrique Iglesias. Los que tengan cierta edad, como servidora, recordarán que sus inicios en el pop fueron una experiencia religiosa en la que el cantante madrileño usaba la misma variedad lingüística que emplea cuando da entrevistas y, suponemos, habla normalmente. A medida que ha ido introduciéndose —y triunfando— en el reguetón ha ido modificando su acento para acercarse a una variedad más caribeña (propia de dicho género) lo que es especialmente perceptible en sus eses finales:

Algo parecido ocurrió con Alejandro Sanz, que ha ido haciendo su acento más andaluz a lo largo de los años: en Corazón partío el único rasgo andaluz que encontramos es esa -d- que desaparece en partido, mientras que ahora hasta sesea (su corazón partío tenía una interdental clarísima). El caso de Alejandro es distinto del de Enrique porque sus padres son andaluces y él también emplea —al menos a veces— esta variedad cuando habla: es probable que creciera siendo bidialectal, aunque este es un misterio sobre el que se devanan los sesos miles de personas desde hace años en el grupo de Facebook «¿POR QUÉ ALEJANDRO SANZ HABLA CON ACENTO ANDALUZ SI ES DE MORATALAZ?«.

Otro caso: el cantante Huecco, que hace música con evidente inspiración flamenca, es madrileño y extremeño: el acento andaluz que gasta cuando canta tiene poco que ver con la variedad mucho más norteña que emplea cuando habla o la que utilizaba en su banda de rap-metal Sugarless. Con estos ejemplos podría pensarse que esto de emplear un dialecto que no es el propio en composiciones musicales es algo moderno, pero la verdad es que es una cosa antiquísima. Es posible que se acuerden de dos de los géneros líricos medievales (pensados para ser cantados): la poesía trovadoresca y las cantigas. Mientras que las primeras se componían casi exclusivamente en provenzal, las segundas solían estar en gallego-portugués. Y quizá también se acuerden de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y de León, además del toledano que puso la primera piedra de la estandarización del castellano. A pesar de este currículum, Alfonso X compuso personalmente numerosas cantigas, todas ellas en gallego-portugués, que no era su variedad (pero tampoco un idioma distinto, sino otra variedad del romance: todavía no podemos hablar de distintas lenguas, pues no está claro que esa fuera la concepción de la época): igualito que Rosalía, vamos.

Como ven, utilizar un dialecto que no es el propio para adaptarse a las convenciones de un género musical ni es raro ni es nuevo: al contrario, es una práctica frecuente y muy antigua. Lo que sí parece menos frecuente es acusar a los artistas que lo hacen de apropiación cultural, como puede verse en los resultados de búsquedas en Google: no solo la de Rosalía es la que devuelve más resultados, es que los resultados de los otros artistas son de hecho resultados sobre Rosalía (las pruebas abajo). No sé, si una fuera desconfiada podría llegar a pensar que lo que molesta a los críticos (y críticas, por cierto) no es la apropiación cultural, sino la mera existencia de mujeres jóvenes y con talento. Pero ni que fuera esa otra práctica frecuente y con siglos de antigüedad, no seamos desconfiados.

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Lingüística y metodología: hago vídeos de Youtube

Aunque este es un tema que no se corresponde exactamente con la temática general del blog, pero como sé que me leen algunos filólogos y lingüistas, creo que es una buena idea publicitarlo por aquí también. Desde hace unos meses he empezado un canal de Youtube con vídeos sobre metodología lingüística en español. Puesto que es una cuestión que sigue estando poco representada en los currículums y en el que, por lo tanto, somos todos medio autodidactas —con el esfuerzo y problemas que eso conlleva—, me ha parecido una buena idea compartir lo que he ido aprendiendo yo poco a poco y en un soporte duradero.

En el canal trataré temas como la creación de bases de datos, principios metodológicos, el uso de distintos programas (Excel, R, QGIS, etc.), algunas bases del análisis estadístico, etc. El canal está dirigido a “todos los públicos”: tanto estudiantes como profesores que hagan lingüística empírica.

Espero que os resulte interesante: os dejo aquí el enlace al canal y, ya sabéis, si os gusta… ¡denle a like y suscríbanse! (Ok, no soy muy experta en esto de hacer vídeos, creo que pronto os daréis cuenta…)

Divulgando en BCNspiracy

El 27 de octubre del año pasado tuve la suerte de estar en Barcelona participando en BCNspiracy, un evento de divulgación científica organizado por un grupo maravilloso de personas que intentan consiguen acercar la ciencia a todos los públicos con un formato de lo más entretenido. Fue una experiencia que me encantó, porque aprendí muchísimo, porque lo pasé muy bien y porque me encantó que quisieran hablar y escuchar de lingüística en un programa fascinante lleno de biología, química, geometría. Hoy, por ser el Día internacional de la lengua materna, el equipode BCNspiracy ha subido el vídeo de mi charla a Youtube.

Hablo de la lengua como objeto de estudio científico, de pronombres reflexivos, de la Faraona, de español y catalán… ¡No sé qué se puede pedir! Aquí os la dejo:

Semidioses

Normalmente, los profesores de universidad creemos que tenemos el trabajo más bonito del mundo: nos pagan por hablar sobre, dar clase de y pensar en lo que nos apasiona. Eso no nos hace ciegos a muchos de los males que aquejan a las universidades (en distinta medida en distintos países): que si salarios bajos, que si nepotismo y endogamia, que si las evaluaciones priman la cantidad sobre la calidad, que si —gravísimo— las enfermedades mentales entre doctorandos y postdocs son extremadamente comunes…

Cada persona que trabaja en la universidad tendrá su plan imaginario con el que solucionar todos estos problemas, supongo. Normalmente pasa por cambiar las normas que regulan las universidades. Y es indudable que muchas de estas deben cambiar, en España incluso muchísimas. Pero cada vez escucho con más frecuencia ciertas cosas que me hacen pensar que parte del daño nos lo hacemos nosotros mismos. Algunas ideas tremendamente extendidas en el mundo académico no solo me parecen equivocadas, sino que creo que son las culpables de que en el mundo académico luchemos contra nuestros propios derechos. Ok, me habéis pillado: no voy a hablar de lingüística. Pero, para disimular, empiezo con un ejemplo de un lingüista.

El día antes de Nochebuena, Daniel Everett, lingüista conocido por defender que la lengua está profundamente influida por la cultura y por ser uno de los principales antagonistas de Chomsky, tuiteaba esto como respuesta a Lynne Murphy (también lingüista), que explicaba que la mayoría del tiempo de investigación se hace en horas extra no pagadas, porque el trabajo docente y administrativo de los profesores universitarios no para de aumentar en muchos países:

 Captura de pantalla 2018-12-27 a las 0.28.33Tuit original y conversación aquí.

Traduzco: «Nunca pienso en [ello como] horas extra. Cuando hacíamos encuestas en [la Universidad de] Pitt[sburgh] sobre cuántas horas trabajaba el profesorado, nos salían 65-100 horas semanales. Pero para mí eso es que me paguen por pasármelo bien. Como decía Bob Dixon: “Trabajo 12 horas al día, 7 días a la semana. Espero que hagas lo mismo”».

Este razonamiento es muy frecuente entre científicos y profesores universitarios: puesto que investigar es apasionante —de eso no hay duda— y somos afortunados de poder hacerlo como parte de nuestro trabajo —cierto—, no importa que también lo tengamos que hacer en nuestro tiempo libre. ¡No importa que ese tiempo no nos lo paguen, es divertido! Pero aquí hay un salto argumental que yo no veo. It doesn’t follow, D. Everett. Que nos guste nuestro trabajo no significa que queramos dedicar nuestro tiempo libre a eso y, mucho menos, que tengamos que hacerlo. Como todo los trabajadores, tenemos derecho tener tiempo libre. Es más, sin ponernos sindicalistas y pasando al mismo plano de lo personal: tenemos derecho a que nos gusten otras cosas. ¿Que a ti solo te gusta investigar tu tema, no tienes familia ni amigos ni hobbies y quieres pasarte el día metido en la universidad? Pues está fenomenal, pero lo de “Espero que hagas lo mismo” es pasarse. Si os fijáis bien, como argumento es fantástico: haces que aquel que no quiere pasar su tiempo libre trabajando gratis se sienta mal porque a) ¿qué pasa, no te gusta lo suficiente tu trabajo?, b) pero si es lo más bonito del mundo, ¡investigar!, a ver si va a ser que no te merecerías estar en la universidad, c) me parece que eres un poco ingrato que no ves lo afortunado que eres. Y de esta manera tan sencilla nos convencemos a nosotros mismos de que trabajar gratis para cumplir objetivos imposibles es lo normal, o lógico y de que, encima, ¡tenemos suerte por poder hacerlo!

Hace un mes acudí en una mesa redonda en el Ateneo Popular Español de Zúrich organizado por la Asociación de Científicos Españoles en Suiza, en la que se anunciaba que se iban a debatir temas científicos de actualidad. Lo que se discutió en realidad fueron temas sobre la infraestructura de la ciencia de actualidad permanente y allí se repitieron otras dos de esas ideas que están por todos lados en nuestro mundillo y que, en mi opinión, lo único que nos hacen es daño.

La primera tiene que ver con la situación de los postdocs. El objetivo de la mesa redonda era comparar la situación española con la suiza, aunque lo cierto es que la situación de los postdocs es precaria en todos sitios. Para los que no sepan lo que es un postdoc: es un investigador ya doctor que todavía no tiene un puesto fijo en una universidad y normalmente tiene un contrato temporal en un proyecto (propio o ajeno). En este mundo en el que hay muchos más doctores que puestos fijos en las universidades, el postdoc está en la peor situación: muy poca estabilidad laboral y vital (normalmente cada pocos años tiene que cambiar de universidad y con ello de ciudad y/o país), sin ser ya tan joven como un doctorando y con —matemáticamente— pocas esperanzas de conseguir un puesto fijo. Una maravilla, vamos. Ante la posibilidad de crear un mayor número de plazas fijas para postdocs que no necesariamente supusieran una cátedra o un puesto de investigador principal, uno de los ponentes de la mesa redonda, de cuyo nombre no quiero (en el sentido cervantino) acordarme, consideraba que esta solución era impensable: en un gallinero no puede haber dos gallos (esto es literal) y, por lo tanto, en un laboratorio/equipo no puede haber más de un investigador estable.

La comparación con los gallos es muy ilustrativa (además de bastante masculina, pero bueno) de cómo algunos profesores universitarios o investigadores se ven a sí mismos: como seres humanos dotados de una inteligencia superior a lo normal, pequeños semidioses con grandes ideas que van a cambiar el mundo y que, obviamente, merecen su propio equipo investigador compuesto por subordinados, ¡no por iguales! ¿Y cómo se le va a ocurrir a alguien no aspirar a eso? Eso implicaría, supongo, que tu trabajo no te gusta lo suficente, que no tienes la ambición necesaria y, claro, que no te mereces estar en el maravilloso mundo que es la ciencia, en el que solo se admite la excelencia, que justamente, la encarna… el que defiende esas ideas, claro. Otro win-win argumentativo.

La última idea de la que quería hablar es otra que se mencionó: “¡Es necesario prohibir que una universidad contrate jamás a doctores de la propia universidad!”. Esta idea es un must entre los investigadores emigrados. Tiene, como casi todo, un vertiente razonable —más moderada— y una vertiente ideológica y pasional. La vertiente razonable, que es la que todos nos atrevemos a decir, es que es un método de evitar la endogamia y, por tanto, de fomentar la excelencia. De lo contrario es demasiado fácil que las plazas universitarias acaben ocupadas por candidatos de la casa que no son necesariamente los mejores, pero sí los mejor conectados o los que estaban en el momento justo en el lugar adecuado. La vertiente pasional tiene que ver con una noción de justicia: “Yo me fui a otras universidades y allí mejoré muchísimo mis capacidades, aprendí un montón, conocí otros mundos y por eso soy mejor que todos los contratados en mi alma máter, que solamente tuvieron la suerte de estar allí, esperando y haciendo la pelota”. Otra vez, esto es falaz. Si bien está claro que trabajar en distintos sitios abre nuestras perspectivas y nos mejora como investigadores y como docentes, eso no significa, desde luego, que todos los emigrados sean necesariamente mejores que todos los que no se fueron ni mucho menos significa que sea necesario vivir un viacrucis interminable para seguir en la universidad. Lo que sí significa es que es importante favorecer las estancias interuniversitarias entre los miembros contratados. De hecho, es lógico que uno tenga conexiones científicas con su universidad de origen, ya que allí surgieron seguramente sus líneas de investigación, y por eso también es lógico que sea un buen (no necesariamente el mejor) candidato para dicha universidad. Pero, ¡ay!, cuánta abnegación y cuánto sacrificio supone renunciar volver a la universidad de uno, a casa. Estar dispuesto a ello es simplemente otra de esas pruebas de que nuestro amor por la ciencia es verdadero y que demuestra que nos merecemos seguir en este mundo académico.

No me malinterpretéis. Me encanta mi trabajo. Adoro investigar (y dar clase). Me considero tremendamente afortunada por poder hacerlo como profesión. Pero no me da la gana de apoyar un sistema basado en presionar al investigador a renunciar a todo para poder serlo. Y, desde luego, no creo que sea un deber hacerlo para servir a ese bien superior que es la ciencia, para la que solo unos pocos han sido elegidos. Si de verdad creemos en la ciencia como bien superior, necesitamos más puestos de trabajo (y mejor pagados en general), para que todos podamos tener y aprovechar tanto nuestras horas de trabajo como nuestras horas de descanso. Y para no dejar caer a todos esos postdocs que no encuentran un trabajo fijo, no porque no fueran lo suficientemente buenos, sino porque no hay suficientes plazas. Los semidioses también tienen que tener derechos laborales, sobre todo, sobre todo, porque no existen lo semidioses. Se me bajen de la parra, por favor. Y si van a replicarme, que ya lo he oído antes, que digo estas cosas por ser de Humanidades: pues no lo creo. Pero a lo mejor nos tenemos que humanizar todos un poquito…

El español y sus cosas II: si digo «no» es «no».

Pues tras una pausa dedicada enteramente a la Historia de la Lengua Española, como puede comprobarse en las tres entradas anteriores, volvemos con la segunda entrega de la serie “El español y sus cosas”, esta vez dedicada a la negación:

Como puede verse, lo que nos sorprende de la doble negación es su “falta de lógica”, lógica que se asimila a un principio matemático que todos conocemos: si multiplicamos un número negativo por otro negativo obtenemos un resultado positivo. Es decir, si negamos algo ya negativo, lo convertimos en positivo. Lo que pasa es que la lengua ni es matemática ni es lógica, como demuestra el hecho de que las dos frases siguientes tienen el mismo significado:

Nadie vino.

No vino nadie.

Y encima no podemos decir (o la mayoría de los hispanohablantes no puede decir, porque hay variedades, como la andina o la paraguaya que sí lo permiten):

*Nadie no vino.

¿Pero qué invento es esto? Pues este invento se llama… concordancia. Igual que en español un sustantivo femenino necesita que su artículo sea femenino (la doctora, y no *el doctora), las palabras negativas del español, como nada, nadie, nunca, tampoco, necesitan concordar con un verbo negado. Eso explica la construcción No vino nadie, en la que nadie le exige al verbo la negación (es decir, *Vino nadie es una frase que se queda coja).

Ok, pero ¿qué pasa con Nadie vino? ¿Ahí no hay concordancia o qué? ¿Por qué no hace falta el no? Pues parece que porque, cuando la palabra negativa (nada, nadie, nunca, tampoco…) se sitúa delante del verbo, la negación que contiene ya es capaz de afectar al verbo. La concordancia negativa, entonces, no es del mismo tipo que la de género, porque depende de la posición de la palabra que induce la concordancia (aunque esto ocurre también en otros fenómenos de concordancia, pero no vamos a meternos en más líos).

Las lenguas del mundo muestran distintos comportamientos en este aspecto. Por ejemplo, el rumano presenta la concordancia negativa en todos los casos, independientemente de dónde se sitúe la palabra negativa:

Nu vine nimeni ‘No viene nadie’

Nimeni nu vine ‘Nadie no viene’

El inglés estándar tiene dos series de palabras: la de no one, nobody, never, que aparecen delante del verbo y no necesitan que aparezca la negación verbal, y la de anyone, anybody, ever, que aparecen detrás del verbo y necesitan que el verbo esté negado:

Nobody came ‘Nadie vino’

He didn’t see anybody ‘Él no vio a nadie’

Muchos dialectos del inglés, sin embargo, permiten el uso de las palabras de la primera serie en contextos de la segunda serie (He didn’t see nobody o, ¡todos juntos!, ain’t no mountain high enough!). Este uso, que aparece en muchos dialectos y es sistemático en African American Vernacular English, el dialecto de la mayoría de afroeamericanos de clase media y trabajadora, está muy desprestigiado. Un ejemplo precioso de ese desprestigio es el del siguiente vídeo de Orange is the new black, en el que Taystee intenta corregirlo para dar una buena impresión (¡spoiler alert —sexta temporada—!):

(Y, aunque sé que me estoy yendo del tema, si os interesa, John Rickford ha estudiado cómo los prejuicios sobre el AAVE puede tener efectos negativos sobre sus hablantes cuando estos comparecen en un tribunal: más aquí.)

En estos mapas del WALS podéis ver la distribución de algunas lenguas con doble negación obligatoria:

Obligatory double negation

Doble negación obligatoria. Fuente: WALS. (Los símbolos se refieren a las distintas formas en que se produce esa doble negación.)

y opcional:

Optional double negation

Doble negación opcional. Fuente: WALS. (Los símbolos se refieren a las distintas formas en que se produce esa doble negación.)

Pero en realidad la situación del español no acaba aquí y es todavía más complicada: si nos fijamos en lo que respondía @eduivan206 en Twitter, lo que ocurre con las palabras de la serie de algún y la de la serie de ningún es bastante más chungo. Mientras que ningún es un término negativo en todos los casos:

Ninguna persona vino,

No vino ninguna persona,

No vino persona ninguna,

el significado de algún depende de su posición en la oración:

Alguna persona vino = es un término positivo, que indica que vino alguien;

??No vino alguna persona = esta estructura no funciona;

No vino persona alguna = es un término negativo, que indica que no vino nadie.

¿A qué juegas, algún? Esta doble serie recuerda un poco al caso del inglés estándar, aunque no es ni mucho menos idéntico, ya que anybody no puede tener valor positivo: el inglés para eso tiene otra serie más, la de somebody. Estamos, claramente, ante un caso en el que el español se pone un poco estupendo.

Pero las cosas de la negación no se agotan en la doble negación. A @DuraLexSedLexDE le sorprendía, con cierta razón, la combinación de afirmación y negación en una frase como Eso sí que no. Vamos a ver, acabamos de decir que si combinamos dos negaciones eso es concordancia, OK, todo bien. ¿Pero esto entonces qué es?

Pues esto ya sí que tiene que ver con qué hacer para afirmar o negar una negación. Si ustedes saben algo de francés o alemán, seguramente habrán aprendido que estas lenguas tiene una palabra para decir (oui, ja), una palabra para decir no (non, nein)… y una palabra para responder afirmativamente a una pregunta negativa (si, doch).

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Cuando hacemos una pregunta no negativa, todo es muy sencillo:

¿Ha venido Carlota? / Est-ce que Carlota est venue? / Ist Carlota gekommen?

Si Carlota no ha venido: —No. / Non. / Nein. = La negación se refiere al verbo venir

Si Carlota sí ha venido: —Sí. / Oui. / Ja. = La afirmación se refiere al verbo venir

Pero si preguntamos ya negando, la cosa se complica, porque podemos negar o afirmar el verbo o negar o afirmar la pregunta entera, que contiene una negación:

¿No ha venido Carlota todavía?

1) —No. (Entendemos que no ha venido, la negación se refiere solo al verbo venir.)

2) —Sí. (No estamos muy seguros de qué ha pasado ni de a qué se refiere .)

Otras opciones:

3) —No, sí ha venido.

4) —No, no ha venido.

5) —Sí, sí ha venido.

6) —Sí, justo, todavía no ha venido. (A mí esta me suena un poco forzada, pero creo que es posible).

Lo que hacen el si del francés y el doch del alemán es eliminar la cara de desconcierto del interlocutor después de la respuesta 2), porque estas respuestas dejan claro que se refieren solo al verbo y no a la pregunta entera:

Est-ce que Carlota n’est pas venue? / Ist Carlota nicht gekommen?

Si. / Doch = Carlota ha venido, nadie pone cara de desconcierto.

Bueno, esta digresión venía fundamentalmente porque me gustan mucho el si del francés y el doch del alemán y también un poco para explicar que tenemos la posibilidad de afirmar o negar no solo un verbo, sino también un verbo con su negación. Así, en una oración como Eso sí que no lo que hacemos es reafirmar una negación (es decir, negamos muy en serio), mientras que en Eso sí que sí, reafirmamos una afirmación.

Pero hay otra cosa que hace especial a esta construcción: que el adverbio en español no solo puede afectar a un verbo (Eso sí lo sabía), sino también a una oración subordinada sustantiva (Sí que sabía eso o Sí que no sabía eso). Es decir, puede aparecer antes de que. Cuando reducimos nuestra oración subordinada a su polaridad negativa o positiva nos quedamos con Eso sí que sí o Eso sí que no. ¡Tachán! La palabra no no tiene esta propiedad y por eso no podemos decir Eso no que sí o Eso no que no.

Y ahora que ya sabemos aproximadamente todo lo que hay que saber sobre la negación en español podemos explicar la otra maravilla que intriga a bastantes: la famosa “triple negación” que sirve para afirmar, el auténtico, el único, el inigualable ¡No ni na!:

Analicémoslo en contexto:

Como podemos ver, el primer no lo que hace es negar la negación previa de sin filtros. Como queremos algo más, tenemos que usar la conjunción copulativa negativa, porque ya estábamos negando: el ni es un caso de concordancia negativa. A continuación añadimos lo que queríamos coordinar, que también va en negativo para concordar con la negación inicial: nuestro na. Y luego le damos un significado afirmativo al conjunto, haciendo uso de una cosa que nos da la vida: el sarcasmo.

¡Anda que no es bonita la negación ni na!